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Las Baladas Del Ajo

Электронная книга - «Las Baladas Del Ajo». Краткое содержание книги:

Una tragedia oriental que nos introduce en una China recóndita y contemporánea, que aún continúa siendo algo desconocida a ojos occidentales.
La trama tiene lugar en el Condado Paraíso, una zona rural de China que apenas ha conocido cambios sociales en las últimas generaciones. Pero la pobreza desatará pasiones feroces que rompen con las antiguas tradiciones.
El Gobierno ha animado a los granjeros a plantar grandes campos de ajo. Éstos recorren enormes distancias con su cosecha, pagan elevados impuestos y, al final, descubren que es imposible venderlo porque los almacenes estatales están repletos. Los campesinos se sublevan y la represión se acentúa pero, incluso encarcelados, aún florecen entre ellos el amor y la lealtad.
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Mientras tanto, Cuarta Tía vertió dos cacillos de agua en una palangana, extendió una capa de salvado por encima y la removió con un atizador. Después lo llevó al exterior y lo dejó en el patio mientras Cuarto Tío sacaba la vaca del establo, pero ésta se limitó a quedarse allí relamiéndose estúpidamente sin dar ni un sorbo.

– Bebe, bebe -le imploró al animal-. Bebe un poco de agua.

La vaca se quedó allí sin moverse, mientras un hedor caliente salía de su escondrijo. Los periquitos volvieron a la carga y sus chillidos ascendían hasta el cielo como las volubles nubes. La media luna, que ahora estaba un poco más elevada en el firmamento, inundaba el patio con sus rayos dorados. Las estrellas habían perdido parte de su brillo.

– Echa un poco más de salvado -dijo Cuarto Tío.

Cuarta Tía así lo hizo.

– Vamos, chica -dijo el tío, dando unas palmaditas a la vaca-. Bebe.

La vaca bajó la cabeza, resopló dentro del barreño y comenzó a salpicar el agua.

– ¿A qué esperáis? -gritó Cuarto Tío a sus hijos-. ¡Subíos a la carreta y cargad el ajo!

Después de traer la carreta, aseguraron las ruedas y los ejes y ensamblaron el vehículo. Había demasiados ladrones en la aldea como para dejarla al otro lado de la puerta. Todo el ajo se había empaquetado en fardos junto a la pared sur, debajo de unas láminas de plástico.

– Vierte un poco de agua por encima para evitar que se seque -dijo Cuarto Tío. Su hijo mayor le obedeció.

– ¿Por qué no te llevas a Número Dos? -le preguntó su esposa.

– No -dijo secamente.

– Imbécil testarudo -protestó ella-. Al menos cómprate en la ciudad algo decente para comer, ya que no tengo nada para que te puedas llevar.

– Pensaba que todavía quedaba media torta de grano -dijo Cuarto Tío.

– Eso lo comes todos los días.

– Pónmela para llevar. -Condujo a la vaca hacia la puerta y la introdujo en la carreta. Después volvió a entrar en el patio, se colocó su desvencijado abrigo sobre los hombros, metió la fría torta en el interior de la pechera de su camisa, cogió una vara y se dirigió hacia la puerta.

– Cuanto más viejo eres, más cabeza de muía tienes -se quejó su esposa-. No sé qué otra cosa se puede llamar a una persona que no deja que su propio hijo le ayude a vender su cosecha.

– Tiene miedo de que le vaya a esquilmar todas sus ganancias -dijo Número Dos sarcásticamente.

– Nuestro padre sólo piensa en nuestro bienestar -refutó su hermano mayor.

– ¿Quién se lo ha pedido? -protestó Número Dos mientras se dirigía hacia el interior de la casa para acostarse de nuevo.

Cuarta Tía lanzó un suspiro mientras se quedó en el patio escuchando el crujido de los ejes de la carreta alejarse lentamente en la tenebrosa oscuridad. Los periquitos de Gao Zhileng comenzaron a lanzar chillidos frenéticamente y la pobre Cuarta Tía era un manojo de nervios mientras titubeaba en el patio, que ahora estaba cubierto del amarillo apagado de la luz de la luna.

La puerta de la celda se abrió y los policías le quitaron las esposas a Número Cuarenta y Seis, que dio un par de pasos vacilantes antes de meterse en el catre, donde se derrumbó como si estuviera muerta.

– Oficiales -imploró Cuarta Tía mientras cerraban la puerta-. Por favor, déjenme ir a casa. Ya casi estamos en la quinta semana de oficios religiosos en memoria de mi marido…

La única respuesta que obtuvo fue el sonido de la puerta al cerrarse.

