Santa Evita
- Автор: Martinez Tomas Eloy
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Santa Evita». Краткое содержание книги:
De pronto, Evita perdió todo interés en Astorga. Le soltó las manos y se puso de pie.
– Vamos rápido, entonces -dijo. Se volvió hacia los voluntarios y les ordenó: -Tomen nota de lo que necesitan estos compañeros. Cítenlos para mañana. Los voy a recibir temprano. Ahora no sé si vuelvo. Con una tragedia de este tamaño cómo voy a volver.
Todo sucedía como en un sueño. Sin saber por qué, el Chino presto atención al laberinto de venillas azules que temblaban bajo la garganta de Evita. El salón se llenó de voces que parecían restos de un naufragio. En el fragor de la confusión, el olor a pañales sucios seguía abriéndose un lugar invencible, musculoso.
Evita desapareció en un ascensor mientras el Chino era arrastrado a las escaleras por una súbita estampida. Junto a una de las puertas, la novia sin dientes sollozaba, aferrada con fuerza a la cintura del novio. Caía la tarde. La ciudad estaba manchada por un sol viscoso pero la gente observaba el cielo y abría los paraguas, como si se protegiera de otros soles que estaban por caer.
El Chino tomó el subterráneo de Lacroze, bajó cerca del parque Centenario y caminó por las calles de Palermo Antiguo, entre las sombras pulposas de los paraísos y los gomeros que se inclinaban corteses ante la frescura de los zaguanes. Se entretuvo curioseando los pasillos cariados de los conventillos y luego se desvió por la calle Lavalleja, hacia el cine Rialto. Su padre le había contado que, antes de morir, todos los recuerdos y sentimientos de la vida regresan a las personas con el mismo deslumbramiento de la primera vez, pero ahora descubría que no era necesario morir para que sucediera. El pasado regresaba a él con la nitidez de un largo presente: los domingos de penitencia en el orfelinato, los fotogramas de celuloide con los que jugaba junto a la puerta de los cines, el primer beso de Lidia, los paseos en bote por el Rosedal, el vals "Desde el alma” que bailó la noche del casamiento, la carita de musgo de Yolanda hundiéndose por primera vez en el pecho temeroso de la madre. Sintió que su vida no le pertenecía y que, si alguna vez llegaba a pertenecerle, no sabría qué hacer con ella.
Desde lejos entrevió una aglomeración de vecinos ante las puertas clausuradas del Rialto. Los mecánicos del garaje Armenia Libre, que no salían de sus fosas alquitranadas ni siquiera cuando les llegaba el estrépito de un accidente, iban y venían con los mamelucos arremangados, entre las matronas que habían bajado en chancletas y con mantones tejidos sobre los hombros. Hasta el dueño del cine estaba allí, hablándole con suntuosos ademanes a una delegación de policías.
Astorga oyó llorar a su hija Yolanda, pero le pareció que las cosas sucedían en otra orilla de la realidad y que él sólo las miraba de lejos, con indiferencia. Si nunca le había sucedido nada, le pareció que tampoco nada podía ya sucederle.
Corrió hacia el cine sin sentir el cuerpo. Entre los alborotos de la tarde distinguió a Yolanda con el vestido desgarrado y la carita suspendida en una expresión de asombro que jamás iba a perder. Una vecina la llevaba en brazos y la mecía. De pronto entraron en su conciencia las imágenes aterradoras de Lidia y la nena viajando en el tren de Banfield y el descarrilamiento de los vagones en Constitución. Sintió que el aire cambiaba de color y caía desmayado por el peso de los malos presagios. El dueño del cine le salió al encuentro.
– ¿Dónde está Lidia? -preguntó el Chino-. ¿Ha pasado algo?
– Lidia viajaba en el último vagón -contestó el dueño-. Se quebró la nuca contra la ventanilla pero a la nena no le pasó nada, ¿viste? La nena está perfecta. Hablé con uno de los médicos. Dice que tu esposa no tuvo tiempo de sufrir. Todo pasó muy rápido.
– La llevaron al Argerich -interrumpió una de las vecinas-. Tus suegros están ahí, Chino, esperando la autopsia. Parece que Lidia casi perdió el tren en Banfield. Tuvo que correr para alcanzarlo. Si lo hubiera perdido, no habría pasado nada. Pero no lo perdió.
Le costó reconocer a Lidia en la cama del hospital, con la cabeza vendada como un gusano de seda. El golpe la había destrozado por dentro y su cara era la de siempre,
pero las facciones amarillas tenían formas de pájaro: curvas, huidizas. Era Ella y había dejado para siempre de ser ella: un ser ajeno, de otra parte, del que jamás se hubiera enamorado.
