El Beso De Glasgow
- Автор: Расселл Крейг
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El Beso De Glasgow». Краткое содержание книги:
Cuando el corredor de apuestas ilegales y criador galgos Calderilla MacFarlane aparece con la cabeza machacada en su estudio, más de uno empieza a levantar un dedo acusador. Sin embargo, Lennox tiene una coartada sólida como el oro: ha pasado la noche con la hija de MacFarlane. Esto, lejos de ayudar, inevitablemente provoca que Lennox se vea envuelto en la búsqueda del asesino de MacFarlane y que descubra los otros muchos negocios turbios que el corredor de apuestas tenía. Algunos de ellos con Willie Sneddon, uno de los Tres Reyes del lumpen criminal de Glasgow. Y con éste más vale no meterse si uno no quiere acabar tiñendo la alfombra de casa con un brillante tono 0 negativo…
«Lennox es una novela negra que transciende el género. Craig Russell utiliza a este personaje duro, divertido y esperanzado para proporcionarnos los ojos y los oídos que nos transportarán a otro lugar y época. ¡Esto es lo que yo llamo una novela!» Michael Connelly
– Y esos dos jóvenes maleantes… ¿sabes quiénes son? ¿Los conocías?
– No. Un par de putos fanfarrones, si quiere mi opinión. Dampoco me fijé mucho, ¿me comprende?
– De acuerdo. Gracias, Tony. -Le di la mano. Ya me marchaba cuando se me ocurrió otra cosa. Me volví hacia el achaparrado y sonriente polaco-. ¿Qué sabes de Jack Collins? Era el socio de Calderilla en un par de negocios.
– Zí… ¿Sabía que era dambién hijo de MacFarlane? ¿Hijo ilegídimo? Calderilla y mamá Collins habían esdado jugando a un jueguito, a esconder la kielbasa, la salchicha, como solíamos desir allá, en nuesdro vaís.
– ¿Era del dominio público?
– Oh, zí… Todo el mundo zabía. Vero yo nunca he tenido una mierda que ver con el joven Collins.
– Una cosa más. Bobby Kirkcaldy tiene una especie de guardaespaldas. Dice que es su tío…
– Ah, zí… Conosco bien a ese viejo skurvysyn.
– ¿Skurvysyn? -pregunté. Me había estado concentrando para desentrañar lo que venía de Breslau y lo que procedía de Glasgow en cada una de sus frases, pero esta vez me había descolocado por completo.
– Zí… skurvysyn. Mala palabra en polaco. ¿Cómo se dise en inglés? Cabronazo… no, no es eso. Gilipollas… quizá. No, dampoco es correcto. Hijoputa…
– Está bien, ya lo entiendo, Tony. -Alcé las manos-. ¿Qué sabes de él?
– Zolo que es un bastardo redomado. Andiguo boxeador a puño limpio. Luego se dedicó a amañar peleas. Zolía arreglar los combates asustando a los boxeadores hasda que se cagaban. Bastardo hijo de puta de pies a cabesa. Vero es imvosible que se implicara en maniobra para arreglar el combate de Kirkcaldy. Al menos si eso fuera en contra de Kirkcaldy. Él sabe de qué puto lado le conviene esdar.
– Gracias, Tony. Nos vemos.
– ¿Qué dises, qué has oído? ¿Eh, Lennos?
Dejé al risueño polaco detrás de su mostrador. Aún no había llegado a ninguna parte, pero alguien estaba jugando con el interruptor de la luz en el cuarto de atrás de mi cerebro.
Volví a llamar a Lorna desde una cabina. Nada. Aquello empezaba a preocuparme. Una vez terminados mis quehaceres, me pasaría por Pollokshields para ver, como habría dicho Tony, qué esdaba passando.
Conduje hasta Partick, aparqué en Thornwood Drive y me fui a pie a Craithie Court. Había una luz agradable de atardecer y a mí me había entrado otra vez aquella empalagosa sensación de melancolía. El hostal para mujeres de Craithie Court quedaba por encima de Thornwood Drive, en lo alto de una suave colina desde donde se dominaba toda la perspectiva de la calle: un desfiladero de casas de vecinos de piedra arenisca que se extendía hasta allí donde la selva de grúas marcaba la orilla del Clyde. Aquí se veían más coches aparcados en las calles y la circulación empezaba a cambiar la fisonomía de la zona. Durante los últimos seis años se había hablado de excavar un túnel bajo el Clyde para facilitar el tráfico norte-sur. Lo que yo no sabía era si la gente del barrio sentiría un gran entusiasmo ante la idea de que Govan, en la orilla opuesta del Clyde, contara con un acceso tan directo a Partick.
