El pasado es un país extranjero
- Автор: Карофильо Джанрико
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El pasado es un país extranjero». Краткое содержание книги:
Estudiante modelo, hijo de intelectuales burgueses, Giorgio tiene una vida tranquila, en la que parece que nunca pasara nada. Hasta que conoce a Francesco, un joven un poco mayor que Giorgio que pasa a representar todo a lo que éste aspira. Porque Francesco es atractivo y elegante, anda siempre rodeado de mujeres e irradia la irresistible fascinación de una persona con tratos con el misterioso mundo del delito. A partir de su encuentro con Francesco, la existencia de Giorgio cambiará para siempre. Su nuevo amigo lo iniciará en el universo del juego y de la trampa, del sexo y el lujo, de la miseria y de la ilegalidad. Al tiempo que Giorgio va pasando, casi sin darse cuenta, de la alta sociedad a las márgenes de la criminalidad, Chiti, un novato policía que acaba de llegar a Bari, debe enfrentarse a una seguidilla de violaciones cuyo culpable siempre consigue evadir la acción policial.
Galardonada con el prestigioso premio Bancarella y éxito instantáneo de público y crítica, El pasado es un país extranjero es una novela sobre las amistades peligrosas y sobre el doloroso paso de la juventud a la adultez, a la vez que un inquietante thriller psicológico sobre la iniciación al mal y a la vida.
Tuve la sensación de que no recordaba mi nombre.
No, no es exacto. En aquel momento tuve la certeza de que no recordaba mi nombre. En mi mente se compuso una frase con los caracteres de una vieja máquina de escribir: «No recuerda cómo me llamo». Luego ese texto se transformó en una especie de letrero de neón reluciente: No recuerda cómo me llamo. Duró algunos segundos y desapareció.
– … y por lo tanto tenemos un imperativo categórico al que debemos atenernos con rigurosidad. Realizar nuestra verdadera naturaleza. Transformar definitivamente en acto lo que nosotros, esto es, tú y yo, somos ahora en potencia.
Continuó hablando durante algunos minutos, siguiendo un ritmo enloquecido e hipnótico, cogiéndome del brazo y cada tanto apretándomelo con fuerza justo por encima del codo. Luego terminó con tanta brusquedad como había empezado.
– Por lo tanto, amigo mío, creo que estamos de acuerdo en todo. Nos encontraremos con la debida calma, haremos todas las elaboraciones necesarias y formularemos las estrategias oportunas. Te abrazo.
Y desapareció.
4
Una mañana, un suboficial de la sección de Narcóticos que acababa de regresar a Bari después de tres meses de servicio en Calabria vio el dibujo sobre el escritorio de Pellegrini.
– Yo a éste lo conozco. Lo vi una noche, el año pasado, en un garito donde nos habíamos infiltrado cuando estábamos trabajando sobre aquel grupo que vendía en Madonnella. Jugaba al póquer. Y perdía, perdía como un condenado pero con calma, como si no fuera problema suyo. Aquella cara se me quedó grabada. Aquellos ojos. Espera, recuerdo que en un momento dado tuve la impresión de que se había dado cuenta de quiénes éramos. Por cómo nos miró. Estábamos yo y Popolizio, aquel de Altamura que fue transferido, y los dos tuvimos la misma impresión, hasta el punto de que nos fuimos y volvimos sólo varias noches después. Y él ya no estaba.
Se interrumpió y cogió la fotocopia del dibujo. La observó durante algunos segundos sin decir nada.
– Es él, estoy casi seguro.
Luego volvió a mirar a Pellegrini.
– Es bueno este dibujo. ¿Quién lo hizo?
Entraron en el garito mientras los jugadores trataban de hacer desaparecer de las mesas cartas y fichas. Los ignoraron. Chiti se dirigió al suboficial de Narcóticos.
– ¿Quién es el administrador?
El suboficial indicó con la cabeza a un hombre de unos cincuenta años, calvo, de tez oscura, que se estaba acercando.
– ¡Eh!, ¿qué coño…?
La frase quedó interrumpida por una bofetada. Seca, a mano plena, casi tranquila. Una manera de ahorrar tiempo.
– Carabinieri. Tenemos que hablar. Pórtate bien y nos iremos sin escribir ni una palabra de sumario sobre lo que ocurre en esta cloaca. ¿Hay algún lugar donde podamos estar en paz durante cinco minutos?
El calvo los miró a la cara, uno a uno. No dijo nada y después les indicó que le siguieran.
Entraron en una especie de oficina asquerosa, que apestaba a humo aún más que la sala de juego. El calvo los miró con aire interrogativo. El suboficial le puso el retrato robot ante los ojos, le preguntó si lo había visto alguna vez, le dijo que tuviera cuidado con lo que contestaba.
Tuvo cuidado y dijo que sí, que lo había visto y lo conocía.