Por el trajín de las enfermeras y la alharaca de los policías se dio cuenta de que Evita seguía en el hospital, visitando a los heridos y consolando a los familiares de los muertos. Cuando entró en la sala de Lidia, el Chino estaba llorando, con la cara entre las manos, y no la vio hasta que ella le puso la mano en el hombro. Se cruzaron las miradas y por un momento él tuvo la impresión de que lo había reconocido, pero Evita le sonrió con la misma expresión compasiva que llevaba pegada desde el principio de la tarde. Una de las enfermeras le alcanzó la ficha de Lidia. La Señora le echó un vistazo y dijo:
– Astorga. José Nemesio Astorga. Veo que sos peronista y llevas el escudo en la solapa. Así me gusta, Astorga. No tenés que preocuparte. El general y Evita te van a pagar los estudios de tu nena. El general y Evita te van a regalar una casa. Cuando hayas pasado este mal trago, date una vuelta por la Fundación. Explicá lo que te ha ocurrido y decí que Evita te ha mandado llamar.
Fue en ese momento cuando el Chino sintió, en lo más secreto de las entrañas, la vibración de la que hablaban los frailes de su colegio: la epifanía, el pliegue que separaba la vida en un después y un antes. Sintió que las cosas empezaban a ser lo que serían ya para siempre, pero nada de eso rehacía el pasado. Nada llevaba el pasado al punto donde la historia podía volver a empezar.
10 UN PAPEL EN EL CINE
A fines de 1989 me lancé a la busca del Chino Astorga sin saber si lo encontraría vivo o muerto. Después de cuarenta años, sólo el cine Rialto sobrevivía a los estragos de los videojuegos y conservaba la costumbre de las funciones continuadas. Un amenazante cartel en la fachada anunciaba sin embargo su demolición. Pregunté por Astorga en el sindicato de la industria cinematográfica. Me dijeron que se habían perdido los registros de los años cincuenta y que ningún proyectorista recordaba su nombre.
No me resigné a esos fracasos. Decidí llamar a mi amigo Emilio Kaufman, a quien no veía desde hacía décadas. Los fondos de su casa lindaban con los del Rialto y su memoria era prodigiosa. Yo había visitado la casa una o dos veces llevado por Irene, la hija mayor de Emilio, de quien estuve enamorado a fines de los años sesenta. Irene se casó, poco después con otro y partió, como yo, al exilio. En 1977, la noticia inesperada de su muerte me sumió en la depresión durante semanas. Escribí entonces muchas páginas de pesadumbre con la intención de que Emilio las leyera: jamás se las mandé.
Sentí vergüenza de mis propios sentimientos. Los sentimientos son libres pero rara vez los hombres se atreven a obedecer esa libertad.
Me encontré con Emilio en un café de la calle Corrientes. Había engordado y lucía un penacho de pelos grises, pero apenas sonrió advertí que las honduras de su ser seguían intactas y que ningún pasado nos separaba. Hablamos de lo que haríamos la semana siguiente, como si la vida estuviera por comenzar otra vez. Afuera llovió y escampó pero adentro de nosotros el tiempo era siempre el mismo. Una historia fue llevándonos a otra y de una ciudad saltamos a la siguiente, hasta que Emilio mencionó un hotel sarnoso del Marais, en París, sin saber que también Irene y yo habíamos vivido allí unas pocas semanas tempestuosas. Bastó esa breve imagen para que me derrumbara y le contase cuánto la había amado. Le dije que aún soñaba con Irene y que, en mis sueños, le prometía no amar jamás a otra mujer.
– ¿Vas a ponerte necrofílico? -me dijo-. Yo he sufrido por Irene más que vos y todavía sobrevivo. Vamos, che, ¿qué querías saber del Rialto?
Le pregunté por Astorga. Oí, aliviado, que se acordaba del accidente de Lidia con pelos y señales. Durante varios meses, me dijo, en Palermo sólo se habló de aquella fatalidad, quizá porque también los suegros del Chino habían muerto poco después, asfixiados por los gases de un brasero. Sabía que Yolanda, la hija, pasaba sus días en la soledad más absoluta, armando teatros de cartón detrás del escenario y conversando en un inglés inventado con las figuras que se veían al trasluz de la pantalla.
– Me crucé con el padre y con la hija dos o tres veces en la puerta del cine -dijo Emilio-. El encierro y la falta de sol los habían desteñido. Al poco tiempo desaparecieron. Nadie los vio más. Debió de suceder poco después de la caída de Perón.
– Se fueron por culpa del cadáver -dije yo, que conocía la historia.
– Qué cadáver -dijo Emilio, creyendo que se me habían confundido los tiempos-. Lidia murió en el 48. Se marcharon siete u ocho años después.
– Nadie los vio más -dije con desánimo.
– Yo volví a ver al Chino -me corrigió él-. Un domingo, en San Telmo, me paré a comprar cigarrillos en un kiosco. El viejo que me atendió hizo sonar dentro de mí una melodía perdida. «¿Chino?», le pregunté. «Qué hacés, Emilio», me saludó, sin sorpresa. A sus espaldas vi una foto coloreada de Lidia. «Veo que no te volviste a casar, le dije. «Yo para qué», me contestó. «La que se me casó es la nena, ¿te acordás? Vive conmigo, aquí a la vuelta. Tuvo suerte. Le tocó un hombre fuerte, trabajador: alguien mejor que yo.» Seguimos hablando un rato con recelo, como si nos dieran miedo las palabras. No creo que nos dijéramos nada. Todo lo que teníamos para darnos era tiempo vacío.