El juego de Ender [Ender's Game - es]
- Автор: Кард Орсон Скотт
- Год: 1993
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-406-3445-5
- Переводчик: Jose Maria Rodelgo
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «El juego de Ender [Ender's Game - es]». Краткое содержание книги:
Eso le llenó de tristeza, pero no lloró. Estaba acostumbrado. Cuando convirtieron a Valentine en una extraña, cuando la utilizaron como un instrumento para manipular a Ender, supo que a partir de ese día no podrían infligirle heridas lo suficientemente profundas como para hacerle llorar otra vez. Ender estaba seguro de eso.
Y con esa ira, decidió que era suficientemente fuerte para derrotarlos. A los profesores, a sus enemigos.
11
VENI, VIDI, VINCI
—¿No dirá en serio lo de ese programa de batallas?
—Sí, totalmente.
—Sólo hace tres semanas y media que tiene su escuadra.
—Ya se lo be dicho. Hemos simulado con el ordenador los resultados probables, Y esto es lo que el ordenador estima que puede hacer Ender.
—Queremos enseñarle, no provocarle una depresión nerviosa.
—El ordenador le conoce mejor que nosotros.
—El ordenador no es famoso por su compasión.
—Si quería ser compasivo, debería haber ido a. un monasterio.
—¿Pretende decir que esto no es un monasterio?
—Además, es lo mejor para Ender. Le estamos llevando a su potencial máximo. —Creía que le íbamos a dar dos años como comandante. Normalmente, les asignamos una batalla cada dos semanas, comenzando a partir de los tres meses. Esto es un poco exagerado.
—¿Disponemos de dos años?
—Lo sé. Pero tengo una imagen de Ender de aquí a un año: totalmente inservible, agotado, porque se le hizo ir más lejos de lo que él o cualquier ser humano podía soportar.
—Le dijimos al ordenador que nuestra máxima prioridad era conseguir que el sujeto continuara siendo útil después del programa de adiestramiento.
—Bien, mientras sea útil…
—Escuche, coronel Graff, fue usted el que me hizo preparar esto. A pesar de mis protestas. No lo olvide.
—Lo sé, tiene razón, no debería cargar sobre usted el peso de mi conciencia. Pero mis ansias de sacrificar niños pequeños para salvar a la humanidad están enflaqueciendo. El Polemarch se ha entrevistado con el Hegemon. Parece que los servicios de inteligencia rusos están preocupados, porque algunos ciudadanos que emiten por las redes están ya haciendo cálculos de cómo debería utilizar América la F.I. para destruir el Pacto de Varsovia, una vez destruidos los insectores.
—Me parece prematuro.
—No parece una locura. La libertad de expresión es una cosa, pero poner en peligro la Liga por rivalidades nacionalistas… Y por gente como ésa, gente corta de visión, suicida, estamos empujando a Ender al borde de su resistencia.
—Creo que subestima a Ender.
—Pero me temo que también subestimo la estupidez del resto de la humanidad. ¿Estamos absolutamente seguros de que debemos ganar esta guerra?
—Señor, esas palabras suenan a traición.
—Era humor negro.
—No es divertido. Cuando se trata de los insectores, nada…
—Nada es divertido, lo sé.
Ender estaba tendido en su cama con los ojos fijos en el techo. Desde que era comandante no dormía más de cinco horas diarias. Pero las luces se apagaban a las 22.00 horas, y no se encendían de nuevo hasta las 06.00. Sin embargo, algunas veces trabajaba en su consola, forzando la vista para ver la imagen mortecina de la pantalla. Aunque, normalmente, fijaba los ojos en el invisible techo y pensaba.
