El pasado es un país extranjero
- Автор: Карофильо Джанрико
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El pasado es un país extranjero». Краткое содержание книги:
Estudiante modelo, hijo de intelectuales burgueses, Giorgio tiene una vida tranquila, en la que parece que nunca pasara nada. Hasta que conoce a Francesco, un joven un poco mayor que Giorgio que pasa a representar todo a lo que éste aspira. Porque Francesco es atractivo y elegante, anda siempre rodeado de mujeres e irradia la irresistible fascinación de una persona con tratos con el misterioso mundo del delito. A partir de su encuentro con Francesco, la existencia de Giorgio cambiará para siempre. Su nuevo amigo lo iniciará en el universo del juego y de la trampa, del sexo y el lujo, de la miseria y de la ilegalidad. Al tiempo que Giorgio va pasando, casi sin darse cuenta, de la alta sociedad a las márgenes de la criminalidad, Chiti, un novato policía que acaba de llegar a Bari, debe enfrentarse a una seguidilla de violaciones cuyo culpable siempre consigue evadir la acción policial.
Galardonada con el prestigioso premio Bancarella y éxito instantáneo de público y crítica, El pasado es un país extranjero es una novela sobre las amistades peligrosas y sobre el doloroso paso de la juventud a la adultez, a la vez que un inquietante thriller psicológico sobre la iniciación al mal y a la vida.
– Te he dicho que lo siento. Me equivoqué. Tú eres mi amigo y yo quería hacer este viaje contigo, y no sólo para comprar esa mercancía. Si lo que estamos discutiendo es que de alguna manera te he engañado, está bien. Si me estás diciendo que ya no confías en mí, está bien lo mismo. Tal vez tampoco yo confiaría en ti, si fuera el caso. Si es así dímelo y terminemos la discusión.
Permanecimos en silencio. Tenía razón. Yo estaba furioso porque me había tomado por tonto. También me sacaba de mis casillas que él hubiese tomado una decisión semejante, prácticamente dando por descontado que me convencería llegado el momento. Pero el hecho de que lo hubiera dicho tan directa y explícitamente me desarmó. El silencio se prolongó tanto que empecé a pensar en otras cosas. Que me apetecía un café. Que tenía que pensar en controlar el aceite y la presión de los neumáticos antes de partir.
Que tenía ganas de fumarme un cigarrillo y lo encendí enseguida. Francesco tomó mi cajetilla y sacó uno para él.
– No hay nada de malo. Y tampoco hay ningún riesgo.
– Esto es lo mejor de todo. No hay ningún riesgo. Sólo debemos cruzar España, Francia y toda Italia con un hermoso kilo de cocaína pura en el coche. Sólo debemos pasar dos fronteras con aduaneros, gendarmes, carabinieri y quién sabe qué más. Ningún riesgo. -Creía tener un tono burlón. En realidad, simplemente había mordido el anzuelo.
– Es sencillo. Vamos, mejor dicho voy yo en vista de que aquel imbécil juega a representar el papel del gran criminal, a buscar la mercancía. La empaquetamos como es debido y la enviamos a Bari. La enviamos a un apartado postal seguro, al regresar hacemos la entrega, cogemos el dinero y lo dividimos.
– ¿Por qué tendríamos que dividir si el dinero para comprarla lo pusiste todo tú?
– Dividiremos los riesgos. Si ocurre algo en la expedición, si, hipótesis remota, debiéramos perderla, somos socios para todos los imprevistos. Si perdemos la mercancía tú me das tu parte, o sea veinte millones. Si todo va bien, como es casi seguro, de lo que nos saquemos deduciremos mis cuarenta y dividiremos la ganancia. Exactamente a medias, como de costumbre.
– ¿Y si nos pescan cuando estamos yendo a enviar el paquete?
– ¿Y si se nos cae una cornisa en la cabeza mientras paseamos por via Sparano en una tranquila tarde de primavera? Vamos, ¿por qué tendrían que pillarnos?
Cierto, ¿por qué tendrían que pillarnos? Y en efecto, ¿a quién hacíamos mal, si las cosas eran como había dicho él? Un solitario, rico comprador que quería tener su provisión y, en el fondo, eran sólo asuntos suyos. Prendí otro cigarrillo con la colilla del anterior, Francesco me apretó el brazo a la altura del hombro y me sacudió en señal de aprobación.
A partir de aquel momento hablamos de los detalles logísticos. La cocaína venía de Venezuela. Francesco dijo que era mejor que la colombiana. La pondríamos en una caja de zapatos y la espolvorearíamos bien con café. Aprendí que así se confunde el olfato de los perros, por si acaso. Haríamos el paquete con mucho papel de embalaje y cinta adhesiva y lo expediríamos. Fácil, inocuo, limpio.
En aquel momento tuve la certeza de que para Francesco no era la primera vez.
