Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Триллеры » El Tatuaje De La Concubina
El Tatuaje De La Concubina - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

El Tatuaje De La Concubina

Электронная книга - «El Tatuaje De La Concubina». Краткое содержание книги:

A punto de entregarse a los placeres y las comodidades de un matrimonio concertado con la joven y bella Reiko, Sano Ichiro es reclamado en el palacio imperial para descubrir al asesino de Harume, la concubina favorita del sog?n, que ha sido envenenada mientras se hac?a un tatuaje amoroso. Con la experiencia de sus veinte a?os de sosakan-sama -muy honorable investigador de sucesos, situaciones y personas-, Sano debe penetrar en el herm?tico y prohibido mundo de las mujeres del sog?n para intentar desenmara?ar la compleja trama de amantes y rivales de Harume, que se mueven como pez en el agua entre las intrigas y maquinaciones pol?ticas del Jap?n feudal. Y como si la investigaci?n no fuera de por s? complicada, Sano descubre con horror que su flamante esposa, supuestamente dulce y sumisa, es en realidad una aspirante a detective preclara y obstinada, con sorprendentes habilidades guerreras. Empe?ada en ayudar a su marido, las chispas que surgen entre ambos hacen de su floreciente amor algo tan emocionante como el misterio que rodea la muerte de Harume.
1 ... 35 36 37 38 39 40 41 42 43 ... 96
Перейти на страницу:

– No se conformará con eso -dijo Sano con convicción-. Quiere ser detective. Y no se le da mal -admitió a regañadientes.

Cuando le refirió los hallazgos de Reiko, al magistrado se le iluminó el rostro de orgullo paterno.

– Entonces debe de haber otra cosa que pueda hacer. Unas indagaciones más encubiertas, como las que ha realizado hoy, pueden resultar muy útiles, ¿eh?

Todos los instintos de Sano se sublevaban ante aquella alternativa.

– ¿Qué pasa si el asesino la considera una amenaza y la ataca cuando no esté yo cerca para protegerla?

A pesar de su enfado con su mujer, la idea de perder a Reiko lo llenaba de horror. Se estaba enamorando de ella, descubrió con tristeza, y no albergaba muchas esperanzas de ser correspondido, pero se negaba a renunciar al control sobre su casa.

– Vuestra naturaleza obstinada es un obstáculo en el camino hacia un matrimonio feliz -dijo el magistrado Ueda-. Reiko tendrá que someterse si la forzáis a obedecer, pero jamás os amará ni os respetará. Por tanto, me temo que es necesario un compromiso de vuestra parte.

Sano suspiró.

– De acuerdo. Intentaré pensar en algo que Reiko pueda hacer.

Entonces se acordó del otro motivo por el que había ido a ver a su suegro.

– Tenía la esperanza de que pudierais proporcionarme algunos antecedentes de los sospechosos del asesinato. -Cualquier delito o denuncia contra ellos en el pasado estaría registrado en los documentos oficiales del tribunal. A pesar de todos los problemas matrimoniales de Sano, su boda le había aportado un indiscutible beneficio: el contacto con el magistrado Ueda-. ¿Han tenido problemas con anterioridad el teniente Kushida, la dama Ichiteru o el caballero y la dama Miyagi?

– Esta mañana, cuando me he enterado de que Kushida e Ichiteru eran sospechosos, he comprobado si tenían antecedentes -replicó el magistrado Ueda-. No hay nada sobre ellos. Sin embargo, el caso de los Miyagi es distinto. Recuerdo un incidente sucedido hace cuatro años. La hija de un guardia desapareció de la mansión vecina a la de los Miyagi. Los padres de la chica afirmaban que el caballero Miyagi era el responsable. La había atraído hasta su casa y había intentado seducirla, decían, para después matarla cuando se resistió.

Sano sintió un cosquilleo de emoción en el pecho. Quizá el daimio seguía las costumbres de sus crueles ancestros. Quizá había envenenado a la chica, y después a Harume, por negarse a realizar los actos que les pedía.

– ¿Qué sucedió?

– Unos días después recuperaron el cuerpo de la chica de un canal. La policía fue incapaz de dictaminar cómo había muerto. No se presentaron cargos contra el caballero Miyagi. El caso sigue sin resolver. -El encogimiento de hombros del magistrado Ueda manifestaba un arraigado cinismo-. Así funciona la ley.

– Sí -dijo Sano-. La palabra de un simple soldado no tendría ninguna posibilidad contra la influencia del daimio.

– La influencia es una amenaza formidable, Sano-san. -El magistrado le dirigió una mirada penetrante-. Poco después de la muerte de su hija, los servidores del caballero Miyagi expulsaron al guardia de la ciudad. No pudo conseguir otro puesto. Él y su mujer murieron en la miseria. El bakufu ni los protegió, ni castigó a Miyagi.

Sano tomó una decisión.

– Hay algo que quiero contaros acerca del asesinato, algo muy delicado. ¿Me prometéis mantenerlo en el más estricto secreto?

