Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Триллеры » El Beso De Glasgow
El Beso De Glasgow - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

El Beso De Glasgow

Электронная книга - «El Beso De Glasgow». Краткое содержание книги:

Lennox, un detective que podría ser el hijo del mismísimo de Philip Marlowe, -cínico por fuera pero con un corazón de oro- vuelve a las calles de Glasgow para resolver un caso que no pinta nada bien para él.
Cuando el corredor de apuestas ilegales y criador galgos Calderilla MacFarlane aparece con la cabeza machacada en su estudio, más de uno empieza a levantar un dedo acusador. Sin embargo, Lennox tiene una coartada sólida como el oro: ha pasado la noche con la hija de MacFarlane. Esto, lejos de ayudar, inevitablemente provoca que Lennox se vea envuelto en la búsqueda del asesino de MacFarlane y que descubra los otros muchos negocios turbios que el corredor de apuestas tenía. Algunos de ellos con Willie Sneddon, uno de los Tres Reyes del lumpen criminal de Glasgow. Y con éste más vale no meterse si uno no quiere acabar tiñendo la alfombra de casa con un brillante tono 0 negativo…
«Lennox es una novela negra que transciende el género. Craig Russell utiliza a este personaje duro, divertido y esperanzado para proporcionarnos los ojos y los oídos que nos transportarán a otro lugar y época. ¡Esto es lo que yo llamo una novela!» Michael Connelly
1 ... 38 39 40 41 42 43 44 45 46 ... 78
Перейти на страницу:

Ahí parecía concluir la historia.

Me pregunté cómo se habría tomado Lorna la noticia, y si la policía habría tenido la delicadeza de informarla antes de que lo viera en el periódico. Me terminé el café y fui caminando a mi oficina. El tiempo volvía a ser el de siempre y caía una llovizna grasienta del cielo gris acerado. En cuanto llegué, marqué el número de Lorna, pero nadie respondió. Colgué y decidí pasar a verla aquella tarde. Habían transcurrido varios días desde mi última visita, aunque había seguido llamando a diario. Cada llamada parecía provocar una reacción más fría que la anterior. Me sabía mal no haber ido más a menudo, pero me había distraído con todo lo sucedido últimamente. Y además, seguía sin poder darle lo que ella quería.

Ahora que el asesinato de Calderilla había dejado de ser un motivo de preocupación adicional, decidí olvidar toda la cuestión sobre el tipo de negocio que se traía con Bobby Kirkcaldy. Lo primordial era descubrir quién estaba tratando de distraer a Kirkcaldy del combate. Me constaba que no podía ser la gente de Schmidtke: no llegarían al país hasta el final de aquella semana. Esto, desde luego, no quería decir que no pudieran haber contratado a unos matones locales, pero la posibilidad parecía poco factible y yo más bien me decantaba por buscar a alguien que hubiese apostado fuerte por la derrota de Kirkcaldy. Me pasé el resto del día yendo de un garito de apuestas a otro. Un tour por los urinarios públicos de Calcuta habría resultado más edificante.

La hora del almuerzo me pilló en el East End y acabé metiéndome en un café donde nunca había entrado. Resultó que estaba especializado en comida grasienta: el beicon, la salchicha y el pan frito que me trajeron venían a ser como islas en un mar viscoso. Decidí ahorrarles el trago a mis tripas y me conformé con el café. Luego busqué una cabina y eché unas monedas.

Marqué otra vez el número de Lorna, pero seguían sin atender. Había un guía de teléfonos en el estante y la consulté hasta encontrar el número de los tres hoteles que quedaban en las inmediaciones de Saint Andrew’s Square y entraban en el presupuesto que la policía de Glasgow solía estar dispuesta a sufragar. Pedí en cada uno por el señor Dexter Devereaux, de Vermont, Estados Unidos. Tres dianas. Lo intenté en el hotel Central y en el Saint Enoch Station; ningún americano llamado Devereaux. Resultó que debería haber trabajado alfabéticamente: lo localicé en el hotel Alpha, en Buchanan Street. Me dijeron que el señor Devereaux había salido por asuntos de negocios y que no lo esperaban hasta la tarde. Respondí que no quería dejar ningún mensaje y pulsé los botones plateados para cortar la comunicación. Los volví a soltar y marqué el número del apartamento de Sheila Gainsborough en Glasgow. Tampoco contestó nadie.

La siguiente llamada tuvo más éxito, si éxito puede considerarse tener que hablar con Willie Sneddon.

– ¿Ha visto la noticia? -le pregunté.

– Sí, la he visto. -La voz de Sneddon sonaba insulsa, neutra-. Los putos pikeys. No puedes darles la espalda ni un segundo.

– Tommy Pistola Furie… Por lo que dicen los periódicos, parece que peleaba a puño limpio. ¿Se había tropezado con él?

