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La Casa del Alfabeto

Электронная книга - «La Casa del Alfabeto». Краткое содержание книги:

Alemania, segunda guerra mundial. El avión de los pilotos ingleses James Teasdale y Bryan Young es derribado en territorio enemigo durante una misión fotográfica. Consiguen sobrevivir, pero no llevan los uniformes, por lo que, si son capturados, serán acusados de espionaje y, probablemente, ejecutados.
Finalmente logran subir a un tren que parte del frente oriental con soldados enfermos. En uno de los vagones encuentran a varios oficiales de alto rango muertos sobre unas camas. Sin vacilar, James y Bryan tiran a dos de ellos del tren y ocupan su lugar, con la esperanza de poder escapar en cuanto tengan una oportunidad. Así, llegan hasta la Casa del Alfabeto, un hospital psiquiátrico situado en el corazón de Alemania, Mientras, la guerra sigue haciendo estragos, su única oportunidad de sobrevivir es simular que son enfermos mentales, pero ¿serán capaces de hacerlo durante meses sin convertirse en auténticos perturbados? ¿Son los únicos del pabellón que están fingiendo?
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De pronto, el oficial se agachó y desapareció de la vista de Bryan, que entonces sólo pudo percibir unos sonidos indefinidos que le llegaban de detrás de la cabecera de la cama. Un instante después, el oficial volvió a aparecer entre las camas, con la mejilla pegada al suelo, avanzando como un sabueso que seguía una pista. Después de una corta búsqueda, encontró otras dos pastillas. Bryan estaba aterrorizado.

Los reunieron a todos; a las enfermeras que estaban de servicio y a las que todavía estaban medio dormidas después de la guardia de la pasada noche; a los camilleros, cuya tarea se limitaba a llevar y a traer a los pacientes de los tratamientos de choque y que, de vez en cuando, echaban una mano.a los demás; a los enfermeros y, por tanto, a Vonnegut; a los auxiliares; al personal de limpieza; al doctor adjunto Holst; y, finalmente, al profesor Thieringer. Ninguno de ellos fue capaz de dar una explicación plausible de lo ocurrido. Era evidente que cuantas más declaraciones tuvo que escuchar el oficial de seguridad, más convencido estuvo de que algo andaba mal.

Llamaron al oficial en jefe que los había interrogado en la sala de gimnasia y lo pusieron al corriente de la situación. De entre las muchas palabras exaltadas que vomitó, Bryan entendió una sola: simulación.

En un abrir y cerrar de ojos pusieron en marcha una inspección a fondo. Varios soldados de las SS se habían despojado de sus chaquetas y pululaban por todos los rincones de la sala: de rodillas, en cuclillas, de puntillas. Examinaron cada centímetro de la sala; no omitieron ni un solo escondrijo, por imposible que fuera. Vaciaron los armarios de los baños, hojearon los diarios, repasaron la ropa, tanto la de vestir como la de cama, levantaron colchones, inspeccionaron ventanas y contraventanas. Sólo permitieron que aquellos pacientes que no podían ponerse en pie por sí mismos se quedaran en cama. Al resto los habían confinado en el fondo de la sala con las piernas desnudas. Desde allí miraban lo que estaba pasando a su alrededor con ojos incrédulos. En un momento de despiste. James sacó el pañuelo de Jill de debajo del colchón y se lo ató al cuello, a salvo de las miradas bajo el escote del camisón.

El médico mayor, el doctor Thieringer, intentó exhortar a la serenidad, arisco e infeliz por su incapacidad de controlar la situación. Sin embargo, no dijo nada cuando aflojaron los tapones de los tubos de una cama y salieron docenas de pastillas que se desparramaron por el suelo.

Todo movimiento en la sala se paralizó. El sargento de las SS que comandaba la sección dio la orden de que se sacaran todos los tapones de los pies de las camas inmediatamente. El oficial de seguridad le hizo una pregunta a Vonnegut. Como si lo hubieran obligado a delatar a uno de sus hijos, alzó el garfio de hierro lentamente y, a regañadientes, señaló a alguien que se encontraba en medio del grupo que se había formado al fondo de la sala. El flaco de los hermanos siameses soltó un grito en el acto y, temblando, cayó de rodillas ante el oficial de seguridad.

