La Leyenda de Camelot I - La Magia Del Grial
- Автор: Хольбайн Вольфганг, Хольбайн Хайке
- Язык: испанский
- Жанр: Другие приключения
Электронная книга - «La Leyenda de Camelot I - La Magia Del Grial». Краткое содержание книги:
Eso contribuyó a que las palabras de Ginebra no se le fueran de la cabeza. ¿Uther era el padre de Arturo? Le costaba difícil de creer. No imaginaba que Ginebra pudiera engañarlo, eso no. Pero había oído cómo Uther hablaba de Arturo y cómo Arturo había hablado con Uther. No parecía una conversación entre padre e hijo; más bien, un diálogo entre dos viejos amigos, cuya amistad se hubiera enfriado por algo ocurrido muchos años antes y que todavía no estaba superado.
Se preguntó si Mordred estaría al corriente de la verdadera identidad de Uther. En ese caso, su actuación podría considerarse más infame todavía, porque con ella habría vertido la sangre de su propia familia: la sangre de su abuelo.
En cuanto se le vino aquella idea a la cabeza, se dio cuenta de lo ridícula que era. Mordred no tenía ningún escrúpulo en verter la sangre de su padre… ¿por qué iba a titubear, aunque sólo fuera un segundo, por hacer lo mismo con su abuelo?
El sol estaba en su cénit y hacía calor. A pesar de que la niebla se había disipado ya, el paisaje estaba cubierto por una especie de aliento invisible. El camino corría entre pequeños, pero numerosos, bosquecillos y extensos terrenos pantanosos. La vegetación estaba compuesta, predominantemente, por matas bajas y los pocos arbustos que se divisaban habían perdido la mayor parte de las hojas. Mirados de refilón, parecían a veces figuras enjutas, acurrucadas en el suelo. De los bosques se deslizaban las sombras y el mismo silencio inquietante, que ya había sentido por la mañana, continuaba impregnándolo todo.
Como si hubiera leído sus pensamientos, haciendo un gesto de su mano izquierda con el que pretendía abarcar el terreno que se extendía frente a ella, Ginebra dijo:
– Una tierra extraña, ¿no? Las personas cuentan historias de ella, y la evitan. Me gusta -Lancelot la miró sorprendido y la joven, con un leve movimiento de la cabeza para reforzar sus palabras, continuó-: Me gusta porque es tan salvaje y está intacta. Puedo imaginarme que antes todo era igual. Antes de la existencia de la humanidad, me refiero.
– En los tiempos de las viejas tribus.
Ginebra se encogió de hombros.
– Quizá mucho antes: aquí es todo tan… pacífico. Llamadme loca, pero a veces tengo la impresión de que pertenezco a este lugar y no a Camelot, o a cualquier otra ciudad.
¿Loca? No, aquello no le parecía ninguna locura. En absoluto. En todo caso, misterioso; porque lo que ella estaba diciendo era casi, palabra por palabra, lo que había pensado él aquella misma mañana en otra zona, muy semejante a ésa, de la misma región.
– ¿Tenéis intención de quedaros en Camelot? -preguntó Lancelot.
– Arturo le prometió a Uther que se ocuparía de mí si le sucedía algo a él -contestó Ginebra.
– Sí, pero ¿es eso lo que vos deseáis? -indagó el caballero con franqueza.
Ginebra tardó lo suficiente como para no parecer tan convincente como hubiera deseado antes de afirmar:
– Sí.
– ¿Sí?
– ¿Qué otra elección tengo? -dijo-. No puedo ir a ningún otro sitio. El castillo de mis padres está destruido y sobre el palacio de Uther gobiernan los pictos -rió con amargura-. Puede que sea una reina, pero soy tan pobre y falta de raíces como una mendiga. Sólo poseo lo que llevo encima.
– Eso mismo me sucede a mí -afirmó Lancelot.
– ¿Vos sois un rey pobre y falto de raíces? -preguntó Ginebra con un brillo de burla en los ojos.
– No -sonrió Lancelot-. Pero tampoco poseo nada más que lo que llevo conmigo. Sin embargo, no necesito más: las propiedades del mundo son una carga. El cofre de un tesoro o una casa no pueden llevarse encima cuando vas de viaje.
– Y vos vais mucho de viaje -supuso Ginebra.
Lancelot permaneció callado.
