La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #3
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)». Краткое содержание книги:
— Si no paras ahora mismo de rascarte —la amenazó entre dientes—, te ataré las manos a la espalda.
Lunetta dejó caer las manos a los lados, se detuvo y lanzó un grito ahogado. Tobias y Galtero alzaron los ojos hacia los cuerpos empalados a ambos lados del paseo, un poco más adelante. Al acercarse se dieron cuenta de que no eran humanos, sino seres con escamas que solamente el Custodio podría haber concebido. Un hedor tan denso como el vaho que se alza en una ciénaga los envolvió mientras avanzaban, y contuvieron la respiración por temor a contaminarse los pulmones si lo respiraban.
En algunos postes solamente habían clavado cabezas; en otros, cuerpos enteros; y en otros, partes de cuerpos. Algunas bestias mostraban tremendos tajos y otras habían sido cercenadas por la mitad y sus entrañas colgaban congeladas de lo que quedaba de ellas, lo cual indicaba que se había librado un brutal combate.
Era como caminar en medio de un monumento a la maldad, como traspasar las puertas del inframundo.
Los demás invitados se tapaban la nariz con lo que tenían a mano. Algunas de las peripuestas damas sufrieron desvanecimientos y sus sirvientes acudieron a su ayuda para abanicarlas con pañuelos o frotar sus frentes con un poco de nieve. Algunos se quedaban mirando con expresión atónita, mientras que otros temblaban tan intensamente que Tobias oía el castañeteo de sus dientes. Tras soportar todas esas desagradables imágenes y olores, todo el mundo se hallaba en estado de ansiedad o de alarma declarada. Tobias, acostumbrado a tratar con el mal, contempló al resto de invitados con desdén.
En respuesta a uno de los trastornados diplomáticos, un soldado d’haraniano que flanqueaba la avenida contó que aquellos seres habían atacado la ciudad y que lord Rahl los había matado. El ánimo de los invitados mejoró notablemente y siguieron avanzando parloteando sobre el honor que supondría conocer a alguien como el nuevo lord Rahl, el amo de D’Hara. Eufóricas risitas llenaron el gélido aire.
— Mientras estaba fuera, antes de que comenzaran los cánticos, los soldados que rodean la ciudad aún se mostraban conversadores y me dijeron que anduviera con cuidado, pues se habían producido ataques de seres invisibles y que muchos de sus hombres así como viandantes habían sido asesinados —dijo Galtero por lo bajo.
Tobias recordó que la anciana les había dicho que unos seres escamosos —de cuyo nombre no se acordaba en esos momentos— aparecían salidos de la nada y destripaban a los inocentes con los que se topaban. Según Lunetta, la mujer no mentía. Así pues, ésas debían de ser las bestias a las que se refería.
— Qué casualidad que lord Rahl llegara justo a tiempo de matar a esos seres y salvar la ciudad.
— Mriswith —dijo Lunetta.
— ¿Qué?
— La mujer dijo que los seres se llamaban mriswith.
— Sí, creo que tienes razón. Mriswith.
Columnas blancas descollaban a la entrada del palacio. Pasando entre las hileras de soldados atravesaron las puertas blancas talladas, abiertas de par en par, y penetraron en un imponente vestíbulo iluminado con ventanas de cristal azul pálido entre columnas de mármol blanco pulido coronadas con capiteles dorados. Tobias Brogan sintió como si acabara de penetrar en el vientre del mal y se dijo que en lugar de temblar ante cuerpos sin vida, los demás invitados deberían echarse a temblar ante aquel monumento vivo a la blasfemia que los rodeaba.
Tras recorrer elegantes pasadizos y cámaras con suficiente granito y mármol para levantar una montaña, por fin atravesaron unas altas puertas de madera de caoba y entraron en una enorme sala rematada por una cúpula. El techo se adornaba con frescos de hombres y mujeres. Alrededor del borde inferior de la cúpula se abrían ventanas de forma redonda que dejaban entrar la menguante luz y revelaban las nubes que se agrupaban en el cielo del atardecer. Al otro lado de la sala, sobre un estrado semicircular, se veía un espléndido escritorio tallado y sillas desocupadas.
