Diosa Por Derecho
- Автор: Каст Филис Кристина
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Diosa Por Derecho». Краткое содержание книги:
los siguientes dieciocho años de su vida como cualquier chica normal de Oklahoma. Cuando descubrió la verdad de su origen, la rabia y la pena se apoderaron de ella y la llevaron de vuelta al mundo de Partholon. Pero allí, en vez de ser respetada como hija de la encarnación de una diosa, Morrigan se sintió como una intrusa rechazada. En su desesperación por formar parte de Partholon, se enfrentará a fuerzas que no podía comprender ni controlar por entero. Y pronto empezaría a sufrir el acecho de una extraña oscuridad…
Morrigan se quedó de nuevo asombrada por la terrible belleza del centauro, y tuvo dificultades para dejar de mirarlo. Kegan parecía joven, era muy guapo y muy exótico, aunque tenía una expresión de tristeza.
Por fin, Morrigan apartó la mirada y se dirigió hacia el enorme Cristal Sagrado, que permanecía oscuro, tal y como ella lo había dejado. Cerró los ojos y se concentró. ¿Qué podía decir para ayudar al alma de Myrna, y para ayudar a todos aquéllos que había dejado atrás? Como su madre, por ejemplo. Shannon. La mujer con la que Morrigan siempre había soñado como si fuera su propia madre, y a la que había echado de menos durante toda la vida. Sintió una súbita punzada de ira y desesperación, y elevó los brazos por encima de la cabeza para comenzar el ritual.
– ¡Adsagsona, te llamo a las alturas! -Hizo una pausa, bajó los brazos y formó una uve con las manos-. Y abajo. Nuestros visitantes, el Maestro Escultor, Kyle y el Maestro de la Piedra, Kai, nos han traído noticias tristes. Myrna, la hija de la Elegida de Epona, ha muerto. Así que las Sacerdotisas y yo te rogamos que ayudes a su alma a encontrar el reino de su diosa, y que también ayudes a quienes dejó atrás. Alivia su pena y su dolor.
Sin abrir los ojos, Morrigan se detuvo, y luchó contra una ráfaga de celos que estuvo a punto de ahogarla. Seguramente en aquel momento, Shannon estaba llorando por la muerte de su hija, de la misma manera que Morrigan había empapado la almohada durante noches interminables durante su niñez, mientras lloraba hasta quedarse dormida, mirando la fotografía de Shannon, anhelando una madre que nunca podría tener. Pero durante todo aquel tiempo, todas aquellas noches, Shannon estaba viva y vivía en Partholon, y quería a su hija verdadera.
Con una intensidad que la hizo temblar, Morrigan deseó que sus abuelos no le hubieran ocultado la verdad. No era justo. Si se lo hubieran dicho, tal vez habría encontrado antes la manera de ir a Partholon, la habría buscado, y habría podido tener una madre, aunque fuera una madre que tuviera que compartir con su reflejo. Después de todo, Myrna estaba muerta, y ella estaba viva. Shannon la querría. Sin embargo, le habían arrebatado aquella elección. La frustración y la ira de Morrigan se encendieron.
La voz de Birkita llenó de repente el silencio que había empezado a hacerse espeso e incómodo en Usgaran.
– Oh, diosa que das el descanso, te agradecemos que guíes el espíritu de lady Myrna hacia las praderas de Epona. Deseamos que ese viaje sea jubiloso para lady Myrna, Hija de la Elegida de Epona y Amada de la Diosa, lady Rhea.
Al principio, Morrigan se había sentido aliviada porque Birkita hubiera continuado con el ritual, pero a medida que la escuchaba, la invadieron otros sentimientos. Birkita sabía que Rhiannon era la madre de Morrigan, y no de Myrna; sabía que lady Rhea era en realidad Shannon, el reflejo de Rhiannon ¡y sin embargo la había nombrado específicamente junto al título! ¿No podía haberla dicho sólo «Elegida de Epona»? ¿Por qué tenía que recordarle a todo el mundo que era «la Amada de la Diosa»? Su madre, la verdadera Rhiannon MacCallan, había desempeñado ese papel durante buena parte de su vida. El abuelo le había dicho que Epona la había perdonado por los errores cometidos antes de que muriera. Birkita debería mostrarle más respeto a Rhiannon. Antes de que la antigua Suma Sacerdotisa pudiera continuar, Morrigan habló, y lo hizo con la ira ardiendo en su interior.