A partir de aquel momento las cosas se movieron con rapidez. Con suma rapidez.
En un par de días lo identificaron. Según el registro vivía con la madre, viuda. Pero ya no se lo veía en aquella dirección. Llamaron por el interfono, muchas veces, pero no contestaba nadie.
Entonces preguntaron a algunos vecinos que salían del edificio. ¿La señora Carducci? Había muerto hacía veinte días. Por lo tanto, el certificado de defunción todavía no figuraba en el registro, pensó Chiti. ¿El chico? ¿Querían decir, Francesco? Después de la muerte de la madre no se le había visto. Nadie sabía nada. Tal vez se había ido a cualquier otra ciudad, a casa de algún pariente. No, no era que lo supieran, era sólo una hipótesis. A decir verdad no sabían nada de nada. Ni él ni la madre habían sido nunca muy comunicativos; en definitiva, oscuridad total.
Fue en ese momento cuando Cardinale, una vez más, tuvo una idea.
– Señor teniente, ¿probamos a entrar en el apartamento?
– ¿Entrar cómo, Cardinale? Ningún fiscal nos dará jamás una orden de registro. Por ahora no tenemos nada. Nada de nada. Sólo conjeturas sobre conjeturas. Y tal vez este tipo no tenga nada que ver con este asunto. ¿Qué le digo al fiscal?
– En realidad yo no pensaba en la orden de registro…
– ¿Y en qué pensaba? Vamos con una palanca, entramos a escondidas en el edificio, tal vez un vecino nos descubre, llama al 113 y acabamos detenidos.
Cardinale no hizo comentarios. Pellegrini parecía ocupado en observar la punta de sus zapatos. Martinelli estaba rígido, con la mirada ausente. El teniente los miró, uno por uno, con la cara de quien finalmente comprende lo que ocurre a su alrededor.
– Entonces es así. Queréis cometer un delito. Queréis forzar la puerta y…
– No es necesario forzar la puerta -dijo Cardinale-. Tengo un manojo de llaves que le sacamos a un ladronzuelo de pisos. -Después, casi como para justificarse-: Lo arrestamos al menos por diez golpes. Antes de que usted llegase a Bari, y creo que todavía está encerrado.
– ¿Me está diciendo que se apoderó de un manojo de ganzúas, evidentemente sin anotarlo en el sumario de la detención, o sea que lo ha robado y lo conserva para su uso personal?
Cardinale apretó los labios y permaneció en silencio.
Chiti iba a añadir alguna otra cosa, pero reflexionó. Tomó un cigarrillo, lo encendió y lo fumó entero. Los otros esperaban, el grupo estaba inmóvil. Al fin apagó el cigarrillo, lanzó un profundo suspiro de cansancio, apoyó la mejilla derecha sobre el puño con el codo sobre el escritorio. Los miró de nuevo uno por uno.
– Explicadme exactamente lo que queréis hacer.
5
Un día me encontré a mi hermana.
Vagabundeaba como de costumbre por las calles del centro, pasando revista a los escaparates de las lujosas tiendas de ropa donde me había provisto en los últimos meses.
Pensaba vagamente que debía hacer compras para el otoño y el invierno que se acercaban, pero entrar en las tiendas, hablar con los empleados, probarme la ropa, elegir, me parecía una actividad demasiado compleja y agotadora.
Cuando me crucé con Alessandra no la reconocí, o tal vez simplemente no la vi. Fue ella quien se detuvo ante mí, muy cerca, prácticamente cerrándome el camino.
– ¿Giorgio? -Debía de haber algo más que el hecho de que no la hubiese visto o reconocido que le dio aquel tono a su voz. Quizás algo que veía -o no veía- en mis ojos.
– Alessandra. -Mientras decía su nombre pensaba que no lo pronunciaba desde hacía un tiempo incalculable, perdido en las profundidades y en los misterios de la infancia.
Aparentaba mucho más de sus veintisiete años. Su rostro estaba marcado precozmente; tenía pequeñas arrugas en las comisuras de la boca, cerca de los ojos, en la frente. Enfocando su fisonomía noté que también tenía algunos cabellos blancos junto a las sienes.
– Giorgio, ¿cómo coño caminas? Pareces un drogadicto.
¿Cuánto hacía que no la veía? No conseguía acordarme; se me escapaba la última vez que había estado en casa y yo también estaba. Quería acordarme de si eso había ocurrido cuando yo ya había iniciado mi nueva vida. Pensé que no, debía de haberla visto antes de empezar a frecuentar a Francesco. Por lo tanto hacía por lo menos diez meses. Eso es, en Navidad había venido a casa y después no la había visto más. Qué extraño, pensé. Viene del pasado. Sale de la vida que existía antes que conociese a Francesco. Esa vida parecía -era- tan lejana. No habría sabido decir si sentía nostalgia u otra cosa. Era… lejana.