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Nadie Es Inocente

Электронная книга - «Nadie Es Inocente». Краткое содержание книги:

Un sacerdote, que en su juventud estuvo relacionado con la organizaci?n terrorista ETA, desaparece en compa??a de una hermosa mujer tras apoderarse de una importante suma de dinero de su congregaci?n. Para evitar el esc?ndalo se encargar? del caso otro religioso que antes de ordenarse hab?a sido polic?a. El pasado de ambos, reflejo del pasado y presente de una Euskadi que se debate entre la violencia y las ansias de paz, condiciona de tal manera la investigaci?n, que finalmente se convierte en un juego muy peligroso, donde lo importante no es la recuperaci?n del dinero, sino el ajuste de cuentas entre los dos contrincantes. Un ajuste de cuentas que parece personal, pero que en realidad contiene la clave de la violencia que ha sufrido el propio Pa?s Vasco.
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Teníamos la información y sólo necesitábamos esperar el momento propicio. No tardó mucho en llegar. Doce días después, los padres del difunto señor Loperena asistieron a una recepción en la embajada de la República Argentina y nos dejaron el campo abierto. Cuando los sirvientes se habían ido y el viejo jardinero había entrado en su cabana tras finalizar sus labores entramos en la vivienda y guiados por las excelentes indicaciones que nos había proporcionado el anarquista arrepentido, hoy leal empleado de una empresa de seguridad, nos dirigimos sin demora a la habitación en la que, escondida tras una reproducción de un cuadro de Picasso, o quién sabe si era un original, ni mi compañero ni yo entendíamos de sutilezas artísticas, se encontraba la caja fuerte del ladrón de joyas más buscado de toda España. Sin perder tiempo descolgamos el cuadro procurando no dañar el marco, en mi opinión de más valor que la absurda pintura que protegía, y giramos la ruleta a izquierda y derecha, deteniéndonos en los números que nos había indicado el probo y fiel empleado de incierto pasado, sin que la puerta de la caja se abriera. Frustrado ante este hecho no pude evitar decir a mi compañero que el empleado nos la había jugado.

– Parece mentira que hayas aprendido tan poco a mi lado, pipiólo, debo de ser un mal profesor. Ese infeliz nos ha dicho la verdad, era incapaz de engañarnos, pero si cuando hemos abandonado la oficina ha tenido que ir a todo correr al retrete. No, deja en paz a ese pobre hombre. Lo más lógico es que Loperena haya cambiado posteriormente la clave. Eso es lo que haría cualquier persona con dos dedos de frente, novato, que sigues siendo un novato. Si te digo la verdad, ya me lo esperaba, por eso no me he llevado ningún contratiempo contrariamente a lo que te ha sucedido a ti.

– Entonces, ¿por qué le pediste la combinación al empleado?

– Porque al decírmela e incurrir en una ilegalidad ya no informará a nadie de nuestra visita. Además, no se debe descartar nunca ninguna posibilidad, y pudiera haber ocurrido que Loperena fuera tonto del culo y no hubiera modificado la combinación.

– En ese caso, si contabas con que no sirviera de nada, supongo que tendrás otro plan.

– Siempre hay otro plan, en eso estriba precisamente la eficacia de mis métodos policiales -me respondió soca- rronamente.

– ¿Ycuál es ese plan si puede saberse?

– Esperar.

– ¿Esperar?

– Sí, ¿no sabes lo que significa ese verbo, creo que intransitivo si no recuerdo mal lo que me enseñaron en la escuela?

– Por supuesto que lo sé, lo que menos necesito en estos momentos es una lección de gramática, pero que yo sepa esperar no es ningún plan.

– Algún día serás un buen policía, un excelente policía, novato, pero aún tienes mucho que aprender, te pierde la vehemencia y las ganas de acción, supongo que sigues viendo películas americanas. Si Mahoma se cansa yendo a la montaña lo mejor es que se quede sentadito esperando que la montaña se acerque hasta él, y eso es lo que vamos a hacer. Fumarnos plácidamente un cigarro mientras esperamos que la montaña venga a nuestra vera.