27
Salimos juntos al caer el sol. El calor opresivo apenas había disminuido. Francesco llevaba su macuto y dentro había cuarenta millones en billetes de cien y de cincuenta. Hicimos juntos un trecho del camino y después nos separamos. Me dijo que volveríamos a vernos en el hotel, esa noche o a la mañana siguiente.
Con seguridad a la mañana siguiente, pensé mientras él desaparecía en alguna parte entre las casas y la oscuridad que llegaba rápida.
Me fui al parque del río Turia. Me gustaba la idea de pasear entre las plantas y el verde, donde antes, quién sabe cuándo, habían estado el río, el agua, las barcas. Otro mundo.
Muchos años después experimentaría una sensación similar, pero mucho más fuerte, en el Mont Saint-Michel, caminando sobre la arena húmeda, entre los charcos de la marea baja. Escudriñaba la lejanía para tratar de ver el mar. Me imaginaba que llegaría de improviso. Me imaginaba esa ola que se formaba en el horizonte. Una espuma grandiosa, que se confundía con el cielo y las nubes, también grandiosos. Todos huían, pero yo permanecía allí, entre la arena y el cielo, con el monte y la fortaleza a mi derecha.
Mirando cómo llegaba la ola.
Pasé horas caminando por aquellos jardines. Observaba a la gente -jóvenes, familias con niños-, que disfrutaban del fresco y, extrañamente, tenía una sensación de infancia, de melancolía dulce, de vacaciones. Me había olvidado de Francesco, de la cocaína, de lo ocurrido en los días y los meses anteriores. Todo estaba muy, muy lejano. Era una languidez dulce. Semejante a la del comienzo del verano en los tiempos de la escuela secundaria. Todo era posible entonces, y el mundo era un jardín encantado, luminoso y, al mismo tiempo, rico de sombras frescas y acogedoras. Pleno de benignos secretos por descubrir.
¿Y quién sabe por qué motivo reviví con tanta intensidad las sensaciones de mi tranquila infancia, aquella noche de agosto en un lugar desconocido de España? Como una isla en medio de todo aquello que estaba sucediendo.
Comí un poco, bebí un par de cervezas, fumé cigarrillos y después me tendí en el césped, con las manos detrás de la cabeza. Miraba el cielo, tratando de descifrar las constelaciones. Como siempre, la única que logré reconocer fue la Osa Mayor.
Sin darme cuenta, me adormecí.
28
Al día siguiente hicimos el equipaje, pagamos el hotel y fuimos a buscar el coche al aparcamiento. En el asiento posterior estaba la mochila de Francesco. La misma que tenía cuando salió la noche anterior, con el dinero en su interior. Ahora contenía la droga.
Yo conducía siguiendo las indicaciones de Francesco. Íbamos al edificio central de correos, desde donde enviaríamos el paquete y después partiríamos con tranquilidad.
Facilísimo y limpio. Pero yo me moría de miedo.
Iba conduciendo, pero me parecía tener ojos en la nuca. Ojos que no conseguían apartarse de aquel pequeño equipaje que tendría dentro una decena de años de cárcel si algo de aquel asunto fácil y limpio anduviera mal. Me moría de miedo y Francesco estaba de buen humor. Bromeaba, decía que habían bastado cuatro días -¿nos habíamos quedado sólo cuatro días?- para estar hasta los huevos de Valencia. Que la próxima vez tendríamos unas vacaciones de verdad. Etcétera. Yo me moría de miedo.
Llegamos ante un gran edificio que debía de ser el de correos. Era grande y feo, pero no recuerdo nada más. Pasamos lentamente con el coche frente a la entrada principal. Francesco me dijo que diera la vuelta a la manzana y, cuando estuvimos en la fachada posterior, me hizo frenar.
Sacó un paquete marrón con forma de caja de zapatos, todo envuelto en papel de embalaje y cerrado con cinta de color marrón claro. Con rotulador negro había escrito la dirección de un apartado postal de Bari.
Francesco me tendió el paquete.
– Ahora vas, te pones en la fila y lo envías, obviamente poniendo un nombre falso para el remitente. Yo te espero aquí, en el coche. En cuanto vuelvas nos vamos y que se vayan a la mierda esta ciudad y su asqueroso calor.
Vas.
Había dicho: vas. Él me esperaría en el coche.
¿Y si me pillan? ¿Y si me encontrara con policías, si yo les levantara sospechas, si me hicieran abrir el paquete? Etcétera, etcétera. ¿Él qué haría? ¿Qué haría yo?
Me asaltó un terror ciego, un verdadero pánico. Una sola vez había sentido un terror semejante en mi vida. Tenía tres o cuatro años, mi madre me había llevado a un parque y yo me había perdido. No recuerdo nada de aquella tarde de primavera aparte del miedo absoluto, de la pérdida total del sentido de la orientación, mis sollozos desesperados que continuaron mucho tiempo después de que mi madre me encontrara.