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El Tatuaje De La Concubina

Электронная книга - «El Tatuaje De La Concubina». Краткое содержание книги:

A punto de entregarse a los placeres y las comodidades de un matrimonio concertado con la joven y bella Reiko, Sano Ichiro es reclamado en el palacio imperial para descubrir al asesino de Harume, la concubina favorita del sog?n, que ha sido envenenada mientras se hac?a un tatuaje amoroso. Con la experiencia de sus veinte a?os de sosakan-sama -muy honorable investigador de sucesos, situaciones y personas-, Sano debe penetrar en el herm?tico y prohibido mundo de las mujeres del sog?n para intentar desenmara?ar la compleja trama de amantes y rivales de Harume, que se mueven como pez en el agua entre las intrigas y maquinaciones pol?ticas del Jap?n feudal. Y como si la investigaci?n no fuera de por s? complicada, Sano descubre con horror que su flamante esposa, supuestamente dulce y sumisa, es en realidad una aspirante a detective preclara y obstinada, con sorprendentes habilidades guerreras. Empe?ada en ayudar a su marido, las chispas que surgen entre ambos hacen de su floreciente amor algo tan emocionante como el misterio que rodea la muerte de Harume.
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Aquel hallazgo situaba al teniente Kushida en la habitación de la dama Harume el día en que los Miyagi le enviaron el frasco de tinta. Kushida podría haber leído la carta y ver la oportunidad perfecta para administrar el veneno con el que ya tenía planeado asesinarla. Reiko también había confirmado el odio a Harume de la dama Ichiteru. Sano estaba impresionado por su habilidad, y furioso por su falta de remordimientos.

– Unos cuantos hechos sueltos no resuelven un caso -le espetó, aunque sabía que a veces sí-. ¿Y cómo puedo estar seguro de que tu prima es un testigo de fiar o de que sus teorías son correctas? Me has desafiado, y te has puesto en peligro por nada.

– ¿Peligro? -Reiko frunció el entrecejo, confusa-. ¿Qué podría pasarme sólo por hablar y escuchar?

Aún más airado por la actitud desafiante de su mujer, Sano perdió la clemencia por su sensibilidad femenina.

– Cuando era comandante de la policía tenía un secretario, un hombre aún más joven que tú. -La voz de Sano enronqueció al recordar la inocencia infantil de Tsunehiko-. Murió en una posada con la garganta rebanada, en un charco de sangre. No hizo nada para merecer la muerte. Su único error fue acompañarme en una investigación de asesinato.

Reiko abrió los ojos, estupefacta.

– Pero… tú todavía estás bien. -Su tono atrevido se había convertido en un murmullo dubitativo.

– Sólo por gracia de los dioses -replicó Sano-. Me han atacado con estocadas, disparos, emboscadas y palizas más veces de las que puedo recordar. Así que créeme cuando te digo que el trabajo de detective es peligroso. ¡Podrías acabar muerta!

Reiko lo miró fijamente.

– ¿Todo eso te pasó mientras investigabas crímenes y atrapabas asesinos? -dijo con voz lenta y despojada de desdén-. ¿Te jugaste la vida para hacer lo correcto, aun a sabiendas de que había quien te mataría para impedirlo?

La novedosa admiración de su mirada atribuló más a Sano que su anterior rebeldía. Sin habla, asintió.

– No lo sabía. -Reiko dio un paso titubeante hacia él-. Lo siento.

Sano estaba paralizado, incapaz incluso de respirar. Percibía en aquella joven mujer una devoción por la verdad y la justicia a la altura de la suya, una voluntad de sacrificarse por principios abstractos, por el honor. Aquella afinidad de espíritu era una base irrefutable para el amor. Saberlo lo emocionaba y lo llenaba de terror.

Pero la cara de Reiko brillaba con el jubiloso reconocimiento del mismo hecho. Tendió una esbelta mano hacia él.

– Entiendes cómo me siento -dijo en respuesta a su intercambio silencioso. La pasión exaltaba su belleza-. Trabajemos y sirvamos juntos al honor. ¿Juntos podemos resolver el misterio del asesinato de la dama Harume!

¿Cómo sería, se preguntaba Sano, toda aquella pasión dirigida a él en el dormitorio? La idea lo mareaba. La perspectiva de tener una compañera que compartiera su misión era casi irresistible. Anhelaba tomar la mano que le ofrecía.

Pero no podía conducir a su esposa a la peligrosa telaraña de su profesión. Y conocía sus propios defectos, que no quería fomentar en ella. ¿Cómo iba a vivir con alguien tan cabezota, temerario y decidido como él? Todavía acariciaba el sueño de una esposa sumisa y un hogar pacífico.

– Ya has oído mis motivos para querer que te mantengas apartada de asuntos que no son de tu incumbencia. He tomado una decisión, y es definitiva.

