Caballeros de la Vera Cruz
- Автор: Камю Дэвид
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Caballeros de la Vera Cruz». Краткое содержание книги:
Condenado por lo suyos, a modo de redención, parte en busca de la Vera Cruz con la esperanza de que esta dé ánimos a los francos y salvar así Jerusalén. Cuenta en su decisión con el apoyo del sobrino de Saladino, así como con el de una bella y misteriosa mujer de nombre Casiopea, un mercader de reliquias y un joven templario. Su aventura parece destinada al fracaso, pero una fuerza invisible lo acompaña, lo protege y lo guía.
¿Bastará con ella para librarse del más grande de todos los peligros?
«David Camus, el nieto de Albert, se apropia con gran acierto de los recursos del género en esta epopeya medieval. Hallamos en estas páginas la dosis ideal de misterio y de esoterismo.» – L'Observateur
«Una gesta épica que enfrenta la única verdad inexorable, la muerte, con la mayor incerteza: ¿existe algo más allá?» – El Mundo
El mercader de esclavos se frotó las manos: no había nada mejor para los negocios que un esclavo tratando de venderse a sí mismo a alguien que ya lo conocía. Masada se volvió febrilmente hacia la parte trasera de la carreta, donde el joven esclavo acariciaba a la perra, y le ordenó, iracundo:
– ¡Tú, baja, ve a tirar del asno!
El muchacho obedeció con presteza y cogió al asno por el cabestro. Femia dijo entonces a su marido:
– ¡Compra a ese hombre! -Y señaló a Morgennes, que los miraba fijamente.
Pero Masada hizo como que no oía ni veía nada.
– ¡Diez dinares! -soltó entonces el mercader.
– ¡Hace un momento eran ocho! -se indignó Femia.
– ¡Los precios han subido! -respondió el mercader-. ¡Lo siento, ya os había prevenido!
– ¡Vendido! -gritó una voz, mientras una bolsa aterrizaba a los pies del kurdo.
Todos se giraron hacia el que la había lanzado: era un hombre de unos veinte años, con la cara picada de viruela, cabello ralo y cara de pocos amigos. Llevaba una daga de hoja curvada sobre el pecho y tenía el brazo derecho seccionado a la altura del codo. Cuatro energúmenos de aspecto patibulario lo seguían. Los hombres llevaban a la espalda un pequeño arco corto, y en el costado, además de un sable largo, una maza erizada de pinchos. A pesar de la mugre y el polvo que les embadurnaba la cara, Morgennes reconoció a los cinco mahometanos contra los que había peleado ya en dos ocasiones. Taqi ad-Din lo había salvado la primera vez, y Casiopea la segunda. Aquella vez no veía quién podría evitar que cayera en manos de aquellos bandidos, si no eran Masada y su mujer.
– ¡Masada! -gritó Femia agarrando del brazo al mercader de esclavos-. ¡Coge el cofrecillo y cómpralo!
– ¡No hay bastante! -gruñó Masada.
– ¿Y con qué lo has pagado a él? -preguntó la mujer, furiosa, lanzándose sobre el joven esclavo para sujetarlo por el cuello.
Masada no respondió palabra. Los maraykhát empezaban a impacientarse, y Femia se puso escarlata.
– ¡Masada, te prevengo! Si no lo compras, explicaré a mis hermanas que…
Se interrumpió, como si prefiriera no decir demasiado. Abrumado, Masada preguntó al mercader:
– ¿Cuánto?
El vendedor, con un brillo nuevo en la mirada, se volvió hacia los maraykhát.
– ¡Lo lamento, señores míos, pero acabo de recibir otra proposición! -dijo con aire falsamente desolado. Y luego, mirando a Masada, anunció en tono divertido-: ¡Cincuenta dinares!
Masada estuvo a punto de atragantarse.
– ¡Nos vamos! -dijo dirigiéndose a Femia. Morgennes sujetó a Masada por la manga.
– ¡Cómprame! ¡Sin que importe el precio! ¡Te lo reembolsarán cien veces!
– ¡Claro, en el paraíso! -gritó Masada-. No tienes ni una moneda; de hecho, no tienes ni bolsillo…
– ¡A mi orden le sobran las riquezas!
