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El pasado es un país extranjero

Электронная книга - «El pasado es un país extranjero». Краткое содержание книги:

«El pasado es un país extranjero. Allí las cosas se hacen de otra manera». L. P. Hartley – El mensajero
Estudiante modelo, hijo de intelectuales burgueses, Giorgio tiene una vida tranquila, en la que parece que nunca pasara nada. Hasta que conoce a Francesco, un joven un poco mayor que Giorgio que pasa a representar todo a lo que éste aspira. Porque Francesco es atractivo y elegante, anda siempre rodeado de mujeres e irradia la irresistible fascinación de una persona con tratos con el misterioso mundo del delito. A partir de su encuentro con Francesco, la existencia de Giorgio cambiará para siempre. Su nuevo amigo lo iniciará en el universo del juego y de la trampa, del sexo y el lujo, de la miseria y de la ilegalidad. Al tiempo que Giorgio va pasando, casi sin darse cuenta, de la alta sociedad a las márgenes de la criminalidad, Chiti, un novato policía que acaba de llegar a Bari, debe enfrentarse a una seguidilla de violaciones cuyo culpable siempre consigue evadir la acción policial.
Galardonada con el prestigioso premio Bancarella y éxito instantáneo de público y crítica, El pasado es un país extranjero es una novela sobre las amistades peligrosas y sobre el doloroso paso de la juventud a la adultez, a la vez que un inquietante thriller psicológico sobre la iniciación al mal y a la vida.
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Cardinale encontró el interruptor de la luz.

La casa estaba en orden. Un orden meticuloso, obsesivo y carente de vida. Se detuvo unos instantes para pensar, para preguntarse cómo debía de haber sido aquella casa cuando estaba viva.

Si alguna vez lo había estado.

Luego se recobró, se puso él también guantes de goma y empezaron a buscar. Algo.

Había polvo de muchos días, sin señales visibles de manos o de algún otro movimiento. La casa debía de estar deshabitada desde hacía por lo menos un mes. Es decir, más o menos, desde que había muerto la madre. Resultaba evidente que él se había ido inmediatamente después. O inmediatamente antes, pensó Chiti sin una precisa razón.

Llegaron con rapidez al cuarto de él. En el resto del piso no había nada interesante. Objetos viejos, diarios viejos, utensilios viejos. Todo en un orden casi ritual y enfermizo.

Lo primero que le llamó la atención fue el póster de Jim Morrison, que colgaba torcido y con esa cara que miraba con ojos ausentes.

Luego las historietas de Tex, por centenares; y reconoció títulos y cubiertas que él también había leído de niño.

Buscaron en los cajones, debajo de la cama, en los estantes. Nada raro o sospechoso aparte de todas aquellas barajas de cartas de juego. Se preguntó si podrían tener una conexión con la investigación, con la violencia y todo lo demás. Siempre que aquel tipo y sus cartas tuvieran algo que ver con las violaciones y que el verdadero responsable no estuviese tranquilo, sin que nadie le molestara, en alguna parte, saboreando de antemano el próximo ataque en la cara de todos los carabinieri y policías del mundo.

– Señor teniente, mire esto.

Cardinale tenía en la mano una hoja escrita a máquina por las dos caras.

Contrato de alquiler temporal compartido.

En aquella hoja había una dirección.

Diez minutos después estaban en el coche. Volvieron al cuartel sin decir una palabra durante todo el trayecto. Mientras estaba sentado, con Pellegrini que conducía en silencio, con los otros dos atrás, también en silencio, el coche que se deslizaba por las calles desordenadas por los vehículos aparcados con las ruedas delanteras en la acera, por primera vez pensó que lo detendrían.

No fue un pensamiento articulado, y menos aún un razonamiento.

Simplemente pensó que lo detendrían.

7

Una decena de días después del encuentro con mi hermana, Francesco me telefoneó.

¿Qué había estado haciendo? ¿Por qué no me había dejado ver en todo ese tiempo? Joder, hacía por lo menos dos semanas que no nos veíamos. Era mucho más, pero no se lo dije. Como tampoco le dije que lo había buscado un montón de veces sin encontrarlo nunca y sin que él me llamase.

– Amigo mío, debemos vernos sin falta lo antes posible.

Nos encontramos a eso de las ocho, para tomar un aperitivo. Ahora hacía frío. Era noviembre. Dos o tres días antes, centenares de miles de alemanes del Este habían derribado el muro y habían pasado a la otra parte, mientras mi vida se arrastraba, carente de sentido.

Francesco estaba eufórico, con una oscura nota de fondo que no conseguí descifrar.

