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La Casa del Alfabeto

Электронная книга - «La Casa del Alfabeto». Краткое содержание книги:

Alemania, segunda guerra mundial. El avión de los pilotos ingleses James Teasdale y Bryan Young es derribado en territorio enemigo durante una misión fotográfica. Consiguen sobrevivir, pero no llevan los uniformes, por lo que, si son capturados, serán acusados de espionaje y, probablemente, ejecutados.
Finalmente logran subir a un tren que parte del frente oriental con soldados enfermos. En uno de los vagones encuentran a varios oficiales de alto rango muertos sobre unas camas. Sin vacilar, James y Bryan tiran a dos de ellos del tren y ocupan su lugar, con la esperanza de poder escapar en cuanto tengan una oportunidad. Así, llegan hasta la Casa del Alfabeto, un hospital psiquiátrico situado en el corazón de Alemania, Mientras, la guerra sigue haciendo estragos, su única oportunidad de sobrevivir es simular que son enfermos mentales, pero ¿serán capaces de hacerlo durante meses sin convertirse en auténticos perturbados? ¿Son los únicos del pabellón que están fingiendo?
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Resultaba difícil imaginarse cómo lograban los médicos distinguir entre un paciente enfermo y otro recuperado. Sin embargo, se suponía que estaban lo suficientemente bien como para servir de carne de cañón.

Ambos estaban orgullosísimos e ingenuamente alegres. Mencionaron Arnhem; por lo visto, aquél sería su destino.

Cuando el vecino se despidió de Bryan y lo miró fijamente a los ojos, a Bryan le resultó imposible recordarlo como el paciente que se había pasado los últimos ocho meses respirando y jadeando pesadamente.

Después de recibir noticias de las primeras victorias alemanas en Arnhem, el ambiente en la sala empezó a alterarse. Algunos de los pacientes, aquellos que estaban a punto de ser dados de alta, enderezaban la espalda y no dejaban pasar la ocasión para demostrar que estaban mejor. El resto de la gente de la sección más bien empeoró: proferían alaridos por la noche, sacudían el cuerpo con mayor insistencia y rabia, hacían más muecas, se retorcían y retomaban sus sucios hábitos alimenticios. También los simuladores reaccionaron. El hombretón del rostro picado de viruela intensificó sus servicios y cuidados hasta tal punto que, durante unos cuantos días, los enfermeros se vieron obligados a asumir sus tareas para evitar que escaldara a alguien o derribara a los médicos cuando corría de un lado a otro en cumplimiento de sus múltiples quehaceres. El de la cara ancha representaba diariamente su particular espectáculo y no paraba de gritar «heih a Vonnegut y a los demás pacientes de la sala. Algunas noches había hecho que la enfermera de guardia entrara corriendo y se precipitara a su lado por un repentino ataque de felicidad al que daba rienda suelta cantando a viva voz y golpeando rítmicamente los barrotes de la cama.

Bryan optó por imitar al simulador enjuto: encogía el cuerpo, se escondía debajo de la manta y se mantenía relativamente callado.

Su evidente alto rango, la gran responsabilidad, su fragilidad v su dudosa recuperación eran el seguro de vida de Bryan y su garantía de que no acabaría en el frente como sus dos vecinos. A lo mejor, no sabrían adonde destinarlo.

Bryan no temía por su vida; sólo por la de James, como también temía lo que podría llegar a ocurrírseles a los simuladores.

Había despertado de su inconsciencia con una sombra de su antiguo yo, espiritualmente pasivo y físicamente demacrado. Todavía pasaría algún tiempo hasta que pudiera volver a levantarse y abandonar la cama.

Y, por entonces, Bryan ya llevaba más de cuatro meses dándole vueltas y más vueltas a la fuga y a la manera de llevarla a cabo.

El principal problema de la fuga era la ropa. Aparte del camisón, Bryan sólo poseía un par de calcetines que cada tres días era sustituido por otro aún más desteñido y gastado que el anterior. Desde que Bryan había empezado a ir al baño por cuenta propia, también le habían suministrado un albornoz. Su idea había sido que aquel albornoz tendría que resguardarlo de las frías ráfagas de viento.

Y ahora el albornoz había desaparecido; uno de los enfermeros llevaba mucho tiempo sin quitarle ojo. Hacía tiempo que habían desaparecido las zapatillas.

La distancia que lo separaba de la frontera suiza era asequible, apenas unas treinta o treinta y cinco millas. El cielo seguía teniendo un aspecto veraniego y dibujaba el contorno del paisaje con líneas nítidas y claras, aunque de noche hacía frío.

