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Электронная книга - «Santa Evita». Краткое содержание книги:

Diosa, reina, se?ora, madre, benefactora, ?rbitro de la moda y modelo nacional de comportamiento. Santa Evita para unos y para otros una analfabeta resentida, trepadora, loca y ordinaria, presidenta de una dictadura de mendigos.
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Alguna vez le habían dicho que no era el cuerpo lo que se enfermaba sino el ser entero. Si el ser lograba recuperarse (y nada costaba tanto, porque para curarlo era preciso verlo), lo demás era cuestión de tiempo y fuerza de voluntad. Pero su ser estaba sano. Nunca, tal vez, había estado mejor.

Le dolía desplazarse en la cama de un lado a otro pero, apenas apartaba las sábanas, salir era fácil. Hizo la prueba y enseguida estuvo de pie. En los sillones de alrededor dormían las enfermeras, su madre y uno de los médicos. ¡Cómo le hubiera gustado que la vieran! Pero no los despertó, por miedo a que la obligaran entre todos a acostarse otra vez. Caminó en puntas de pie hacia las ventanas que daban al jardín y a las que nunca tenía ocasión de asomarse. Vio la hiedra desplumada del muro, la cresta de los jacarandas y las magnolias en la pendiente del jardín, el vasto balcón vacío, las cenizas del pasto; vio la vereda, el arco suave de la avenida que ahora se llamaba del Libertador, las hebras de humedad en la penumbra, como si acabaran de salir de un cine. Y de pronto le llegó el hervor de las voces. ¿O no eran voces? Algo había en el aire que se alzaba y caía como si la luz esquivara obstáculos o la oscuridad fuera un pliegue sin fin, un tobogán hacia ninguna parte. Hubo un momento en que le pareció oír las sílabas de su nombre, pero separadas entre sí por silencios furtivos: Eee vii taa. La claridad iba alzándose en el este, desde las honduras del río, mientras la lluvia se desvestía de sus vahos grises y resucitaba con una luz de diamante. La vereda estaba sembrada de paraguas, mantillas, ponchos, destellos de velas, crucifijos de procesión y banderas argentinas. ¿Qué día es hoy?, se dijo, o tal vez se dijo. ¿Para qué las banderas? Hoy es sábado, leyó en el almanaque de la pared. Sábado de ninguna parte. Es veintiséis del sábado de julio de mil novecientos cincuenta y dos. No es día del himno ni de Manuel Belgrano ni de la virgen de Luján ni de ninguna santísima fiesta peronista. Pero ahí están los grasitas yendo de un lado a otro, como almas en pena. La que reza de rodillas es doña Elisa Tejedor, con el mismo pañuelo de luto en la cabeza que tenía cuando me pidió el carro lechero y los dos caballos que le robaron al marido la mañana de Navidad; el que se está arrimando a las vallas de la policía, con el sombrero ladeado, es Vicente Tagliatti, al que le conseguí trabajo de medio oficial pintor; aquellos que prenden velas son los hijos de doña Dionisia Rebollini, que me pidió una casa en Lugano y se murió antes de que pudiera entregársela en Mataderos. ¿Don Luis Lejía, por qué llora? ¿Por qué se abrazan todos, por qué levantan los brazos al cielo, injurian a la lluvia, se desesperan? ¿Dicen lo que oigo: Eee vii taa, no te vayás a ir? Yo no me pienso ir, queridos descamisados, mis grasitas, vayansé a descansar, tengan paciencia. Si pudieran verme se quedarían tranquilos. Pero no puedo dejar que me vean así, con esta traza, esta flacura. Se han acostumbrado a que me les aparezca más imponente, con vestidos de gala, y cómo voy a desencantarlos tan desollada como estoy, con la alegría tan consumida y el espíritu tan a la miseria.

Podría grabarles un mensaje por radio y decirles adiós a su manera, encomendándoles al marido como siempre hacia, pero aún le quedaba la mañana entera para enderezar la voz, ordenar que instalaran los micrófonos y tener un pañuelo a mano por si los sentimientos se le desbocaban como la última vez. La mañana entera, pero también la tarde, y el día siguiente, y el horizonte de todos los días que le faltaban para morir. Otra ráfaga de debilidad la devolvió a la cama, el cuerpo apagó la luz y la felicidad de su ligereza la llenó de sueño, pasó de un sueño al otro y a otro más, durmió como si nunca hubiera dormido.

¿Serían tal vez las nueve, las nueve y cuarto de la noche? El coronel Carlos Eugenio de Moori Koenig dictaba en la Escuela de Inteligencia del ejército su segunda clase sobre la naturaleza del secreto y el uso del rumor. «El rumor., estaba diciendo, es la precaución que toman los hechos antes de convertirse en verdad…» Había citado los trabajos de William Stanton sobre la estructura de las logias chinas y las lecciones del filósofo bohemio Fritz Mauthner sobre la insuficiencia del lenguaje para abarcar la complejidad del mundo real. Pero su atención estaba puesta ahora sobre el rumor. «Todo rumor es inocente por principio, así como toda verdad es culpable, porque no se deja contaminar, no se puede llevar de boca en boca». Revisó sus notas en busca de una cita de Edmund Burke, pero en ese momento lo interrumpió uno de los oficiales de la guardia para informarle que la esposa del presidente de la república acababa de morir. El Coronel recogió sus carpetas y, mientras salía del aula, dijo en alemán: «Gracias a Dios que todo ha terminado».

