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Retorno a la Tierra [Earthfall - es]

Электронная книга - «Retorno a la Tierra [Earthfall - es]». Краткое содержание книги:

El planeta Armonía, colonizado por humanos hace casi cuarenta millones de años atrás, ha estado siempre bajo el cuidado de una inteligencia artificial: el Alma Suprema, el ordenador que todo lo sabe y todo lo protege. Pero el Alma Suprema ha envejecido y está débil. Debe volver a la lejana Tierra para recobrar la ayuda del Guardián.
En Retorno a la Tierra, Nafai y su familia, los elegidos del Alma Suprema, realizan un viaje interestelar de un centenar de años que, pese a la hibernación de la mayoría, no deja de acrecentar el odio entre los partidarios de Nafai y los de su hermano Elemak. Llegados a la Tierra, los expedicionarios se enfrentarán a algunas de las especies que se han desarrollado en los cuarenta millones de años de ausencia de los humanos. En particular a quienes, fruto de la evolución de murciélagos y topos, han devenido en seres voladores y cavadores de túneles, conocidos como “ángeles” y “demonios”. Las religiones, los odios, las rivalidades y las luchas por el liderazgo hacen todavía más ardua una empresa ya de por sí francamente difícil.
Card nos ofrece, como ya hiciera en la premiada serie de Ender, un interesante retrato del ser humano y de sus motivaciones. Unos personajes entrañables, la lucha por el poder, las interacciones entre especies, la compleja explicación biológica de comportamientos, culturas y religiones sorprendentes son algunos de los elementos que mantienen viva la trama de una saga fascinante.
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pTo pensó: No debo contar a nadie que el Antiguo me vio.

Pero descartó la idea de inmediato. Si alguna vez nos hacemos amigos de los Antiguos, recordarán los tallos que les robé del prado. Entonces soportaré el castigo. Pero mi gente ya sabrá que me vieron robar. Sabrá que dije la verdad desde el principio acerca de todo lo que hice, incluido el error de dejarme ver. Muchos me criticarán por mi descuido, pero nadie dudará de mi sinceridad, ni alegará que modifiqué mi informe para embellecerlo. Es mejor tener la confianza del pueblo que su respeto. Con confianza, podré ganarme su respeto después; sin ella, el respeto nunca sería merecido, y sería como veneno.

Cansado después de un día de inmovilidad, y sin saber cómo lo recibirían, pTo echó a volar sobre el desfiladero, hacia el valle donde vivía el pueblo.

Oykib miró al murciélago gigante que se alejaba sobrevolando el desfiladero. Sabía que para otros esto significaría el comienzo del cumplimiento de los viejos sueños, los sueños del Guardián de la Tierra. Pero para Oykib era otra cosa. El había oído la voz del Guardián hablándole a este visitante, y la había entendido.

La voz del Guardián era extraña. Era más sorda que la voz del Alma Suprema, menos nítida. Decía más con imágenes que con ideas, más con deseos que con emociones. A Oykib le costaba entender. Al llegar a la Tierra había tardado varias semanas en comprender que oía la voz del Guardián. Las conversaciones entre los humanos y el Alma Suprema eran mucho más claras; la voz del Guardián era como un trueno distante, una brisa entre las hojas. Más que oírse, se sentía. Pero cuando reparó en ella, cuando comprendió lo que era, se puso a escucharla. Sentado a la sombra de la nave estelar al anochecer, se concentraba gradualmente hasta que la voz estrepitosa del Alma Suprema pasaba a segundo plano.

Era más difícil porque el Guardián no hablaba continuamente con los humanos. Un sueño de cuando en cuando, a veces un deseo; y los sueños no siempre llegaban en momentos en que Oykib pudiera oírlos claramente. Pero el Guardián entablaba un diálogo casi constante con otra persona. Con muchas personas, que parecían rodear la aldea de Rodina, aunque no lograba precisar a qué distancia estaban. El problema era comprender lo que decían. Los sueños y deseos que captaba no tenían sentido. Al principio creyó que se debía simplemente a la confusión. Eran demasiados, eso era todo. Pero luego, cuando pudo distinguir un sueño de otro, cuando comenzó a seguir una ilación determinada, comprendió que la extrañeza era inherente a los mensajes. El Guardián acicateaba a esas personas con deseos que Oykib jamás había sentido, que no podía comprender; y de pronto había algo claro. El deseo de cuidar a un niño. El deseo de no pasar vergüenza frente a los amigos. Y cuanto más escuchaba, más entreveía esas extrañas apetencias: deseo de cavar, de raspar madera con las manos. Deseo de embadurnarse con arcilla. Estas cosas no tenían sentido, pero mientras Oykib estaba a la sombra de la nave, despojándose de su humanidad, esos deseos lo barrían y se sentía diferente. Otro. Distinto.