Unas semanas antes, el viento del oeste se había levantado y había transportado nuevos sonidos hasta el lugar. Como un eco de salvación, un silbido intermitente y el traqueteo profundo de un convoy ferroviario. «¡Nos encontramos en las faldas de las montañas, James! -pensó-. ¡Las vías del tren no están lejos! ¡Podemos saltar al tren y llegar a la frontera! Ya lo hicimos una vez; ahora volveremos a hacerlo. ¡Nos llevarán hasta Basilea, James! ¡Saltaremos!»

Sin embargo, James constituía un problema. Los bordes azulados debajo de sus ojos no desaparecían.

La hermana Petra estaba cada vez más seria.

Una noche, Bryan entendió por fin que tendría que huir solo. Se había despertado sobrecogido, con la sensación, de la que no lograba librarse, de que había hablado en sueños. El hombretón del rostro picado de viruela estaba de pie al lado de la cama con la mirada fija en él. En aquella mirada se palpaba la sospecha.

Ya no podía aplazar la fuga por más tiempo.

En algunos momentos de peligro había considerado la idea de dejar a algún enfermero sin conocimiento y robarle la ropa. También cabía la posibilidad de que un médico hubiera dejado su ropa de paisano en la sección o en uno de los despachos. Sin embargo, sus ilusiones no parecían querer coincidir nunca con la realidad. El campo de acción diario de Bryan era limitado. Sólo conocía a fondo la sala, el consultorio, la sala de electro-choques, el lavabo y las duchas. Ninguna de aquellas estancias encerraban nada que pudiera serle útil.

La solución le llegó cuando uno de los pacientes orinó en la puerta que daba a las duchas y empezó a gritar y a aullar hasta que el personal acudió al lugar y le fue administrado un calmante. Mientras Vonnegut estaba de rodillas recogiendo la orina, Bryan aprovechó para acercarse a la puerta del lavabo dando saltitos y sacudiendo la cabeza como quien no quiere la cosa.

La puerta delante de los compartimentos de los váteres estaba abierta de par en par. Bryan se sentó pesadamente sobre la tapa y dejó la puerta entreabierta. No se había fijado nunca en el almacén que había dentro.

En realidad, era un armario grande donde almacenaban paños, detergente, escobas y cubos de cualquier manera, sobre estantes o directamente en el suelo.

Un rayo de luz lateral iluminaba la estancia. Vonnegut seguía enfrascado en la limpieza del suelo y no se reprimía precisamente a la hora de contar adonde deseaba ir él y adonde quería que se fuera el resto del mundo. Bryan alcanzó el armario en dos pasos. Examinó el marco: estaba tierno; la cerradura apenas sostenía aquella madera frágil, hacía tiempo que el herraje había dejado de ofrecer resistencia. La puerta se abría hacia adentro y podía abrirse dándole un empujón decidido al tirador, si a su vez se ejercía presión sobre la puerta con la rodilla.

Al otro lado de la puerta colgaba una bata ajada de un colgador de porcelana. Bryan soltó un grito ahogado cuando Vonnegut abrió la puerta de golpe. Cogido firmemente de la muñeca, el corazón latiendo a toda velocidad y conteniendo la respiración fue conducido de vuelta a la cama.

Bryan estuvo repasando una y otra vez lo que había visto en el armario empotrado hasta que desapareció la luna y la sala se sumió en la oscuridad. Había abandonado la cama para dirigirse al váter cuatro veces durante las primeras horas de la noche. En aquella sección, los ataques constantes de diarrea eran bastante frecuentes. La comida, cada vez más miserable, estaba surtiendo efecto.

La primera vez que Bryan visitó el váter, se había metido en el almacén y había sacado los dos estantes superiores.

En el almacén había una ventanita. Era difícil acceder a ella porque se hallaba en lo más alto del armario, por encima del estante superior, pero era suficientemente amplia para salir por allí. Al contrario de los estrechos resquicios que había debajo del techo de la sala de duchas y en los lavabos, ésta ventana no tenía rejas.

Los ganchos de la ventana se soltaron de sus pestillos sin hacer ruido.

Bryan se decidió rápidamente. La próxima vez o la siguiente lo intentaría. Se pondría la bata, se subiría al estante, se escurriría por la ventana y pondría todas sus esperanzas en salir ileso de la caída. Luego se dirigiría hacia la plaza de actos y saltaría la alambrada; un plan con el que tenía todas las de perder; una empresa arriesgada, como la mayor parte de las misiones que él y James habían sobrevivido. Y, esta vez, James estaba inconsciente en la cama. La realidad era un señor severo. La sensación de tener que convivir el resto de su vida con el remordimiento lo desgarraba. Pero ¿qué otra cosa podía hacer?

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