Me llevó a su bar preferido, desde donde se veía el mar incluso desde el interior del local. Ordenó dos negroni, sin siquiera preguntarme qué quería, y los bebimos en pequeños sorbos como si fuese naranjada, picoteando patatas fritas y pistachos. Ordenamos otros dos y encendimos los cigarrillos.

Qué había estado haciendo, me preguntó de nuevo. Qué había hecho él, respondí. Lo había buscado muchas veces. Había hablado con su madre. Y después, de pronto, no contestaba ni siquiera ella.

Permaneció un momento en silencio, entrecerrando los ojos. Como si se le hubiera ocurrido algo, un detalle que debía comentarme antes de continuar.

– Mi madre ha muerto -dijo entonces. No había ninguna entonación especial en su voz. Una comunicación neutra. Sentí que se me helaba la sangre. Traté de decir algo, busqué alguna palabra que decir o algún gesto que hacer. Lo siento. Lo siento mucho. ¿Cómo ocurrió? ¿Cuándo ocurrió? ¿Cómo estás?

No dije nada y no hice nada. No tuve tiempo. Fue él quien volvió a hablar después de apenas unos segundos.

– Ahora ya no vivo ahí.

– ¿Dónde vives?

– En un pequeño apartamento que había alquilado hace un tiempo.

Era la casa donde habíamos ido muchos meses atrás con aquellas dos. No recordaba haberme llevado. Sentí que me invadía una inquietud incontrolable, al límite del miedo.

– Tienes que venir. Esta noche quiero mostrarte cómo me instalé. Pero antes vayamos a cenar.

Con los negroni que se nos iban a las piernas y al cerebro, fuimos a una trattoria un poco triste donde nunca había estado. Comimos, pero sobre todo seguimos bebiendo. Vino y después grappa. Francesco hablaba de que debíamos volver a vernos. Debíamos volver a jugar a las cartas, pero ahora por todo lo alto. Debíamos ir fuera de Bari. Recorrer Italia y aun más lejos, a hacer dinero de verdad. No las monedas con las que habíamos desperdiciado nuestro tiempo y nuestro talento. Decía nuestro talento. Debíamos recomenzar desde donde lo habíamos interrumpido. Repitió eso varias veces. Aparentemente mirándome a los ojos. En realidad atravesándome con aquella mirada febril y perdida.

El apartamento era el mismo de la otra vez. Pero también estaba diferente. Había montones de ropa en el sofá e incluso por el suelo. También algunas cajas de cartón todavía cerradas. Olía mal. A humo y algo más. A una casa donde las ventanas permanecían cerradas. Un olor parecido al que había en la casa de la madre.

Bebimos otra grappa, directamente de una botella medio vacía, sin etiqueta, que Francesco fue a buscar al dormitorio. Hablaba más rápido que de costumbre y, si es que era posible, escuchaba aún menos. En realidad no escuchaba nada. Tenía los ojos desorbitados, la mirada fija en alguna parte. En otro lado. Tomó un viejo disco de vinilo y lo puso en el plato del costoso equipo estéreo. Lo reconocí desde las primeras notas. Exile on Main Street, Rolling Stones.

Yo estaba preparado antes de que él fuese de nuevo al dormitorio y volviese con una bolsita de plástico blanco.

Estaba preparado desde mucho antes.

– Me quedé un poco de aquella de España. Por lo que pudiera surgir.

Lo miré con una sonrisa demente mientras él hacía caer del envoltorio rayas de polvo blanco en la mesa lustrada. Hizo cuatro del mismo tamaño, idénticas, regulares.

Me recorrieron descargas de miedo y de deseo. Por un momento perdí la noción de todo lo que tenía alrededor -formas, sonidos, la concreción de los objetos-, y me vino la idea de que Francesco era homosexual y aquella noche había decidido revelarlo. Un par de buenas esnifadas de coca y después me la metería por detrás. En aquel instante la cosa me pareció casi normal; de todos modos ineluctable y decisiva. Una liberación, en cierto sentido.

Luego aquella idea se fue así como había llegado y mis sentidos empezaron a funcionar. Volví a distinguir la música y enfoqué la escena que tenía delante.

Francesco estaba enrollando un billete de cincuenta mil liras con una sola mano. Un gesto sencillísimo y airoso que parecía de magia.

Me dio aquella especie de tubito y lo tomé sin decir nada, pero después me quedé inmóvil, no sabiendo qué hacer. Hizo un breve ademán como diciendo: «Vamos, ¿qué esperas?» Pero no me moví. Entonces me quitó el billete, se tapó la fosa izquierda de la nariz, apoyó el tubito en la derecha, se inclinó hacia la mesa y con un rápido movimiento hizo desaparecer una de las rayas. Sacudió la cabeza con los labios apretados y los ojos entreabiertos. Enseguida repitió la secuencia del otro lado. Después me devolvió el utensilio.

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