La Leyenda de Camelot I - La Magia Del Grial
- Автор: Хольбайн Вольфганг, Хольбайн Хайке
- Язык: испанский
- Жанр: Другие приключения
Электронная книга - «La Leyenda de Camelot I - La Magia Del Grial». Краткое содержание книги:
También Lancelot sentía la muerte de Uther. Apenas lo había conocido, pero las pocas frases que habían intercambiado entre ellos le habían confirmado que Uther era un hombre recto; algo que se podía decir de muy pocos hombres de los que conocía. Su muerte carecía de sentido. Mordred no tenía ningún motivo para matarle.
– Lo lamento tanto, Mylady -dijo despacio-. Yo no conocía a Uther, pero por todo lo que he oído de él, sé que era un buen hombre.
– Lo era -aseguró Ginebra-. Y yo le he llevado a la muerte.
Lancelot la miró sobresaltado.
– ¿Qué queréis decir con eso?
– Lo que he dicho -respondió Ginebra. Las lágrimas resbalaron por sus mejillas, pero su cara permaneció impenetrable y en su voz había un profundo vacío-. Sobre mí pesa una maldición. Llevo a la muerte a todos los que se cruzan conmigo. Así que haríais bien en permanecer lejos de mí, caballero Lancelot.
– Qué tontería -la contradijo Lancelot con vehemencia.
– No es una tontería -las lágrimas de Ginebra se hicieron más evidentes, pero su cara continuó igual que antes, como cincelada en piedra-. Primero fue mi padre. Perdió su reino, su castillo y, al final, la vida. Y ahora Uther. Primero Mordred le quitó su territorio, luego su castillo y ahora la vida.
– Yo no tengo ningún territorio que pueda perder -dijo Lancelot-. Tampoco tengo un castillo.
– Pero sí una vida -Ginebra se rió con amargura-. Quizás tendría que seguir a Uther para no llevar a la muerte a más personas inocentes.
– ¡No habléis así! -dijo Lancelot enfadado-. ¡No lo permito! ¡Es una blasfemia!
Para su sorpresa, Ginebra se dio la vuelta en la silla y le sonrió, de una forma que hizo que su corazón saltara desbocado.
– Blasfemia… -bajó la cabeza, pensativa-. ¿Sois cristiano, Sir Lancelot?
– ¿Por qué lo preguntáis? -preguntó Lancelot evasivo.
– Estamos cabalgando hacia Camelot -respondió Ginebra-. Hace mucho que Arturo ha incluido la cruz de la cristiandad en su estandarte, pero yo veo los símbolos de los viejos dioses en vuestro escudo.
– ¿Y? -preguntó Lancelot.
– Eso no le causa ningún problema a Arturo -explicó Ginebra-. Uther me contó que, aunque fue bautizado, todavía no ha abandonado del todo la creencia en los viejos dioses. Muchos de sus caballeros no son tan tolerantes tomo él -examinó la armadura con una mirada penetrante-. No podéis ocultar vuestra armadura, pero tal vez sería mejor que a la hora de conversar sobre vuestras creencias… os reservarais un poco.
Lancelot entendió a qué se refería. Decir de ciertos caballeros que no eran tan tolerantes era decir bien poco. Algunos -sobre todo Sir Lioness, a pesar de la amabilidad con la que trataba a todo el mundo- eran verdaderos fanáticos de la religión.
– Yo también creo en los viejos dioses -dijo Ginebra de pronto.
– ¿Vos? -se asombró Lancelot-. Pero Uther…
– Uther -Ginebra le cortó la palabra- era un hombre muy inteligente que sabía interpretar correctamente los signos de los tiempos. La cristiandad va a conquistar este país por entero. Estas tierras se han doblegado a la fuerza contra la que lucharon durante años, en lugar de quebrantarla. El cristianismo puede erigir con toda tranquilidad sus símbolos en los tejados de nuestra casa, pero nuestros corazones no los conquistará… ¿Y qué ocurre con vos?
Lancelot nunca había meditado realmente sobre ese tema. No pudo contestar. Pero las palabras de Ginebra le afectaron; sintió que algo muy profundo en él sí había formado su propia opinión, sólo que ésta no llegaba a su conciencia. Calló, desconcertado.
– No queréis hablar de ello -dijo Ginebra algo decepcionada-. Lo comprendo. Tal vez sea lo más inteligente.
– Si la actitud de Arturo y sus caballeros es la que vos decís, Mylady -comentó Lancelot-, tal vez sería mejor que también vos os reservarais vuestras verdaderas convicciones.