O los profesores habían sido magnánimos con él, o era mejor comandante de lo que pensaba. De su pequeño grupo de veteranos desastrados, sin ningún prestigio en sus anteriores escuadras, estaban surgiendo jefes capacitados. Tanto era así, que en vez de los cuatro batallones habituales había formado cinco, todos con un jefe de batallón y un segundo; todos los veteranos tenían una posición. Había hecho que la escuadra practicara maniobras con batallones de ocho hombres y con medios batallones de cuatro hombres, y de esta forma, con sólo una orden, podía asignar a su escuadra hasta diez maniobras distintas y hacer que se ejecutaran instantáneamente. Nunca se había fragmentado una escuadra de esa manera, pero tampoco formaba parte de los planes de Ender hacer cosas que se hubieran hecho anteriormente. La mayoría de las escuadras practicaban maniobras masivas, estrategias prefabricadas. Ender no tenía ninguna. En cambio, enseñaba a sus jefes de batallón a utilizar con eficacia sus pequeñas unidades con objetivos limitados. Sin apoyo, solos, bajo su propia iniciativa. Tras la primera semana, escenificó simulacros de guerra, ejercicios violentos que dejaban a todos agotados. Pero al cabo de menos de un mes de entrenamiento, sabía que su escuadra podía ser, en potencia, el mejor grupo de combate que había participado en el juego.
¿Hasta qué punto estaba todo previsto por los profesores? ¿Sabían que le habían dado chicos grises pero excelentes? ¿Le habían dado treinta reclutas, muchos de ellos menores de edad, porque sabían que los más pequeños aprendían a mayor velocidad, pensaban a mayor velocidad? ¿O se podría conseguir lo mismo con cualquier grupo mandado por un comandante que supiera lo que quería que hiciera su escuadra, y que supiera enseñarles a hacerlo?
Le preocupaba la cuestión, porque no estaba seguro de si estaba confundiendo o cumpliendo sus expectativas.
De lo único que sí se hallaba seguro era de que estaba impaciente por entrar en batalla. La mayoría de las escuadras necesitaban tres meses porque tenían que memorizar docenas de formaciones complejas. «Nosotros ya estamos preparados. Enviadnos a la batalla.»
La puerta se abrió en la oscuridad. Ender escuchó. Unos pasos arrastrando los pies. La puerta se cerró.
Rodó de su litera y se arrastró en la oscuridad los dos metros que le separaban de la puerta. Había un trozo de papel. No podía leerlo, por supuesto, pero sabía lo que era. Batalla. «¡Cuánta amabilidad! Yo deseo y ellos conceden.»
Ender ya estaba vestido con su traje refulgente de la escuadra Dragón cuando se encendieron las luces. Inmediatamente, bajó por el corredor corriendo, y a las 06.01 horas ya estaba en la puerta del cuartel de su escuadra.
—Tenemos una batalla con la escuadra Conejo a las 07.00. Vamos a hacer ejercicios de precalentamiento en gravedad normal para prepararnos. Desvestíos e id al gimnasio. Llevad vuestros trajes refulgentes e iremos a la sala de batalla desde allí.
—¿Y qué pasa con el desayuno?
—No quiero que nadie devuelva en la sala de batalla.
—¿Podemos al menos echar una meada antes?
—No más de un decalitro.
Se rieron. Los que no dormían desnudos se desvistieron; todos liaron sus trajes refulgentes y siguieron a Ender trotando por los corredores hasta el gimnasio. Les hizo recorrer la pista de obstáculos dos veces, luego les hizo pasar uno a uno por la cama elástica, la colchoneta y el potro. «No os agotéis, basta que os despertéis.» No necesitaba preocuparse por el agotamiento. Estaban en buena forma, ligeros y ágiles, y sobre todo excitados por la batalla que iba a tener lugar. Unos cuantos comenzaron espontáneamente a pugnar entre sí; el gimnasio, antes aburrido, se convirtió repentinamente en algo divertido, y todo por la batalla que iba a tener lugar. Su confianza era la suprema confianza de los que nunca han entrado en combate y creen que están preparados. «Bueno. ¿Y por qué no habrían de pensarlo? Lo están. Y yo también.»