Mientras iban sacando los tapones del resto de la camas, Bryan rezó con el corazón encogido porque la noche anterior no se hubiera quedado ni una sola pastilla enganchada en el tubo. Más tarde, cuando volvió a reinar la calma en la sala y se hubieron llevado al flaco entre sollozos, Bryan se dio cuenta finalmente de que él había sido el culpable de su desgracia. A su vez supo con toda seguridad que, de los veintidós ocupantes originales de la sala, un mínimo de seis habían simulado su locura. Un número increíble que podía incluso ser mayor. El hermano siamés flaco jamás le había dado razones para sospechar de él. Al contrario, a lo largo de los meses que habían transcurrido siempre había ofrecido la imagen impoluta de un demente que, firme pero muy lentamente, iba recuperando la cordura. Desde el primer día en que Bryan lo había visto en el camión, había interpretado su papel a la perfección.

Cuatro lechos más allá, su otra mitad siamesa estaba sentado en el borde de la cama, tan contento, hurgándose la nariz como de costumbre. Resultaba increíble que él también pudiera ser un simulador. No mostraba ni la más mínima pena, ni el más mínimo dolor, por lo que acababa de suceder. Lo único que lo hacía reaccionar era que su dedo índice pescara algo en las profundidades de la fosa nasal.

Tampoco pareció inmutarse cuando, más tarde, devolvieron a su «gemelo» flaco a la sala, con el cuerpo magullado y pálido. Se limitó a sonreír y siguió hurgándose la nariz. En cambio, Bryan no podía creer lo que estaba viendo. Era incapaz de imaginarse cómo había conseguido salir del apuro y eso lo ponía nervioso.

Aparentemente, todos los demás parecían satisfechos con la conclusión del asunto. Los médicos sonreían, y las enfermeras de guardia se volvieron incluso amables. La tensión los había afectado a todos.

A la mañana siguiente volvieron a recoger al flaco. Había pasado toda la noche temblando como una hoja; debió de presentir que aquello podía ocurrir.

Alrededor de mediodía, el joven oficial de seguridad entró en la sala acompañado por un soldado raso de las SS. Tras recibir unas cuantas órdenes, los pacientes empezaron a moverse en dirección a las ventanas que había enfrente de la hilera de camas de Bryan. Nadie protestó. Bryan fue uno de los últimos en incorporarse al grupo, en la segunda fila, desde donde sólo podía entrever lo que pasaba si se ponía de puntillas. También desde esa postura era limitado lo que le permitían ver los travesaños y las rejas, y tuvo que sacar la cabeza y ladearla por encima del hombro del paciente que tenía delante.

A lo largo de la pared rocosa que corría a un par de metros del bloque del hospital y hasta la capilla, que se encontraba unos cien metros más allá, se disfrutaba de cierta visibilidad. Lo único que rompía la desnudez de aquella franja era un poste solitario que parecía marcar la situación de una antigua perforación indeterminada.

Ataron al flaco a aquel poste y así, atado, lo ejecutaron delante de los pacientes con los que había compartido sala, aire y vida durante más de medio año. En el momento en que sonó el disparo, Bryan volvió la cabeza y fijó la mirada en James, que se encontraba a cierta distancia de él, en la primera fila, con el hombre del rostro picado despuntando a su lado. El sobresalto que aquel disparo provocó en James no dio lugar a dudas acerca de su estado emocional y, además, su mirada estuvo demasiado presente durante algunos segundos, febrilmente clavada en el cuerpo que en aquel momento caía hacia adelante, convulsionado en unos últimos espasmos. No fue la ejecución ni tampoco la reacción de James lo que hizo brotar el sudor frío en la frente de Bryan, sino el gesto que el hombretón del rostro picado le hizo al de la cara ancha mientras miraba fijamente a James.

Pasó algún tiempo hasta que volvieron a atar a otro hombre al poste y lo ejecutaron. Bryan no supo nunca quién había sido el impenitente. No se trataba de un paciente de la Casa del Alfabeto. Sin embargo, de lo que no cabía duda era de que lo habían pescado intentando sustraerse al servicio militar. Tales contravenciones eran castigadas con dureza y sin piedad y eso es lo que se pretendía transmitir a los demás pacientes.

La visión de la cabeza del flaco cayendo hacia adelante no había impresionado a su gemelo que, evidentemente, no se había enterado de lo que había ocurrido. Nadie hizo ningún intento de consolarlo; nadie lo interrogó. Después de la ejecución, retiraron la cama del flaco, fregaron el suelo de la sala, los premiaron con sucedáneo de café y dejaron que Vonnegut enchufara el altavoz para que los violines y los timbales apaciguaran los corazones de los enfermos.

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