Santa Evita
- Автор: Martinez Tomas Eloy
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Santa Evita». Краткое содержание книги:
– ¿Cuáles son las órdenes? Yo me encargo de que se cumplan.
– En cualquier momento habrá un motín en las fábricas -explicó un general obeso-. Sabemos que los cabecillas quieren entrar en la CGT y llevarse a la mujer. Quieren pasearla por las ciudades. La van a poner en la proa de un barco lleno de flores y bajar con Ella por el río Paraná para sublevar a los pueblos de las orillas.
El Coronel imaginó la procesión infinita y los bombos redoblando junto al río. Las antorchas torvas. Las flotas de flores. El vicepresidente se incorporó.
– Muerta -dijo-, esa mujer es todavía más peligrosa que cuando estaba viva. El tirano lo sabía y por eso la dejó aquí, para que nos enferme a todos. En cualquier tugurio aparecen fotos de ella. Los ignorantes la veneran como a una santa. Creen que puede resucitar el día menos pensado y convertir a la Argentina en una dictadura de mendigos.
– ¿Cómo, si es tan sólo un cadáver? -atinó a preguntar el Coronel.
El presidente parecía harto de todas esas alucinaciones; quería irse a dormir.
– Cada vez que en este país hay un cadáver de por medio, la historia se vuelve loca. Ocúpese de esa mujer, coronel.
– No he comprendido bien, mi general. ¿Qué significa ocuparme? En circunstancias normales, sabría qué hacer. Pero esa mujer ya está muerta.
El vicepresidente le dedicó una sonrisa de hielo:
– Desaparézcala -dijo. Acábela. Conviértala en una muerta como cualquier otra.
El Coronel pasó la noche en vela, trenzando algunos planes y deshaciéndolos en seguida por inútiles. Apoderarse de la mujer era fácil. Lo difícil era encontrarle un destino. Aunque los cuerpos que mueren dejan su destino muy atrás, el de la mujer aún estaba incompleto. Necesitaba un destino último, pero para llegar a él había que atravesar quién sabe cuántos otros.
Una y otra vez revisó los informes sobre los trabajos de conservación, que no habían cesado desde la noche de la muerte. El relato del embalsamador era entusiasta. Aseguraba que luego de las inyecciones y de los fijadores, la piel de Evita se había tornado tensa y joven, como a los veinte años. Por las arterias fluía una corriente de formaldehído, parafina y cloruro de zinc. Todo el cuerpo exhalaba un suave aroma de almendras y lavanda. El Coronel no pudo apartar los ojos de las fotos que retrataban a una criatura etérea y marfilina, con una belleza que hacía olvidar todas las otras felicidades del universo. La propia madre, doña Juana Ibarguren, se había desmayado durante una de las visitas al creer que la oía respirar. Dos veces el viudo la había besado en los labios para romper un encantamiento que tal vez fuera el de la Bella Durmiente. De las transparencias del cuerpo brotaba una luz liquida, inmune a las humedades, a las tormentas, y a las desolaciones del hielo y del calor. Estaba tan bien conservada que hasta se veía el dibujo de los vasos sanguíneos bajo el cutis de porcelana y un rosado indeleble en la aureola de los pezones.
A medida que avanzaba en la lectura, al Coronel se le secaba la garganta. Seria mejor quemarla, pensó. Con los tejidos rebosantes de químicos, volará en cuanto le acerque un fósforo. Se incendiará como una puesta de sol. Pero el presidente había prohibido que la quemaran. Todo cuerpo cristiano debe ser enterrado en un cementerio cristiano, le había dicho. Aunque esa mujer ha vivido una vida impura, murió confesada y en gracia de Dios. Lo mejor, entonces, seria cubrirla con cemento fresco y fondearla en un lugar secreto del río, como deseaba el vicepresidente.
Quién sabe, reflexionó el Coronel. Vaya a saber qué ocultos poderes tienen esos químicos. Tal vez al contacto con el agua entren en efervescencia, y la mujer aparezca flotando, más vigorosa que nunca.
Lo consumía la impaciencia. Antes de que amaneciera, llamó al embalsamador y le exigió un encuentro.
– ¿En un café o en mi casa?, -preguntó el médico, aún enredado en las neblinas del sueño.
– Necesito examinar el cuerpo, -le dijo el Coronel-. Voy a ir adonde usted la tiene.
– Imposible, señor. Es peligroso verla. Las sustancias del cuerpo no se han calmado. Son tóxicas, irrespirables.
El Coronel lo interrumpió, tajante:
– Salgo para ahí ahora mismo.
Siempre había existido el temor de que algún fanático se apoderara de Evita. El triunfo del golpe militar daba también alas a los que deseaban verla cremada o profanada.
