Caballeros de la Vera Cruz
- Автор: Камю Дэвид
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Caballeros de la Vera Cruz». Краткое содержание книги:
Condenado por lo suyos, a modo de redención, parte en busca de la Vera Cruz con la esperanza de que esta dé ánimos a los francos y salvar así Jerusalén. Cuenta en su decisión con el apoyo del sobrino de Saladino, así como con el de una bella y misteriosa mujer de nombre Casiopea, un mercader de reliquias y un joven templario. Su aventura parece destinada al fracaso, pero una fuerza invisible lo acompaña, lo protege y lo guía.
¿Bastará con ella para librarse del más grande de todos los peligros?
«David Camus, el nieto de Albert, se apropia con gran acierto de los recursos del género en esta epopeya medieval. Hallamos en estas páginas la dosis ideal de misterio y de esoterismo.» – L'Observateur
«Una gesta épica que enfrenta la única verdad inexorable, la muerte, con la mayor incerteza: ¿existe algo más allá?» – El Mundo
Porque era casi imposible conservar la sangre fría en medio de aquella confusión, en la que, sin embargo, Kunar Sell y sus ayudantes parecían sentirse perfectamente a gusto. Los hombres del templario atacaban a ciegas, lanzando golpes desordenados. Para ellos solo había enemigos. Causaban estragos entre la multitud, masacrando indistintamente a ancianos, mujeres, hombres y niños.
Algunas flechas volaron entonces por encima de sus cabezas, y dos de las sombras sacaron de debajo de sus capas un gran manto gris con el que cubrieron a los templarios, antes de llevarlos más lejos para evacuarlos. El grupo huyó con la velocidad del rayo, con el cuerpo inclinado hacia adelante, cortando piernas, brazos y manos, descargando violentos golpes con sus aceros para abrirse un camino sangriento hacia un pasaje que solo ellos conocían. Viendo aquello, Yaqub -el manco- se lanzó tras su pista y ordenó a los suyos que lo siguieran.
Era imprescindible que supiera más cosas sobre aquellos dos templarios blancos y, en especial, sobre aquellos misteriosos hombres de gris que los habían ayudado a escapar. Su interés principal era asociarse con aquellos individuos, siempre, claro está, que le dejaran encontrar a Morgennes y despellejarlo vivo.
12
Desgracia a aquel que no ensangrienta su espada.
Palabra del Profeta
Dos horas más tarde, la plaza había quedado reducida a una multitud de heridos, agonizantes y muertos. Los soldados pasaban entre los cuerpos, con el sable en la mano, y les daban la vuelta para verles el rostro. Shams al-Dawla Turansha, el atabek de Damasco, los seguía, con las manos unidas tras su cuerpo macizo, que paseaba por la ciudad como un hipopótamo por un pantano. El atabek iba acompañado por su escolta y por algunos médicos y enfermeros del bimaristan al-Nuri; entre ellos el doctor Ibn al-Waqqar, que llamaba la atención por su nariz aguileña y por su increíble delgadez.
No era la primera vez que la ciudad vivía una desgracia semejante, pero nunca había habido tantas víctimas: cerca de ciento sesenta, sin contar las pérdidas materiales, las casas dañadas, los puestos volcados y las mercancías transformadas en humo o desaparecidas en la bolsa de Alí Baba.
El doctor al-Waqqar echaba pestes en medio de los heridos, mientras hacía lo posible por cauterizar una herida aquí, entablillar un hueso más allá o dar un consejo un poco más lejos; maldiciendo en todas partes a los soldados del atabek, que no habían hecho diferencias entre los simples mirones y los supuestos responsables de aquella tragedia.
Por otra parte, ¿cómo hubieran podido hacerlo?
Ahora solo una cosa importaba: comprender lo que había ocurrido y reconstruir los acontecimientos. Saladino no tardaría en ser informado de la matanza y reclamaría al instante un informe del atabek, su hermanastro. De ahí el estado de agitación extrema en que se encontraba Shams al-Dawla Turansha y los esfuerzos que desplegaba para dar la impresión de que estaba haciendo todo lo posible para que la investigación concluyera cuanto antes; aunque la mayoría de las víctimas tuvieran que cargarse en la cuenta de sus propios soldados.
