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Diosa Por Derecho

Электронная книга - «Diosa Por Derecho». Краткое содержание книги:

Aunque Morrigan fue concebida en medio de una mentira, y estuvo atrapada en un árbol durante toda su gestación, su nacimiento fue verdaderamente mágico. Después de aquel comienzo, pasó
los siguientes dieciocho años de su vida como cualquier chica normal de Oklahoma. Cuando descubrió la verdad de su origen, la rabia y la pena se apoderaron de ella y la llevaron de vuelta al mundo de Partholon. Pero allí, en vez de ser respetada como hija de la encarnación de una diosa, Morrigan se sintió como una intrusa rechazada. En su desesperación por formar parte de Partholon, se enfrentará a fuerzas que no podía comprender ni controlar por entero. Y pronto empezaría a sufrir el acecho de una extraña oscuridad…
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– ¿Es tan poderosa? ¿De veras?

– Sí.

– Entonces, ¿su poder podría rivalizar con el de la propia Elegida de Epona?

La pregunta de Kai hizo que Kegan se diera cuenta de algo que lo dejó helado.

– ¿Kegan? ¿Qué te ocurre?

– Es sólo que nunca había pensado en lo que puede significar para Partholon tener otra Suma Sacerdotisa cuyos poderes rivalicen con los de la Elegida de Epona.

– Pero ahora estás pensando en ello.

– Sí. Ahora sí, igual que tú.

Kegan miró a Morrigan. Birkita estaba hablando con ella. Kegan no oía lo que le estaba diciendo la anciana, pero le hablaba con una intensidad controlada, con el ceño fruncido y una expresión de inquietud. Kegan se preguntó qué era lo que ocurría. El ritual de oración de lady Morrigan había sido poco común, desde luego, pero ella era una Portadora de la Luz. Se sabía que eran mujeres de grandes dones, apasionadas, que dictaban sus propias normas. Birkita era una Suma Sacerdotisa muy culta y competente. Tenía que saber que las Portadoras de la Luz seguían su propio camino.

En aquel momento, Morrigan explotó de ira y alzó la voz.

– ¡Necesito salir a tomar el aire! -exclamó, e hizo un gesto brusco con la mano para interrumpir las palabras de Birkita-. No. No quiero oír nada más.

Entonces, la Portadora de la Luz lo miró. Kegan se sintió como si lo hubieran marcado a fuego. No había otra cosa en el mundo, salvo ella. Sus pensamientos, sus deseos, su visión, todo estaba concentrado en ella. Sin poder contenerse, se acercó a la Suma Sacerdotisa rápidamente.

– Por favor, permitidme que os acompañe a la superficie -dijo con una reverencia formal.

Morrigan titubeó durante un instante, y después le puso la mano en el brazo que él le había tendido.

– Muy bien. Necesito salir de aquí un rato.

– Vuestros deseos son órdenes para mí, lady Morrigan -dijo Kegan. Después, llamó a una de las Sacerdotisas que todavía estaba en Usgaran-. Por favor, que envíen una cesta con comida y vino a la superficie. Vuestra Portadora de la Luz necesita distraerse después del ritual.

– Sí, mi señor -dijo la muchacha, y se apresuró a cumplir su orden.

Kegan acompañó a Morrigan hacia la salida de Usgaran. Hasta mucho después de haberse marchado, sintió la mirada pensativa de Kai sobre él.

Capítulo 12

Morrigan salió de la boca de la cueva como una estrella fugaz. Soltó el brazo del centauro y caminó hacia delante, se puso las manos en las caderas y miró al horizonte. Parpadeó con fuerza, medio cegada por el sol fuerte del mediodía, para adaptarse a la luz. Tomó bocanadas de aire cálido de la mañana para intentar calmar sus emociones tumultuosas, y respirar a través de los vestigios de poder y excitación que todavía electrificaban su cuerpo. El ritual había comenzado como respuesta al dolor y a la tristeza que sentía, pero se habían transformado rápidamente en ira. Entonces fue cuando se sintió completamente llena de poder. ¡Poder! La luz había atravesado su cuerpo de un modo más emocionante y fuerte que aquella vez en la cueva de Oklahoma, antes del derrumbe. Morrigan se estremeció al recordar el deseo que había sentido por Kyle, también.

– Vuestro ritual me ha conmovido.

A Morrigan se le había olvidado que el centauro seguía allí, y se sobresaltó un poco al oírlo. Estaba a su espalda, pero ella no se volvió a mirarlo.

– ¿De veras? A mí también.

– Ha sido diferente a cualquier otro ritual que haya presenciado.

