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Nadie Es Inocente

Электронная книга - «Nadie Es Inocente». Краткое содержание книги:

Un sacerdote, que en su juventud estuvo relacionado con la organizaci?n terrorista ETA, desaparece en compa??a de una hermosa mujer tras apoderarse de una importante suma de dinero de su congregaci?n. Para evitar el esc?ndalo se encargar? del caso otro religioso que antes de ordenarse hab?a sido polic?a. El pasado de ambos, reflejo del pasado y presente de una Euskadi que se debate entre la violencia y las ansias de paz, condiciona de tal manera la investigaci?n, que finalmente se convierte en un juego muy peligroso, donde lo importante no es la recuperaci?n del dinero, sino el ajuste de cuentas entre los dos contrincantes. Un ajuste de cuentas que parece personal, pero que en realidad contiene la clave de la violencia que ha sufrido el propio Pa?s Vasco.
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– Cómo no -dijo Julián, acercándose a la caja fuerte. Sin embargo, no sacó ninguna nueva joya de su interior sino que dándose la vuelta cogió su pistola reglamentaria y disparó tres tiros seguidos sobre el avaro perista. Cuando comprobó que estaba inmóvil en el suelo se acercó a él y colocó en su mano derecha, con el dedo índice sobre el gatillo y el pulgar acariciando apenas la culata, la que había usado anteriormente para matar a los padres de Loperena.

Yo seguía callado, como si hubiera enmudecido de repente, aunque empezaba a comprender el sentido de las acciones de mi compañero.

– La cosa marcha -comentó satisfecho-, ahora sólo tenemos que llamar al Juzgado de Guardia.

– ¿Para qué? -pregunté, aunque intuía la respuesta.

– Es muy sencillo, hasta un novato como tú puede entenderlo. A veces conviene renunciar a parte del botín para salvar lo más importante. El plan es éste: nosotros estábamos vigilando desde hace tiempo el domicilio del difunto Loperena porque sospechábamos que era el culpable de los últimos robos de joyas ocurridos en Madrid, a la espera de que algún posible cómplice diera señales de vida, y esta misma noche nuestra vigilancia dio sus frutos al observar cómo un conocido delincuente habitual, aprovechando la oscuridad de la noche, entraba subrepticiamente en la mansión. Cuando nos disponíamos a entrar para poner sobre aviso a los propietarios y detener al ladrón oímos una fuerte discusión y unos disparos. Acudimos lo más rápidamente que nos fue posible hasta el lugar de autos y al observar la situación, con los cadáveres de dos personas de edad avanzada, intentamos detener a Pepe Enciso, pero éste se resistió y en la refriega le abatimos. Posteriormente, al realizar una inspección ocular de la estancia, descubrimos la caja fuerte abierta y unas cuantas joyas en su interior. ¿Qué te parece?, ¿a que es genial?

– No acabo de entenderlo. ¿Hemos hecho todo este montaje para acabar devolviendo las joyas?

– A veces pareces tonto, pipiólo. No vamos a devolver todas las joyas sino tan sólo unas pocas. Así, de este modo, quedan zanjados tanto los casos del doble asesinato del matrimonio Loperena como del robo de joyas. Todo el mundo quedará satisfecho, no se removerá la mierda y nosotros gozaremos del honor de ser quienes hayamos resuelto ambos delitos. Renunciamos a una pequeña parte del tesoro a cambio de la tranquilidad que nos dará el saber que nadie va a reabrir la investigación y una posible medalla al mérito policial, de poco valor económico pero siempre halagadora para dos profesionales conscientes y responsables como nosotros, leales y eficientes servidores del orden público.

La maquiavélica mente de mi compañero resplandeció en aquel momento con todo su esplendor. El plan, no cabía duda alguna, era genial dentro de su sencillez. Nadie mejor que nosotros conocía cuál iba a ser la posible reacción de nuestros mandos de la Dirección Generaclass="underline" alivio por haber descubierto, al fin, al enemigo público número uno de todas las damas enjoyadas de la nación y un fuerte deseo de archivar lo antes posible el asunto del asesinato del matrimonio Loperena. No había dejado ni un cabo suelto, era perfecto, demasiado perfecto.

Si una cosa había aprendido en mis cortos años de vida era que no me gustaban los planes demasiado perfectos cuando eran otros quienes los hacían. Apreciaba sinceramente a Julián Sánchez, como había apreciado a mi ex compañero Garrido, y los dos, cada uno a su manera, me habían abierto los ojos y enseñado a caminar por esa jungla que era la vida, pero me los habían abierto tanto que había aprendido a no fiarme de nadie, ni siquiera de ellos dos.

