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Las Baladas Del Ajo

Электронная книга - «Las Baladas Del Ajo». Краткое содержание книги:

Una tragedia oriental que nos introduce en una China recóndita y contemporánea, que aún continúa siendo algo desconocida a ojos occidentales.
La trama tiene lugar en el Condado Paraíso, una zona rural de China que apenas ha conocido cambios sociales en las últimas generaciones. Pero la pobreza desatará pasiones feroces que rompen con las antiguas tradiciones.
El Gobierno ha animado a los granjeros a plantar grandes campos de ajo. Éstos recorren enormes distancias con su cosecha, pagan elevados impuestos y, al final, descubren que es imposible venderlo porque los almacenes estatales están repletos. Los campesinos se sublevan y la represión se acentúa pero, incluso encarcelados, aún florecen entre ellos el amor y la lealtad.
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Jinju se moría de risa.

– Papá, te lo acabas de inventar.

Con el sonido de la risa de su hija en sus oídos, Cuarta Tía se sorbió la nariz y engulló un piojo, apesadumbrada por los recuerdos de los días felices. Dejó de lado su caza de piojos y caminó descalza hasta los barrotes de la ventana. Pero estaba demasiado alta como para poder mirar hacia el exterior, así que optó por regresar y se puso de pie sobre el catre para disfrutar de una mejor vista. Desde allí pudo divisar una verja con alambre de espino y, detrás de ella, los campos plantados con pepinos, berenjenas y habichuelas. Las habas se estaban tiñendo de amarillo y las berenjenas empezaban a florecer. Un par de mariposas rosas y blancas revoloteaba alrededor de las flores púrpuras, yendo de acá para allá entre las espalderas de alubias y las flores de la berenjena. Cuarta Tía se sentó, retomó la caza de piojos en la manta y recuperó sus tristes recuerdos.

Era la cuarta vez aquella maña na que los periquitos del recinto de Gao Zhileng en la Carretera del Este formaban una algarabía. Cuarta Tía golpeó a Cuarto Tío con la punta del pie. -Escucha, viejo, es la hora de levantarse. Es la cuarta vez en lo que va de mañana que escucho a los periquitos.

Él se levantó, extendió una chaqueta sobre sus hombros y llenó su pipa. A continuación, se sentó a fumar en el kang mientras escuchaba los insoportables chillidos de los periquitos.

– Sal a mirar las estrellas -dijo-. No puedes confiar en un puñado de pájaros. Sólo los gallos saben cuándo ha amanecido.

– Todo el mundo dice que los periquitos son muy inteligentes -dijo ella, con los ojos brillando en la oscuridad-. ¿Has visto alguna vez los pájaros de Gao Zhileng? Son muy coloridos, verdes, amarillos, rojos, y meten sus picos curvados entre las plumas del ala, de tal modo que sólo se ven sus brillantes ojitos. Todo el mundo dice que dentro de ellos habita el diablo, lo que significa que Gao Zhileng está en su bando. Nunca he confiado en él.

Cuarto Tío dio una bocanada a su pipa hasta que la cazoleta se tiñó de un rojo intenso, pero no dijo una sola palabra. Los gritos de los periquitos cortaban la oscuridad, primero de forma estridente, luego más suave, y Cuarta Tía se imaginó los coloridos pájaros ladeando la cabeza y observándola.

* * *

Se puso la ropa de cama sobre las piernas, cada vez más invadida por el miedo y deseando que su compañera de celda volviera cuanto antes. Los guardianes gritaban en el pasillo, y Cuarta Tía escuchaba con frecuencia el sonido de sus pasos.

* * *

Fuera, en el patio, Cuarta Tía estaba muerta de frío. Un gato lustroso cruzó por encima de la pared y desapareció. Comenzó a tiritar y metió la cabeza entre los hombros mientras miraba al cielo, donde las estrellas brillaban con fuerza. La Vía Láctea parecía más densa que el año pasado. Trató de encontrar sus tres estrellas más fa- miliares. Ahí estaban, en el sudeste, junto a la resplandeciente media luna, que permanecía inmóvil en mitad de la noche. Se asomó para ver el nuevo cobertizo para el ganado que se encontraba a los pies de la pared oriental y, moviéndose a tientas entre la oscuridad, añadió más paja al pesebre. Su vaca moteada, que habían comprado la primavera anterior, se encontraba echada en el suelo, rumiando su bolo alimenticio, mientras unas luces verdes emergían de sus ojos. Pero, cuando escuchó la actividad que se desarrollaba cerca de su pesebre, se levantó y se acercó con paso lento, golpeando la cabeza de Cuarta Tía con sus cortos y curvados cuernos.