Unos arcos dispuestos a lo largo de los muros cubrían el acceso a unas escaleras que conducían a galerías con columnatas, bordeadas con sinuosas barandillas de madera de caoba pulimentada. Tal como Brogan comprobó, las galerías estaban atestadas de gente; no nobles vestidos de tiros largos como en el piso principal, sino gente humilde. Los demás invitados también se habían percatado y miraban con desaprobación a la chusma que se agolpaba tras las barandillas. Por su parte, la gente de las galerías procuraba apartarse de las barandas como si buscara refugio en la oscuridad, quizá por temor a ser reconocidos y que les pidieran cuentas por osar asistir a tan magnífica ceremonia. Lo habitual era que un mandatario primero se diera a conocer a personas con poder y luego al pueblo.
Haciendo caso omiso del público en las galerías, los invitados se desplegaron por el suelo de mármol ajedrezado, manteniendo la distancia entre ellos y los representantes de la Sangre de la Virtud, aunque trataban de aparentar que no los evitaban intencionalmente sino por mero azar. Mientras buscaban con expectantes miradas a su anfitrión, intercambiaban comentarios en susurros. Con sus ricas vestiduras parecían parte de las elaboradas tallas y cuidados motivos decorativos; ninguno de ellos se mostraba turbado por la magnificencia del Palacio de las Confesoras. Brogan supuso que debían de ser invitados habituales. Aunque nunca antes había estado en Aydindril, conocía a un cortesano adulador en cuanto lo veía pues su propio rey había estado siempre rodeado por ellos.
Lunetta se mantenía cerca de él, apenas interesada en la imponente arquitectura que la rodeaba. Seguía sin darse cuenta de las miradas de las que era objeto, si bien ahora eran menos numerosas, pues los invitados estaban más interesados en mirarse entre sí y en la perspectiva de conocer por fin a lord Rahl que en la extraña mujer escoltada por dos hombres de la Sangre de la Virtud. Galtero recorría con la mirada la enorme sala sin fijarse en la opulencia sino sólo en la gente, los soldados y las salidas. Las espadas que él y Tobias Brogan llevaban no eran decorativas.
Pese a su repugnancia, Tobias no podía evitar maravillarse de encontrarse en el lugar desde el cual las Madres Confesoras y los magos habían movido los hilos de poder de la Tierra Central. Ése era el lugar desde el que durante miles de años el consejo había defendido y preservado la unidad y la magia. Ése era el lugar desde el que el Custodio extendía sus tentáculos.
Pero esa unidad se había roto. La magia ya no dominaba al ser humano y no contaba con la protección del consejo. La edad de la magia había tocado a su fin. La Tierra Central estaba acabada. Muy pronto el Palacio de las Confesoras se llenaría de capas de color carmesí y sólo miembros de la Sangre de la Virtud se sentarían en aquel estrado. Brogan sonrió; los hechos se sucedían inexorablemente hacia un final providencial.
Un hombre y una mujer se fueron aproximando a ellos con lo que a Brogan se le antojó una actitud resuelta. La mujer, con una gran mata de pelo negro y cortos rizos que le enmarcaban el maquillado rostro, se inclinó hacia él en gesto despreocupado y comentó:
— Nos han invitado y ni siquiera nos dan nada para comer. —Mientras esperaba una respuesta se alisó las puntillas que adornaban la pechera de su vestido amarillo, y sus labios de un rojo imposible dibujaban una educada sonrisa. En vista de que él nada decía, insistió—: Teniendo en cuenta lo precipitado de la invitación, es de lo más vulgar no ofrecer siquiera un poco de vino, ¿no os parece? Después de tratarnos de un modo tan grosero supongo que no esperará que aceptemos de nuevo su invitación.