La Casa del Alfabeto
- Автор: Adler-Olsen Jussi
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «La Casa del Alfabeto». Краткое содержание книги:
Finalmente logran subir a un tren que parte del frente oriental con soldados enfermos. En uno de los vagones encuentran a varios oficiales de alto rango muertos sobre unas camas. Sin vacilar, James y Bryan tiran a dos de ellos del tren y ocupan su lugar, con la esperanza de poder escapar en cuanto tengan una oportunidad. Así, llegan hasta la Casa del Alfabeto, un hospital psiquiátrico situado en el corazón de Alemania, Mientras, la guerra sigue haciendo estragos, su única oportunidad de sobrevivir es simular que son enfermos mentales, pero ¿serán capaces de hacerlo durante meses sin convertirse en auténticos perturbados? ¿Son los únicos del pabellón que están fingiendo?
Hicieron falta tres visitas más al baño, hasta que Bryan decidió quedarse en el almacén. La segunda vez lo interrumpió el hombrecito de los ojos inyectados en sangre. Tiraron de la cadena y volvieron, codo con codo, a sus seguros nidos.
Por fin, a la tercera, Bryan se sintió confiado y se enfundó la bata. Una pobre protección contra el frío.
El estante del armario crujió amenazadoramente cuando Bryan tomó impulso y se agarró al marco de la ventana; ésta era bastante más estrecha de lo que había creído. No se oyó ni el más mínimo ruido de la sala.
Sacó el torso por la ventana hasta alcanzar el punto en que su cuerpo estuvo a punto de precipitarse al vacío. A pesar de la oscuridad, el abismo al que se había asomado apareció aterradoramente detallado ante sus ojos. El salto era suicida.
Los saltos en paracaídas y las veces que había simulado un accidente aéreo hacían que Bryan estuviera mejor preparado para la caída que la mayoría de la gente. Sin embargo, una caída libre de seis metros como la que le esperaba rebajaba extraordinariamente las posibilidades de salir ileso del intento. Aquel oscuro abismo no ofrecía ningún atenuante. Si la caída lo mataba, lo haría de forma rápida e indulgente. En cambio, si se lesionaba y lo atrapaban, la policía de seguridad se encargaría de vengarse cruelmente.
El edificio que encerraba las cocinas y que se apoyaba plácidamente contra la pared rocosa restaba apacible en medio de la oscuridad. Unos sonidos de sobra conocidos se escurrieron por el muro anunciando la ronda rutinaria de los guardias. El vaho salía de sus bocas y llevaba sus risas ahogadas hasta el lugar en el que se hallaba Bryan, a unos pocos metros por encima de sus cabezas.
Cuando aquellos viejos hubieron dejado el edificio atrás, uno de ellos prorrumpió en una risa estridente. En el preciso instante en que las carcajadas lo alcanzaron, se oyó un crujido y el estante se desprendió de la pared.
Tan sólo salieron unos cuantos tacos contenidos de entre los labios de Bryan. A la vez que apretaba los codos contra el muro a fin de abrirse paso hacia afuera, buscó inútilmente algo en lo que apoyar el pie.
Estaba empapado en sudor a pesar del frío que hacia. Los guardias todavía no habían desaparecido completamente por detrás de la plaza, pero los perros estaban distraídos por el regocijo burlón y bailaban juguetones alrededor de las piernas de sus guías.
Dentro de poco volverían.
El estruendo que se produjo en el almacén era imposible de definir. Ya antes de que una mano de hierro se cerrase alrededor de su tobillo, Bryan hizo un intento desesperado por precipitarse hacia adelante.
Pero para entonces ya fue demasiado tarde.
CAPÍTULO 21
Las náuseas y el malestar que las transfusiones de sangre le provocaban todavía no habían abandonado a James. El miedo lo perseguía; las voces se confundían fácilmente confundiéndolo a él; las fuerzas lo habían abandonado.
El estado de inconsciencia le había robado el tiempo, la ensoñación había llegado a su límite.
Los múltiples electrochoques, el trato brutal y los efectos secundarios de las transfusiones de sangre habían jugado una mala pasada a la memoria de James. La mayoría de las películas y de los libros habían desaparecido o se habían fundido unos con otros. Atrás tan sólo quedaban los clásicos más significativos de la literatura y del séptimo arte. Y, por supuesto, el miedo.
James se encontraba fatal, enfermo en cuerpo y alma; solo, rendido y drenado de lágrimas. A su alrededor acechaban la impotencia y la locura. Rostros abatidos, manías reprimidas y actitudes desmañadas y depresivas. Y luego estaban sus torturadores y, como colofón, Bryan.