– ¡Ay! -exclamó Cuarta Tía mientras se restregaba la cabeza-. ¿Es que tratas de matarme? ¡Estúpido animal!

La vaca ya estaba ocupada masticando la paja, así que Cuarta Tía se acercó y sintió su vientre. Otros tres meses y será el momento de tener un ternero.

– ¿Y bien? -le preguntó Cuarto Tío cuando regresó al kang.

– Todavía es medianoche -respondió-. Duerme un poco más. He dado de comer a la vaca mientras estaba levantada.

– Ya me he despertado -dijo él-, así que también puedo ponerme en marcha. Ayer hice un viaje en balde, así que hoy quiero llegar temprano. Hay veinticuatro kilómetros hasta la ciudad y, teniendo en cuenta lo despacio que anda la vaca, para cuando llegue allí ya se habrá hecho de noche.

– ¿De verdad hay tanta gente vendiendo ajo?

– Créeme, la hay. Las calles están abarrotadas de campesinos, camiones, carros de bueyes, carretas con caballos, tractores, bicicletas y hasta motocicletas. La calle se extiende desde el almacén de cámaras frigoríficas hasta las vías del ferrocarril. Ajo, solamente ajo. Dicen que el almacén estará lleno en un día o dos.

– Son malos tiempos. Cada vez es más difícil vender algo.

– Despierta a los chicos y diles que carguen la carreta y enganchen la vaca -dijo Cuarto Tío-. No estoy de humor para hacerlo. Esa zorra de Jinju me saca tanto de quicio que me pongo frenético por cualquier cosa.

– ¿Sabes que tus hijos están hablando de dividir la propiedad de la familia y seguir cada uno por su lado?

– No estoy ciego. Número Dos tiene miedo de que su hermano arruine sus propios proyectos de matrimonio. Número Uno se da cuenta de lo decidida que está Jinju de irse con Gao Ma, y si el contrato de matrimonio se convierte en un pedazo de papel mojado, cree que tiene derecho a coger todo lo que pueda y a llevar una vida de soltero. ¡Unos malditos desagradecidos! ¡Eso es lo que son!

Cuarto Tío estaba fuera de sí.

– En cuanto venda esta cosecha de ajo, podemos añadir tres habitaciones y después dividirlo todo.

– ¿Jinju se quedará con nosotros?

– ¡Ya puede ir sacando el culo de aquí!

– ¿De dónde va a sacar Gao Ma los diez mil yuan que le hemos reclamado?

– Ha adquirido cuatro hectáreas de tierra este año junto a las dos que ya tenía y ha plantado ajo en ellas. El otro día pasé por delante de su campo y te puedo asegurar que va a tener una cosecha abundante, al menos dos mil ochocientos kilos, que podrá vender por cinco mil yuan. Cogeré ese dinero y le diré que me puede dar la otra mitad el año que viene. Esa zorra le ha salido barata, pero no permitiré que críe aquí, en mi casa, a ese pequeño bastardo.

– Después de que se haya ido y de que nos quedemos con el dinero de Gao Ma, va a sufrir mucho.

– ¿Empiezas a compadecerte de ella? -Cuarto Tío golpeó la pipa contra el kang-. Me da igual si esa pequeña zorra se muere de hambre.

Se dio la vuelta y salió hacia el establo de la vaca, donde Cuarta Tía le escuchó golpear en la ventana del ala oeste.

– Número Uno, Número Dos, es la hora de levantarse a cargar el ajo.

Cuarta Tía bajó del kang, encendió la lámpara y la colgó junto a la puerta. Después vertió un cacillo de agua de la tinaja en la olla.

– ¿Para qué es eso? -le preguntó Cuarto Tío cuando regresó.

– Para hacer un poco de caldo -contestó-. Te vas a pasar ca-minando la mitad de la noche.

– No te preocupes por mí -replicó-. No voy a andar. Iré en el carro todo el trayecto. Si quieres sentirte útil, ve a dar de beber a la vaca.

Los hermanos salieron de la habitación y se quedaron en mitad del patio, tiritando por el aire frío de la noche sin decir una palabra.

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