– No; que yo sepa, no. Quizá. En esto no hay nombres ni nada. Yo no les sello la puta cartilla del seguro. En fin, toda esta mierda no tiene nada que ver ni importa un carajo. ¿Tienes algo sobre Bobby Kirkcaldy?

Me costó un momento asimilar toda la riqueza del inglés tal como se habla únicamente en la madre patria.

– No. Me he pasado el día recorriendo garitos de apuestas para averiguar quién ha apostado contra él.

– Joder, ¿te cuentan esas cosas? -preguntó Sneddon.

– He usado su nombre en vano… completamente en vano. Nadie sabe de ninguna gran apuesta.

– Eso no significa una mierda -dijo Sneddon-. Las apuestas de verdad no pasan por esos putos garitos callejeros. Habla con Tony el Polaco.

– ¿Grabowski? -pregunté, pero la operadora me instó en ese momento a echar más monedas en el teléfono. Lo cual me recordó que había que andarse con cuidado con lo que decías en una cabina. Eché un par de monedas de tres peniques y pulsé de nuevo el botón.

– ¿Grabowski? -volví a preguntar-. Creía que Tony ya había dejado las apuestas, igual que lo de las cerraduras.

– No. Ha ganado lo bastante para retirarse, el muy cabrón, pero aún organiza apuestas de vez en cuando. Si alguien ha colocado una gran suma en la ciudad, Tony el Polaco lo sabrá.

– Me encargaré de comprobarlo. ¿Puedo seguir usando a Deditos para mantener vigilada la casa de Kirkcaldy? Tengo a mi chico allí por las tardes.

– Supongo… ¿Nada más?

– Hay otra cosa…

Había estado dudando sobre si debía manifestar mis sospechas, pero llegué a la conclusión de que Sneddon tenía derecho, como cliente, a saber lo que me rondaba por la cabeza.

– ¿Qué?

– No sé si será motivo para preocuparse o no. ¿Recuerda que le pregunté si conocía a un tipo llamado John Largo?

– Sí, ¿qué pasa?

– Bueno, le he preguntado por él a un montón de gente y anoche recibí la visita de un poli amigo mío. Vino acompañado de un yanqui que dijo ser detective privado de Vermont.

– ¿Y?

– Si era un detective privado yo soy Grace Kelly. Por lo que se refiere a la policía de Glasgow, está claro que él lleva la batuta.

– ¿Y a mí qué?

– No sé. No sé si le afectará a nadie, pero significa dos cosas: que un peso pesado de la policía americana está en la ciudad y que John Largo, sea quien sea, es un pez gordo, gordo de verdad. Y Glasgow es un estanque pequeño. Su estanque.

– Ya capto la idea. Preguntaré por ahí. ¿Se lo has contado ya a Cohen y Murphy?

– No, pero se lo contaré. Y yo no haría mucho ruido preguntando por ahí. Haciendo eso justamente he conseguido llamar la atención de Eliot Ness.

En cuanto colgué, salí con el coche del East End, crucé el río y enfilé hacia el sur en dirección a Cathcart y Newton Mearns.

Había muchas cosas en Glasgow, y en Escocia, que me provocaban urticaria, pero también había muchos aspectos de los escoceses que me gustaban. Una de las cualidades que los redimía a mis ojos era su capacidad para aceptar distintos matices de ser escocés. Del mismo modo que uno podía considerarse irlandés-americano, existían identidades dentro de Escocia que eran únicas, pero formaban parte de la propia identidad escocesa: italiano-escocés; judío-escocés (variedad que había dado lugar al fenómeno totalmente único del bar-mitzvá cèilidh, [5] en el cual se requería kipá y falda escocesa); y desde el final de la guerra, polaco-escocés.

Tony el Polaco Grabowski era uno de los miles de soldados polacos que habían luchado con el ejército británico. Muchos habían caído defendiendo una isla que solo habían conocido unos meses antes, y la gran mayoría del Ejército Libre Polaco había estado destinada en Escocia. Yo sentía debilidad por los polacos: la Primera División Acorazada Polaca había sido agrupada con la Primera División Canadiense, de manera que los había visto en acción. Y después de verlos, me había considerado afortunado por estar en el mismo bando que ellos.

Terminada la guerra, como muchos de sus compatriotas, Tony el Polaco llegó a la conclusión de que prefería el estampado de este lado del Telón de Acero y se convirtió en residente extranjero y más tarde en ciudadano británico. Se casó con una escocesa y se estableció en Polmadie, al sur de la ciudad. Polmadie era un barrio tan pintoresco como su nombre indicaba: un laberinto de casas de vecindad y viviendas pareadas de protección oficial construidas en la década de 1930. A decir verdad, en una ciudad con barrios llamados Auchenshuggle y Roughmussell, Polmadie resultaba casi poético. Y una casa pareada era un palacio comparada con un cuchitril de Gorbals.

вернуться

[5] Combinación de ceremonia de iniciación judía y festejo gaélico.

1 ... 38 39 40 41 42 43 44 45 46 ... 78
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)