– No queréis hablar de ello -dijo Ginebra-. No podréis hacer lo mismo con Arturo. Os agobiará tanto con sus preguntas que al final tendréis que contar vuestras aventuras.
– Yo… no voy a acompañaros hasta Camelot -dijo Lancelot midiendo sus palabras.
Ginebra volvió la cabeza, alterada.
– ¿No?
– No os preocupéis -dijo Lancelot rápidamente-. Os acompañaré hasta que estéis a salvo. Pero es mejor que no entre en Camelot.
– ¿Por qué? ¿No me habéis dicho que no conocéis a Arturo?
– No tiene nada que ver con Arturo -contestó el caballero-. Tengo mis razones. Por favor, respetadlas.
– Por supuesto -dijo Ginebra. Su voz sonaba triste y decepcionada-. Es sólo que… Yo creía…
– Es mejor así, creedme -la interrumpió Lancelot-. Camelot no es buen sitio para mí.
– No lo conocéis.
– Tampoco hace falta -dijo Lancelot. ¿Camelot? Era imposible que él fuera a Camelot o que se presentara ante Arturo. No con aquella armadura-. Estoy convencido de que es una ciudad llena de encanto, pero no me suelo quedar demasiado tiempo en ningún lugar.
– Tampoco… -Ginebra se interrumpió y, durante unos instantes, no supo hacia dónde mirar. En lugar de terminar la frase, dibujo una sonrisa a medio camino entre la timidez y la perplejidad. Lancelot sabía lo que había querido decir y esa convicción penetró como un puñal ardiente en su corazón.- Entonces, no queréis ver a Arturo -dijo Ginebra un rato después.
– Es mejor así -confirmó Lancelot.
Ginebra encogió los hombros.
– En ese caso, será mejor que os deis prisa. Si no me equivoco, es ése de ahí delante.
Lancelot levantó la vista asustado. Mientras conversaban, no había prestado atención ni al camino ni a los alrededores. Tampoco había vislumbrado a la docena de caballeros que cabalgaban ante ellos. Eran jinetes enfundados en lujosas armaduras, montados en corceles poderosos que en sus cabezas portaban el distintivo de Camelot. El propio Arturo cabalgaba al frente de la comitiva.
Lancelot tiró de las riendas del unicornio hasta detenerlo y dio media vuelta. También detrás habían aparecido caballeros, y cuando miró a derecha e izquierda, descubrió, ya sin asombro, un buen número de figuras ataviadas en plata y oro. Estaban rodeados. Al principio, no comprendió la maniobra, pero le enfadó sobremanera. Pero luego descubrió que, en realidad, el rey había obrado con gran cautela. Ginebra y Uther habían sido sacados de Camelot por la fuerza y ahora el rey se encontraba frente a un grupo realmente variopinto: un caballero desconocido, la misma Ginebra y un tercer caballo, con un cadáver sobre el lomo. Arturo estaba tomando la medida más adecuada, nada más.
– Ahora tendréis que contarle a Arturo alguna de vuestras historias, lo queráis o no -dijo Ginebra. No daba muestras de sentirse muy desgraciada, según le pareció a Lancelot-. Si no se os ocurre qué contadle, inventad algo. No os preocupéis, no voy a delataros.
– No creo que funcione, Ginebra -respondió Lancelot con pesar-. Tengo que despedirme de vos. Arturo os acompañará el resto del camino a Camelot.
– Pero… -empezó Ginebra.
Lancelot levantó la mano, cerró la visera y obligó al unicornio a retroceder. El cerco que habían formado los caballeros de la Tabla Redonda estaba casi cerrado, pero a la izquierda había todavía un pequeño resquicio. Con un caballo normal no habría tenido la menor oportunidad de cruzarlo antes de que éste desapareciera, pero el unicornio lo superó con limpieza.
Fue Dulac, no Lancelot, el que regresó a Camelot mucho después de la llegada de la noche, y en las horas que habían transcurrido desde su despedida de Ginebra, algo le había quedado muy claro: nunca más volvería a vestir la armadura mágica.
Era medianoche. La mayor parte de las casas de Camelot estaban a oscuras, pero aquí y allá brillaba alguna luz y, de vez en cuando, se podían oír martillazos y golpes amortiguados. Los habitantes de la ciudad procuraban reparar los desperfectos de sus casas. El castillo también estaba iluminado y el reflejo de su luz permitía caminar a lo largo de toda la ciudad sin problemas.