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La Leyenda de Camelot I - La Magia Del Grial

Электронная книга - «La Leyenda de Camelot I - La Magia Del Grial». Краткое содержание книги:

Como todos los chicos de su edad, Dulac sueña con una vida de caballero legendario. Pero lo más probable es que siga siendo siempre un mozo de cocina de la corte del rey Arturo. Sin embargo, cuando encuentra en un lago una vieja armadura y una espada oxidada, su vida cambia por completo. La representación del Santo Grial que decora el escudo transforma al joven en el valiente héroe de sus sueños. Como Lancelot, el Caballero de Plata, marcha en el ejército del rey Arturo y sus caballeros de la Tabla Redonda a la guerra contra las huestes del malvado Mordred. El destino de Britania está en juego.
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– Por supuesto -respondió Dulac inmediatamente. ¿El rey le pedía a él comprensión? No podía creerlo, aunque lo hubiera escuchado con sus propios oídos.

– Vete a casa -dijo Arturo-. Allí te aguarda bastante trabajo, seguro. Mañana, a la salida del sol, enterraremos a nuestros hermanos caídos. Te espero delante de la iglesia.

Dulac nunca había puesto un pie en una iglesia en toda su vida, pero no dijo nada. Arturo esperaba algo de él. Todavía no sabía qué, pero sentía que el rey no hablaba con él sólo por pura amistad. Había algo más. Y lo que sí percibía con toda claridad era que, fuera lo que fuera, no le iba a gustar.

El entierro se celebró a la mañana siguiente, media hora después de la salida del sol. El cementerio de Camelot estaba extra muros y, a su manera, reflejaba el mismo espíritu que imperaba en el castillo y en la Tabla Redonda de Arturo. Todas las cruces del camposanto eran iguales. No había ninguna diferencia en si era una humilde criada o un caballero de noble estirpe el que estaba allí sepultado. La mayor parre de las cruces ni siquiera tenían inscripción.

Caldridge y los otros cuatro caballeros no eran los únicos que iban a ser enterrados aquella mañana. Junto a la pequeña capilla había alineadas unas dos docenas de cuerpos envueltos en sudarios blancos: los caballeros de la Tabla Redonda, hombres y mujeres de Camelot que habían caído en el ataque de los pictos, y también los propios pictos que habían pagado el asalto con su vida. La muerte hacía a todos iguales.

La comitiva fúnebre, que cruzó la puerta de la ciudad con las primeras luces del amanecer, era sorprendentemente larga. No la integraban sólo Arturo y todos sus caballeros, sino también decenas de hombres y mujeres de Camelot que se habían acercado para despedirse de los suyos. A cada momento, Dulac se iba encontrando peor. Un entierro no era un rito agradable y no era el primero al que tenía que asistir, pero nunca antes había sentido un dolor tan agudo ni había visto una rabia tan falta de amparo reflejada en los ojos de las personas. Aquella mañana todavía se acrecentaba más en él la sensación que había tenido el día anterior al cruzar las calles de Camelot. Si Arturo no le hubiera ordenado ir hasta allí, habría acabado alejándose del cementerio y escondiéndose en cualquier sitio hasta que pasara la ceremonia.

Y no habría visto a Ginebra.

Totalmente vestida de blanco, el color del luto para los reyes, iba a la cabeza de la comitiva. Llevaba el rostro cubierto y parecía que las fuerzas la habían abandonado, pues apenas podía moverse y sus hombros se agitaban ininterrumpidamente. Lloraba por debajo del velo.

Dulac habría dado cualquier cosa por poder llorar también. Todavía no se había sobrepuesto a la muerte de Dagda y dentro de él había un dolor profundo, cruel, que no cesaba, sino que, por el contrario, se acrecentaba más y más.

Y no podía olvidar a los hombres que había matado. Había desechado aquella maldita armadura de plata, pero no podía quitarse de encima el recuerdo del horrible suceso. Cuando cerraba los ojos, veía la cara del picto que el unicornio había ensartado con su cuerno, el espanto ahogado en sus ojos y, por encima de todo, su desesperación. El destino de aquel hombre era lo que más le había impresionado. El guerrero sabía que no tenía ninguna posibilidad, que cabalgaba a una muerte segura. No había sido una batalla de igual a igual. De la misma manera habría podido cortarle el cuello a un maniatado. Había creído que la armadura le transformaría en un caballero, pero si quería ser sincero, lo que había hecho de él era un asesino. Nunca, nunca más volvería a ponérsela, ocurriera lo que ocurriera.

