Diosa Por Derecho
- Автор: Каст Филис Кристина
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Diosa Por Derecho». Краткое содержание книги:
los siguientes dieciocho años de su vida como cualquier chica normal de Oklahoma. Cuando descubrió la verdad de su origen, la rabia y la pena se apoderaron de ella y la llevaron de vuelta al mundo de Partholon. Pero allí, en vez de ser respetada como hija de la encarnación de una diosa, Morrigan se sintió como una intrusa rechazada. En su desesperación por formar parte de Partholon, se enfrentará a fuerzas que no podía comprender ni controlar por entero. Y pronto empezaría a sufrir el acecho de una extraña oscuridad…
Kegan todavía estaba sonriendo para sí cuando entró en sus baños privados. Mientras se quitaba de la piel las capas de polvo y sudor del viaje, no dejó de reflexionar. Qué asombroso giro del destino: encontrar a una Sacerdotisa poderosa que era la viva imagen de lady Myrna. Kegan se había sentido atraído hacia la hija de la Elegida de Epona desde el primer instante en que se habían conocido. Había sido todo un golpe para su ego el hecho de que ella no sintiera una atracción similar y que lo hubiera rechazado de plano. ¡Y todo por un humano sin poder alguno! A Kegan, aquello todavía le causaba asombro.
Tal vez la aparición de aquella otra Myrna, la joven tocada por lo divino y dotada de un poder poco corriente, pudiera ser una segunda oportunidad para él. A veces, los caminos de Epona eran misteriosos y difíciles.
Volvió a su habitación y se tendió con un suspiro en la cama de pieles que le habían preparado en el suelo. Cerró los ojos para intentar dormir, pero sólo podía ver la cara de lady Morrigan tras los párpados cerrados, la cara que tanto se parecía a la de lady Myrna. Cuando por fin durmió, sus sueños se llenaron con el eco del llanto de una mujer.
– Debo de parecerme tanto a Myrna como Kegan a Kyle -dijo Morrigan, mientras Birkita la ayudaba a ponerse el camisón.
Había enviado al resto de las Sacerdotisas a colgar guirnaldas de flores aromáticas para el ritual de oración del día siguiente, y por fin, estaban a solas.
– ¿Kyle? -preguntó Birkita.
– Sí, el chico al que conocí en Oklahoma, que se parece tanto a Kegan. Bueno, salvo que no es mitad caballo.
Birkita dejó de cepillarle el pelo a Morrigan y observó su rostro.
– Había algo entre Kyle y tú.
Morrigan suspiró.
– Eres igual que la abuela. Siempre sabe las cosas que yo no quiero que sepa.
– Cuéntamelo.
– Por casualidad, Kyle me sorprendió en la cueva cuando hice despertar la luz de todos los cristales, y…
Birkita siguió cepillando el pelo de Morrigan y sonrió.
– A veces, presenciar la obra de una diosa es una experiencia que inspira respeto reverencial…
– Bueno, fue algo más que respeto reverencial -dijo Morrigan, que notó que se ruborizaba-. Fue… fue realmente apasionado.
Birkita tenía una sonrisa sabia.
– Yo nunca me he casado, hija, pero eso no significa que la pasión me resulte extraña.
Morrigan tenía las mejillas ardiendo. Realmente, no quería explicar lo que había sucedido entre Kyle y ella.
– Bueno, de todos modos, mis abuelos me encontraron en la cueva con Kyle, y estábamos en mitad de una escena muy embarazosa cuando se produjo un derrumbe. Mis abuelos salieron, estoy segura, pero Kyle no quiso dejarme sola. Él… murió, pero yo pasé a través de la selenita y aparecí aquí.
– Y por eso te afecta tanto la presencia de Kegan.
Morrigan asintió.
– Esto es un lío, porque Kegan y el Maestro de la Piedra me han reconocido -dijo con tristeza.
– Tal vez no sea tan malo -dijo Birkita lentamente, mientras pensaba-. Kegan y Kai no van a salir corriendo al Templo de Epona para decirle a lady Rhea que el reflejo de su hija recién fallecida vive con los Sidethas. ¿Qué iban a conseguir con eso?
– No lo sé.
– Nada. Sólo conseguirían hacer sufrir más a lady Rhea. No van a decir nada, al menos hasta que haya pasado más tiempo. Y me parece que debe de haber una razón para que el Maestro Escultor de Partholon sea la imagen del hombre con quien estabas conectada en tu antiguo mundo. Tal vez Adsagsona te haya traído a Kegan. Y, querida niña, los regalos de una diosa nunca deben ser ignorados.