«Sí… tu ira es justa… buena…», susurró una voz en su cabeza.
– Hoy no sólo rezo por Myrna, o por su madre. Rezo por todos aquéllos que han sufrido por su muerte. Todos los que se han entristecido por la injusticia de la situación -dijo Morrigan, hablando apasionadamente. Para ella, las palabras tenían más que un doble sentido. Tenían profundidad y diferentes significados, diferentes niveles de tristeza, dolor y pérdida-. Ayúdanos a encontrar la felicidad en la pena, significado en lo injusto, luz en la oscuridad. Y tal vez podamos ser parte de esa luz en la oscuridad.
La ira que había estado dentro de ella durante tantos años siguió ardiendo. Morrigan abrió los ojos y movió las manos ante sí como si estuviera arrojando todas aquellas emociones al Cristal Sagrado.
– ¡Escuchadme, espíritus de los cristales! ¡Que se haga la luz!
Y no sólo obtuvo la respuesta del cristal de selenita. Todo Usgaran resplandeció con una luz gloriosa.
Morrigan alzó los brazos, deleitándose con la pasión y el poder que vibraban dentro y fuera de ella.
«¡Eso es! ¡Reclama tu poder! ¡Reclama tu destino!».
– Reclamo lo que es mío. Soy la Suma Sacerdotisa y es mi luz la que brilla para todos los que han sido heridos o tratados con injusticia.
«Ya no soy una intrusa, ni una huérfana», añadió silenciosamente para responder a la voz de su mente.
En cuanto lady Morrigan entró a Usgaran, Kegan sintió el repiqueteo de impaciencia de los cristales. La vio aproximarse al Cristal Sagrado y se quedó sorprendido, y también inquieto, por el modo en que ella lo había escrutado. Cuando finalmente, comenzó el ritual, la voz de lady Morrigan era muy apasionada, como si estuviera devastada por la muerte de lady Myrna. Se había emocionado tanto que, durante un momento, no había podido continuar, y había parecido que Birkita había tenido que sustituirla y completar las plegarias por ella.
Entonces, lady Morrigan había empezado a hablar de nuevo, pero con un tono completamente distinto. Su voz estaba llena de ira y tenía una intensidad que estaba más relacionada con una batalla que con un funeral, y cuando abrió los ojos y les ordenó a los cristales que se encendieran, lo hizo con una fiereza que encendía la pasión, la ira y la necesidad, no el lamento y la pérdida.
Y los cristales no fueron lo único que se encendió; lady Morrigan también brilló. La habitación estaba nebulosa por el humo que desprendían las dulces hierbas del ritual, y la luz de los cristales atrapaba el vapor y le daba a todo un aspecto misterioso, como submarino. Lady Morrigan estaba en el centro de aquel reino de agua, como una diosa magnífica bañada en luz. El poder vibraba a su alrededor y le alzaba el pelo con su fuerza elemental. A Kegan se le escapó el aire de los pulmones mientras, hipnotizado, la veía reclamar su destino. El Sumo Chamán que había en su espíritu respondió inmediatamente a la Suma Sacerdotisa. Lady Morrigan no era lady Myrna, claramente. La hija de lady Rhea era bella e inteligente, dulce, amada por sus padres y satisfecha aunque su destino no fuera el de servir a la diosa.
La mujer que resplandecía ante él hacía que lady Myrna pareciera una copia incompleta del original. Y lo llamaba como si su luz fuera una llama de guía, haciendo que la atracción que había sentido por la hija de la Elegida de Epona pareciera débil e insustancial.
Entonces, Morrigan gritó:
– ¡Ave, Adsagsona!
Las Sacerdotisas repitieron su grito, y el ritual terminó. Morrigan bajó las manos y se apartó el pelo de la cara. Su cuerpo había perdido la mayoría de la luz. Kegan tuvo la sensación de que estaba ligeramente aturdida. Estaba allí, mirando fijamente la piedra, mientras las Sacerdotisas apagaban las guirnaldas de hierbas aromáticas y comenzaban a salir de Usgaran lanzándole a la Suma Sacerdotisa miradas furtivas, casi de miedo.
– Increíble -dijo Kai suavemente, mirando a Morrigan-. ¿Habías visto alguna vez algo así?
– No. Nadie había visto semejante poder durante más de tres generaciones.
– ¿Qué quieres decir?
– Que es una Portadora de la Luz. Eso significa que sus poderes son tan vastos como los míos. O más, quizá -explicó Kegan.