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La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)

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La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)
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— ¿Conocéis a lord Rahl? —preguntó Brogan, las manos enlazadas en la espalda.

— Es posible que lo haya visto antes; no recuerdo. —La mujer se quitó una mota, que él no pudo ver, de uno de sus hombros desnudos, dando así la oportunidad incluso a alguien situado al otro extremo de la sala de que viera el resplandor que lanzaban las sortijas de los dedos—. He sido invitada a tantas ceremonias de este tipo en palacio que me cuesta recordar a todas las personas que han querido conocerme. Después de todo, tras el asesinato del príncipe Fyren, el duque Lumholtz y yo misma somos los nuevos líderes.

»Pero sí sé que no me había encontrado nunca en este palacio a alguien de la Sangre de la Virtud —añadió, sonriendo afectadamente—. Después de todo, el consejo siempre consideró que la Sangre era demasiado entrometida. Yo no lo creo, por supuesto, pero el consejo le prohibió practicar su… «arte» fuera de su país de origen. Claro que ahora nos hemos quedado sin consejo. Fue espantoso el modo en que fueron asesinados justo aquí mismo, mientras deliberaban sobre el futuro de la Tierra Central. ¿Qué os trae aquí, señor?

— He sido «invitado»; lo mismo que vos —respondió Brogan, con la mirada puesta en los soldados que cerraban las puertas. Mientras echaba a andar hacia el estrado, se acarició suavemente el mostacho con los nudillos.

La duquesa Lumholtz lo acompañó.

— He oído que la Orden Imperial tiene en muy alta estima a la Sangre de la Virtud.

El hombre que la acompañaba llevaba una chaqueta azul recamada en oro y actuaba con porte de autoridad. Escuchaba con forzada indiferencia mientras aparentaba tener la atención fija en otra cosa. Por su pelo oscuro y sus pobladas cejas Tobias adivinó que era kelta. Los keltas habían sido de los primeros en aliarse con la Orden Imperial y salvaguardaban con celo su estatus dentro de la organización. También sabían que la Orden respetaba la opinión de la Sangre de la Virtud.

— Con lo mucho que habláis, señora, me sorprende que hayáis oído algo.

El rostro de la mujer se puso tan rojo como sus labios. Tobias Brogan se ahorró su previsible réplica airada, pues la muchedumbre que llenaba la sala se alborotó. Como su estatura no le permitía ver por encima de las cabezas vueltas esperó con paciencia, pues sabía que con toda probabilidad lord Rahl se dirigiría a ellos desde el estrado. Se había situado estratégicamente en previsión de ello: lo suficientemente cerca para evaluarlo pero no tan cerca para llamar la atención. A diferencia de los demás invitados, él era consciente de que aquello no era un acto social. Muy probablemente la noche sería muy movida, y él prefería quedarse a la sombra. A diferencia de los estúpidos que revoloteaban a su alrededor, Tobias Brogan sabía cuándo se imponía la prudencia.

Al otro lado de la sala la gente se apartaba a toda prisa para dejar paso a un grupo de soldados de elite. Los seguían una fila de impresionantes piqueros, que fueron rompiendo la formación en parejas para formar un pasillo acorazado libre de invitados. Por su parte, los soldados se desplegaron delante del estrado cual sombría cuña protectora de músculos y acero. La rápida precisión resultaba impresionante. Oficiales de alto rango desfilaron por el pasillo recién abierto hasta el estrado. Por encima de la cabeza de Lunetta Brogan buscó la gélida mirada de Galtero. No, eso no era un acto meramente social.

La multitud murmuraba nerviosa e impaciente mientras esperaba para ver qué pasaría a continuación. Por los susurros que llegaron hasta él, Brogan supo que ese despliegue no tenía precedentes en el Palacio de las Confesoras. Airados dignatarios mascullaban su indignación sobre lo que consideraban un intolerable uso de la fuerza armada en las cámaras del consejo, donde hasta entonces había primado siempre la negociación.

Brogan despreciaba la diplomacia; la sangre funcionaba mejor y dejaba una impresión más duradera. Al parecer, el nuevo lord Rahl también lo sabía, aunque no así el mar de obsequiosos rostros que atestaban la sala.

