El Beso De Glasgow
- Автор: Расселл Крейг
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El Beso De Glasgow». Краткое содержание книги:
Cuando el corredor de apuestas ilegales y criador galgos Calderilla MacFarlane aparece con la cabeza machacada en su estudio, más de uno empieza a levantar un dedo acusador. Sin embargo, Lennox tiene una coartada sólida como el oro: ha pasado la noche con la hija de MacFarlane. Esto, lejos de ayudar, inevitablemente provoca que Lennox se vea envuelto en la búsqueda del asesino de MacFarlane y que descubra los otros muchos negocios turbios que el corredor de apuestas tenía. Algunos de ellos con Willie Sneddon, uno de los Tres Reyes del lumpen criminal de Glasgow. Y con éste más vale no meterse si uno no quiere acabar tiñendo la alfombra de casa con un brillante tono 0 negativo…
«Lennox es una novela negra que transciende el género. Craig Russell utiliza a este personaje duro, divertido y esperanzado para proporcionarnos los ojos y los oídos que nos transportarán a otro lugar y época. ¡Esto es lo que yo llamo una novela!» Michael Connelly
– Exacto.
Devereaux soltó un suspiro, como si aquella breve charla le hubiera producido una gran satisfacción. Me daba la sensación de que la comedia de solidaridad entre ambas orillas estaba a punto de concluir abruptamente.
– ¿Sabe, señor Lennox?, nos sería de gran ayuda si pudiera encontrar el modo de decirnos quién es su cliente.
– No puedo, señor Devereaux. Como investigador privado, usted mismo debería saberlo. Pero eso es lo único que no puedo hacer. Por lo demás, le ayudaré en todo lo que esté en mi mano. ¿Quién es John Largo?
Devereaux miró su vaso. Jock Ferguson no había tocado el suyo. Cuando Devereaux levantó la vista, seguía sonriendo todavía, pero ahora el termostato había bajado al mínimo.
– No puede esperar que confiemos en usted, señor Lennox, si usted no confía en nosotros. Seamos sinceros. Me he visto con los colegas del inspector Ferguson, y la policía de aquí parece también enormemente interesada en el señor Largo. Si a usted lo detuvieran por ocultación de pruebas podría resultar un proceso largo y doloroso.
– Yo no delato a mis clientes, Dex. Ni por una paliza, ni por dinero, ni muchísimo menos por una amenaza. -Me puse de pie-. Creo, caballeros, que deberían marcharse.
Devereaux alzó las palmas en son de paz.
– Está bien, está bien… Calma, colega. La verdad es que no puedo contarle gran cosa de Largo. Pero tiene usted razón, es un pez gordo. Y está aquí, en Glasgow, en alguna parte. Ya me he enterado de toda la historia de los Tres Reyes… una especie de Cosa Nostra escocesa de pacotilla. Permítame que le diga… Perdón, no puedo seguir llamándolo señor Lennox, ¿cuál es su nombre de pila?
– Llámeme Lennox, como todo el mundo.
– Permítame que le diga, Lennox, que John Largo podría acabar con los Tres Reyes en un abrir y cerrar de ojos. La diferencia entre Largo y los Tres Reyes viene a ser como la diferencia entre un tiburón y las algas de una charca. Al tiburón le tienen sin cuidado las algas, ni siquiera sabe que existen, pero podría destruir su hábitat de un solo coletazo. Por lo que nosotros sabemos, John Largo está un escalón por encima de la categoría criminal; prácticamente constituye una amenaza para la seguridad de Estados Unidos. Una amenaza especialmente astuta, peligrosa y dotada de recursos.
– ¿Y qué hace en Glasgow?
– Se ha pasado los últimos cinco años montando una operación que abarca el mundo entero. Ha ido colocando peones en diferentes países, como eslabones de una cadena, hasta llegar aquí.
– Déjeme adivinar… El de aquí es solo el penúltimo eslabón de la cadena, ¿verdad? Por eso ha venido usted.
Devereaux ensanchó su sonrisa y miró a Ferguson.
– ¿Sabes, Jock?, tenías razón. Es un tipo listo. -Y volviéndose hacia mí, añadió-: Sí, ya lo creo. Su familia procedía de aquí, ¿no? Quiero decir, es usted de origen escocés.
– Exacto. Mis padres se embarcaron en Port Glasgow.
– Ellos y centenares de miles… millones de personas más. Rusos, judíos, alemanes, polacos. Todos salían de este puerto junto con los escoceses que emigraban a Canadá y Estados Unidos. Este es uno de los grandes puntos de partida, Lennox, como Marsella, Nápoles o Róterdam. Y no solo de personas. Largo tiene algo que quiere hacer llegar a Estados Unidos y cuenta con gente en Nueva York que está esperándolo. Gente que posee la infraestructura necesaria para sacarle el máximo partido a esa oportunidad comercial.
Di un sorbo de whisky y asentí.
– Déjeme adivinar. Esa gente no salió hacia Estados Unidos desde Glasgow, sino más bien desde Palermo o Nápoles.
