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Электронная книга - «El Cielo De Los Leones». Краткое содержание книги:

Hay en este libro el deseo repetido de contar el mundo para bendecirlo. Todo lo que sucede alrededor de quien lo escribe la sorprende y abisma en un canto que no transige con la desdicha como algo insondable. Andar en la vida es irse de parranda en busca de sus mejores instantes y de cada instante como el atisbo de un milagro. Extra?a correspondencia la que existe entre los deseos y la seducci?n, entre lo inveros?mil y catedral, entre la riqueza y la casualidad, ente el mar y los volcanes, entre la valent?a y el desafuero, entre las aventuras y la ventura. Cada uno de los textos que re?ne este libro acude en busca de semejante correspondencia, y la encuentra como parte de un ensalmo tenaz a cuyo encanto se rinde. La evocaci?n y los sue?os son del culto preciso y continuo que cruza estas p?ginas, cuyo empe?o es persuadirnos de cu?n prodigiosa y arrebatada es la vida, de cu?ntos motivos diarios tiene para hacer que la veneremos. La autora de este libro cree en el sensato h?bito de la locura, en el desaf?o diario que es mirar a otros vivir como quien delira: cielo hay para todos, dice, hasta para los leones debe haber un cielo. Por eso nos atrapa la seducci?n. ?Qu? es la bendita seducci?n, sino el sue?o de que hay tal cosa como el cielo?
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– ¿Qué? -preguntamos incrédulas y asustadas. Ella fingió otras ocupaciones.

– ¿Qué? -volvimos a decir conteniendo los gritos, pero temblando de cansancio y abandono.

– Se ha marchado -dijo de nuevo la mujer, sin siquiera pedir una disculpa.

Lo que siguió fue un largo alegato, con manoteo, explicaciones, demandas, y furias de nuestra parte, al que la mujer no hizo sino responder varias veces: "Pues se ha marchado".

Volvíamos nosotras a no poder creerlo, volvíamos a preguntar si podíamos correr a la pista, si no podíamos detener el avión que aún se veía desde la ventana y que dimos en llamar para más confundir las cosas y con gran fiereza el "pinche avión"; si no podíamos lo que fuera, incluso lo inaudito. Y así durante diez, quince, eternos minutos. Hasta que ella, tan impaciente como puede ser una impaciente burócrata de Iberia, nos dijo en el colmo de la contundencia hispánica:

– Señoras, tenéis que aceptarlo, entendedlo, el avión se ha marchado, iba completo y se ha marchado. ¡Aceptadlo! ¡Aceptadlo ya!

Junto a nosotros había otros quince italianos, a los que también había dejado el sobrevendido vuelo, tan enfurecidos y aún más gritones que nosotros. Los abandonamos como líderes del reclamo en castellano y nos miramos con una sensación de fracaso compartido cuyo recuerdo aún me conmueve. Mi hermana detesta darse por vencida.

"Esta pesada tiene razón -dijo, apoyándose en un sentido práctico que siempre ha ido adelante del mío-, más nos vale aceptar que el pinche avión se fue y nos dejó. No sólo a nosotros, sino a todos éstos. Y que ni regresándolo tendríamos lugar adentro."

Me dieron ganas de abrazarla, pero me contuve porque ella no es de las que sobrellevan con desparpajo las efusiones públicas. Así que sin decir palabra dimos vuelta sobre nuestros talones, reconocimos el alto coeficiente emocional de mi hija y nuestra madre, quienes se habían ahorrado la discusión con la azafata y discutían entre ellas si era correcto hacer unas últimas compras para exorcizar la desgracia, y aceptamos la pérdida del vuelo, y con él la de nuestras maletas, como algo irrevocable. Tomamos el primer taxi que quiso llevarnos a Madrid, que no fue ni remotamente el primero que pasó a nuestro lado, y nos fuimos a buscar un hotel cualquiera en el que dormir sin pijama, sin cepillo de dientes, sin medicinas, sin un pedazo de nuestras almas, y exhaustas.

Sucedió entonces un pequeño pero hermoso milagro: encontramos dos cuartos en un hotel perfecto, con vista a la hermosa noche, la fuente de Neptuno rodeada de tulipanes amarillos, la cúpula de la iglesia de los Jerónimos y el Museo del Prado. Encontramos una tina de agua caliente, una cena con postre de fresas y pan dorado, unas batas de toalla en las que arroparnos. Y sobrevivimos con facilidad al desfalco de que el avión se hubiera ido, sin esperarnos, tras ocho horas de esperarlo nosotras.

Así pasa en la vida muchas veces. Aunque nos empeñemos en negarlo, en no aceptar que las cosas no son como querríamos que fueran, como soñamos que fueran, que la piel no nos brille como brillaba, o el reloj no camine tan despacio como en la infancia, o las novelas no acudan como pájaros a la playa, los desfalcos se imponen sin más ley ni más argumento que su contundencia. Y uno tiene que aceptar que el avión se ha marchado y no morirse ni de rabia ni de pena, ni de vejez. Y no dejarse entristecer, al menos no entristecerse para siempre. Todo fuera como esperar otro avión o cumplir cincuenta años.

CANTO PARA LA VEJEZ

Ayer, la voz cortándose de nuestra amiga común me avisó que había muerto la hermosa señora Conde. Hace ochenta años la llamaron Patricia, como si hubieran adivinado, quienes le dieron nombre, el destino de elegancia interior y lujo de alma que le esperaba.

Descanse en paz, que paz daba verla vivir como quien sueña. Hace ya dos décadas que la conocí. Quiero decir, la vi entrar al salón de belleza donde, hasta la fecha, han seguido acogiéndonos cada semana. Empecé a quererla bien, mucho más tarde. Porque durante años ella entraba en silencio escondida en un libro y en silencio se iba sin notarse más que por la fineza de su andar y la sobriedad de su gesto.

Era bonita entonces y siguió siéndolo hasta el día de su muerte. Esa mañana, como quien se va de pinta, entré en busca del solaz que puede ser mi salón de belleza por ahí de las once y media. La estaban peinando y ella veía hacia el espejo con desacuerdo.

"¡Qué guapa estás!", le dije, porque al verla me subió a la lengua una alegría. Estaba maquillada con mesura, tenía sobre el regazo las delgadas manos de un Greco con las uñas recién pintadas de rojo.

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