En sueños, aquella noche, un hombre se acercó a Morrigan. Tenía el cuerpo de Kyle. Sus manos eran las de Kyle, y sus labios eran los de Kyle, pero ella no podía verle la cara. Mientras le hacía el amor con una pasión que rayaba la violencia, su cabeza se llenó con la risa burlona de otro hombre.
Capítulo 11
Por la mañana, Morrigan se despertó mucho antes de que Birkita fuera a su habitación. Se levantó y se puso un vestido de color crema, hecho de una tela que parecía una mezcla de seda gruesa y lino. Tenía una caída muy bella y se le ceñía al cuerpo suavemente, y estaba ribeteada con gemas amarillas. Después, Morrigan se tendió de nuevo en la cama y, mientras acariciaba a Brina, pensó en Myrna.
¿Qué era lo que le había dicho el espíritu de su madre? ¿Que era necesario hacer un sacrificio de sangre para que ella pudiera pasar a través de la División a Partholon? Morrigan había pensado que Rhiannon se refería a Kyle, pero ahora ya no estaba tan segura.
Ya era lo suficientemente desconcertante que la hija de Shannon fuera exactamente igual que ella, sino que además, le producía un sentimiento de angustia pensar que había muerto. «Y tal vez por mí», pensó. No. A Morrigan se le encogió el estómago. No. Ella no podía tener nada que ver con la muerte de Myrna. Estaba en Oklahoma cuando había ocurrido. Hasta el día de aquel derrumbe en la cueva, Morrigan ni siquiera sabía que existía Partholon, y mucho menos Myrna.
Sin embargo, el dios oscuro, Pryderi, sí sabía que existía Partholon, y seguramente también sabía que existía Myrna, y claramente, sabía que existía Morrigan. Según el abuelo, Pryderi había estado presente en su nacimiento.
– ¡No! Pryderi no tiene nada que ver conmigo. Yo le pertenezco a Adsagsona. No soy como mi madre. No voy a escuchar los susurros del dios oscuro.
– ¿Morrigan? -dijo Birkita desde el otro lado de la cortina de cuero-. ¿Puedo entrar?
– Sí, sí, por supuesto -respondió Morrigan.
Birkita miró a su alrededor al entrar en la habitación.
– ¿Estás sola? Me ha parecido oír que hablabas.
Morrigan sonrió con timidez.
– Estaba hablando sola.
Birkita sonrió también, aunque con un poco de preocupación.
– ¿Quieres que vayamos a desayunar?
– Creo… creo que antes quiero decir las plegarias por Myrna. Para mí tiene sentido. Ayer tuve que ayunar para el ritual de la luna llena. Esto no es menos importante.
– Sí, Morrigan -dijo Birkita en tono de aprobación-. Si esperas aquí, iré a llamar a las Sacerdotisas para que vengan a buscarte.
– Avisa también a Kai y a Kegan.
– Muy bien.
Después de que Birkita se marchara, Morrigan se miró en el espejo de la habitación.
– ¿Tienes la más mínima idea de lo que estás haciendo?
«Estás aceptando tu destino…».
Aquellas palabras flotaron a su alrededor en el aire fresco de la cueva. Morrigan intentó percibir la voz de la diosa en ellas, pero lo único de lo que pudo estar totalmente seguro fue del sonido de sus propias dudas.
Morrigan y sus Sacerdotisas se dirigieron a Usgaran para aquel ritual de oración. Las Sacerdotisas llevaban guirnaldas de lavanda y salvia que impregnaban el aire de una fragancia dulce. Había doce en total, y formaron filas de seis frente a Morrigan. Brina caminaba delante de ellas, y entre todas, formaban una procesión silenciosa que se movía en una ola de esencias.
La gran sala Usgaran estaba vacía, salvo por la presencia de Kai, Kegan y Birkita. Los tres estaban frente al Cristal Sagrado. Cuando las Sacerdotisas entraron a la sala, Birkita se acercó a Morrigan y le hizo una respetuosa reverencia. Las Sacerdotisas ocuparon su puesto, seis a cada lado de la piedra de cristal. Después, cada una de ellas se acercó a uno de los braseros que iluminaban la circunferencia de la estancia y prendieron la lavanda y la salvia sobre el fuego. Después de unos momentos, las Sacerdotisas apagaron las guirnaldas soplando suavemente, y volvieron a colocarse junto al Cristal Sagrado, mientras el humo de las hierbas se alzaba en volutas grises a su alrededor.