El Cielo De Los Leones
- Автор: Mastretta Angeles
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «El Cielo De Los Leones». Краткое содержание книги:
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El elogio del diálogo y el elogio de la templanza pueden perfectamente ir unidos y sostenerse y completarse el uno al otro.
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Hablar de sí es un hábito de la edad tardía. Y sólo en parte cabe atribuirlo a la vanidad.
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Biológicamente, yo sitúo el comienzo de mi vejez en el umbral de los ochenta años. Pero psicológicamente siempre me consideré un poco viejo. Incluso cuando era joven. Fui un viejo de joven, y de viejo me consideré todavía joven hasta hace unos años. Ahora creo que soy un viejo-viejo.
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No conviene generalizar. Pero estoy dispuesto a reconocer que hay gran cantidad de obras filosóficas, literarias y artísticas que ya no logro entender y que rehuyo porque no las entiendo.
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El viejo satisfecho de sí de la tradición retórica y el viejo desesperado son dos actitudes extremas. Entre estos dos extremos hay otros infinitos modos de vivir la vejez.
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El mundo de los viejos, de todos los viejos, es de forma más o menos intensa el mundo de la memoria. Se dice que al final eres lo que has pensado, amado, realizado. Yo añadiría: eres lo que recuerdas… Que te sea permitido vivir hasta que los recuerdos te abandonen y tú puedas a tu vez abandonarte a ellos.
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Diré con una sola palabra que tengo una vejez melancólica, entendiendo la melancolía como la conciencia de lo no alcanzado y de lo ya no alcanzable. La melancolía está atemperada, no obstante, por la constancia de los afectos que el tiempo no consumió.
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La sensación que experimento al estar todavía vivo es sobre todo de estupor, casi de incredulidad.
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La fortuna tiene los ojos vendados, pero el infortunio nos ve perfectamente. Hasta ahora he estado bajo la protección de la invidente, cuyos protegidos, precisamente por ser elegidos a ciegas, no pueden jactarse de nada: Pero no estoy en condiciones de responder a la pregunta: ¿hasta cuándo?… No lo sé ni quiero saberlo. El azar explica demasiado poco, la necesidad explica demasiado.
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Los hombres son muy distintos entre sí. Se suele distinguirlos sobre la base de mil criterios. Imposible e inútil enumerarlos todos. Pero siempre me ha asombrado que se dé tan poca importancia a un criterio que debería marcar más profundamente su irreductible diferencia: la creencia o no en un más allá después de la muerte.
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Que los hombres son mortales es un hecho. Que la muerte real que hemos de constatar día tras día a nuestro alrededor y sobre la cual no cesamos de reflexionar, no es el fin de la vida sino el tránsito a otra forma de vida imaginada y definida de distintas maneras según los distintos individuos, las distintas religiones, las distintas filosofías, no es un hecho, es una creencia.
Cuando leo los elogios de la vejez que proliferan en la literatura de todos los tiempos, me asalta la tentación de sacar del proverbio erasmiano (en torno a la guerra) esta variante: quien alaba la vejez no le ha visto la cara.
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Desde que empecé a reflexionar sobre los problemas últimos, siempre me he sentido más cerca de los no creyentes.
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Para el no creyente, el argumento principal es la conciencia de la propia poquedad frente a la inmensidad del cosmos, un acto de humildad ante el misterio de los universos mundos.
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La respuesta del no creyente excluye cualquier otra pregunta.
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Siento curiosidad por saber cómo se imaginan la vida después de la muerte quienes creen en ella.
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Tomar en serio la vida significa aceptar firme y rigurosamente, lo más serenamente posible, su finitud.
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Todo lo que ha tenido un principio tiene un final. ¿Por qué no iba a tenerlo también mi vida? ¿Por qué el final de mi vida iba a tener a diferencia de todos los acontecimientos, tanto los naturales como los históricos, un nuevo principio?
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Dicen que la sabiduría consiste, para un viejo, en aceptar resignadamente sus límites. Mas para aceptarlos es preciso conocerlos. Para conocerlos es preciso tratar de explicárselos. No me he vuelto sabio. Los límites los conozco bien, pero no los acepto. Los admito únicamente porque no tengo otro remedio.
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He llegado al final sin ser capaz de una respuesta sensata a las vicisitudes de las que fui testigo me plantearon de continuo. Lo único que creo haber entendido, aunque no era preciso ser un lince, es que la historia, por muchas razones que los historiadores conocen perfectamente pero que no siempre tienen en cuenta, es imprevisible.
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Cuantos de la historia hacen una profesión y con mayor motivo los políticos, que son asimismo actores de la historia de un país, harían bien en comparar de vez en cuando sus previsiones, en las cuales entre otras cosas se inspira su conducta, con los hechos realmente acaecidos y en medir la magnitud y la frecuencia con que se corresponden unos con otros. A menudo realizo ese control sobre mí mismo. Es muy instructivo y, considerados los resultados del cotejo, mortificante.