Santa Evita
- Автор: Martinez Tomas Eloy
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Santa Evita». Краткое содержание книги:
Antes del amanecer, el griterío de las criaturas se volvía intolerable. A intervalos se encendían hornitos a querosén, donde la gente calentaba la leche de las mamaderas y el agua para el mate. El Chino preguntó a las familias que aguardaban detrás si ya habían estado en vigilias parecidas.
– Es la tercera vez que venimos y todavía no hemos podido ver a Evita -dijo un hombre joven, de bigotes caídos, que hablaba sosteniendo con el índice una dentadura postiza demasiado holgada-. Viajamos más de diez horas en tren desde San Francisco. Llegamos a medianoche y nos tocó el número doce pero, cuando iban por el diez, el general llamó a la Señora con urgencia y nos dieron cita para el día siguiente. Dormimos en la calle.
Nos reportamos como a las tres de la mañana. Esa vez nos dieron el número ciento cuatro. Con Evita no se sabe. Ella es como Dios. O llega o desaparece.
– A mí me prometió una casa -dijo el Chino-. Ustedes, ¿a qué vienen?
Una muchachita escuálida, con piernas de pájaro, se ocultó detrás del joven de los bigotes, tapándose la boca. Ella tampoco tenía dientes.
– Queremos un ajuar de novia -contestó el hombre, adelantándose-. Ya hemos comprado el juego de dormitorio y yo tengo el traje con el que iban a enterrar a mi papá. Pero si ella no consigue vestido de novia, no hay forma de que el cura quiera casarnos.
Al Chino le hubiera gustado alentarlos, pero no sabía cómo.
– Hoy es nuestro día -dijo-. Hoy todos vamos a pasar.
– Dios le oiga -respondió la muchacha.
Aunque la fila ya doblaba la esquina y las últimas cabezas se perdían en la oscuridad, la multitud respetaba el orden de sus desgracias. El Chino oía narrar padecimientos tan intolerables que ningún poder humano, ni aun el de Evita, podría aliviar el incendio de aquellos deseos. Se hablaba de hijos raquíticos que languidecían en trincheras cavadas al pie de los basurales, de manos cortadas por las cuchillas de las vías del tren, de locos furiosos que vivían encadenados en cuchitriles de zinc, de riñones que no filtraban, de úlceras perforadas en el duodeno y de hernias a punto de reventar. ¿Y si aquellos dolores nunca tuvieran un fin?, se dijo Astorga. ¿Si el fin de aquellos dolores tardaba más que el fin de Evita? ¿Si Evita al fin de cuentas no era Dios, como todos pensaban?
La llegada de la mañana lo dejó perplejo, porque sus luces eran iguales a las de la noche: húmedas y cenicientas. Las voluntarias sirvieron café con bollos pero el Chino se negó a comer. El inventario de las desdichas humanas le había cerrado la garganta. Dejó que la imaginación vagara por ninguna parte, y durante las horas que siguieron tampoco sintió la realidad, porque le daba miedo verla cara a cara.
En algún momento la fila empezó a moverse. Las puertas de la Fundación se abrieron y los visitantes avanzaron por escaleras de madera lustrada de las que colgaban pendones con el escudo peronista. En el piso alto, aferrándose a las barandas, iban y venían amanuenses de pelo abrillantado y voluntarias con lápices en las orejas. La fila ascendió entre cortinas de terciopelo y llegó a una sala enorme, iluminada por lámparas de caireles. Parecía una iglesia. Al centro había un pasillo estrecho, flanqueado por bancos de madera, en los que esperaban familias que no habían hecho cola como los demás. El aire hedía a excrementos de recién nacidos, pañales sin lavar y vómitos de enfermos. El olor era obstinado, corno la humedad, y sus astillas quedaban aferradas a la memoria durante días enteros.
Al fondo, en el extremo de una larga mesa, Evita en persona acariciaba las manos de una pareja de campesinos, acercaba el oído a sus voces temblorosas y de vez en cuando echaba la cabeza hacia atrás, como si buscara las palabras inolvidables que habían ido a buscar esas personas tan simples. Llevaba el pelo recogido y un traje sastre a cuadros, como en las fotografías. A intervalos se quitaba, molesta, algún anillo o una de sus pesadas pulseras de oro y los iba dejando sobre la mesa.