CAPITULO 10

Jefe del Condado Zhong, pon la mano en el corazón y piensa: como protector del gobierno, ¿dónde está la bondad en tu alma? Si eres un oficial malvado, vete a casa y quédate en la cama; pero si eres un servidor íntegro, toma el mando y haz algo bueno…

Extracto de una herejía cantada por Zhang Kou mientras permanecía en las escaleras de la oficina del gobierno después de que la sobreabundancia de ajo hubiera obligado a miles de aldeanos a acudir al administrador local, que se negó a salir de la cama en busca de ayuda.

Jinju apenas había entrado en el patio de Gao Ma cuando, lanzando un grito de angustia, se desplomó. El feto levantó los puños y rugió:

– ¡Dejadme salir! ¡Maldita sea, dejadme salir de aquí!

– Gao Ma… Ven aquí… Ayúdame… Ven a hacer caso a tu hijo…

Cruzó el patio a gatas y luego se puso de pie, sujetándose a la jamba de la puerta. Cuatro paredes desnudas, un puchero oxidado, charcos de agua negra y algunas ratas que saltaban desde detrás del puchero fue todo lo que vio en el interior. Era como si hubieran soltado a un toro y una sensación de catastrofismo paralizante la hubiera atrapado. Cuando el bebé que llevaba en su vientre arremetió con los puños y los pies, comenzó a gemir:

– Gao Ma… Gao Ma…

El bebé le dio un puñetazo.

– ¡Deja de gritar! ¡Gao Ma es un fugitivo, un criminal! ¿Cómo he podido tener unos padres como vosotros?

Le dio una patada y una sensación de escalofrío recorrió la columna vertebral de Jinju, que gritó otra vez, y todo se volvió negro.

Mientras se caía al suelo, golpeó su cabeza contra la única mesa que no había sido destrozada por sus hermanos.

* * *

El padre, agotado por la paliza que había administrado, se sentó en el umbral de la puerta fumando su pipa. La madre, igualmente extenuada, se sentó en el fuelle para recuperar la respiración y restregarse los ojos bañados en lágrimas. Jinju yacía enroscada encima de una pila de hierba y de matojos, sin quejarse ni llorar, con una sonrisa congelada en el rostro.

Sus hermanos regresaron; el mayor de ellos traía un par de cubos de metal y una hilera de pimientos secos, y el más joven empujaba una bicicleta seminueva con algunos uniformes militares en el portaequipajes. Ambos se habían quedado sin aliento.

– No tenía muchas cosas que mereciera la pena coger -dijo el más joven, y luego señaló a su hermano mayor-. Tuve que detener a éste para que no destrozara el puchero y al menos le quedara algo.

– Dime, ¿todavía sigues pensando escapar con Gao Ma? -La ira del padre se reavivó.

El sonido de la música que salía del reproductor de cásete de Gao Ma inundó sus oídos. Las palabras del padre, procedentes de alguna parte, le resultaban irrelevantes.

– ¿Estás sorda? ¡Tu padre te ha preguntado si todavía piensas fugarte con él! -gritó la madre, bajándose del fuelle y dando unos golpecitos a su hija en la frente con un atizador.

Jinju cerró los ojos.

– Sí -respondió suavemente.

– ¡Pégala! ¡Pégala! -El padre saltó del umbral de la puerta y se puso de pie-. ¡Colgadla! ¡Voy a enseñar a esta pequeña puta lo que significa desafiarme!

– No puedo, padre -disintió Hermano Mayor-. Es mi hermana. Ahora mismo no sabe lo que hace, sólo es eso. Adelante, grítala, con eso será suficiente. Jinju, eres lo bastante inteligente como para saber que estás llevando la vergüenza a la familia con tu comportamiento. La gente se va a reír de nosotros durante generaciones. Admite que te has equivocado y empieza a llevar una vida normal. Los errores forman parte de toda educación. Sé una buena chica y di que lo sientes.

– No -dijo ella en voz baja.

– ¡Dadle una paliza! -repitió el padre dirigiéndose a sus hijos-. ¿Qué pasa con vosotros? ¿Estáis muertos o sordos o qué?

– Padre, nosotros… -Hermano Mayor estaba lleno de recelo.

– ¡Es mi hija y si digo que muera, es que muera! ¿Quién me va a detener? -dijo metiéndose la pipa en la cintura y lanzando a su esposa una mirada malvada-. ¡Sal y echa el cerrojo de la puerta!

La madre estaba temblando.

– Déjala hacer lo que quiera, ¿vale?

– ¿Tú también quieres recibir una paliza? -dijo dándole una bofetada-. He dicho que salgas y eches el cerrojo.

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