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Электронная книга - «Santa Evita». Краткое содержание книги:

Diosa, reina, se?ora, madre, benefactora, ?rbitro de la moda y modelo nacional de comportamiento. Santa Evita para unos y para otros una analfabeta resentida, trepadora, loca y ordinaria, presidenta de una dictadura de mendigos.
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Desde que Evita fue puesta bajo la custodia de los médicos, al Coronel no le quedó gran cosa por hacer. Pidió que lo relevaran de su misión en el cuerpo de edecanes y que le permitieran transmitir a una élite de oficiales jóvenes lo mucho que sabía sobre contraespionaje, infiltración, criptogramas y teorías del rumor. Llevó una vida de académico satisfecho mientras los títulos honoríficos se acumulaban sobre la agonizante Evita: Abanderada de los Humildes, Dama de la Esperanza, Collar de la Orden del Libertador General San Martín, Jefa Espiritual y Vicepresidente Honorario de la Nación, Mártir del Trabajo, Patrona de la provincia de La Pampa, de la ciudad de La Plata y de los pueblos de Quilmes, San Rafael y Madre de Dios.

En los tres años que siguieron, a la historia argentina le pasó de todo, pero el Coronel se mantuvo aparte, enfrascado en sus clases e investigaciones. Evita murió y su cuerpo fue velado durante doce días bajo la cúpula de jirafa de la Secretaría de Trabajo, donde se había desangrado atendiendo las súplicas de las multitudes. Medio millón de personas besó el ataúd. Algunos tuvieron que ser arrancados a la fuerza porque trataban de suicidarse a los pies del cadáver con navajas y cápsulas de veneno. Alrededor del edificio funerario se colgaron dieciocho mil coronas de flores: había otras tantas en las capillas ardientes alzadas en las capitales de provincia y en las ciudades cabeceras de distrito, donde la difunta estaba representada por fotografías de tres metros de altura.

El Coronel asistió al velorio con los veintidós edecanes que la habían servido, llevando el obligatorio crespón de luto. Permaneció diez minutos de pie, rezó una plegaria y se retiró con la cabeza baja. La mañana del entierro se quedó en cama y siguió los movimientos del cortejo fúnebre por las descripciones de la radio. El ataúd fue colocado sobre una cureña de guerra y tirado por una tropilla de treinta y cinco representantes sindicales en mangas de camisa. Diecisiete mil soldados se apostaron en las calles para rendir honores. Desde los balcones fueron arrojados un millón y medio de rosas amarillas, alhelíes de los Andes, claveles blancos, orquídeas del Amazonas, alverjillas del lago Nahuel Huapí y crisantemos enviados por el emperador del Japón en aviones de guerra.

«Números», -dijo el Coronel. «Ya esa mujer no tiene más ancla con la realidad que los números».

Pasaron los meses y la realidad, sin embargo, siguió ocupándose de ella. Para satisfacer la súplica de que no la olvidaran, Perón ordenó embalsamar el cuerpo. El trabajo fue encomendado a Pedro Ara, un anatomista español, célebre por haber conservado las manos de Manuel de Falla como si aún estuvieran tocando «El amor brujo».

En el segundo piso de la Confederación General del Trabajo, se construyó un laboratorio aislado por las más rigurosas precauciones de seguridad.

Aunque nadie podía ver el cadáver, la gente lo imaginaba yaciendo allí, en el sigilo de una capilla, y acudía los domingos a rezar el rosario y a llevarle flores. Poco a poco, Evita fue convirtiéndose en un relato que, antes de terminar, encendía otro. Dejó de ser lo que dijo y lo que hizo para ser lo que dicen que dijo y lo que dicen que hizo.

Mientras su recuerdo se volvía cuerpo, y la gente desplegaba en ese cuerpo los pliegues de sus propios recuerdos, el cuerpo de Perón -cada vez más gordo, más desconcertado- se vaciaba de historia. Entre los rumores que compilaba el Coronel para ilustración de sus discípulos llegó el de un golpe militar que estallaría entre junio y septiembre de 1955. El de junio fracasó; en septiembre, Perón se desmoronó solo.

Fugitivo, asilado en una cañonera paraguaya que estaba siendo reparada en los astilleros de Buenos Aires, Perón escribió durante cuatro noches de vigilia, mientras esperaba que lo asesinaran, la historia de su romance con Eva Duarte. Es el único texto de su vida que construye el pasado como un tejido de sentimientos y no como un instrumento político, aunque su efecto (sin duda voluntario) es asestar el martirio de Evita, como una maza de guerra, contra la cara de sus adversarios.