Él y Chveya habían especulado sobre ello, pues también ella había entrevisto, por el rabillo del ojo, hebras inexplicables que no conectaban a un ser humano con otro.

—Y sin embargo es imposible que vea esas cosas —le había dicho—. Yo sólo veo las hebras que conectan a personas que puedo ver, o al menos a personas que conozco. Pero no he visto a nadie a quien puedan pertenecer esas hebras.

—O las has visto por el rabillo del ojo —había sugerido Oykib—. Las has visto sin saber que las veías.

—En tal caso, debe haber muchas en torno a la aldea y los campos, y no las hemos visto. Ni siquiera una vez. Es una idea bastante absurda.

—Pero están reunidas en torno a nosotros, continuamente.

—A nuestro alrededor, pero lejos. Tú dijiste que el murmullo que oías era tenue.

—Comparado con la voz del Alma Suprema, sí. Como tratar de oír un concierto distante cuando alguien toca un pífano cerca de ti.

—¿Ves? Tú mismo lo has dicho. Un concierto distante.

—¿Y si nos están observando?

—¿Y qué? Que observen. El Guardián los está observando a ellos.

Naturalmente, los que creían en la verdad de los sueños estaban atentos a las criaturas aladas y los roedores. ¿Cómo los habían llamado Hushidh y Luet? Ángeles y cavadores. Pero en las cosas que escuchaba Oykib, y en las hebras de lealtad y preocupación que entreveía Chveya, no oían ni veían nada que les indicara cuál de las extrañas especies con que habían soñado vivía en las inmediaciones. Si de ellas se trataba.

Pero, fueran quienes fuesen esas criaturas, Oykib estaba cada vez más inquieto por los sueños y deseos que acudían a su cabeza. El deseo de comer algo caliente, salado y sanguinolento, trémulo y vivo… cuando lo comprendió por primera vez, sintió asco de sí mismo por tener semejante deseo. Y aunque sabía que el deseo venía desde fuera, aún lo perseguía como si hubiera sido propio. Pues esa criatura tibia y salada que deseaba comer viva era un tierno y suave bebé. Había algo confuso en la imagen: un retazo de cielo, un manto crujiente y correoso. Como en todas las comunicaciones entre el Guardián y esos extraños, nada era definido. Pero Oykib sabía una cosa: había sido la plegaria de una de esas criaturas al Guardián de la Tierra, y en la plegaria había pedido la carne de un chiquillo vivo.

¿Qué clase de monstruos eran esas personas?

Debo contárselo a alguien, pensó, pero no podía. Para contárselo, tendría que revelarles que había oído sus comunicaciones más secretas con el Alma Suprema durante muchos años. Todos se sentirían espiados, robados, violados. Y decírselo a Chveya sería preocuparla por la seguridad de su primogénito, que ya crecía en su vientre, por la seguridad de los pequeños a quienes ella enseñaba en la escuela todos los días.

Aunque podía contarle casi todo lo que oía, no podía hablarle de las cosas peores; durante la semana anterior, no había podido explicarle por qué despertaba sudando y boqueando en plena noche, ni por qué estaba tan taciturno con ella y los demás.

Esa noche, sin embargo, había hallado la respuesta a muchas preguntas. Pues cuando aquel murciélago de alas correosas descendió y se posó en el techo de una tienda almacén, Oykib percibió otra clase de criatura. Esta criatura también mantenía una comunicación casi continua con el Guardián, en otro desconocido idioma de deseos, pero era más brillante y más clara, aunque también más temerosa. Había preguntas, y se relacionaban con ideas que Oykib podía comprender; mejor aún, estaban asociadas con el lenguaje. Él no comprendía las palabras, pero sabía que podía aprender el idioma.

En cambio, comprendía muy bien los deseos. El afán de no defraudar a los demás, el afán de proteger a esposa e hijos, la ansiedad de revelar secretos.

La ansiedad de revelar secretos. Mientras Oykib miraba a la criatura posada en el techo de la tienda, entrevió los secretos que la criatura procuraba descifrar. Dos imágenes acudieron al instante. La imagen borrosa de una cabeza humana hecha de arcilla sin hornear, grande y monstruosa; y luego, mucho más clara, la imagen de Nafai. Sólo que no era Nafai. Era una criatura similar a ésta, pero con retazos de vello y alas harapientas, incapaz de volar, pero muy respetada, a quien escuchaban todos los demás.

Era Nafai pero no era Nafai.

De pronto comprendió. Es la palabra con que esta criatura nos designa a nosotros, los seres humanos. Antiguo. Antiguos. Nosotros somos los Antiguos.

Pero eso implicaría que sabían que una vez los humanos habían habitado la Tierra. Era absurdo. Era imposible recordar algo cuarenta millones de años. ¿Y cómo podían recordarlo? Por lo que sabía, la evolución de esas criaturas aún no había llegado a la inteligencia cuando los últimos humanos hollaban la Tierra.

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