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Электронная книга - «El Cielo De Los Leones». Краткое содержание книги:

Hay en este libro el deseo repetido de contar el mundo para bendecirlo. Todo lo que sucede alrededor de quien lo escribe la sorprende y abisma en un canto que no transige con la desdicha como algo insondable. Andar en la vida es irse de parranda en busca de sus mejores instantes y de cada instante como el atisbo de un milagro. Extra?a correspondencia la que existe entre los deseos y la seducci?n, entre lo inveros?mil y catedral, entre la riqueza y la casualidad, ente el mar y los volcanes, entre la valent?a y el desafuero, entre las aventuras y la ventura. Cada uno de los textos que re?ne este libro acude en busca de semejante correspondencia, y la encuentra como parte de un ensalmo tenaz a cuyo encanto se rinde. La evocaci?n y los sue?os son del culto preciso y continuo que cruza estas p?ginas, cuyo empe?o es persuadirnos de cu?n prodigiosa y arrebatada es la vida, de cu?ntos motivos diarios tiene para hacer que la veneremos. La autora de este libro cree en el sensato h?bito de la locura, en el desaf?o diario que es mirar a otros vivir como quien delira: cielo hay para todos, dice, hasta para los leones debe haber un cielo. Por eso nos atrapa la seducci?n. ?Qu? es la bendita seducci?n, sino el sue?o de que hay tal cosa como el cielo?
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Movió la cabeza de un lado para otro como si mis palabras no hicieran sino confirmar su certeza de que la vejez desbarajusta cualquier belleza. Alguna tarde me había respondido a un elogio del mismo estilo: "A estas alturas, con no asustar tiene uno".

Se habían ido muriendo sus amores.

"Ya no dan ganas de contestar el teléfono. Sólo llaman para avisar de un entierro"; dijo otro día.

Nos encontrábamos a cada tanto, y cada vez descubríamos que era grato quererse. Yo acabé necesitando de su figura para pensar con claridad a un personaje al que quiero dedicar parte de la novela que me anda por dentro y con la que lidia en desorden mi desordenada cabeza. Ahora no me quedará sino inventarle la vida que ella había prometido contarme.

Tengo para mí el conocimiento de que a la una y media le entraba el antojo de un tequila, de que a las cinco, los martes, jugaba bridge, de que oía mal y lo confesaba, de que era tan coqueta y perfeccionista que murió el mismo día en cuya mañana nos encontramos frente al espejo.

– Estoy leyendo un libro espléndido sobre la vejez. -le dije, porque yo sabía que era una lectora apasionada.

– ¡Qué tema! -contestó.

– Te lo voy a regalar. Está escrito por un sabio italiano llamado Norberto Bobbio que tiene ahora noventa y un años. Tres más de los que tendría mi padre si no se hubiera muerto.

– ¡Qué horror vivir tanto tiempo!

– A él se le nota en paz. Dice que es pesimista, pero yo no creo que uno pueda vivir tantos años siéndolo.

– Quizás por eso ha vivido tanto. Los pesimistas nunca se decepcionan.

– ¿Y tú crees que uno se muera de decepciones? Porque yo soy optimista hasta la idiotez y quiero vivir muchos años.

– Yo no sé de qué se morirá uno. Quizás de cansancio -me había dicho otro día-. A veces es cansado vivir siendo viejo. Nada más anda uno de un achaque para otro.

– Pues no los luces. ¿Cómo te fue en Acapulco?

– Muy bien. Todavía me deslumbra. Por eso fui a despedirme. Ya no voy a regresar.

– Todos tenemos una puerta que hemos cerrado hasta nunca. Eso ya lo escribió Borges. Pero a tu mar has de volver.

– No creo -dijo, y cambió de tema.

Días después la visité en su casa. Llovía como llueve en agosto, como si el cielo quisiera herirnos. Me alivió entrar a su estancia cobijada por una luz tenue.

"Siéntate de este lado porque de este otro no oigo nada y ya aprendí a decirlo. Así no le agrego al lío de no oír el de tener que inventar lo que no he oído. Si vieras las conversaciones inventadas que llegué a tener con mi marido. Horas y horas de adivinarnos y contestar sin saber ni uno ni otro de qué estábamos hablando. ¿Quieres tomar algo?"

Le pedí un té y me lo sirvió con misericordia. Ella prefirió beber whisky. Nos acomodamos a conversar hasta que la noche se hizo alta.

De nuestra conversación de aquella tarde obtuve mi certeza de que le hubiera gustado leer a Bobbio. Por eso la recuerdo mientras releo:

El dudar de mí mismo, y el descontento por las metas alcanzadas, inesperadas e imprevistas muchas de ellas, siempre han brotado si no cabalmente de la convicción, sí de la sospecha de que la facilidad con que logré recorrer mi camino, para muchos de mis coetáneos inaccesible, se debía más a la buena suerte y a la indulgencia ajena que a mis virtudes, cuando no incluso a algunos de mis defectos vitalmente útiles, como saber retirarme a tiempo.

O cuando leo: "Al no haber estado en paz conmigo mismo, traté desesperadamente de estar en paz con los demás.

Le conté de mi padre, que vivió en Italia veinte años y sólo volvió al finalizar la segunda guerra.

"Nunca dijo una palabra sobre el pasado", le comenté. Volví a pensar en eso cuando leí en Bobbio:

El fascismo fue una vergüenza en la historia de un país que se contaba hacía mucho en la historia de las naciones civilizadas. De esta vergüenza sólo nos libraremos si logramos comprender a fondo el precio que el país hubo de pagar por la prepotencia impune de unos pocos y la obediencia aunque forzosa y no siempre bien soportada de muchos.

Ya no pude prestarle el ensayo sobre la vejez a la señora Conde. Me hubiera gustado compartir con ella los subrayados que ahora quiero dejar aquí para compartirlos con quienes piensan que la vejez es triste, para los que piensan que no es sabia, para los que no quieren ni pensarla o para los que, como yo, la imaginan como un lujo y se atreven a anhelarla como parte de su futuro.

Siempre me han atraído los viejos. Desde niña quise verlos como quien mira por una esfera de cristal. Pero tras leer las reflexiones de Bobbio en torno a su vejez y la vejez, he querido atreverme a soñar que pasaré los cincuenta y ocho años en que murió mi padre, que estaré a los setenta y siete tan viva como ahora mi madre y que tendré en mi voluntad el arrojo que ella tiene en la suya cuando me promete. sin más este domingo que vivirá para alcanzar los noventa y uno en que Bobbio dice "Nunca hubiera imaginado que yo viviría tanto"

De senectute es un ensayo sobre la vejez.

Yo quiero, como quien dice una plegaria, transcribir algunos subrayados en homenaje a los viejos que he perdido, en invocación de los viejos que hemos de ser y en franca reverencia por el viejo sabio que los escribió.

No siempre quienes hablan uno con otro hablan de hecho entre sí: cada cual habla para sí y para el patio de butacas que lo escucha. Dos monólogos no constituyen un diálogo.

[…]

Podría hacer mía, aunque en forma paródica, la autodefinición de un poeta japonés: "No poseo una filosofía sino solamente nervios".

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