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El Beso De Glasgow

Электронная книга - «El Beso De Glasgow». Краткое содержание книги:

Lennox, un detective que podría ser el hijo del mismísimo de Philip Marlowe, -cínico por fuera pero con un corazón de oro- vuelve a las calles de Glasgow para resolver un caso que no pinta nada bien para él.
Cuando el corredor de apuestas ilegales y criador galgos Calderilla MacFarlane aparece con la cabeza machacada en su estudio, más de uno empieza a levantar un dedo acusador. Sin embargo, Lennox tiene una coartada sólida como el oro: ha pasado la noche con la hija de MacFarlane. Esto, lejos de ayudar, inevitablemente provoca que Lennox se vea envuelto en la búsqueda del asesino de MacFarlane y que descubra los otros muchos negocios turbios que el corredor de apuestas tenía. Algunos de ellos con Willie Sneddon, uno de los Tres Reyes del lumpen criminal de Glasgow. Y con éste más vale no meterse si uno no quiere acabar tiñendo la alfombra de casa con un brillante tono 0 negativo…
«Lennox es una novela negra que transciende el género. Craig Russell utiliza a este personaje duro, divertido y esperanzado para proporcionarnos los ojos y los oídos que nos transportarán a otro lugar y época. ¡Esto es lo que yo llamo una novela!» Michael Connelly
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Durante el día, Tony el Polaco era verdulero. Como buen polaco, no había comprendido que las frutas y verduras, a menos que estuvieran fritas o pudieran freírse, ocupaban el último lugar en la lista de la compra de cualquier glasgowiano. Quizá por eso, porque no le daba mucho trabajo, aquel siguió siendo su oficio diurno. El que le proporcionó dinero de verdad fue su otro oficio, el nocturno: Tony el Polaco Grabowski reventaba cerraduras como nadie. Llegó a ser sin duda el mejor especialista de Escocia en cajas fuertes; no había una que se le resistiera. Pero aquella vida era muy dura. Siempre existía el riesgo de poner mal un pie, de resbalar por la cañería y darse un porrazo. O el peligro de las alarmas silenciosas, de los vigilantes nocturnos, de las patrullas de paso sigiloso. Así pues, cuando hubo ahorrado lo suficiente para ofrecerle una vida confortable a su familia, y antes de que lo encerrasen en una caja a él mismo, Tony dejó las cerraduras y se resignó a un mundo de coles pasadas y tomates pochos. Aunque de vez en cuando, eso sí, montaba una timba o una tanda de apuestas sobre algún acontecimiento deportivo solo para redondear las ganancias que le aportaban los guisantes y las coles de Bruselas.

Encontré a Tony el Polaco detrás del mostrador de su verdulería, en Cathcart Road. Era un tipo bajo y rechoncho con una cara ancha inequívocamente polaca y un acento polaco todavía más inequívoco. Se estaba quedando calvo y se afeitaba el pelo que le quedaba. Por la sombra oscura que le rodeaba el cráneo de una sien a otra, deduje que debía de ser más tarde de lo que yo creía, ya casi las cinco.

– Hola, Tony… ¿Qué dices, qué has oído por ahí?

Se echó a reír ante aquella frase de película. En realidad, fue una risita lo que soltó, lo cual no se avenía demasiado con su físico rechoncho y poderoso. Tony era un gran fan de James Cagney y mi acento «americano» lo había dejado extasiado la primera vez que nos vimos. Desde entonces, cada vez que nos veíamos, lo saludaba con la frase de Rocky Sullivan en Ángeles con caras sucias. Una vez probé con el Bogart de El tesoro de Sierra Madre, pero enmudecí en el acto ante su mirada reprobadora.

– Hola, Lennos. ¿Qué disse, qué ha oído? Ha vassado musho ziempo, amigo…

Su manera de hablar tenía todavía más gracia porque Tony no se daba cuenta de que mezclar la jerga de Glasgow con un fuerte acento polaco era en sí una proeza, casi un número de circo. Cualquier persona que aprende un idioma tiende a utilizar la variante peculiar a la que se encuentra expuesto. En lo que se refería al inglés, Tony había sido sometido al equivalente lingüístico de una radiación gamma: al inglés glasgowiano. Ahora ya bromeaba y charlaba como un nativo, pero metiendo uves, zetas y eses por todas partes. Resultaba tan desternillante como abstruso, y yo me tronchaba cada vez que lo oía, aunque disimulaba.

