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La Leyenda de Camelot I - La Magia Del Grial

Электронная книга - «La Leyenda de Camelot I - La Magia Del Grial». Краткое содержание книги:

Como todos los chicos de su edad, Dulac sueña con una vida de caballero legendario. Pero lo más probable es que siga siendo siempre un mozo de cocina de la corte del rey Arturo. Sin embargo, cuando encuentra en un lago una vieja armadura y una espada oxidada, su vida cambia por completo. La representación del Santo Grial que decora el escudo transforma al joven en el valiente héroe de sus sueños. Como Lancelot, el Caballero de Plata, marcha en el ejército del rey Arturo y sus caballeros de la Tabla Redonda a la guerra contra las huestes del malvado Mordred. El destino de Britania está en juego.
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La bola de hierro del tamaño de un puño no pudo taladrar la armadura con sus puntiagudos pinchos, pero el golpe fue tan fuerte que Lancelot cayó sobre el cuello envuelto en metal del unicornio. Casi en el mismo momento, un mandoble resonó sobre su escudo a escasos centímetros de la ranura entre el yelmo y el peto.

De nuevo, fue el caballo el que decidió la victoria. Cuando el picto volvió a la carga, el unicornio giró bruscamente la cabeza. El cuerno de su testera rajó el flanco del otro caballo y el animal se derrumbó relinchando de dolor y aplastando a su dueño con su cuerpo.

Lancelot se colocó derecho sobre la silla. Sin apenas tiempo de agarrar la espada con energía y marchar a una posición más segura, el segundo picto salió a su encuentro blandiendo de nuevo su mangual. Su éxito anterior le había dado confianza y se sentía dispuesto a terminar el combate con aquel asalto. Un error que le costó la vida.

El arma cayó con fuerza aniquiladora sobre el escudo de Lancelot, pero el terrible golpe no hizo ni un arañazo en el metal plateado. Además, en el último momento, Lancelot había girado ligeramente el brazo que portaba el escudo, de tal manera que desvió la bola de hierro y el impulso de la misma estuvo a punto de arrojar al guerrero de su silla. La espada de Lancelot remató la batalla casi sin su intervención. El caballo del picto arrancó a correr de pronto, mientras Lancelot espoleaba al unicornio para que saliera en persecución del último guerrero.

No tardó más que breves segundos en alcanzarlo y, para su alivio, el hombre se reveló más inteligente que sus compañeros. Comprendió lo inútil que era oponer resistencia y optó por soltar las riendas de los dos caballos y salir galopando lo más rápido que pudo. Por un horrible momento, a Lancelot le pareció que el unicornio iba a desoír sus órdenes y salir detrás del hombre para matarlo, pero finalmente le obedeció. El picto desapareció a galope tendido y Lancelot dio la vuelta y regresó junto a Uther y Ginebra. Mientras metía la espada en el cincho y se aproximaba a los dos prisioneros, hizo un nuevo descubrimiento: su corazón latía por el esfuerzo, y la espalda y los hombros le dolían de manera casi insoportable. Junto a otras cosas a las que le gustaría renunciar, había aprendido que la armadura de plata le transformaba en un adversario poderoso, pero no invulnerable.

Mientras se acercaba, Ginebra y Uther le miraban con los ojos abiertos como platos. Uther estaba muy pálido. Tenía hinchada la parte izquierda del rostro y un corte profundo sobre el ojo. Por lo visto, no había caído en manos de los pictos sin oponer resistencia. Por un breve espacio de tiempo, permanecieron frente a frente, en silencio; luego, Lancelot se inclinó, sacó el puñal del cincho y cortó con un movimiento rápido las ataduras que asían las muñecas de Uther al pomo de la silla. Ginebra aproximó su caballo, sin duda esperaba que Lancelot hiciera lo mismo con ella. En lugar de eso, el se puso derecho de nuevo y le ofreció el puñal a Uther. Seguía sin mirar a Ginebra. Ella no reconocería su cara tras el yelmo de plata, pero no estaba seguro de que sucediera lo mismo con sus ojos. Y no creía que pudiera contenerse cuando ella le mirara.

Uther cogió el puñal de plata, vacilante. Sus manos llevaban horas atadas, inmóviles, y le costó romper las ataduras de Ginebra. Pero lo logró sin herirla.

– Os lo agradezco -dijo, devolviéndole el cuchillo a Lancelot. Intentó sonreír, pero su boca se abrió en una mueca.

Lancelot cogió el puñal con un asentimiento de la cabeza, pero sin pronunciar ni una palabra, y lo introdujo en su cincho. Percibió que Ginebra le miraba y se dio cuenta de que era una verdadera sandez hacer como que ella no estaba allí. Volvió la cabeza con cierta reticencia y la observó con una mirada furtiva, y cuando vio su cara, su corazón comenzó a palpitar de dolor.