– No entiendo, ¿de qué montaña me hablas?

– De los padres de Loperena, por supuesto.

– ¿Crees que están metidos en el ajo?

– No, ni por asomo, pero si no tiene cómplices, y hasta donde hemos podido averiguar parece ser que no los tiene, parece lógico pensar que habrá dicho a sus padres cuál es el número de la combinación, por si acaso.

– ¿Y si no es así?

– En ese caso pondría en funcionamiento el plan C. Volaríamos la caja fuerte con los explosivos que esta tarde he introducido en el maletero del coche.

– ¿Estás loco? ¿Hemos conducido toda esta tarde con un polvorín debajo de nuestros culos?

– Algo más atrás, diría yo -respondió risueño Julián-, pero lo tenía todo controlado. Por eso he insistido en ser yo el que condujera -finalizó su respuesta riéndose con una estruendosa carcajada que hubiera desatado los reproches de cualquier especialista en buenos modales.

A pesar de mi enfado lo que decía Julián tenía bastante lógica así que encendí un cigarrillo, apagamos las luces y regresamos al vestíbulo de la vivienda, en la planta baja de la misma, dispuestos a esperar lo que hiciera falta, que al final no resultó ser demasiado tiempo. Supongo que la avanzada edad de los padres del ladrón de guante blanco influyó en ese hecho, ya que no estaban en condiciones de aguantar ajetreadas veladas nocturnas, así que tan sólo transcurrió poco más de una hora hasta el momento en que pudimos oír el leve ruido que hacía una llave girando dentro de la cerradura.

Julián y yo estábamos aposentado en dos cómodas butacas con orejeras que habíamos encontrado en el inmenso salón del chalet y que habíamos traslado al vestíbulo, justo enfrente de la puerta y desde allí, al encenderse la luz, dimos la bienvenida a los propietarios del mismo. La mujer se llevó un susto de muerte y se aferró fuertemente a su marido, incapaz de pronunciar palabra alguna. El hombre de la casa también presentaba inequívocos síntomas de temor, pero muy en su papel de macho protector procuró mantener el tipo y entablar con nosotros una insulsa conversación, ya se sabe, del tipo de qué hacen ustedes por aquí, más vale que se vayan o llamaré a la policía, ustedes no saben en casa de quién se han metido, conozco en persona al ministro de Gobernación y al almirante Carrero, si salen de aquí en seguida no les denunciaré, para acabar con un llévense lo que quieran, por favor, pero no nos hagan daño, mi mujer está muy delicada de salud.

Cuando Julián consideró que los dos viejos estaban por fin en su punto se levantó parsimoniosamente del asiento y empezó a hablarles, primero en un tono suave, tranquilizador, y luego más fuerte, envolviendo con sus palabras toda la estancia. A pesar de lo que estábamos haciendo no podía dejar de admirar a mi compañero. Dominaba aquella situación como un actor de renombre domina la escena. No parecía siquiera que hablara sino que declamara. Incluso su estatura, elevada de por sí, parecía realzarse ante la más baja de la mujer y el aspecto fatigado del marido, al que la edad le había encorvado ostensiblemente, pese a que daba la impresión de haber sido un hombre no ya alto, sino altivo. Poco a poco las explicaciones de mi compañero fueron calando en sus asustadas mentes. Tan sólo necesitábamos conocer la clave de la combinación de la caja fuerte de su hijo.

– Eso es todo -dijo-, ustedes nos proporcionan el número de la combinación y les dejamos en paz en muy poco tiempo, lo suficiente para que recobremos una documentación nuestra que su difunto hijo tenía en custodia. Quizá no lo sepan pero su hijo y nosotros teníamos negocios en común. En realidad sólo queremos recuperar lo que es nuestro.

El vejete reunió todo el valor que le quedaba y comentó que si se trataba de eso lo más normal hubiera sido pedirlo civilizadamente, sin necesidad de asaltarles y darles un susto de muerte.

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