Sucedían con toda naturalidad historias que en cualquier otro lugar hubieran sido imposibles. Dos hombres de pelo pajizo, encaramados en los bancos, pronunciaban discursos en un idioma que nadie sabía descifrar. Por detrás de las cortinas asomaban familias con retablos de abejas vivas que edificaban sus colmenas dentro de un jardín de tules: querían que Evita les aceptara el regalo antes de que las abejas completaran el trabajo. En las antesalas aguardaban los niños sobrevivientes de la última epidemia de poliomielitis, listos para desfilar en las sillas de ruedas donadas por la Fundación. Ante aquel raudal de interminables desdichas, Astorga agradeció a Dios la modestia de su vida, que no había sido manchada por ninguna infelicidad.
Un inesperado incidente interrumpió las rutinas de la mañana. Después de la pareja de campesinos, Evita había atendido a tres mellizos acróbatas, que deseaban casarse con las contorsionistas impúberes del mismo circo y necesitaban un permiso especial para la boda prematura. Cuando los despidió, una mujerona de greñas indomables denunció a los gritos que un empleado de la Fundación le había quitado la casa.
– ¿Eso es cierto? -dijo la Primera Dama.
– Se lo juro por el alma de mi esposo -contestó la mujer.
– ¿Quién ha sido?
Se oyó balbucear un nombre. La Señora se irguió, con las manos sobre el escritorio. Toda la sala contuvo la respiración.
– Que venga el Chueco Ansalde -ordenó-. Lo quiero aquí ahora mismo.
Las puertas que estaban a espaldas de la Señora se abrieron al instante y descubrieron un depósito donde se acumulaban bicicletas, heladeras y ajuares de novia. Entre las cajas, avanzó un hombre flaco y desgarbado, con las venas de la frente tan hinchadas que parecía un mapa del sistema circulatorio. Las piernas se le abrían en un óvalo perfecto. Estaba pálido, como si lo llevaran al patíbulo.
– Le quitaste la casa a esta pobre mujer -afirmó Evita.
– No, señora -dijo el Chueco-. Le di un departamento más chico. Ella estaba sola y vivía en tres piezas. Yo tengo cinco hijos que dormían amontonados en el living. Le pagué la mudanza. Le acomodé los muebles. Por desgracia le rompí una silla de mimbre pero ese mismo día le compré otra.
– No tenías derecho -dijo Evita-. No le pediste permiso a nadie.
– Por favor, Señora, perdóneme.
– ¿Quién te dio la casa que tenías?
– Me la dio usted, Señora.
– Te la di yo, ahora te la quito. Le devolves ya mismo el departamento a esta compañera y le ponés todas las cosas donde estaban.
– ¿Y yo adónde voy, Señora? -El Chueco volvió la mirada a la multitud en busca de solidaridad. Nadie abrió la boca.
– Te vas a la mierda, de donde nunca tendrías que haber salido -dijo Ella-. Que pase el que sigue.
La mujerona se arrodilló a besar las manos de Evita, pero Ella se las retiró con impaciencia. De pie junto a la puerta del depósito, el Chueco Ansalde no quería marcharse. Las mariposas del llanto le asomaban a la cara pero la vergüenza y la incertidumbre no las dejaban brotar.
– Uno de mis chicos está con bronquitis -suplicó-. ¿Cómo lo voy a levantar de la cama?
– Ya basta -dijo Evita-. Sabías en qué estabas metiéndote. Ahora sabrás cómo salir.
La intensidad de aquella indignación desconcertó al Chino. Se oían chismes sobre los malos humores de la Primera Dama, pero los noticieros sólo ofrecían imágenes benévolas y maternales. Ahora se daba cuenta de que Ella podía ser feroz. Se le formaban dos arrugas profundas en los costados de la nariz y en esos momentos nadie le sostenía la mirada.
Ahora se arrepentía de estar allí. Cuanto más avanzaba la fila, más miedo tenía el Chino de exponer su deseo. Iba a parecer un insulto entre la resaca de tragedias que dejaba la gente. ¿Qué le podía decir? ¿Que el domingo había proyectado para Ella unas pocas películas, en la residencia? Era ridículo. ¿Y si se olvidaba todo y regresaba a su casa? No tuvo tiempo de seguir pensando. Un voluntario le indicó que se adelantara. Evita le sonrió y le tomó las manos.
– Astorga -dijo con inesperada dulzura, consultando un papel-. José Nemesio Astorga. ¿Qué te hace falta?
– ¿No se acuerda de mí? -preguntó el Chino.
Evita no tuvo tiempo de contestarle. Dos enfermeras irrumpieron en el salón, dando gritos:
– ¡Venga, Señora! ¡Venga con nosotras! ¡Ha sucedido una desgracia terrible!
– ¿Una desgracia? -repitió Evita.
– Un tren ha descarrilado cuando estaba entrando en Constitución. Se volcaron los vagones, Señora, se volcaron. -Las enfermeras sollozaban. -Están sacando los cuerpos. Una tragedia.