– Nadie me hará nada -respondió Ginebra convencida-. Más segura que con Arturo no lo estaré con nadie -se rió-. Y dejad de llamarme Mylady. ¡Me da la impresión de ser viejísima!
– Sólo si vos dejáis de llamarme Sir y caballero -respondió Lancelot.
– ¿Lancelot? -propuso Ginebra.
– Ginebra -afirmó él riendo.
Y Ginebra coreó esa risa. A pesar de que no podía quitarse de encima la profunda tristeza que la envolvía, aquella risa resultó reparadora y pareció devolverle a la luz del sol un poco de su primitivo brillo. En el mar de dolor en el que amenazaban con hundirse, esa sencilla carcajada fue como un atisbo de esperanza, la confirmación de aquella fuerza silente que siempre capacitaba a las personas para llevar a cabo lo que se propusieran, aunque fuera a todas luces imposible.
– ¿Conocéis a Arturo? -quiso saber Ginebra.
Lancelot negó con la cabeza.
– No he estado nunca en Camelot -mintió.
– Os caerá bien -Ginebra lo miró pensativa-. ¿Estáis seguro de que no habéis estado nunca en Camelot? Quiero decir… tengo la sensación de que nos hemos visto antes.
El corazón de Lancelot saltó en su pecho y él deseó con todas sus fuerzas que sus verdaderos sentimientos no afloraran a su rostro.
– Estaréis confundida, Ginebra -dijo-. Yo no podría olvidar a una mujer tan hermosa como vos. Ningún hombre de carne y hueso podría hacerlo.
Ginebra se sonrojó.
– Me aduláis, Lancelot. Lo que os decía: Arturo os gustará. Ambos os parecéis mucho. El es mayor que vos, por supuesto, y más avezado en los modales de la corte…
– Oh -dijo Lancelot-. Con eso queréis decir que yo soy un patán, imagino.
Ginebra se rió.
– Claro que no. Dejad de burlaros de mí, Lancelot. Arturo es tan político como caballero, a partes iguales. Vos sois el mejor guerrero.
– Tenía entendido que Arturo era un consumado espadachín -contestó Lancelot.
– Es cierto -aseguró Ginebra, aunque inmediatamente sacudió la cabeza-. Pero algo así…, si me lo hubieran contado, no lo habría creído. Incluso ahora me resulta difícil de creer, a pesar de que lo he visto con mis propios ojos. ¡Doce hombres! ¡Habéis vencido a doce hombres completamente solo!
Lancelot tardó en responder. La conversación estaba tomando un cariz que le resultaba muy incómodo.
– Sólo… fueron once -dijo al final.
– Al último lo dejasteis escapar, lo sé -dijo Ginebra-. Estoy contenta de que no lo persiguierais para matarlo también. Arturo no habría actuado así.
– ¿Tan cruel es? -preguntó Lancelot.
– Algunas veces sí, creo -contestó ella-. No lo conozco lo suficiente para permitirme un juicio sobre su conducta. Pero Uther me hablaba bastante de él.
– Eran buenos amigos, ¿no es cierto? -preguntó Lancelot en tono bajo.
– ¿Buenos amigos? -Ginebra frunció el ceño, lo miró pensativa unos segundos y luego dijo-: ¿Buenos amigos? -negó con la cabeza-. ¿No lo sabéis?
– ¿Qué? -preguntó Lancelot desconcertado.
– Uther y Arturo -respondió Ginebra-. Creía que sabíais que Uther Pendragon era el padre de Arturo.
Llevaban varias horas viajando en dirección sur y sólo habían hecho dos altos para que el caballo de Ginebra descansara unos minutos. El unicornio de Lancelot no conocía el agotamiento y también Ginebra aguantaba estoicamente, pues cabalgaba desde hacía más de veinte horas sin haber dormitado ni tan siquiera unos segundos. Sin embargo, su caballo y ci de Uther estaban apunto de reventar.
Y Lancelot tampoco se encontraba bien. Sentía pinchazos en el hombro; no eran imposibles de soportar, pero sí constantes, y en el transcurso de la mañana le subió la fiebre. Fue la confirmación de que la flecha de Mordred estaba envenenada. De no ser por la armadura mágica, habría llevado ya un buen tiempo muerto. Pero, aun así, podía percibir que su cuerpo se debatía en una lucha de la que, para ser sinceros, no sabía a ciencia cierta quién resultaría vencedor.