Entraron en la capilla. Sir Lioness pronunció una sencilla oración, sorprendentemente corta. Después, salieron para unirse a los porteadores que llevaban los cuerpos a las tumbas abiertas. Dulac se quedó rezagado. Había sido el último en entrar en la capilla, de tal forma que los demás integrantes de la comitiva pasaron por su lado al salir, también Ginebra. Se contentaba con robarle una mirada.

Pero consiguió mucho más. Cuando Arturo y ella pasaron junto a él, el rey lo saludó con un gesto mientras Ginebra se paraba y empleaba un segundo en mirar su rostro a través del velo. Luego ladeó la cabeza, fijó la vista en Arturo, y sólo cuando éste asintió otra vez, Ginebra posó sus ojos de nuevo en Dulac y comenzó a descubrirse. Estaba pálida y sus ojos tenían el aspecto de haber llorado toda la noche. Pese a todo, en su semblante brotó una sonrisa débil, pero muy cálida, cuando lo miró.

– Dulac. Estoy contenta de verte.

– Mylady -el corazón de Dulac empezó a latir con fuerza. Las cosas tenían que resolverse en ese mismo instante. Dos días atrás, Ginebra podía pensar en divertirse haciendo ver que no lo conocía, pero ahora no podía ser tan cruel como para seguir con aquel juego.

Sin embargo, todo lo que leyó en sus ojos fue alivio y alegría de verle. Sólo eso: no le había reconocido. La armadura mágica no sólo le infundía fuerzas cuando la portaba, sino que también le convertía en otra persona completamente diferente.

– Quédate un rato conmigo, Dulac -pidió Ginebra-. Ahora… necesito un amigo.

Dulac miró a Arturo, sorprendido, pero el rey reaccionó de una forma muy distinta a como él esperaba: simplemente hizo una señal de asentimiento. El joven, todavía algo desconcertado, salió detrás de Ginebra y Arturo, y los siguió.

El resto de la ceremonia duró aproximadamente media hora más, pero a Dulac se le hizo interminable. Sir Lioness pronunció una breve oración ante cada una de las tumbas abiertas, pero al ser tantas el entierro parecía no tener fin. Finalmente, acabó y bendijo a los presentes, que enseguida comenzaron a dispersarse. No hubo conversaciones, ni rezagados que se quedaran un rato más orando ante las tumbas. Las personas huyeron literalmente del pequeño cementerio. Tal vez esperaban encontrar consuelo entre las cuatro paredes de sus casas.

También la mayoría de los caballeros se marcharon pronto y, al final, salvo Arturo y Sir Lioness, no quedaron más que unos cuantos caballeros ante las tumbas. También Dulac deseaba marcharse. Estar junto a Ginebra no le proporcionaba ninguna paz y Arturo lo miraba de una manera que le erizaba el vello de la piel.

Ginebra comenzó a sollozar de nuevo. Dulac habría dado cualquier cosa por calmar su dolor o, por lo menos, compartirlo, pero no podía hacer ni lo uno ni lo otro. Catando finalmente consiguió parar de llorar, Dulac descubrió que no conocía el verdadero motivo de su sufrimiento.

– Era un hombre tan bueno -murmuró Ginebra-. No es justo que haya muerto así.

– ¿Uther? -supuso Dulac.

– El último de su estirpe -añadió Ginebra, sin responder a su pregunta-. Ahora ya sólo queda…

No siguió hablando, pero Dulac no pudo dejar de imaginar a qué podía referirse con aquellas palabras. Miró a Arturo casi en busca de ayuda, pero también el rey reaccionó de forma muy distinta a como él esperaba. En lugar de decir algo, sonrió hacia Dulac con una mirada triste y se volvió para marcharse con pasos apresurados. Dulac lo miró desconcertado. Tendría que estar alegre de poner compartir unos momentos a solas con Ginebra, pero sintió justamente lo contrario. Estaba intranquilo.

– ¿Mylady? -murmuró inseguro.

– Ginebra -le corrigió ella-. Somos amigos… o lo éramos, por lo menos. Eso es lo que creía.

– Claro… que sí -aseguró Dulac con presteza. Sus pensamientos estaban abocados a una danza salvaje. ¿Adonde quería ir a parar? ¿Le había reconocido después de todo y esperaba una oportunidad para hablar con él en privado? Pero aquella idea le resultaba poco probable. Arturo no la había dejado a solas por casualidad.

– ¿Ves? Ese es justo nuestro problema -dijo Ginebra con tristeza.

– ¿Problema? -repitió Dulac son comprender. ¿Cómo iba a ser un problema ser leal a la amistad de otro?-. ¿Qué pretendéis, Mylady? -preguntó sin disimulos. Aquella vez utilizó el tratamiento de cortesía a conciencia, y leyó en los ojos de Ginebra que se había dado cuenta y que comprendía la causa por la que lo hacía.

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