Ginebra no estaba herida, pero el agotamiento había hecho mella en su rostro y, bajo el alivio del momento, planeaba un dolor que tal vez nunca iba a desaparecer. Seguía siendo tan hermosa como siempre, pero ya no parecía una chiquilla. Lancelot se preguntó cómo pudo creer, aunque sólo fuera por espacio de un segundo, que el hada Morgana tenía algo en común con ella.

– Esta es la segunda vez que vos nos liberáis de los bárbaros, noble caballero -dijo Uther-. Me parece que un simple agradecimiento no es suficiente.

Lancelot se volvió hacia él. Era curioso: ahora que ya había pasado todo, no sabía qué debía decir.

– Dejadme ver vuestro rostro, noble caballero -pidió Ginebra-. Quiero saber cuál es el aspecto del jinete a quien mi marido y yo debemos agradecer nuestras vidas.

Lancelot sacudió la cabeza. ¿Abrir la visera? Imposible. Si no era Uther, sería Ginebra quien le reconocería de inmediato.

Ginebra quiso protestar, decepcionada, pero Uther le hizo callar con un gesto.

– Como deseéis -dijo-. Pero, por lo menos, reveladnos vuestro nombre.

Lancelot volvió a dudar, pero por fin respondió:

– Lancelot. Mi nombre es Lancelot Dulac.

– Lancelot Dulac -Uther repitió el nombre como si intentara descubrir algo familiar en él, y, mientras, Lancelot clavó los ojos en Ginebra. Ella lo examinaba atentamente, pero no dio muestras de ninguna reacción. Probablemente el yelmo distorsionaba su voz y ella no podía reconocerle.

– ¿Y de dónde venís, Sir Lancelot? -quiso saber Uther.

– De muy lejos -respondió Lancelot, evasivo-. De un lugar, cuyo nombre seguramente no habéis escuchado nunca, Uther.

Uther sonrió distraído. Había comprendido lo que Lancelot quería decir con aquella respuesta.

– Respeto vuestro deseo, Sir Lancelot -dijo-. ¿Cómo no iba a hacerlo después de todo lo que habéis hecho por mi esposa y por mí? ¿Qué puedo hacer para agradecéroslo?

– Nada -contestó Lancelot-. Que vos y Lady Ginebra estéis vivos e ilesos es suficiente. Pero para que siga siendo así, deberíamos ponernos en camino hacia Camelot. Uno de los pictos ha huido.

– Y regresará pronto con refuerzos -dijo Uther asintiendo-. Tenéis razón. Aquí no estamos a salvo. Aunque no me asombraría que aniquilarais el ejército picto al completo -miró a Lancelot con franca admiración-. Por Dios, me he topado con muchos caballeros, pero nunca he visto a un hombre pelear así. Ni siquiera imaginaba que fuera posible.

Lancelot estuvo a punto de responder: «Yo tampoco». Pero hizo un movimiento que Uther interpretó como una sacudida de hombros, y señaló hacia el sur.

– Deberíamos marcharnos -dijo-. Hay un largo trecho hasta Camelot.

Uther asintió y una voz irónica pronunció por detrás de Lancelot:

– Me temo que no puedo permitirlo.

Ginebra soltó un pequeño grito de temor y rápidamente se tapó la boca con la mano. Por su parte, Lancelot dio la vuelta a su caballo y lo que vio le paralizó de espanto.

Estaban a unos veinte o treinta pasos del bosque. El hada Morgana y Mordred habían salido de la espesura, silenciosos como fantasmas. La bruja vestía todavía la sencilla túnica negra que llevaba en la cueva, pero se había recogido parte de la melena con una diadema de diamantes negros, y Mordred portaba un gigantesco arco en la mano derecha y dos flechas negras, adornadas con plumas, en la izquierda.

– Te dije que volveríamos a vernos, amigo mío -dijo Morgana-. Ha sido una batalla realmente impresionante. Tengo que darle la razón al rey Uther: pocas veces he visto a un hombre pelear así. A pesar de ello, todavía tienes mucho que aprender. Podría enseñarte, si quieres.

Ginebra suspiró y Uther preguntó en voz baja:

– ¿Conocéis a esta mujer, Sir Lancelot?

Antes de que el caballero pudiera contestar, Morgana dijo riendo:

– No como vos os imagináis, Uther. Vuestro valiente caballero no está haciendo ningún doble juego, si eso es lo que pensáis -sacudió la cabeza, dio un paso a un lado y observó a Ginebra con una mirada pensativa-. Una muchacha guapa -dijo-. Vuestra esposa se convertirá pronto en una hermosísima mujer, Uther. Creo que ahora entiendo mejor a mi hijo… y también a vos, Sir Lancelot.

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