En los últimos dos años, el Coronel había espiado a Evita por orden de un general de Inteligencia que invocaba, a su vez, órdenes de Perón. Su extravagante deber consistía en elevar partes diarios sobre las hemorragias vaginales que atormentaban a la Primera Dama, de las que el presidente debía estar mejor enterado que nadie. Pero así eran las cosas en aquella época: todos desconfiaban de todos. Una asidua pesadilla de las clases medias era la horda de bárbaros que descendería de la oscuridad para quitarles casas, empleos y ahorros, tal como Julio Cortázar lo imaginó en su cuento «Casa tomada». Evita, en cambio, veía la realidad al revés: la afligían los oligarcas y vendepatria que pretendían aplastar con su bota al pueblo descamisado (ella hablaba así: en sus discursos tocaba todas las alturas del énfasis) y pedía ayuda a las masas para «sacar a los traidores de sus guaridas asquerosas». Como exorcismo contra las estampidas de los pobres, en los salones de la clase alta se leían las sentencias civilizadas de Una hoja en la Tormenta, de Lin Yutang, las lecciones sobre placer y moralidad de Georges Santayana y los epigramas de los personajes de Aldous Huxley. Evita no leía, por supuesto. Cuando necesitaba salir de algún apuro, citaba a Plutarco o a Carlyle, por recomendación de su marido. Prefería confiar en la sabiduría infusa. Estaba muy ocupada. Recibía entre quince y veinte delegaciones gremiales por la mañana, visitaba un par de hospitales y alguna fábrica por la tarde, inauguraba tramos de caminos, puentes y casas de ayuda maternal, viajaba dos o tres veces por mes a las provincias, pronunciaba cada día entre cinco y seis discursos, arengas breves, estribillos de combate: pregonaba su amor por Perón hasta seis veces en una misma frase, llevando los tonos cada vez más lejos y regresándolos luego al punto de partida como en una fuga de Bach: «Mis ideales fijos son Perón y mi pueblo»; «Alzo mi bandera por la causa de Perón»; «Nunca terminaré de agradecer a Perón por lo que soy y por lo que tengo»; «Mi vida no es mía sino de Perón y de mi pueblo, que son mis ideales fijos». Era abrumador y extenuante.

El Coronel no desdeñaba ningún trabajo de espionaje, y para vigilar a Evita sirvió algún tiempo en la corte de sus edecanes. El poder es sólo un tejido de datos, se repetía, y vaya a saber cuál de todos los que recojo me servirá un día para fines más altos.

Escribía partes tan minuciosos como impropios de su rango:

«La Señora pierde mucha sangre pero no quiere que llamen a los médicos // Se encierra en el baño de su despacho y se cambia discretamente los algodones /// Pierde sangre a chorros. Imposible discernir cuándo se trata de la enfermedad y cuándo de la menstruación. Se queja, pero nunca en público. Las asistentas la oyen quejarse dentro del baño y le ofrecen ayuda, pero Ella no quiere /// Cálculo de las pérdidas, agosto 19, 1951: cinco centímetros cúbicos y tres cuartos. /// Cálculo de las pérdidas, septiembre 23, 1951: nueve centímetros cúbicos y siete décimas.»

Tantas precisiones eran indicio de que el Coronel interrogaba a las enfermeras, husmeaba en los tachos de basura, desmadejaba las vendas inservibles. Tal como él mismo solía decir, estaba haciendo honor a su apellido de origen, que era Moori Koenig: rey de la ciénaga.

El más extenso de sus partes data de septiembre 22. Esa tarde, un oficial de la embajada norteamericana le canjeó informaciones médicas confidenciales por un inventario completo de las hemorragias, lo que permitió al Coronel elaborar un documento de lenguaje más riguroso. Escribió:

«Al descubrirse una lesión ulcerada en el cuello uterino de la señora de Perón, se practicó una biopsia y se diagnosticó carcinoma endofílico, por lo cual como primera medida se va a destruir la zona afectada con radium intracavitario y se va a proceder en breve a una intervención quirúrgica. O sea, en términos legos, que hay a la vista un cáncer de matriz. Por la extensión del daño se vislumbra que al operarla tendrán que hacerle un vaciamiento ginecológico. Los especialistas que la están atendiendo le dan seis meses de vida, a lo sumo siete. Han hecho llamar de urgencia a un capo del Memorial Cancer Hospital de Nueva York para que confirme lo que ya no hace falta confirmar.»

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