Ahora que los simuladores habían elegido a una nueva víctima, James se abandonó a la suerte fingiendo estar completamente traspuesto la mayor parte del día.
No le supuso un gran esfuerzo.
Los simuladores habían detenido a Bryan. «¡Lo cogeréis vivo -había gruñido Kröner mientras tiraban de él-. ¡Limpiaréis la sangre de la pared del almacén y volveréis a colocar el estante en su sitio!» Era admirable la rapidez con la que habían obedecido la orden. En la sala, sólo el hermano siamés, cuya mirada se debatía entre el suelo y la cuerda con la que se podía avisar a la enfermera, parecía estar inquieto. Kr5ner bufó como si fuera un gato salvaje hasta que el siamés empezó a gimotear y se encogió debajo de la manta adoptando la postura fetal.
Bryan se dejó llevar, sin apenas oponer resistencia, cuando lo condujeron a la sala. Le sangraban las manos. Los simuladores estaban inclinados sobre él, dejando caer una pregunta detrás de otra mientras penetraba la primera luz suave de la mañana por las contraventanas en la sala: ¿Había más simuladores? ¿Tenía cómplices? ¿Qué sabía?
Sin embargo, Bryan mantuvo la boca cerrada y los simuladores vacilaron. ¿Realmente simulaba? ¿Había intentado huir o suicidarse?
Bryan también superó la prueba de la mañana siguiente. Sin embargo, todo él despedía desesperación.
La mujer de la limpieza había descubierto marcas en la pared. Dio la alarma y tiró del estante suelto sin llegar con ello a causar una impresión digna de mencionar en la supervisora de la sección.
Hacía rato que la ronda de aseo de la mañana había terminado. Los simuladores lo habían mirado de reojo con una extraña mezcla de alivio y maldad cuando Bryan, con todos los miembros entumecidos, se había dirigido al baño para borrar todas las huellas de la noche de los brazos, las manos, el camisón y el cuerpo.
Sin embargo, no había logrado borrar los rasguños en las puntas de los dedos que se había infligido luchando por salir por la ventana. Uno de los enfermeros vio las estrías sangrientas en los dedos y le comunicó su sospecha a su sustituto, señalando a Bryan con el dedo.
Y James vio que Bryan se había dado cuenta de ello.
Entrada la mañana, finalmente se presentó el oficial de seguridad en la sala. Cuando se disponía a examinar a cada uno de los pacientes, el enfermero cogió las manos de Bryan de debajo de la manta y, con un gesto acusatorio, se las enseñó al oficial. Bryan se limitó a sonreír tontamente y a asentir con la cabeza. Una enorme cantidad de astillas despuntaba de las puntas de los dedos sangrantes. Parecían las púas de un erizo. El enfermero frunció el ceño y sacudió los brazos de Bryan como si fueran el cuello de un cachorro travieso. Bryan se deshizo del enfermero y golpeó varias veces las manos contra los postigos con fuerza mientras cerraba los ojos con una expresión de euforia atravesándole la cara.
La autoridad del oficial se manifestó de forma tan sonora que todos se estremecieron. Fuera de sí, agarró a Bryan por las solapas y lo arrastró al suelo.
– ¡Ya te enseñaré yo a burlarte de nosotros! -profirió con un bufido, a la vez que obligaba a Bryan a ponerse en pie.
Allí estaba Bryan, con los hombros caídos, enfrentado a su destino.
James sabía que luchaba por su vida.
Durante un rato, los simuladores encontraron la situación graciosa y parecieron divertirse al ver cómo Bryan, en una lucha febril contra el tiempo que lo separaba de la inspección del oficial de seguridad, se clavaba las astillas restregándose las manos contra los postigos rugosos. Pero de pronto dejaron de reírse.
El oficial examinó el cuerpo de Bryan palmo a palmo. El camisón estaba arrugado y grisáceo, todavía algo húmedo tras el refregón concienzudo de la mañana. El enfermero se encogió de hombros.
– ¡Supongo que no se lo quitó para ducharse!
En lugar de soltar la punta del camisón, el oficial lo levantó un poco más. Con un gesto suave, casi acariciante, agarró los testículos de Bryan y lo miró a la cara amablemente.
– ¿Se dejó llevar por las ganas de volver a casa, Herr Oberführer? Puede confiar en mí, señor. ¡No le pasará nada!
Permaneció en la misma postura un buen rato, mirando a Bryan a los ojos sin soltar la mano con la que tenía agarrados sus testículos.