En la CGT nadie dormía tranquilo. Dos sargentos que habían sobrevivido a las purgas de peronistas en el ejército se turnaban en la custodia del segundo piso. A veces, el embalsamador dejaba entrar a funcionarios de las misiones diplomáticas, con la esperanza de que pusieran el grito en el cielo si los militares destruían el cadáver. Pero lo que les arrancaba no eran promesas de solidaridad sino balbuceos incrédulos. Los visitantes, que llegaban preparados para observar una maravilla científica, se retiraban convencidos de que en verdad les habían mostrado un acto de magia. Evita estaba en el centro de una enorme sala tapizada de negro. Yacía sobre una losa de cristal, suspendida del techo por cuerdas transparentes, para dar la impresión de que levitaba en un éxtasis perpetuo. A un lado y otro de la puerta colgaban las cintas moradas de las coronas funerarias, con sus leyendas aún intactas:»Volvé Evita amor mío. Tu hermano Juan»;»Eterna Evita en el corazón del pueblo. Tu Madre desconsolada». Ante el prodigio del cuerpo flotando en el aire puro, los visitantes caían de rodillas y se levantaban mareados.
La imagen era tan dominante, tan inolvidable, que el sentido común de las personas terminaba por moverse de lugar. Qué sucedía no se sabe. Les cambiaba la forma del mundo. El embalsamador, por ejemplo, ya no vivía sino para ella. Se presentaba todas las mañanas a las ocho en punto en el laboratorio de la Confederación General del Trabajo, con trajes de casimir azul y un sombrero de alas rígidas orlado por una gran banda negra. Al entrar en el segundo piso se quitaba el sombrero, dejando al descubierto una calva lustrosa y unos aladares de pelo gris, aplastados por la gomina. Se enfundaba el delantal, y durante diez a quince minutos examinaba las fotos y radiografías que registraban las ínfimas mudanzas cotidianas del cadáver.
En una de sus notas de trabajo se lee:»Agosto 15, 1954. Perdí toda idea del tiempo. He pasado la tarde velando a la Señora y hablándole. Fue como asomarme a un balcón donde ya no hay nada. Y sin embargo, no puede ser. Hay algo allí, hay algo. Tengo que descubrir la manera de verlo».
¿Alguien quizá supone que el doctor Ara trataba de ver los soles de lo absoluto, la lengua del paraíso terrenal, el orgasmo vía lácteo de la inmaculada concepción? Qué va. Todas las referencias sobre él confirman su sensatez, su falta de imaginación, su piedad religiosa. Era insospechable de inclinaciones ocultistas y parapsicológicas. Ciertos apuntes del Coronel -de los que tengo copia- dan acaso en la tecla: lo que le interesaba al embalsamador era saber si el cáncer seguía extendiéndose por el cuerpo aun después de haberlo purificado. Las fronteras de su curiosidad eran pobres pero científicas. Estudiaba los movimientos sutiles de las articulaciones, los desvíos en el color de los cartílagos y glándulas, los tules de los nervios y de los músculos en busca de algún estigma. No quedaba ninguno. Lo que estaba marchito se había borrado. En los tejidos sólo respiraba la muerte.
Quien lea las memorias póstumas del doctor Pedro Ara (El caso Eva Perón, CVS Ediciones, Madrid, 1974), advertirá sin dificultad que le había echado el ojo a Evita mucho antes de que muriera. Una y otra vez se queja de los que piensan eso. Pero sólo un historiador convencional toma al pie de la letra lo que le dicen sus fuentes. Véase por ejemplo el primer capítulo. Se titula “¿La fuerza del Destino?” y su tono, como lo permite adivinar esa pregunta retórica, es de humildad y duda. Jamás se le hubiera pasado por la cabeza la idea de embalsamar a Evita, escribe; más de una vez alejó a los que venían a pedírselo, pero contra el Destino, Dios, ¿qué puede hacer un pobre anatomista? Es verdad, insinúa, que tal vez nadie estaba tan bien preparado como él para la empresa. Era académico de número y profesor distinguido. Su obra maestra -una cordobesa de dieciocho años que yacía inmovilizada en un paso de danza- dejaba con la boca abierta a los expertos. Pero embalsamar a Evita era como saltar el firmamento. ¿Me han elegido a mí? ¿Por cuáles méritos?, se pregunta en las memorias. Ya había dicho que no cuando le suplicaron que examinara el cadáver de Lenin en Moscú. ¿Por qué diría que sí esta vez? Por el Destino con mayúsculas.
Eso: el Destino. ¿Quién será tan fatuo y vanidoso que crea poder elegir?, suspira en el primer capítulo. ¿Por qué, tras tantos siglos de desgaste, la idea del Destino sigue en auge?.
Ara conoció a Evita en octubre de 1949, no socialmente, como advierte, sino a la sombra de su marido, en una de las concentraciones populares que la excitaban tanto. había acudido a la casa de gobierno como emisario del embajador de España y en una antesala esperaba el fin de los discursos y el ritual de los saludos. Una marea de aduladores lo arrastró al balcón donde Evita y Perón, con los brazos en alto, eran llevados y traídos por el viento de éxtasis que brotaba de la muchedumbre. Quedó un momento a espaldas de la Señora, tan cerca que pudo apreciar la danza vascular de su cuello: el alboroto y la sofocación de las anemias.