El pasado es un país extranjero
- Автор: Карофильо Джанрико
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El pasado es un país extranjero». Краткое содержание книги:
Estudiante modelo, hijo de intelectuales burgueses, Giorgio tiene una vida tranquila, en la que parece que nunca pasara nada. Hasta que conoce a Francesco, un joven un poco mayor que Giorgio que pasa a representar todo a lo que éste aspira. Porque Francesco es atractivo y elegante, anda siempre rodeado de mujeres e irradia la irresistible fascinación de una persona con tratos con el misterioso mundo del delito. A partir de su encuentro con Francesco, la existencia de Giorgio cambiará para siempre. Su nuevo amigo lo iniciará en el universo del juego y de la trampa, del sexo y el lujo, de la miseria y de la ilegalidad. Al tiempo que Giorgio va pasando, casi sin darse cuenta, de la alta sociedad a las márgenes de la criminalidad, Chiti, un novato policía que acaba de llegar a Bari, debe enfrentarse a una seguidilla de violaciones cuyo culpable siempre consigue evadir la acción policial.
Galardonada con el prestigioso premio Bancarella y éxito instantáneo de público y crítica, El pasado es un país extranjero es una novela sobre las amistades peligrosas y sobre el doloroso paso de la juventud a la adultez, a la vez que un inquietante thriller psicológico sobre la iniciación al mal y a la vida.
Todas habían dicho que las habían arrastrado hacia el pasillo de un edificio cercano. Aunque eso no excluía que actuaran en pareja. Al contrario, pensándolo bien, la hipótesis de los dos agresores hacía más aceptable aquel pasaje de la acción.
Tuvo una punzada lancinante entre la sien, la frente y el ojo. Intentó aún reordenar sus ideas. ¿Qué habían dicho las jóvenes, específicamente, sobre el momento de la violencia sexual? ¿Había algo que permitía excluir de modo categórico que los agresores fueran dos? No se lo parecía, pero la cabeza le dolía cada vez más y en su pantalla mental se agigantaba cada vez más la cara del dibujo.
Las caras del dibujo.
La voz de Pellegrini, aunque habló en voz baja, le hizo el efecto de una pedrada que rompiera un cristal o un espejo.
– Señor teniente, debemos ir. Ya están a tres manzanas. Si seguimos esperando corremos el riesgo de perderlos.
Chiti tuvo una especie de sobresalto, como de alguien a quien sacuden justo en el momento en que está a punto de dormirse. Se puso en movimiento sin decir nada, mirando las dos figuras ya muy lejanas. Demasiado, tal vez.
– Yo los sigo. Tú encárgate de que venga enseguida a la zona otro par de coches. Vehículos nuestros, no de la brigada radiomóvil. Indícales exactamente el aspecto de los dos chicos, descríbelos con precisión, diles que deben explorar la zona. Si los encuentran sólo deben vigilarlos, sin detenerlos ni dejarse ver. Y que nos llamen enseguida. Cuando termines reúnete conmigo.
Partió sin esperar la respuesta, con la cabeza siempre latiéndole. En aquel momento Francesco y Giorgio doblaron una esquina, doscientos metros más adelante. Se apresuró mientras oía la voz de Pellegrini en la radio, sin distinguir las palabras. Luego comenzó a correr. A algunos metros de la esquina aminoró de nuevo y cruzó la calle con tranquilidad, como quien anda cavilando sus propios asuntos. Miró hacia la derecha, donde los dos habían doblado.
La calle estaba desierta, aparte de los vehículos aparcados sobre la acera.
10
Ella caminaba rápido, y nosotros íbamos detrás, rápido. Pronto comencé a sentir el cansancio. Creo que el efecto de la cocaína y del alcohol empezaba a esfumarse. Tenía una sensación de opresión en el pecho y respiraba con dificultad. Veía borroso.
Francesco dijo que la chica se disponía a doblar por la calle Trevisani.
Inmediatamente después pasaría ante el portal de un edificio deshabitado y en estado ruinoso. Había que interceptarla ante ese portal y arrastrarla dentro. Él la sujetaría. Yo sólo debía seguirlo.
Cuando la chica se acercó a la esquina nosotros aceleramos.
Él aceleró, y yo fui detrás.
En mi cabeza resonaba la frase: «¿Qué estás haciendo? ¿Qué estás haciendo? ¿Qué estás haciendo?» Y mientras resonaba -y literalmente rebotaba como un objeto físico- entre las paredes de mi cráneo, advertía una sensación de fatalidad. Ése es mi destino. Dentro de poco todo estaría definitivamente hecho pedazos. Todo a la mierda, y yo no podía hacer nada.
Mientras todavía continuaban aquellos rebotes en mi cabeza, Francesco aceleró el paso y alcanzó a la chica justo a la altura del portal.
Le dio un puñetazo directo y fuerte en la cabeza, por la espalda. A la chica se le doblaron las piernas, se estaba cayendo sin emitir ningún sonido. Francesco la atrapó casi al vuelo, le puso una mano en la boca y con el otro brazo la sujetó por la mitad del pecho. La arrastró hacia el zaguán diciéndole algo con voz sibilante y aterradora. Lo seguí como en una pesadilla.