Morrigan siguió sin mirarlo.

– Siento ser tan poco normal. Parece que también ha dejado alucinada a Birkita.

– ¿Alucinada?

Morrigan suspiró.

– «Alucinada» significa «asustada», o «maravillada», o «inquieta», o todo junto.

– Entonces, no, vuestro ritual no me ha dejado alucinado. He dicho que me ha conmovido, no que me haya asustado ni inquietado. Y, francamente, no entiendo por qué le ha parecido extraño a Birkita. Las Portadoras de la Luz siempre han seguido su propio camino.

Ella respiró profundamente y se dio la vuelta.

– ¿Qué sabes tú de las Portadoras de la Luz?

– Sé que históricamente, se las considera mujeres con gran talento y reglas propias -dijo Kegan con una sonrisa-. Pero nunca había visto a ninguna llevar a cabo un ritual, hasta hoy. Es mucho más interesante en persona que en las páginas secas y añejas de los libros de historia.

– Más o menos como los centauros.

La sonrisa de Kegan no vaciló.

– ¿Los centauros?

– Estabas presente ayer, cuando Shayla y Perth dijeron que Birkita había predicho mi venida, y que Adsagsona me había traído con los Sidethas, ¿verdad?

Kegan asintió.

– Sí.

– Todo eso es cierto. Pero no explicaron que Adsagsona me ha traído desde muy lejos.

– ¿Y dónde está el sitio del que venís? -le preguntó Kegan con curiosidad.

– Es un territorio llamado Oklahoma. Está… al suroeste. Y allí no hay centauros. Sólo en las… ¿cómo lo has dicho tú? En las páginas secas y añejas de los libros de historia.

Kegan pestañeó varias veces, completamente pasmado.

– ¿No hay centauros?

– Ni uno.

– ¿Yo soy el primer centauro que habéis visto en vuestra vida?

– El primero, sí.

– Y te has quedado… -Kegan titubeó después de decidirse a tutearla y arqueó las cejas por la familiaridad que tan rápidamente había sentido hacia ella-, alucinada conmigo.

Morrigan se echó a reír.

– Sí, admito que un poco.

– ¿Y cómo soy, en comparación con las páginas de los libros de historia? -preguntó él, con una sonrisa brillante que hizo que se pareciera todavía más a Kyle, si eso era posible.

Morrigan se tomó su tiempo para responder, aprovechando la excusa para estudiarlo. Primero, bajó los ojos desde su rostro a su torso humano, y después examinó su parte equina. Lo que había pensado sobre él antes era verdad: Kegan tenía una belleza terrible que era tan atrayente como extraña. Era diferente a Kyle. Su reflejo centauro era extremadamente masculino, un animal macho apenas templado por la parte humana. Y, al igual que en la cueva de Oklahoma, la excitación que todavía sentía después del poder del ritual la hizo acercarse a él con una fuerza elemental.

– Creo que eres magnífico -le dijo.

Él no se había movido mientras ella lo estudiaba, sino que había estado mirándola fijamente con sus ojos azules. Su expresión decía que disfrutaba de la atención, y agradecía su escrutinio.

– Entonces, tenemos eso en común. Yo también creo que eres magnífica.

Su voz se había hecho más grave, y Morrigan sintió escalofríos de electricidad.

– ¿Puedo preguntarte algo?

– Lo que quieras.

– Birkita me ha dicho que un Sumo Chamán centauro puede cambiar de forma. ¿Es verdad?

Él sonrió de nuevo.

– Sí, es cierto.

– ¿Y puedes adoptar cualquier forma?

– Cualquier forma de un ser vivo -corrigió él.

Lentamente, la tomó la mano y se la llevó a los labios. Le dio la vuelta y le besó la parte carnosa que había bajo el pulgar, y después, muy suavemente, la mordió allí, antes de decirle:

– Tal vez un día me permitas mostrarte mis habilidades.

Sus labios eran cálidos, y aquel delicado mordisco le envió a Morrigan chispas de placer por todo el cuerpo.

– ¿Puedes adoptar la forma de un hombre?

– Sea cual sea la forma que tome, deberías saber que siempre seré más que un hombre humano.

– Eso ya lo veo -dijo ella, con la voz un poco entrecortada.

Aquel flirteo burlón entre ellos hacía que Morrigan se sintiera de una manera que le encantaba. La belleza extraña de Kegan, combinada tan perfectamente con su parecido a Kyle, le excitaba, y Morrigan quería acariciarlo, aunque sabía que seguramente no debía hacerlo.

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