Lo que más impresiona de esas páginas es que, aun tratándose de una declaración de amor, la palabra amor no aparece nunca. Perón escribe: «Pensábamos al unísono, con el mismo cerebro, sentíamos con una misma alma. Era natural por ello que en tal comunión de ideas y de sentimientos naciera aquel afecto que nos llevó al matrimonio». ¿Aquel afecto? No es la clase de expresión que uno imagina en boca de Evita. Lo menos que Ella solía decir a sus descamisados era: «Yo quiero al general Perón con toda mi alma y por él quemaría mi vida una y mil veces».

Si los sentimientos tuvieran una unidad de medida y si esa unidad pudiera aplicarse a las dos frases citadas, sería fácil discernir cuál era la distancia emocional que separaba a Evita de su esposo.

En aquellos días del golpe contra Perón, al Coronel le interesaban otras respiraciones de la realidad. La más trivial era una respiración semántica: ya nadie llamaba al ex presidente por su nombre o por su rango militar, del que pronto iba a ser degradado. El apelativo con que se lo mencionaba en los documentos oficiales era «tirano prófugo» y «dictador depuesto». A Evita se le decía «esa mujer», pero en privado le reservaban epítetos más crueles. Era la Yegua o la Potranca, lo que en el lunfardo de la época significaba puta, copera, loca. Los descamisados no rechazaron por completo la invectiva, pero dieron vuelta su sentido. Evita era para ellos la yegua madrina, la guía del rebaño.

Tras la caída de Perón, los escalafones militares fueron diezmados por purgas inmisericordes. El Coronel temía que le anunciaran su retiro de un día para otro por haber servido como edecán de la Señora, pero su amistad con algunos de los cabecillas revolucionarios -de los que había sido instructor y confidente en la Escuela de Inteligencia-y su reconocida pericia para desenmascarar conjuras lo mantuvieron a flote durante algunas semanas en las oficinas de enlace del ministerio del ejército. Allí diseñó un plan intrincado para asesinar en Paraguay al «dictador fugitivo» y otro, más laborioso aún, que pretendía sorprenderlo en la cama y cortarle la lengua. Pero a los generales triunfantes ya no les inquietaba Perón. El dolor de cabeza que los desvelaba eran los despojos de «esa mujer».

El Coronel estaba en su oficina escribiendo una minuta sobre el uso de los espías según Sun Tzu y oyendo a todo volumen el «Magnificat» de Bach cuando lo mandó llamar el presidente provisional de la república. Eran las once de la noche y desde hacia una semana no paraba de llover. El aire estaba saturado de mosquitos, chillidos de gatos y olor a podredumbre. No imaginaba el Coronel para qué podrían necesitarlo y apuntó algunos datos sobre las dos o tres misiones delicadas que tal vez le iban a encomendar. ¿Quizá seguir los pasos de los agitadores nacionalistas que esa misma semana habían sido apartados del gobierno? ¿Averiguar a quién entregarían los militares el gobierno del Brasil tras la apresurada renuncia del presidente Café Filho? ¿O algo más secreto aún, más subterráneo, como descubrir los nidos donde las manadas peronistas en fuga estaban lamiéndose las heridas? Se lavó la cara, se afeitó la barba de día y medio y se internó en los laberintos de la casa de gobierno.

La reunión era en una sala con paredes de espejos y bustos alegóricos de la Justicia, la Razón y la Providencia. Los escritorios estaban atestados de sandwiches resecos y cenizas de cigarrillos. El presidente provisional de la república parecía tenso, a punto de perder el control. Era un hombre pálido, de cara redonda, que puntuaba las frases con silencios asmáticos. Tenía labios finos, casi blancos, ensombrecidos por una gran nariz. La figura encorvada del vicepresidente y las contracciones de sus mandíbulas recordaban a las hormigas. Usaba además grandes anteojos negros que no se quitaba ni en la oscuridad. Con voz ronca, ordenó al Coronel que se mantuviera de pie. La entrevista, le advirtió, sería corta.

– Se trata de la mujer -dijo. Queremos saber si es ella.

El Coronel tardó en comprender.

– Algunas personas han visto el cuerpo en la CGT -informó un capitán de navío, que fumaba cigarros de hoja-. Dicen que es impresionante. Han pasado tres años y parece intacto. Hemos ordenado que le saquen radiografías. Mírelas, aquí están. Tiene todas las vísceras. A lo mejor el cuerpo es un engaño, o es de otra. Anda todavía por ahí un escultor italiano al que encargaron un proyecto de monumento con sarcófago y todo. El italiano hizo una copia en cera del cadáver. Se cree que es una copia perfecta, y que nadie podría distinguir cuál es cuál.

– Contrataron a un embalsamador -agregó el vicepresidente-. Le pagaron cien mil dólares. El país es una mina y han malgastado el dinero en esa basura.

El Coronel sólo atinó a decir:

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