Garrido me había traicionado. Las consecuencias no habían sido excesivamente graves pero aún llevaba su traición grabada sobre mi piel, con el mismo dolor que debían sentir los terneros al colocarles el hierro incandescente con que eran marcados en las películas del Oeste que tanto me gustaban. En cuanto a Julián parecía un buen hombre -si es que se puede aplicar ese calificativo a quien acababa de matar a tres personas inocentes con pasmosa tranquilidad-, incapaz de traicionarme, pero sus últimas acciones denotaban una ascendente codicia ante la cual quizá volviera a sucumbir. Tenía poco tiempo para tomar una decisión y la tomé.

En realidad, si lo considero sinceramente, todo lo anterior no fueron sino las justificaciones que me hice a posteriori. En aquel momento fue todo más sencillo. Cuando me acerqué hasta Pepe Enciso, para comprobar que estaba efectivamente muerto, al tomarle el pulso tuve junto a mí esa pistola de la que había sido borrada toda señal identificativa y con la cual se suponía que el perista había liquidado a los dos ancianos. Y por un azar del destino al final del cañón se encontraba mi compañero. Fue algo instintivo e irreflexivo. ¿Por qué tenía que quedarme con la mitad si podía quedarme con todo? ¿Y si Julián tenía en su retorcido cerebro alguna idea más lesiva para mis intereses? Todo resultó muy sencillo. Apreté con fuerza el índice del difunto y mi compañero cayó torpemente al suelo, con el corazón roto por una bala y una mueca de sorpresa en su cara. El plan había sufrido una leve modificación. El señor Enciso no sólo había asesinado a los propietarios de la mansión sino que, por desgracia, se enfrentó a nosotros cuando íbamos a detenerle con tan mala suerte que mi abnegado compañero murió en acto de servicio, fiel y heroico ejemplo del sacrificado esfuerzo que desde siempre ha sido honor y lema de nuestras fuerzas policiales.

Quedaba un detalle sin importancia por solventar. Esa misma noche un apocado empleado de una empresa dedicada a la instalación de cajas fuertes aparecía muerto, de un tajo en la garganta, en un oscuro callejón situado en una zona cuyo medio de vida nocturno era básicamente la prostitución. Un cartel que apareció encima de su chaqueta ensangrentada explicaba que el difunto era un degenerado sexual y un antiguo miembro de sindicatos anarquistas. Firmaban el cartel las Nuevas Brigadas del Amanecer. Como certeramente había sospechado, una vez comprobados sus antecedentes el caso se archivó directamente, sin asignar ningún inspector a la investigación del crimen.

Capítulo veintidós

El padre Vázquez se había acostumbrado a madrugar, siguiendo a rajatabla los preceptos establecidos por el santo fundador de la congregación, que establecían rezos a diferentes horas del día, incluyendo aquellas previas al amanecer, por eso para cuando le llamó el comisario Ansúrez estaba desayunado, aseado y vestido, preparado para afrontar una nueva jornada.

Su antiguo colega le había citado en el Instituto Anatómico-Forense, lo que le llenó de aprensión, no tanto por visitar dicho establecimiento como por el motivo de quedar en lugar tan poco mundano. Ansúrez, aunque era partidario de las escenificaciones sorprendentes, no le habría hecho ir hasta allí para tomar simplemente un café en paz y armonía. Seguramente querría mostrarle algo y ese algo, por fuerza, tenía que ser un cadáver. Si uno va a una pastelería espera encontrar pasteles, si se va al Instituto Anatómico-Forense lo que parece razonable encontrar son cadáveres, así de sencillo. No pudo evitar hacer elucubraciones acerca del propietario de lo que posiblemente era un cuerpo sin vida, ¿el desaparecido padre Gajate?, ¿su inquietante y desconocida compañera? Era absurdo plantearse hipótesis, se dijo, pronto, muy pronto, sabría lo que había ocurrido.

El comisario le estaba esperando junto a la puerta del recinto. Al lado suyo se encontraba un joven que le fue presentado como Manuel Rojas, inspector adscrito al Grupo de Homicidios de la Jefatura Superior de Policía de Bilbao, bajo las órdenes directas del propio Ansúrez. Tras los saludos de rigor entraron directamente al depósito.

Un taciturno empleado vestido con bata blanca les precedió hasta una sala en la que, junto a una camilla, les esperaba uno de los médicos forenses que desempeñaba sus funciones en aquel lugar. Un amplio paño blanco tapaba piadosamente lo que, visto desde la distancia, parecían ser los contornos de un ser humano. Ansúrez, que era el único que daba la impresión de controlar la situación, presentó a sus acompañantes, el doctor Lorenzo, el inspector Rojas, el señor Vázquez, antiguo comisario de policía y colaborador ocasional, tanto gusto, encantado.

Obedeciendo un imperceptible gesto del comisario el forense retiró el lienzo que cubría el cadáver y lo dejó al descubierto.

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