Nadie Es Inocente
- Автор: Abasolo Jose Javier
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Nadie Es Inocente». Краткое содержание книги:
Esperamos unos días pero ningún familiar reclamó el maletín ni su contenido. Nos quedaba otra posibilidad, que Ángel Loperena fuera el ladrón más buscado de Madrid. Parecía algo absurdo pero cuanto más pensábamos en ello más visos de verosimilitud tenía la idea. Al fin y al cabo, si reparábamos en las circunstancias de los robos, lo más lógico era que el ladrón fuese alguien introducido en los ambientes de la alta sociedad, alguien que sabía lo que buscar y cuándo, cómo y dónde acceder a ello. Un ratero circunstancial podía dar un golpe con éxito pero la concatenación de robos que se habían sucedido no se debía a un golpe de suerte sino a una actuación cuidadosamente planificada.
Quizá por un absurdo exceso de prudencia, ya que el que dos policías asignados a un caso se interesaran por las últimas novedades sobre el mismo era algo completamente normal, tardamos varios días en solicitar que se nos facilitaran copias de todos los informes y atestados que había sobre el caso del ladrón misterioso y, nada más tenerlos en nuestras manos, confirmamos nuestras sospechas. El difunto Ángel Loperena estaba implicado en los robos. Había varios datos que avalaban esta tesis. El primero de ellos que el mismo día de la muerte de Loperena se había producido un robo de joyas en la mansión del presidente de un conocido banco. El segundo, que los robos habían cesado radicalmente desde el día en que nuestro sospechoso falleció. Por último conseguimos una descripción de las joyas robadas al banquero y coincidían plenamente con las que habíamos confiscado del maletín el día de autos.
Con el transcurso de los días lo que en un primer momento había sido una leve idea que rondaba nuestras cabezas fue tomando forma. No estábamos dispuestos a devolver las joyas. Nadie sabía que las teníamos en nuestro poder, así que por ese lado estábamos limpios. Por otra parte, los únicos que conocíamos la identidad del ladrón, salvo en el caso de que hubiera tenido cómplices, éramos nosotros y después de su fallecimiento y el escamoteo de las pruebas existentes era prácticamente imposible que ningún colega nuestro llegara a la misma conclusión. Si jugábamos bien nuestras bazas podíamos quedarnos con el santo y la limosna, así que decidimos jugarlas.
Con la mayor discreción posible investigamos entre los más conocidos y reputados peristas de Madrid pero ninguno conocía el destino del resto de las joyas robadas. Hasta donde ellos sabían, o admitían que sabían, las joyas no habían vuelto a salir al mercado. Eso podía significar dos cosas, o bien Loperena las había colocado prescindiendo de los canales habituales, presumiblemente en el extranjero, o bien había guardado el producto de sus latrocinios a la espera de que la situación se calmara y poder negociar su venta con más tranquilidad. Como la investigación de la primera posibilidad estaba fuera de nuestro alcance decidimos actuar basándonos en la segunda, es decir, partiendo de la hipótesis de que en algún lugar se hallaba escondido el resto del botín. Puesto que actuábamos en nuestro propio beneficio era la apuesta más lógica. Si salía bien, estupendo, y si no, pues bueno, siempre nos quedarían las últimas joyas robadas por Loperena.
Lo primero que nos interesaba averiguar era si el difunto Loperena tenía cómplices de algún tipo. Para ello debíamos proceder a seguir e investigar a la gente de su entorno lo cual era complicado, ya que todas sus amistades pertenecían a un nivel difícilmente asequible para dos humildes policías y si notaban que estábamos ocupándonos de sus asuntos podíamos meternos en un buen apuro, si se tiene en cuenta que la mayoría de ellos tenían hilo directo con las altas esferas. Al final la solución y el permiso para que practicáramos nuestra investigación nos vino dada por la política. Conseguimos demostrar al jefe superior que uno de los amigos de Ángel Loperena había sido visto charlando amigablemente con el encargado de negocios de la embajada inglesa lo cual, en aquellos tiempos de ebullición patriótica a cuenta del asunto de Gibraltar, no estaba bien visto por las autoridades del Movimiento y eso facilitó, aunque no estábamos adscritos a la Brigada Político Social sino a la Criminal, que se nos diera vía libre.
Procedimos con calma y tranquilidad, ya que nuestro secreto estaba a salvo, y para no levantar suspicacias tardamos tres largos meses en dar por terminada nuestra investigación, sin ningún resultado positivo. Si Loperena tenía algún cómplice fuimos incapaces de averiguarlo. Por otro lado, los robos habían cesado, lo que significaba que o no existían efectivamente los supuestos cómpliceso éstos eran incapaces de reanudar su actividad sin la presencia de Loperena, así que admitiendo la idea de que actuaba en solitario tan sólo nos quedaba por descubrir dónde guardaba su botín y confiscarlo en nuestro beneficio.