Masada pareció dudar un instante. El kurdo recogió la bolsa que había caído al suelo y la tendió a los maraykhát.
– Los precios han vuelto a subir, y tú no tienes bastante.
– ¡Ay de ti si no coges mi oro! -maldijo el manco, llevando la mano al kandjar.
– ¡No me obligaréis a vender! -exclamó el mercader dejando caer la bolsita a sus pies.
Luego levantó el látigo e hizo un gesto en dirección al estrado; tres robustos mamelucos se situaron a su lado. Los tres colosos medían casi diez palmos de alto, tenían las manos de la medida de un sacudidor y sostenían una guisarma: una pica de mango corto con la cuchilla casi tan larga como ancha. Pero aquello no fue suficiente para arredrar a los maraykhát. El manco se volvió hacia sus compañeros y les ordenó:
– ¡Dadme todo lo que tengáis!
Los maraykhát se registraron los bolsillos y sacaron cuatro magras bolsas que se añadieron a la primera.
– ¡Coge esto y danos al franco! -le espetó el manco-. ¡Por el Profeta, no tendrás otra oferta mejor!
El kurdo empujó a Morgennes hacia los maraykhát, pero de nuevo este se agarró a Masada. El vendedor estaba dudando si debía azotarlo -lo que hubiera estropeado la mercancía-, cuando se escuchó un grito:
– ¡Cien dinares!
Los labios del mercader se abrieron para formar un perfecto círculo, y el hombre dijo a Morgennes:
– ¡Pero si vales una fortuna! -Y luego, mirando hacia la multitud, preguntó hinchando el pecho-: ¿Quién ha dicho eso?
– ¡Nosotros! -respondió una voz potente con un fuerte acento nórdico.
Dos encapuchados con un manto de un blanco inmaculado se abrieron paso entre el gentío y se dirigieron con paso resuelto hacia Morgennes. La multitud esperaba, según informaron los mahometanos, «inmóvil y muda, como si un pájaro se hubiera posado sobre su cabeza». Entre ella, algunos hombres con turbante gris tomaron posiciones en las cuatro esquinas de la plaza del mercado, pasando entre los caballos y los asnos, tratando de confundirse entre las sombras de los puestos, los fardos y las seras de arroz. Cuando estuvo a dos pasos del mercader, el más alto de los hombres de blanco le puso en la mano una pesada bolsa de cuero y declaró:
– ¡Este hombre es nuestro!
– ¡Cien dinares! -exclamó el kurdo, que no podía creer lo que veía-. ¿Quién da más?
El hombre del manto blanco lo agarró por el cuello.
– Lo repito: ¡este hombre nos pertenece!
– ¡No tan deprisa! -intervino el manco, adelantándose-. ¿Quién os ha permitido aumentar nuestra oferta? Y, antes que nada, ¿quién sois vos?
El hombre de blanco se volvió lentamente hacia el maraykhát, lo sujetó por la muñeca y empezó a retorcerle el brazo.
– ¡Por el poder de Dios y de la Virgen María todopoderosa, si quieres conservar tu último brazo, harás bien en escucharme! ¡He venido aquí a comprar a un hombre que nos corresponde por derecho!
Y levantó su capuchón, descubriendo una tonsura de un rubio casi blanco y una poblada barba. Una horrible marca en forma de cruz, hecha con un hierro al rojo, le adornaba la frente. El hombre observó a la muchedumbre sin pestañear. Una sonrisa cruel dejó ver sus caninos. Se mostraba orgulloso de su hazaña: llegar hasta el mismo centro de una de las mayores ciudades del imperio de Saladino.
– ¡Templarios! -exclamó el manco-. ¡No tenéis derecho a estar aquí! ¡Os destriparemos!
– ¡Hemos venido en paz para comerciar con vosotros! ¡Debéis dejarnos tranquilos mientras no saquemos nuestras armas!
Morgennes se estremeció: había reconocido a Kunar Sell, un temible monje guerrero de origen danés. Aquel hombre había matado a más mahometanos que ninguno de sus hermanos, y mostraba al hacerlo un ensañamiento y un placer inauditos. Por alguna razón que Morgennes no podía explicarse, aquel loco se había hecho tatuar una cruz en la frente y había retirado de sus ropas la cruz roja de los templarios.