– Hola, Tony. ¿Cómo van las cosas?

– Como ziempre. No vuedo queharme… Dampoco serviría de musho queharse -dijo, con su habitual mezcla de Will Fyffe y Akim Tamiroff, más unas gotas de Bela Lugosi-. ¿Qué passa?

– Estoy buscando un poco de información.

– Puez ha venido al zitio indicado… Me conosco bien el percal. -Soltó su risita afeminada y me señaló el mostrador con un gesto ampuloso.

Nos interrumpió una mujer bajita que iba con pañuelo en la cabeza, delantal y unas descoloridas pantuflas a cuadros. Debía tener entre treinta y ochenta años. Los glasgowianos solían saltarse la media de edad, tomando un atajo que iba directamente de la lozanía a la decrepitud. La mujer indeterminada le hizo su pedido. Tony abrió una bolsa de papel con un chasquido seco: un gesto teatral que solo los verduleros y los ilusionistas serían capaces de ejecutar. Metió unas cebollas en la bolsa y, con el mismo floreo de ilusionista, le dio un giro airoso para cerrarla.

– Aquí diene, reina -le dijo con una gran sonrisa a la mujer en pantuflas.

Ella salió del local arrastrando los pies.

– ¿Qué classe de invormassion? -preguntó cuando nos quedamos solos.

– Es un asunto confidencial, Tony. Solo entre tú y yo… Nadie sabrá cuál ha sido mi fuente. Necesito saber si alguien ha intentado colocar una gran apuesta para el combate Bobby Kirkcaldy-Jan Schmidtke. Hablo de una apuesta muy elevada.

Estaba en manos de su buena voluntad. De nada me servirían aquí los sobornos ni las amenazas. Siempre era más fácil si el informador era pobre o miedica.

– Ah, , ya esdamos odra vez, hoder… Endre dú y yo, las pelotas. Avuesto a que trabaha para uno de los Dres putos Reyes. ¿Quién lo envía? ¿Villie Sneddon? -inquirió.

Eludí la pregunta.

– Eso no importa, Tony. ¿Ha intentado alguien apostar fuerte por la derrota de Bobby Kirkcaldy?

– No. Yo me habría enderado. Dendría que haberla negossiado con los grandes. -Arrugó la frente (la última arruga marcaba la frontera fantasmal con su difunto cuero cabelludo)-. Espere… hubo una cossa. Un par de capullos de mierda. Eztaban en el Zaracen’s Zord… hase tres semanas. Vinieron haziéndose los impordantes…

Yo conocía el Saracen’s Sword, el pub al que se refería. Tony lo usaba como oficina informal, como yo con el Horsehead.

– ¿Y querían colocar una apuesta?

– No… no ecsactamente. Hasían como si zolo esduvieran inderesados en saber cómo funzionaría. Dos capullos hasiéndo los impordantes, ya digo. Dio la impresión de que no denían dinero para una apuesda grande, pero que esveraban conseguirlo.

– ¿De dónde eran los tipos? -le pregunté, resistiendo el impulso de meter una uve o una zeta por en medio.

– ¿Quién coño sabe, Lennos? Yo creo que zólo desían donterías. ¿Me comprende?

– Pero ¿hablaron de apostar contra Bobby Kirkcaldy?

– No… Yo no he dicho eso. Ellos no diheron por quién querían aposdar. Zólo querían saber quién aseptaría una apuesda tan grande como esa. No les hisse mucho caso, para ser sinsero. Eran zolo un par de gilipollas disiendo donterías, ya digo.

– ¿Y qué les dijiste?

– Que yo me encargaría, pero que una apuesda así de grande la negossiaría. Que metería a los grandes. Yo o Calderilla MacFarlane. Pero eso fue andes de que le mashacaran la cabessa.

– ¿Calderilla MacFarlane? -Sentí un hormigueo en la nuca.

– , claro. Normalmente yo ze los habría enviado a Calderilla. Pero las únicas apuesdas que asepta ahora Calderilla zon para saber a quién le mederá el demonio la horca por el culo…

En lugar de la risita, esta vez soltó una especie de cacareo.

– ¿Te ha venido a ver la policía desde su asesinato?

– ¿La polisía? No, ni ze preocupan por mí. Para ellos, no dengo antesedentes. Ni siquiera saben la mitad de mierdas que he montado. Y todo el mundo ve que ahora zoy hombre honrado.

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