Reiko dejó caer la mano. El dolor extinguió su resplandor como un velo arrojado sobre una lámpara, pero su determinación no flaqueó.

– ¿Por qué no puedo disponer de mi vida para arriesgarla si eso es lo que quiero, y por qué mi honor ha de significar menos que el tuyo por ser una mujer? -exigió-. También yo llevo sangre samurái en las venas. En siglos pasados habría cabalgado a tu lado en la batalla. ¿Por qué ahora no?

– Porque así son las cosas. Tu deber es para conmigo, y espero que lo cumplas aquí, en casa. -Sano era consciente de sonar pomposo, pero hablaba con total sinceridad-. Que hicieras otra cosa no sería más que un desprecio egoísta y deliberado a tus responsabilidades familiares.

Reparó en lo irónico de la situación. ¡Que él, que tantas veces había puesto en peligro sus deberes familiares por causas personales, criticase a Reiko por hacer lo mismo! Vaciló y retomó como pudo el hilo de la discusión.

– Ahora dime para qué has ido a Ginza. ¿Más cotilleos de mujeres?

– Si vas a despreciar mi trabajo, no mereces saberlo. -La voz melódica de Reiko revestía un núcleo de acero; su expresión era no menos fría y dura-. Y si no quieres mi ayuda en la investigación, entonces no tiene importancia. Ahora te ruego que me disculpes.

Cuando pasó por su lado, Sano experimentó una inmediata sensación de pérdida. Y no podía dejar que ella dijera la última palabra.

– Reiko. Espera.

La agarró del brazo. Ella lo fulminó con la mirada y dio un tirón. La manga se soltó con un sonoro desgarrón. Después se fue y dejó a Sano con un largo retazo de seda en la mano.

Sano la miró durante un momento. Después arrojó el trozo de manga al suelo. Su matrimonio iba de mal en peor. Se fue indignado a su habitación. Se vistió para salir a la calle, puso las espadas al cinto y llamó a un criado.

– Que ensillen mi caballo.

No podía resolver solo sus problemas. Por tanto, tendría que consultar a la única persona capaz de ayudarlo con Reiko, y que también podía disponer de información vital relativa a la investigación del asesinato.

– Buenas noches, Sano-san. Entrad, os lo ruego.

El magistrado Ueda, sentado en su despacho, no parecía sorprendido por la llegada intempestiva de Sano. Sobre su escritorio las lámparas iluminaban recado de escribir, documentos oficiales y papeles sueltos: era evidente que estaba adelantando trabajo. Le indicó a Sano que se arrodillase frente a él y se dirigió al criado que lo había hecho pasar a la mansión:

– Preparad té para mi honorable yerno.

El nerviosismo y la vergüenza atenazaban el estómago de Sano. No estaba acostumbrado a pedir ayuda sobre problemas personales. Sus apuros con Reiko ponían de manifiesto una incompetencia de lo más embarazosa; un samurái de alto rango debería ser capaz de tener a raya a una simple mujer. La petición de consejo reflejaba una debilidad que no quería revelar a su suegro, al que respetaba pero apenas conocía. Sano buscaba las palabras para obtener ayuda sin perder el tipo.

El magistrado Ueda le ahorró el esfuerzo.

– Es por mi hija, ¿no? -Ante el gesto de asentimiento de Sano, sus rasgos adoptaron una expresión de inexorable simpatía-. Me lo imaginaba. ¿Qué ha hecho esta vez?

Animado por la franqueza del magistrado, Sano se desahogó y le contó toda la historia.

– Conocéis a Reiko. Os ruego que me digáis lo que tengo que hacer.

El criado les llevó el té. El magistrado Ueda frunció el entrecejo y adoptó el tono autoritario que empleaba en el Tribunal de Justicia.

– Mi hija es tan inteligente y tenaz que debéis controlarla con mano firme y mostrarle quién manda, ¿eh?

Después suspiró y retomó su voz habitual.

– ¿Quién soy yo para hablar? Yo, que siempre me he plegado a los deseos de Reiko. Sano-san, me temo que habéis acudido para que os dé consejo a la persona equivocada.

Se miraron a la cara con atribulada comprensión: magistrado de Edo y muy honorable investigador, desconcertados por la mujer que los unía. De repente eran amigos.

– Entre los dos tendríamos que ser capaces de encontrar una respuesta al problema -dijo el magistrado Ueda, entre sorbo y sorbo de té-. Siempre he cedido con Reiko porque no quería quebrantar su espíritu, el cual admiro a mi pesar. -Un centelleo jocoso iluminó su mirada al ver la sonrisa sardónica de Sano-. Ah, veo que no soy el único. Tal vez ahora os corresponda renunciar a vos. ¿Por qué no asignarle una parte fácil y segura de vuestro trabajo, como llevar la documentación?

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