Ante el asentimiento del magistrado Ueda, Sano le habló del embarazo de Harume. Con el entrecejo fruncido, el magistrado caviló, vaciló y dijo:

– Dado el embarazo de la dama Harume, ahora el caso de asesinato está potencialmente relacionado con la sucesión del poder. Vuestra investigación podría implicar a ciudadanos poderosos que desean debilitar el dominio de los Tokugawa quebrantando la línea de sucesión. Los señores externos, por ejemplo. O el responsable de muchos de vuestros problemas pasados.

«El chambelán Yanagisawa.» Al recordar su extraño comportamiento del último encuentro, Sano se preguntó con desasosiego si sería una señal de la implicación del chambelán en el asesinato. Al principio aquel caso había parecido sencillo. Ahora lo amilanaba la perspectiva de desvelar una conspiración de gran alcance.

– Respeto vuestra habilidad y vuestros principios -dijo el magistrado Ueda-. Pero guardaos de hacer acusaciones graves contra sospechosos influyentes. Si soliviantáis a las personas equivocadas, tal vez ni vuestro rango os proteja. -Otra pausa enfática-. Me preocupa mi hija tanto como vos. Prometedme que no la pondréis en peligro de modo temerario.

En la guerra y en la política, a menudo los enemigos atacaban a los parientes.

– Lo prometo -dijo Sano, sintiendo las tensiones opuestas del honor y la integridad profesional, la prudencia y las consideraciones familiares. Hizo una reverencia-. Gracias por vuestro consejo, honorable suegro. Mis disculpas por molestaros a tan avanzada hora. Será mejor que vuelva a casa y os permita retomar vuestro trabajo.

– Buenas noches, Sano-san. -El magistrado Ueda hizo una reverencia-. Haré todo lo que esté en mi mano para ayudaros a resolver el asesinato con el mínimo perjuicio para nuestras familias. -Después sonrió con sorna-. Y buena suerte con Reiko. Si conseguís domarla, sois más hombre que yo.

Faltaban dos horas escasas para la medianoche cuando Sano regresó al castillo de Edo. Por entre las colinas soplaba un viento otoñal ribeteado de escarcha. Una acre humareda de carbón brotaba de millares de braseros. La negra bóveda estrellada del cielo trazaba un arco sobre la ciudad dormida. Sano, arropado en su gruesa capa mientras avanzaba a caballo por el laberinto de pasajes amurallados del castillo, se sentía también más que dispuesto para el sueño. Había sido una jornada larga y agotadora, con la promesa de otra igual al día siguiente. Ansioso por una cama caliente, Sano entró en su calle de las dependencias funcionariales del castillo.

Intuyó el peligro momentos antes de que su vista captase la causa. La zona estaba completamente a oscuras, aunque tendrían que haberse visto luces en las puertas de cada mansión. El barrio parecía anormalmente tranquilo y desierto. ¿Dónde estaban los centinelas y las patrullas de guardia?

Con la mano en la empuñadura de su espada, Sano avanzó poco a poco hacia su casa, pegado a las hileras de barracones que rodeaban las mansiones de sus vecinos. A la luz de la luna vio dos faroles colgados de la techumbre de una puerta; sus llamas estaban apagadas. Y debajo, un fardo oscuro tirado en la calle. Desmontó, atravesado por una sensación de peligro como una corriente maligna de viento. Se acuclilló y examinó el fardo. El corazón le dio un vuelco cuando discernió los cuerpos inmóviles de dos centinelas con armadura, vivos pero inconscientes. Dejó atrás su caballo y corrió hasta la puerta siguiente, donde halló más guardias sin sentido. Sus cabezas presentaban heridas ensangrentadas causadas por algún arma contundente.

Le asaltó la alarma al recordar pasados atentados contra su vida. ¿Se trataba de una emboscada tendida por Yanagisawa, que ya había tratado de asesinarlo en muchas ocasiones, o por alguien que sabía que aquella noche iba a salir del barrio solo? La imponente fortaleza del castillo de Edo no era, como sabía por experiencia, refugio seguro para un hombre con enemigos poderosos. ¿Era un asesino el que había inutilizado a todo aquel que pudiera interferir en su ataque? Los guardias, que no esperaban una invasión en tiempos de paz, habían sido presas fáciles. ¿Le acechaba alguien en las sombras?

¿También en su propia casa, allí donde Reiko, Hirata, el cuerpo de detectives y los criados dormían ajenos al peligro? Ahogado de ansiedad, Sano corrió hasta ella. Los centinelas heridos yacían inconscientes en el portal.

– ¡Tokubei! ¡Goro! -Sano se arrodilló y los sacudió-. ¿Estáis bien? ¿Qué ha pasado?

Los hombres recobraron la conciencia entre gemidos.

– … nos pasó por encima -masculló Goro-. Lo siento…

1 ... 35 36 37 38 39 40 41 42 43 ... 96
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)