Desde hacía varias semanas, la estrella de Saladino, ascendiendo en el firmamento al ritmo de sus victorias, había, por así decirlo, «despertado las tinieblas». De la sombra en que habían permanecido agazapados durante muchos años, habían resurgido los miembros de la secta chií de los nizaritas, más conocidos bajo el nombre de asesinos. En un momento en que Damasco y los ayyubíes ya estaban bastante ocupados con los cainitas -que adoraban a Caín y a Judas-, los vástagos de Abraham -que sacrificaban a Dios a su primogénito- y los ahrimanitas -que rendían culto al dios persa del Mal, Ahrimán, y se oponían violentamente a los discípulos de Ormuz, el dios del Bien-, la poderosa secta de los asesinos había dirigido sus miradas al sudoeste de Siria y trataba de extender allí su poder entre los drusos, que veneraban a Al-Hakim. Además, otras facciones sediciosas preocupaban a Saladino: los movimientos ebionitas, elcesianos, marcosianos y merintianos, en lucha con las altas autoridades mahometanas, judaicas y cristianas; los ofitas, que creían en la Serpiente y levantaban áspides, cerastas y crótalos a miles en templos dedicados a su dios; así como el habitual cortejo de criaturas extraordinarias, como los gigantes que, según decían, moraban en las montañas del Líbano, los demonios, los yinn, las estriges, y también los cercopes (temibles guerreros, a la vez hombres y monos), las empusas y las geludes, respectivamente demonios y vampiros venidos de la Grecia antigua tras pasar por Bizancio. Su existencia no estaba probada, aunque muchos creyeran en ellos, pero los rumores les atribuían toda clase de fechorías. No pasaba semana sin que se encontrara un cuerpo vaciado de su sangre, un mes sin que un individuo perdiera la cabeza y masacrara a su familia antes de darse muerte, un año sin un nacimiento extraño (generalmente el de un ser de piel negra que farfullaba palabras en arameo), un decenio sin que un par de alas de murciélago crecieran en la espalda de una mujer. Por no hablar de esos hombres a los que por la noche les crecían cuernos y que por la mañana se ponían a bramar como toros. Sin duda se trataba de misterios, de misterios horribles, pero de todos modos eran preferibles a las maniobras de los temibles asesinos.
Rachideddin Sinan, su jefe, había situado a sus hombres en todos los lugares estratégicos de la sociedad mahometana: en mezquitas, tiendas, puertos, hospitales, palacios, prisiones, cuarteles e incluso -se murmuraba- en los harenes, donde huríes y eunucos trabajaban para informarle. Esa tela invisible de agentes, esa red de informadores, era una de las mejores de Oriente, por no decir del mundo. No se producía movimiento de tropas, decisión, imposición de tributos, promoción o partida de un barco de los que Sinan no estuviera enterado.
Dos cosas fortalecían a los asesinos, dándoles ese valor ciego y esa determinación que los hacía invencibles: el odio y el miedo; el odio que tenían a los suníes, es decir, a la mayoría de los mahometanos, a los que acusaban de felonía y traición, y el miedo que inspiraban a la gente, que no les dejaba otra elección que la victoria o la muerte.
El Viejo de la Montaña, su venerable jefe, había dicho: «Nada es verdadero, todo está permitido». Decía también que la vida era solo un engaño, que la verdadera vida se encontraba en otra parte y que él tenía las llaves del paraíso.
Rachideddin Sinan había dado orden a sus tropas de atacar. En todas partes había que golpear al enemigo en la garganta, y, para impedir que sanara, golpear y volver a golpear, y empezar de nuevo. Había que obligarlo a mantener tropas en la ciudad para debilitarlo en los campos de batalla; aterrorizar a la población para incitarla a huir o a rebelarse contra la autoridad; arruinar el comercio para empobrecer a Saladino y enojar a los mercaderes; secuestrar a las familias de los ulemas más conocidos para hacerles chantaje; apuñalar sin piedad a los que querían la paz y se esforzaban en ser justos, rectos, humanos. Mostrarse tan abominables, en fin, que todos dijeran: «Debe de tener a Dios de su parte, si ni el derecho ni la fuerza pueden nada contra él».