– Ya digo que es usted un tipo listo, Lennox. Confío en que lo sea lo bastante para apreciar el cuadro completo. Y es un cuadro de enorme tamaño.
– ¿Cómo sé yo que a usted no le han enviado aquí por esos nuevos americanos devoradores de espagueti?
Devereaux soltó una risotada que no me gustó.
– El inspector Ferguson puede responder por mí. Y si eso no le basta, llame al comisario McNab. El cuerpo de policía de la ciudad de Glasgow me está brindando un gran apoyo.
– Muy generoso de su parte -dije.
Hubo una pausa preñada de expectación: más preñada que una chica de Gorbals después de un fin de semana en Largs.
– Muy bien… Esta es la cuestión -decidí responder con mi mejor tono de «vale, me rindo, les daré todo lo que llevo»-. Mi cliente es una figura pública. Como ya le dije a Jock, estoy investigando la desaparición de una persona. Y esa persona desaparecida es un pariente muy cercano de mi cliente. Me pasé por su apartamento y de golpe va y entra Paul Costello con una llave. Este me toma por policía. Cuando le digo que no lo soy, me pregunta si me envía Largo. Acabamos manteniendo una discusión, por cierto bastante acalorada. Le pregunto quién es Largo y él se zafa de la pregunta en cuestión diciendo que Largo es un tipo al que le debe dinero. Ya está. Eso es todo. Luego, unos días más tarde, el papá de Costello me llama y yo le explico lo sucedido. Entonces él me cuenta que Paul ha desaparecido.
– Igual que el pariente de tu cliente -observó Jock Ferguson, dando su primer sorbo de whisky.
– Lo cual no significa que una cosa tenga que ver con otra.
– ¿Y qué hay de ese Bobby Kirkcaldy? -preguntó Devereaux-. Jock dice que está metido en un caso relacionado con él y que fue justamente mientras usted le preguntaba sobre Kirkcaldy cuando nombró a Largo.
Agité la mano en el aire con vaguedad.
– No… eso no tiene ninguna relación. Simplemente se me ocurrió preguntarle durante la conversación si le sonaba el tal Largo. Por cierto, he preguntado por él por toda la ciudad. A nadie le suena de nada.
– No es de extrañar -dijo Devereaux-. Como le he dicho, Largo se mueve en un nivel distinto.
– Lo que yo digo es… ¿no podría ser que estemos hablando de dos Largos diferentes? Yo ni siquiera sabía su nombre de pila hasta que Jock lo mencionó. Quizá no se trate de John Largo.
– Tal vez -dijo Devereaux-. Pero nos consta que está aquí en Glasgow. Y el hecho de que usted lo nombrara es la única pista que hemos tenido en meses.
– Por el amor de Dios, Lennox. -Ferguson dio rienda suelta a su frustración-. Dinos quién es tu cliente. No tenemos más que hablar con Jimmy Costello. Él nos lo dirá igualmente.
– En ese caso le habréis sacado el dato a él, no a mí. Y yo no me fiaría mucho de Costello como fuente de información. -Di un suspiro y me volví hacia Devereaux-. Miren, yo les he dicho todo lo que podía, que es prácticamente todo lo que hay. Así que… ¿por qué no salimos de este punto muerto y me cuentan lo que saben de Largo y en qué está metido, y yo les digo si encaja con algo más de lo que ha sucedido?
Devereaux se puso de pie y se colocó el sombrero de paja sobre aquella alfombrilla perfectamente nivelada y erizada que tenía en la cabeza.
– Quizá lo hagamos. Y gracias por su tiempo, Lennox. La próxima vez invito yo a las copas -dijo con su acostumbrada sonrisa amistosa. Y sin embargo, no lograba entender por qué, a mí me sonó como una amenaza.
Diez minutos después de que se marcharan, volvió a sonar un golpe en la puerta. Abrí y me encontré en el umbral a Fiona White. Iba con un vestido camisero rosa de manga corta y llevaba puesta una mirada de reprobación; un conjunto al que ya me había acostumbrado.
– Pase, por favor, señora White -le propuse, a sabiendas de que no iba a entrar. Nunca entraba. Sus ojos verde claro relucían fríamente, pero advertí que aun así se había repasado los labios antes de subir.
– Señor Lennox, ya le dije cómo me sienta ver a la policía en mi puerta. Después de la última vez que lo detuvieron…
La interrumpí alzando una mano, como quien para el tráfico.
– Escuche, señora White. Uno de los caballeros que han venido era policía, tiene razón. Pero seguro que habrá advertido que el otro era americano. Se dedica a lo mismo que yo. -Hice una pausa para que registrara un hecho tan impresionante: yo me movía a escala internacional. La miré a la cara. Lo había registrado, sí, pero sin el menor efecto-. No han venido a detenerme ni a interrogarme, señora White. Han venido como colegas para recabar mi opinión sobre un caso. En lo que se refiere al último incidente… creí que había quedado claro: se trató de un malentendido. Un malentendido que usted misma contribuyó decisivamente a solventar.