Tobias sabía qué quería ese nuevo lord Rahl. Era previsible. Después de todo, los d’haranianos habían soportado gran parte de la carga de la Orden Imperial. En las montañas habían encontrado un ejército, formado sobre todo por d’haranianos, que se dirigía a Ebinissia. Los d’haranianos habían tomado Aydindril, la habían pacificado y después habían cedido el dominio sobre la ciudad a la Orden Imperial. En nombre de la Orden se habían jugado el cuello para combatir a los rebeldes, mientras que otros, como el duque Lumholtz, ocupaban las posiciones de poder y daban las órdenes esperando que los d’haranianos cayeran bajo las armas enemigas.

Sin duda lord Rahl pretendía reclamar una posición de poder dentro de la Orden Imperial e iba a coaccionar a los dignatarios reunidos para que aceptaran. Brogan deseó que les hubieran ofrecido comida para así ver cómo esos intrigantes representantes se atragantaban al oír las exigencias de lord Rahl.

Los dos d’haranianos que entraron a continuación eran tan grandes que Tobias pudo verlos por encima de las cabezas de la multitud. Cuando quedaron totalmente a la vista y percibió su armadura de cuero, la cota de mallas y afilados brazales por encima de los codos, Galtero le susurró sobre la cabeza de Lunetta:

— He visto a esos dos antes.

— ¿Dónde? —susurró a su vez Tobias.

— Por ahí, en la calle.

Tobias Brogan volvió la cabeza y para su asombro vio a tres mujeres ataviadas de cuero rojo que seguían a los dos ciclópeos d’haranianos. Por los informes que había oído supo que se trataba de mord-sith. Las mord-sith tenían fama de ser enemigas de cualquiera con poderes mágicos que se opusiera a ellas, por lo que en una ocasión Tobias había tratado de hacerse con los servicios de una. Pero la mord-sith le había respondido que ellas solamente servían al amo de D’Hara y no consentían que nadie les hiciera propuestas de ningún tipo. Al parecer, no se vendían por nada.

Si las mord-sith pusieron nerviosa a la muchedumbre, lo que llegó a continuación la aterrorizó. A más de uno se le desencajó la mandíbula al ver a una bestia monstruosa con garras, colmillos y alas. Incluso Brogan acusó la llegada del gar. Los gars de cola corta eran bestias salvajemente agresivas y sedientas de sangre capaces de comerse cualquier ser vivo. Tras la caída del Límite en la primavera pasada, los gars habían causado no pocos problemas a la Sangre de la Virtud. De momento el monstruo caminaba tranquilo tras las tres mujeres. Tobias comprobó que tenía la espada presta para ser desenvainada y reparó en que Galtero hacía lo mismo.

— Por favor, lord general —lloriqueó Lunetta, rascándose frenéticamente los brazos—, vámonos ahora mismo.

Brogan la agarró por un brazo, se la acercó violentamente y le susurró furiosamente al oído:

— Prestarás atención a ese lord Rahl o tendré que pensar que ya no me sirves para nada. ¿Entendido? ¡Y deja de rascarte!

— Sí, lord general —dijo ella con lágrimas en los ojos.

— Presta atención a lo que dice.

Lunetta asintió. Los dos enormes d’haranianos tomaron posiciones a ambos extremos del estrado, las tres mujeres se dispusieron entre ellos dejando vacío un lugar en el centro, seguramente para lord Rahl cuando por fin se dignara aparecer. El gar descollaba detrás de las sillas.

La mord-sith rubia situada próxima al centro del estrado recorrió la sala con una penetrante mirada azul que conminaba al silencio.

— Pueblo de la Tierra Central —dijo, señalando a la nada encima del escritorio—. Os presento a lord Rahl.

En el aire se formó una sombra. De repente apareció una capa negra, que se abrió y allí, sobre el estrado, apareció un hombre.

Las personas situadas en primera fila retrocedieron, alarmadas. Unos cuantos invitados lanzaron gritos de terror, algunos suplicando la protección del Creador, otros implorando la intercesión de los espíritus, y otros se postraban de hinojos. Mientras que muchos se quedaban paralizados por la sorpresa, algunos de los portadores de espadas decorativas las desenvainaron por primera vez debido al miedo. Pero un oficial d’haraniano situado al frente advirtió con voz gélida y calmada que todo el mundo guardara las armas y, aunque de mala gana, las espadas regresaron a sus fundas.

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