Diosa Por Derecho
- Автор: Каст Филис Кристина
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Diosa Por Derecho». Краткое содержание книги:
los siguientes dieciocho años de su vida como cualquier chica normal de Oklahoma. Cuando descubrió la verdad de su origen, la rabia y la pena se apoderaron de ella y la llevaron de vuelta al mundo de Partholon. Pero allí, en vez de ser respetada como hija de la encarnación de una diosa, Morrigan se sintió como una intrusa rechazada. En su desesperación por formar parte de Partholon, se enfrentará a fuerzas que no podía comprender ni controlar por entero. Y pronto empezaría a sufrir el acecho de una extraña oscuridad…
– Te lo ha dicho Kegan.
– Sí, Kegan. Es Sumo Chamán además de Maestro Escultor. Creo que, por lo tanto, sabe algo de espíritus y cosas así.
– Cierto, Kegan es Sumo Chamán. Pero también es el reflejo de alguien a quien tú estuviste unida en Oklahoma. Tal vez por eso, te sientes inclinada a tomar sus palabras como si las hubiera pronunciado la diosa. Él es muy joven, Morrigan. Y debes entender que por ser Sumo Chamán o Suma Sacerdotisa, una persona no lo sabe todo.
– De acuerdo, sí, eso lo entiendo. Pero también es cierto que, por el hecho de que alguien sea joven, no tiene por qué estar siempre equivocado.
– Claro que no. No estoy diciendo que ninguno de vosotros dos esté equivocado. Lo único que digo es que tengáis cuidado. Progresa lentamente mientras estés explorando tus nuevos poderes. Recuerda que eres vulnerable a Kegan, por tu historia con su reflejo de Oklahoma. Y, sobre todo, escucha la voz de Adsagsona.
– Eso hago -dijo Morrigan.
– Hija, algunas veces la voz de la diosa puede resultar ahogada por la tuya. Una Suma Sacerdotisa es especial para su diosa, y también es el canal de comunicación de la diosa con su pueblo, y debería usar las bendiciones que ha recibido de ella para ayudar a los demás, y no para satisfacer sus propios deseos egoístas.
Morrigan se irguió con tensión.
– ¿Qué quieres decir?
– Morrigan, el ritual estaba dedicado al espíritu de lady Myrna, y a intentar aliviar la pena de aquéllos a quienes ha dejado atrás. En vez de eso, se convirtió en una exhibición de tu poder, alimentado por tus heridas personales. Entiendo cómo…
– ¡No! Tú no lo entiendes. Tuviste padre y madre. Nadie te mintió y te dijo que eras otra persona. ¡Ella ocupó mi lugar!
Morrigan se detuvo para tomar aire, y entonces, oyó las palabras «reclama tu destino», que resonaban en su mente.
– Está bien, Birkita, esto es lo que tengo que decirte. No quiero herir tus sentimientos. Me importas, y creo que eres una buena persona. Pero yo voy a ser una Suma Sacerdotisa diferente. Me parece que tu actitud bondadosa y amable no funcionaba muy bien. Shayla os estaba pisoteando a las demás Sacerdotisas y a ti. A mí no va a hacerme lo mismo. Así que quizá Adsagsona me haya traído aquí porque sus Sacerdotisas necesitan lo que tú dices que son mis deseos egoístas.
Birkita no vaciló ante la mirada de enfado de Morrigan. Simplemente, inclinó la cabeza y dijo con suavidad:
– Como desees. Ahora, tú eres la Suma Sacerdotisa y la Portadora de la Luz. Por derecho, eres tú quien está más cerca de la voluntad de la diosa.
Morrigan exhaló un suspiro de frustración.
– Muy bien. Por lo menos, eso está claro. Creo que ahora voy a explorar un poco la cueva. Ah, y no te preocupes. No tienes que acompañarme. Encontraré el camino yo sola.
– Sí, mi señora -dijo Birkita, y le hizo una reverencia.
Cuando Birkita comenzaba a darse la vuelta, Morrigan le tocó el hombro.
– No te enfades conmigo, ¿de acuerdo?
Birkita posó la mano sobre la de Morrigan, y respondió:
– Yo no puedo enfadarme contigo, hija.
Le apretó la mano, y después volvió al corazón de Usgaran con las demás Sacerdotisas y artesanos que estaban allí reunidos, llevando a cabo sus tareas.
Morrigan suspiró y posó las manos en la pared de la cueva.
– Quiero salir de aquí -les susurró a los espíritus de los cristales-. Llevadme a algún sitio maravilloso que no esté bajo la nariz de Birkita.
