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Электронная книга - «El Cielo De Los Leones». Краткое содержание книги:

Hay en este libro el deseo repetido de contar el mundo para bendecirlo. Todo lo que sucede alrededor de quien lo escribe la sorprende y abisma en un canto que no transige con la desdicha como algo insondable. Andar en la vida es irse de parranda en busca de sus mejores instantes y de cada instante como el atisbo de un milagro. Extra?a correspondencia la que existe entre los deseos y la seducci?n, entre lo inveros?mil y catedral, entre la riqueza y la casualidad, ente el mar y los volcanes, entre la valent?a y el desafuero, entre las aventuras y la ventura. Cada uno de los textos que re?ne este libro acude en busca de semejante correspondencia, y la encuentra como parte de un ensalmo tenaz a cuyo encanto se rinde. La evocaci?n y los sue?os son del culto preciso y continuo que cruza estas p?ginas, cuyo empe?o es persuadirnos de cu?n prodigiosa y arrebatada es la vida, de cu?ntos motivos diarios tiene para hacer que la veneremos. La autora de este libro cree en el sensato h?bito de la locura, en el desaf?o diario que es mirar a otros vivir como quien delira: cielo hay para todos, dice, hasta para los leones debe haber un cielo. Por eso nos atrapa la seducci?n. ?Qu? es la bendita seducci?n, sino el sue?o de que hay tal cosa como el cielo?
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Aquí vive con todas sus luces la más intrépida, la mejor de cuantas hermanas puede alguien tener: Verónica, rápida como los pájaros, incansable, asida a la razón que según ella es su ley primera y según yo su debilidad única, cambiando de lugar todas las cosas sin perder de vista una sola, sin negarle a la agudeza de su lengua ninguno de sus mil deberes. Aquí está Daniela su hija con el rigor de la ley entre las manos y una sonrisa como un bálsamo. Desde aquí Lorena ayudándome a buscar a un perro capaz de enamorarse como sólo Quevedo y de perderse de mí como sólo yo suelo perderme. Aquí los dos Arturos: el que vivió conmigo para mi fortuna y el que vive con mi hermana como quien teje su fortuna.

Aquí crecieron todas la vacaciones de mis hijos, aquí su extraordinaria abuela les enseñó a jugar ajedrez y a tener paciencia, aquí aprendieron a andar en bicicleta y a venerar la tierra y sus prodigios, aquí vuelven cada vez que les urge saber quiénes son y dónde está la imprescindible métrica de sus vidas. Aquí anda su padre, leyendo siempre un libro, inteligente y ensimismado como si estuviera en todas partes. Aquí también están cada uno y todos mis grandes amores: los posibles, los imposibles y los que siendo inconfesables se volvieron perennes. Aquí, como si todo esto que nombro no fuera suficiente, la Universidad de Puebla me entrega hoy un grado que me enaltece y me alegra, un privilegio al que pretendo hacer honor el resto de mis días.

Nada me asombra y me regocija más que los seres humanos. Trato a diario de contar su vida y sus milagros porque imagino que al contarlos conseguiré asir uno que otro de sus deseos y sus contiendas. Sé que imagino maclass="underline" la gracia de los demás está en que sabemos de ellos tan poco como conseguiremos saber de nosotros. Yo querría ser audaz, pero creo que escribo por temor. Le temo al día en que no veré más cómo llega la noche, cómo se crece el mar, cómo entra la llovizna leve sobre el cauce de las montañas, cómo crecen mis hijos, cómo se enamorarán los hijos de mis hijos. Y le temo todos los días, con más reticencia que a la muerte, a la posibilidad de que no me quieran aquellos a quienes reverencio. Este premio será siempre un conjuro contra semejante temor.

Las venturas, como la vida misma, son un regalo impredecible. Acepto con alegría el espléndido estímulo que es estar aquí, acogida por ustedes y por este claustro, símbolo de cuantos caminos cruzan nuestra ciudad. Lo acepto con la única sensatez de la que soy capaz, la que me dice que es imperioso aceptar la generosidad con que nos miran otros, porque nos urge aprender a mirar a los otros con la misma generosidad.

IGUAL QUE UN COLIBRÍ

Arrebatada, repentina, inevitable, la felicidad cruza dejándonos el silencio como hacen los ángeles y las luciérnagas, igual que un colibrí o las hadas.

No se busca la felicidad, se encuentra. Aparece cuando menos la esperábamos y es huidiza, quebrantable, embaucadora. Como la luz de las mañanas, como el ruido del mar, como el amor desordenado, las hojas de los árboles o el azul de los volcanes.

Uno puede recontar sus momentos de felicidad, aunque no siempre pueda explicarlos y no a todos les resulten deseables. Quien se apasiona por el mar es feliz de sólo verlo, quien lo teme o le parece prescindible pasa frente a la orilla de su prodigio sin conmoverse. Quien juega a la lotería goza con el atisbo de un premio. Quien siente que su vida está signada por el azar vive jugando a la lotería, y entreverada con la diaria existencia se va encontrando la felicidad. A cualquier hora, como una gota de agua: en el aire o al fondo de un abismo.

Hará un mes que una voz pedregosa irrumpió en el teléfono a las dos de la mañana. Me preguntó si yo era yo. Dije que sí.

– Véngase rápido al puente Conafrut, su hijo chocó, se desbarató el coche.

– ¿Y él? -pregunté, volviendo a creer en el infierno.

– Él está bien, pero véngase rápido. Rápido.

Le pedí que me dejara oírlo, quise saber quién llamaba, pero del otro lado sólo respondió el aire oscuro de una ausencia.

Su papá y yo nos vestimos en segundos y salimos tras la voz creyendo en ella tanto como desconfiábamos. Casi sin hablarnos, con tal de no decir lo que íbamos pensando. Fuimos hasta la carretera a Toluca, anduvimos por su oscuridad como a tientas, tratando de recordar en dónde está el puente por el que hemos pasado tan pocas veces y con tanta luz como nuestro hijo lo tiene en la memoria de quien transita a diario la descabellada carretera.

Él y la voz que nos llamó debían estar del otro lado, llegando a la ciudad, no abandonándola. De lejos vimos el coche colgado de una grúa bajo las luces de una patrulla.

¿Y el hijo?

Un pánico mudo nos recorrió el cuerpo. Cruzamos la eternidad en tres kilómetros: y ahí estaba el hijo. Inmensamente vivo, entero, agitando los brazos. Y ahí estaba, indeleble, fortuita: la felicidad.

¿Cómo agradecer ese instante? ¿Qué premio de cuál lotería nos lo dio un jueves cualquiera? No se busca la felicidad: se encuentra.

Quizás lo más inquietante de todo lo suyo es que mil veces resulta imprevisible.

Ayer pasé la tarde sola en mi casa. A las nueve de la noche aún no había oído a nadie llegar. Estuve un tiempo largo frente a la computadora, entretenida con sus letras haciendo las mías. Ni un solo ruido. Semejante silencio comparado al trajín que agobia las mañanas me pareció una humilde manera de vislumbrar la felicidad.

Abrí el correo electrónico: varias cartas, dos contraseñas. Una fue de mi hermana: "ven a Puebla, caminaremos" dice. Y dice tanto. La pienso. Ella nunca pregonaría: "¡qué feliz soy!" Es mucho más enigmática y mucho más clara que eso: sabe hacer felices a otros. ¿Quién puede lo segundo sin lo primero?

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