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Электронная книга - «Santa Evita». Краткое содержание книги:

Diosa, reina, se?ora, madre, benefactora, ?rbitro de la moda y modelo nacional de comportamiento. Santa Evita para unos y para otros una analfabeta resentida, trepadora, loca y ordinaria, presidenta de una dictadura de mendigos.
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La literatura ha visto a Evita de un modo precisamente opuesto a como Ella quería verse. Del sexo jamás habló en público y quizá tampoco en privado. Tal vez se habría librado del sexo si hubiera podido. Hizo algo mejor: lo aprendió y lo olvidó cuando le convino, como si fuera un personaje más de los radioteatros. Los que conocieron su intimidad pensaban que era la mujer menos sexual de la tierra. «No te calentabas con Ella ni en una isla desierta», dijo el galán de una de sus películas. Perón, entonces, ¿cómo hizo para calentarse? Imposible saber: Perón era un sol oscuro, un paisaje vacío, el páramo de los no sentimientos. Ella lo habría llenado con sus deseos. No sexo sino deseos. Eva nada tenía que ver con la hetaira desenfrenada de la que habla el enfático Martínez Estrada ni con la “puta de arrabal” a la que calumnió Borges.

En las definiciones de Evita sobre la mujer, que ocupan toda la tercera parte de La razón de mi vida, la palabra sexo no aparece ni una sola vez. Ella no habla del placer ni del deseo; los refuta. Escribe (o dicta, o acepta que le hagan decir):

Yo soy lo que una mujer en cualquiera de los infinitos hogares de mi pueblo. Me gustan las mismas cosas: joyas, pieles, vestidos y zapatos… Pero, como ella, prefiero que todos, en la casa, estén mejor que yo. Como ella, como todas ellas, quisiera ser libre para pasear y divertirme… Pero me atan, como a ellas, los deberes de la casa que nadie tiene obligación de cumplir en mi lugar..”

Evita quería borrar el sexo de su imagen histórica y en parte lo ha conseguido. Las biografías que se escribieron después de 1955 guardan un respetuoso silencio sobre ese punto. Sólo las locas de la literatura la inflaman, la desnudan, la menean, como si Ella fuera un poema de Oliverio Girondo. Se la apropian, la palpan, se le entregan. Al fin de cuentas, ¿no es eso lo que Evita pidió al pueblo que hiciera con su memoria?

Cada quien construye el mito del cuerpo como quiere, lee el cuerpo de Evita con las declinaciones de su mirada. Ella puede ser todo. En la Argentina es todavía la Cenicienta de las telenovelas, la nostalgia de haber sido lo que nunca fuimos, la mujer del látigo, la madre celestial. Afuera es el poder, la muerta joven, la hiena compasiva que desde los balcones del más allá declama: “No llores por mí, Argentina”.

La ópera, el musical (¿cómo se llama eso?) de Tim Rice y Andrew Lloyd Webber ha simplificado y resumido el mito. La Evita a la que en 1947 la revista Time declaraba indescifrable, ahora se ha convenido en un articulo cantábile de Selecciones del Readers Digest. En el suburbio donde escribo este relato, que alusivamente se llama Condado del Sexo Medio (¿o del Sexo a Medias? ¿o del Sexo Mediocre?), Evita es una figura tan familiar como la estatua de la Libertad, a la cual, para colmo, se le parece.

A veces, para despejarme de la computadora, salgo a manejar sin rumbo por las rutas desiertas de New Jersey. Voy de Highland Park a Flemington o de Millstone a Woods Tavern con la radio prendida. Cuando menos lo espero, canta Evita. La oigo salir de la garganta raspada de la rapada Sinead O’Connor. La muerta y la cantante tienen la misma voz ronca y triste, a punto de quebrarse en un sollozo. Cantan, las dos, «Dont cry for me Argentina», con erres arrastradas y rumiantes, pronuncian Aryentina como si la ye fuese una ene de mi provincia natal. ¿Yo busco a Evita o Evita me busca a mí? Hay tanto silencio aquí, en esta ahogada respiración del canto!

Voy acercándome a Trenton o alejándome hacia Oak Grove, el tizne del aire no se mueve, el cielo dibuja siempre las mismas cicatrices, y en un centro comercial desierto, entre los carteles fulgurantes de Macys, Kentucky Fried Chicken, Pet Doktor, The Gap, Athletes Foot, entre un afiche de Clint Eastwood y otro de Goldie Hawn, la imagen de Evita se yergue como la de una reina, sola contra los poderes del cielo y de la tierra, ajena al suburbio, a la lluvia, ajena a todo llanto, No llores por mí, con la erizada aureola de la estatua de la Libertad en la cresta de su belleza.