Una visita al Registro de la Propiedad nos confirmó que no poseía viviendas a su nombre. Así mismo, del contacto que habíamos tenido con sus amistades habíamos llegado al convencimiento de que era muy dudoso que se hubiera sincerado con ellas para un tema tan delicado como el préstamo de un refugio donde esconder el producto de sus latrocinios. Por exclusión acabamos pensando que su botín estaría escondido, seguramente, en la mansión de sus padres, con los que convivía. Era lo suficientemente grande para que Ángel Loperena contara con una especie de apartamento propio en su interior y, por otra parte, la avanzada edad de sus progenitores les impedía apercibirse con claridad de lo que pudiera ocurrir en el mismo. En cuanto a los miembros del servicio no parecían susceptibles de crearle ningún problema. La mayoría eran externos y el único que convivía con ellos era el jardinero, que habitaba una minúscula choza construida en la parte trasera del jardín que rodeaba la mansión, y era imposible que, en caso de averiguar algo, traicionara a su joven patrón. El jardinero era un antiguo combatiente del ejército rojo que sólo gracias a la benevolencia de los familiares de Loperena había conseguido un trabajo y un lugar para vivir. Le tenían agarrado por los cojones y ocurriera lo que ocurriera delante de sus narices él siempre se quedaría mudo y ciego, obediente a su señor.
Ser policía quizá no sea una bicoca, los poderosos nos utilizan y los menesterosos nos temen cuando no nos odian, pero te proporciona una cosa muy importante, la posibilidad de acceder a fuentes de información que una persona normal tiene vedadas. No eran muchas las empresas importantes que se dedicaban en Madrid a la instalación de cajas de caudales y en la cuarta que visitamos conseguimos lo que queríamos.
En efecto, los señores inspectores no están equivocados, nos dijo el remilgado empleado que nos atendió, el difunto señor Loperena, qué desgracia más horrible, leí en el periódico que su aspecto era irreconocible, qué tragedias, cuando pienso en sus ancianos padres, sí, perdonen, como les iba diciendo el difunto señor Loperena, que Dios acoja en su seno, aunque era un poco punto filipino, no sé si me entienden, pero qué estoy diciendo, lo siento, no está nada bien hablar mal de los muertos y además una persona de su formación religiosa habrá tenido tiempo de arrepentirse en el último instante de sus pecados, si no fuera así qué cosa más terrible, sí, disculpen, a lo que íbamos, pues bien, el difunto señor Loperena tuvo la gentileza, heredada de sus padres, qué gran señora doña Manuela, y don Ángel, qué decir de él, el prototipo del perfecto caballero español, siempre atento a los demás, siempre con una sonrisa en los labios aunque cuando había que poner firme a la gente lo hacía, sí, señores inspectores, ruego disculpen mi vehemencia pero es que aprecio de verdad a los señores de Loperena del mismo modo que reconozco la abnegación y entrega de nuestras bienamadas fuerzas del orden, en fin, como quería decirles desde hace un rato, el señor Loperena encargó a nuestra firma que instaláramos en sus aposentos una caja fuerte de último modelo, no la hay mejor en todo el mundo, es de fabricación alemana y ya saben ustedes cómo son los alemanes, ni siquiera el haber perdido una guerra les ha hecho cejar en su empeño productivo, pues sí, claro que les puedo indicar con exactitud dónde instalamos la caja de caudales y la combinación, salvo que la haya cambiado, porque es posible hacerlo, por supuesto que disponemos de la primitiva combinación, solemos conservarla muy bien custodiada naturalmente, por si algún cliente que no ha hecho uso de su capacidad de rectificarla ha olvidado la original, pero deben ustedes comprender que esa información es secreta, qué me dicen ustedes, caballeros, tiene que haber un error, yo en mi juventud no pertenecí a la CNT, debe de tratarse de alguien que se parecía mucho a mí y que tenía un nombre parecido, y por supuesto que no conocí a Durruti, es imposible que alguien como yo, de misa diaria, pregunten al párroco de San Froilán, pregunten, es imposible que alguien que ama a su patria y a su Caudillo por encima de todas las cosas haya abrazado en su juventud ideas anarcosindicalistas, y para que vean cómo soy un auténtico patriota, un español de pies a cabeza, siempre dispuesto a darlo todo por Dios y por la patria si mi delicada salud lo permitiera, que desgraciadamente no lo permite, estoy muy enfermo, señores inspectores, y tan sólo al deseo de contribuir al esfuerzo productivo que todos los españoles de bien deben hacer en estos momentos en pro de la grandeza y prosperidad de la patria hace que siga aquí, al pie del cañón, en lugar de solicitar el descanso que tan merecido tengo, por eso, y en prueba de mi buena fe y mi acendrado patriotismo así como por la devoción que siempre he sentido por nuestras gloriosas fuerzas policiales, prez y honra del nuevo Estado que bajo el mando firme y seguro de nuestro invicto Caudillo está resurgiendo para servir de luz y guía, de faro y estandarte a todo el orbe occidental y cristiano, romperé las normas de la firma y les proporcionaré de mil amores el número de la combinación que me han solicitado. Si son tan amables de acompañarme al cuartillo que hay aquí a la izquierda, por favor, caballeros, ustedes primero, se lo ruego, como si estuvieran en su casa.