En la entrada había puntales de una pared a otra. El edificio era inseguro y me di cuenta de haber visto, un instante antes de entrar, un cartel con alguna prohibición. Una señal de peligro.
La arrastró hacia el fondo. Estaba oscuro y olía a gato. Apestaba. Ella sollozaba.
– Si dices una palabra te mato a golpes. -Luego le soltó la cabeza y la boca. Le dio dos bofetadas muy fuertes y un rodillazo en el costado. Siempre por detrás.
– Arrodíllate, zorra. Y ten los ojos bajos. Si intentas mirarnos te mato. -La voz de Francesco era irreconocible y, al mismo tiempo, familiar.
– Francesco, basta. Déjalo ya -oí mi voz. Había salido sola.
La acción se detuvo por un instante. Luego Francesco golpeó muchas veces a la chica, con puñetazos en el costado, uno detrás de otro. Con menos precisión que antes, sin embargo. Menos calma.
Se volvió, vino hacia mí, y sólo en aquel momento me di cuenta de que había dicho su nombre y que, seguramente, ella lo había oído.
Me dio un puñetazo en un ojo. Me pareció que me lo había hecho estallar dentro de la cabeza. Dentro de mi órbita ciega se alargaron círculos concéntricos hasta alcanzar todo el mundo a mi alrededor. La cabeza se me llenó de un ruido ensordecedor mientras me daba una patada en la ingle. Me doblé y él me asestó un rodillazo en la cara. Sentí que el golpe me desgarraba la mejilla contra las muelas. El gusto amargo de la sangre en la boca y enseguida un borbotón de vómito.
Tal vez perdí el conocimiento por algunos segundos.
El resto son fragmentos. La película de un loco tomada con una vieja cámara superocho.
Francesco está de nuevo junto a la chica y le dice algo. Otro se acerca tambaleando. Ese otro soy yo y la toma es desde arriba. Desde algún punto impreciso del techo de aquel portal, entre los puntales de madera fétida y revoque podrido. Se agarran uno al otro y hay un olor acre. Golpes como en un sueño, mis manos que buscan su garganta, sus manos que buscan la mía, el cuerpo de la joven debajo de nosotros, que luchamos. Ya no hay nada de humano en lo que está ocurriendo. Un mordisco, su carne que se desgarra. Un alarido bestial.
Después gritos de otros. Francesco se aparta de mí e intenta escapar. Luz azul intermitente. El corredor de pronto está lleno de gente.
Luego estoy en el suelo, con una rodilla en la espalda y una cosa de hierro, fría, clavada entre la mandíbula y la oreja. Alguien me tuerce un brazo detrás de la espalda, luego el otro, al fin un chasquido metálico. Me arrastran fuera, me meten en un coche, ruedas que giran, frenos, maniobra, acelera.
Partida.
11
Los carabinieri empezaron a golpearme en el coche mientras me llevaban al cuartel. Estaba en el asiento trasero, con las manos esposadas a la espalda, en medio de dos tipos que apestaban a humo y a sudor. El coche corría como un relámpago por la ciudad, sin siquiera aminorar en las esquinas, y aquellos dos me daban puñetazos y codazos, en la cabeza y en la barriga. Con calma y método. Me dijeron que era sólo un anticipo. En el cuartel me arrancarían las pelotas de verdad. Yo no decía nada. Recibía los golpes en silencio, aparte de algún gemido. Era extraño. Escuchaba el ruido de los golpes. Sordo y sin respiración por los que recibía en la barriga. Una especie de toc amplificado cuando llegaban los nudillos o los codos a la cabeza.
No decía nada porque estaba convencido de que no me creerían. Tenía miedo. Un miedo tremendo.
Cuando llegamos al cuartel cumplieron su palabra. Me llevaron a una habitación semivacía. Había sólo un escritorio y algunas sillas. Una ventana con rejas. Un espejo carente de sentido. Me hicieron sentar en una vieja silla con ruedas, siempre con las manos esposadas en la espalda.
Y me arrancaron las pelotas, como habían prometido.
Me pegaron con las manos; con los pies; con las páginas amarillas dobladas por la mitad; en la oreja con una vara de esas blancas y rojas que se usan para dirigir el tráfico.
Cada tanto alguno salía y entraba algún otro. Al recordarlo casi me parece que se alternaban en turnos regulares. Casi todos iban de paisano, pero alguno también de uniforme. Uno de los de uniforme me golpeó con el cinturón y me cortó con la hebilla.
Decían que era mejor que lo confesara todo. Querían decir todas las otras violaciones a todas las otras mujeres. Mejor que lo hiciera, porque si no hablaba me matarían a golpes y luego escribirían que me había resistido al arresto. Uno dijo que me meterían un embudo en la boca y me harían tragar una garrafa de agua salada. Entonces, seguro, me vendrían las ganas de hablar.