En este Condado del Sexo Medio, en New Jersey, Evita es una figura familiar, pero la historia que se conoce de Ella es la de la ópera, la de Tim Rice. Nadie, tal vez, sabe quién fue de veras; la mayoría supone que Argentina es un suburbio de Guatemala City. Pero en mi casa, Evita flota: su viento está; todos los días deja su nombre en el fuego. Escribo en el regazo de sus fotos: la veo con el pelo al viento una mañana de abril; o disfrazada de marinero, posando para una tapa de la revista Sintonía; o sudando bajo un abrigo de visón, al lado del dictador Francisco Franco, en el férreo verano madrileño; o extendiendo las manos hacia los descamisados; o cayendo entre los brazos de Perón, ojerosa, en los huesos. Escribo en su regazo, oyendo los patéticos discursos de los meses finales, o fugándome de estas páginas para ver otra vez en copias de video las películas que aquí no ha visto nadie: La pródiga, La cabalgata del circo, El más infeliz del pueblo, en las que Evita Duarte se mueve con torpeza y recita con dicción atroz, actriz de última, la bella: ¿No es acaso lo bello sino el comienzo de lo terrible?

Así voy avanzando, día tras día, por el frágil filo entre lo mítico y lo verdadero, deslizándome entre las luces de lo que no fue y las oscuridades de lo que pudo haber sido. Me pierdo en esos pliegues, y Ella siempre me encuentra. Ella no cesa de existir, de existirme: hace de su existencia una exageración.

A pocos kilómetros de mi casa, en New Brunswick, una soprano negra cuyo nombre es Janice Brown, reestrenó hace algún tiempo las arias del musical Evita. Dos noches por semana canta «Don’t cry for me, Argentina». Lleva una peluca rubia y una falda larga en forma de campana. El teatro decrépito, con sillas de terciopelo raído, está siempre lleno. Casi todos los espectadores son negros, comen enormes raciones de pochoclo durante la hora y cuarto que dura el espectáculo, pero cuando Evita agoniza, dejan de masticar y también lloran, como Argentina. Evita nunca se hubiera imaginado reencarnada en Janice Brown ni en la voz rapada de Sinead O’Connor. No se hubiera pensando a sí misma en los carteles remotos de un país donde Ella es un personaje de ópera. Le habría halagado, sin embargo, ver su nombre escrito con lentejuelas en las marquesinas de un teatro de New Brunswick, aunque sea en uno que desde 1990 está a punto de ser demolido y transformado en plaza de estacionamiento.

9 GRANDEZAS DE LA MISERIA

Mientras el camión con su fúnebre huésped permaneció estacionado junto a la vereda del Servicio de Inteligencia, el Coronel no pudo pegar un ojo. Ordenó que se apostaran guardias día y noche y que se limpiaran los rastros de flores y de velas. Buscó en los diarios de la tarde algún relato sobre los estragos del incendio que le había impedido dejar a Evita entre las cisternas del palacio de las aguas: no encontró una sola palabra. Había ardido un depósito de aceites y de grasas, pero tres kilómetros al sur de Obras Sanitarias. ¿Qué sucedía con la realidad? ¿Era posible que ciertos hechos existieran para algunas personas y fueran invisibles para las otras? El Coronel no sabía cómo sosegar su cuerpo. A veces caminaba taciturno por los pasillos del Servicio y se detenía ante los escritorios de los suboficiales, mirándolos con fijeza. O bien se encerraba en la oficina a dibujar cúpulas de ciudades fantasmas. Tenía miedo de perder todo si se dejaba llevar por el sueño. No podía cerrar los ojos. El insomnio era también su incendio.

Al caer la noche del primer día, los relevos de la guardia descubrieron una margarita en el radiador del camión.

Los oficiales salieron a verla y dedujeron que la flor se les había pasado por alto en la inspección matutina. Nadie habría podido enredarla en la rejilla del radiador sin ser advertido. El ir y venir de los transeúntes era incesante; los guardias no apartaban los ojos del vehículo. Y sin embargo, no habían reparado en la margarita de largo tallo, con la corola henchida de polen.

Otra sorpresa sobrevino al amanecer siguiente. Sobre la calle, bajo los estribos del camión, ardían dos velas altas, torneadas. Las apagaba la brisa y la llama renacía sola tras una rápida chispa. El Coronel ordeno que las retiraran en seguida pero, ya entrada la noche, había otra vez flores esparcidas bajo el chasis, junto a un racimo de candelas que exhalaban luces apenas visibles, como deseos. Junto a la caja se arremolinaban unos toscos volantes mimeografiados, con una leyenda explícita: Comando de la Venganza. Y al pie: Devuelvan a Evita. Déjenla en paz.

Es una advertencia; se aproxima el combate, pensó el Coronel. El enemigo podía quitarle el cadáver esa misma noche, en sus narices. Si sucedía, iba a tener que matarse. El mundo se le caería encima. Ya el presidente de la república había preguntado: «¿La enterraron por fin?». Y el Coronel sólo le pudo decir: «Señor, aún no tenemos la respuesta». «No tarden más», había insistido el presidente. «Llévenla al cementerio de Monte Grande». Pero no se podía hacer eso. En Monte Grande era precisamente donde los enemigos irían a buscarla.

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