«¡Te oímos y te obedecemos, Portadora de la Luz!», respondieron los espíritus. Al instante, se encendieron una serie de pequeños cristales por la pared, a la altura de la cintura de Morrigan, y ella comenzó a seguir su señal serpenteante hacia un túnel. Era el reflejo del camino principal que había seguido en la cueva de Oklahoma. Avanzó cerca de la pared, para poder rozar los cristales con los dedos continuamente. La llevaron hacia un túnel más pequeño que giraba a la derecha. Era un túnel que no existía en Oklahoma, y Morrigan observó que en el suelo había unas vías estrechas. Pronto supo el motivo, porque apareció un vagón lleno de pedazos de piedra suave, blanca, con aspecto de mármol, tirado por dos hombres fornidos. La saludaron brevemente, y ella les contestó con un rápido «hola». Mmm. Así debía de ser como los Sidethas extraían las piedras de lo más profundo de la cueva hasta la superficie.
El túnel hacía una curva en forma de «S», y el suelo de alabastro descendía bruscamente. Cuanto más se adentraba en el vientre de las cuevas, menos gente encontraba por el camino, y más relajada se sentía. A los pocos minutos de descenso, los cristales la guiaron a través de una entrada en forma de arco. Al franquearla, a Morrigan se le escapó un jadeo. Se encontraba inmersa en una belleza increíble. La sala era grande y redonda, y las paredes y el techo estaban completamente cubiertos de racimos de cristales morados. Allí había un enorme brasero de iluminación, situado en un trípode en medio de la sala, y sus llamas blancas arrancaban brillos de los cristales.
– Amatista… -susurró Morrigan.
– Buenos días, mi señora. ¿Puedo hacer algo por vos?
Aquella voz hizo que Morrigan diera un respingo. No se había dado cuenta de que había alguien trabajando al fondo de la sala. Era un hombre que tenía un cincel delicado en una mano, y en la otra, un pequeño martillo, y que obviamente, estaba desprendiendo cristales de la pared.
– Oh, perdón. No quería interrumpir. Sólo estaba explorando.
Él sonrió con amabilidad.
– No os habréis perdido, ¿verdad, mi señora?
– No, yo… no creo que pueda perderme. Soy Morrigan, la Portadora de la Luz, y… bueno… -señaló el rastro de cristales iluminados y añadió-: Ellos me muestran el camino.
– Sí, mi señora. Sé quién sois.
– Bueno, y esto… ¿es amatista? -preguntó Morrigan, para llenar el silencio.
– Sí. Estoy eligiendo seis piezas para el Castillo de Laragon. Es una petición del propio jefe de la fortaleza. Este año, la cosecha de lavanda ha sido especialmente abundante, y quiere recompensar a los seis agricultores principales.
– Son bellísimos -dijo ella, con una sonrisa-. Bueno, me voy para que continúes con tu trabajo. Disculpa, pero no sé tu nombre.
– Arland, mi señora -respondió él, y le hizo una reverencia.
– Bueno, Arland, me alegro de conocerte.
– Y yo a vos, Portadora de la Luz.
Ella ya estaba agachando la cabeza para salir por la puerta arqueada y baja de la sala de las amatistas, cuando oyó que Arland la llamaba.
– ¿Mi señora?
Morrigan lo miró.
– Algunos pensamos que la diosa nos ha bendecido de verdad con vuestra presencia.
A Morrigan le dio un salto de alegría el corazón.
– Gracias, Arland -dijo. Después añadió impulsivamente-: Y que Adsagsona te bendiga por tu bondad.
Él todavía tenía la cabeza inclinada cuando ella salió al túnel. Se sentía mucho mejor que cuando había comenzado la exploración, y continuó casi a saltos por el camino que le marcaban los cristales. Estaba un poco mejor preparada para la belleza que encontró en la siguiente sala, pero de todos modos se quedó embobada mirando los cristales de color topacio que se volvían blancos en la base, y que estaban incrustados por todas las paredes y el techo. Le resultaban familiares, pero Morrigan no conseguía nombrarlos, así que posó una mano en la piedra.
«Citrino». El nombre le vino cuando lo acarició con las yemas de los dedos, y Morrigan sonrió de placer.
– Gracias -les dijo a las piedras resplandecientes.
En la siguiente sala había varios hombres rompiendo cuidadosamente pedazos de piedra de aspecto peligroso, de un color negro tan oscuro que, al entrar en la sala, daba la impresión de entrar en una boca sin fondo, llena de dientes letales. «Ónice»… le dijeron los espíritus de la piedra, y Morrigan se arrepintió de haber pensado algo siniestro de aquella bellísima piedra oscura. Pasó las manos por aquellas gemas irregulares mientras estudiaba los matices de color, que aparecían al mirar con más atención. Sin embargo, los hombres de aquella sala no eran amables como Arland, así que Morrigan decidió salir.