Cuando llegué al hostal llamé con los nudillos a la puerta de la oficina. Aunque costara creerlo, yo tenía ciertas reglas y normas de conducta inflexibles, una de las cuales era no pegar jamás a una mujer. La matrona que me abrió la puerta era una de los mejores argumentos que me había encontrado a favor de mi actitud moral. Un adjetivo que no suele atribuirse a una mujer es «fornida», pero a la matrona del hostal le venía como anillo al dedo. Desde luego, jamás le habría pegado a una mujer como ella, no fuera a ser que me pegase ella a mí. Iba con un vestido gris oscuro de tweed de aspecto tan abrasivo que tuve la seguridad de que alguna orden religiosa debía usarlo como instrumento de mortificación.
– ¿Puedo ayudarle? -preguntó.
No respondí en el acto, hipnotizado como estaba por aquellas cejas que se le juntaban por encima de la nariz y por aquella profunda voz de barítono. Al recobrarme, le expliqué que estaba buscando a Claire Skinner por un asunto de trabajo.
– Entonces tendrá que quedar con ella en otra parte. No están permitidas las visitas masculinas.
Aquella firme tutela de virginidades sería quizá muy edificante, pero parecía un poco fuera de lugar. A buenas horas… Utilicé todas mis armas con la Matrona Peluda, incluido mi considerable encanto natural canadiense. Pero ninguna funcionó con ella, que se limitó a alzar una ceja, o mejor dicho, la mitad de su ceja de cíclope con desdeñoso hastío. Como tenía un plan B guardado en la manga, decidí desistir por el momento. Me encogí de hombros, como si a mí me diese igual y el perjuicio fuera a sufrirlo otro, e hice ademán de marcharme. Ella no me lo impidió. Ya tenía visto ese truco, como todos los demás.
Capítulo 10
Volví a la ciudad y aparqué el Atlantic en Buchanan Street, desde donde veía con toda claridad la entrada del hotel Alpha. Serían las seis cuando me aposté allí y pasó media hora antes de que apareciera Devereaux. Lo dejó delante mismo un Wolseley de la policía. Si Deveraux era detective privado y el cuerpo de policía de Glasgow le brindaba tales cortesías, me convenía cambiar de marca de colonia. Desde luego, alguna cosa estaba haciendo mal.
Deveraux se bajó del coche y entró en el hotel al trote. Le di un par de minutos para que subiera a su habitación y luego cerré el Atlantic, crucé la calle y entré en el vestíbulo.
El conserje del mostrador era un hombre menudo y moreno de unos cuarenta años que me sonrió con cordialidad (a pesar de ser menudo, cuarentón y conserje).
– ¿Puedo ayudarlo, caballero? -preguntó, sonriente.
– Sí, seguro que sí.
Le devolví la sonrisa. Exageré un poco mi acento. Por lo general los británicos no me distinguían de un americano siempre que evitara los diptongos. Los americanos los pronunciaban sin énfasis; nosotros los canturreábamos, cosa que los lingüistas describían como la «entonación canadiense». Los americanos lo llamaban canuck [6].
– Estoy buscando a un amigote -dije-. Dex Devereaux, de Vermont. Creo que está registrado aquí.
– Sí, señor. ¿Quiere que envíe a un botones para avisarle?
– Antes me gustaría asegurarme de que se trata del Dex Devereaux que yo digo. Si es él, habrá hecho la reserva desde Washington DC, ¿cierto?
El conserje siguió sonriendo.
– Lo lamento, señor. No puedo facilitarle esa información.
– Está bien. Ya lo entiendo.
Saqué de la cartera tres billetes de una libra y los puse en el mostrador de caoba.
– Creo que está en lo cierto -dijo el conserje, sin dejar de sonreír, y los billetes desaparecieron como por encanto-. ¿Envío al botones?
– No hará falta -dijo una voz a mi espalda. Me volví y me encontré a Devereaux detrás. Debía de haberse quedado esperando en el vestíbulo-. Hombre, Johnny Canuck… Sus dotes de vigilancia son patéticas -me dijo, cogiéndome del brazo con firmeza-. Vamos a dar un paseo.
Salimos del hotel. Deveraux me propuso que tomáramos mi coche, señalando vagamente hacia donde estaba aparcado el Atlantic. Supuse que lo había visto, o me había visto a mí, desde el asiento trasero del coche que lo había traído.
[6] Término despectivo referido a los canadienses, especialmente a los francófonos.