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En El Pais De La Nube Blanca

Электронная книга - «En El Pais De La Nube Blanca». Краткое содержание книги:

Londres, 1852: dos chicas emprenden la travesía en barco hacia Nueva Zelanda. Para ellas significa el comienzo de una nueva vida como futuras esposas de unos hombres a quienes no conocen. Gwyneira, de origen noble, está prometida al hijo de un magnate de la lana, mientras que Helen, institutriz de profesión, ha respondido a la solicitud de matrimonio de un granjero. Ambas deberán seguir su destino en una tierra a la que se compara con el paraíso. Pero ¿hallarán el amor y la felicidad en el extremo opuesto del mundo?
En el país de la nube blanca, el debut más exitoso de los últimos años en Alemania, es una novela cautivadora sobre el amor y el odio, la confianza y la enemistad, y sobre dos familias cuyo sino está unido de forma indisoluble.
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– Mucho más engorroso que la falta de mujeres en las colonias me parece el problema con el servicio -declaró-. Hoy hemos discutido detalladamente al respecto en el comité del orfanato. Es manifiesto que las mejores familias de… ¿cómo era que se llamaba ese sitio? ¿Christchurch? En cualquier caso, no encuentran allí un personal como es debido. Escasean sobre todo las sirvientas.

– Lo cual podría interpretarse como un síntoma secundario de la falta de mujeres general -observó el señor Greenwood. Helen reprimió una sonrisa.

– Sea como fuere, el comité enviará a algunas de nuestras huérfanas -prosiguió Lucinda-. Tenemos cuatro o cinco criaturas aplicadas, de unos doce años, que ya son lo suficientemente mayores como para ganarse por sí mismas el sustento. En Inglaterra no encontramos ninguna colocación para ellas. Si bien la gente prefiere aquí muchachas mayores; allí estarán encantados con ellas…

– Esto me produce una impresión más clara de tráfico de mujeres que el arreglo de matrimonios -objetó el señor Greenwood a su esposa.

Lucinda le lanzó una mirada envenenada.

– ¡Actuamos sólo en interés de las niñas! -protestó y dobló con amaneramiento su servilleta.

Helen tenía serias dudas acerca de ello. Probablemente nadie se había tomado la molestia de enseñar a esas niñas ni siquiera un mínimo de las habilidades que en las casas de buena posición se esperaba de una sirvienta. En este sentido podía emplearse a esas pobres criaturas como ayudantes de cocina, como mucho, y, en tales casos, las cocineras preferían, claro está, campesinas fuertes en lugar de niñas de doce años mal alimentadas procedentes de un hospicio.

– En Christchurch las niñas tendrán perspectivas de encontrar un buen empleo. Y, naturalmente, nosotras las enviamos sólo a familias de muy buena reputación.

– Naturalmente -observó Robert, burlón-. Estoy seguro de que mantendréis con los futuros señores de las niñas una correspondencia tan amplia al menos como la que mantendrán las jóvenes damas casaderas con sus futuros esposos.

La señora Greenwood frunció la frente indignada.

– ¡Robert, tú no me tomas en serio! -reprendió a su marido.

– Claro que te tomo en serio, cariño mío -contestó sonriendo el señor Greenwood-. ¿Cómo podría atribuir al honorable comité del orfanato otra cosa que no fueran las mejores y más virtuosas intenciones? Además, no iréis a enviar a ultramar a vuestras pequeñas discípulas sin ninguna vigilancia. Tal vez entre las jóvenes damas que desean contraer matrimonio se encuentre una persona merecedora de confianza que, por una pequeña contribución del comité en el coste del viaje, pueda ocuparse de las niñas…

La señora Greenwood no se manifestó al respecto y Helen se quedó de nuevo con la mirada clavada en su plato. Apenas había tocado el sabroso asado en cuya preparación la cocinera con certeza había empleado medio día. No obstante, sí se había percatado de la mirada de reojo, divertida e inquisitiva, que el señor Greenwood le había lanzado durante esa última intervención. Todo ello planteaba preguntas totalmente nuevas. Por ejemplo, Helen no había tenido en cuenta que un viaje a Nueva Zelanda había, era evidente, que pagarlo. ¿Podría no dejarle remordimientos que lo pagara su futuro esposo? ¿O adquiriría éste con ello derechos sobre una mujer que en realidad sólo le corresponderían cuando cara a cara le diera el consentimiento?

No, toda esa historia de Nueva Zelanda era una locura. Helen tenía que sacársela de la cabeza. No estaba destinada a tener su propia familia. ¿O sí?

No, ¡no debía pensar más en ello!

Pero en realidad, Helen Davenport no hizo más que dar vueltas a este asunto durante los días que siguieron.

2

– ¿Desea ver ahora el rebaño o bebemos antes una copa?

Lord Terence Silkham saludó a su visitante estrechándole enérgicamente la mano, a lo que Gerald Warden respondió de forma no menos firme. Lord Silkham no sabía demasiado bien cómo debía imaginarse a un hombre al que la unión de ganaderos de Cardiff había anunciado como el «Barón de la Lana» de ultramar. Sin embargo, la persona que tenía frente a él no le desagradó. El hombre se había vestido para el clima de Gales de forma práctica pero, no obstante, a la moda. Los breeches tenían un corte elegante y eran de una tela de calidad, la gabardina de confección inglesa. Unos ojos azul claro lo miraban en el rostro amplio y algo anguloso, en parte oculto por el sombrero de alas anchas típico del lugar. Bajo aquél asomaba un cabello castaño y abundante, ni más corto ni más largo que el que era corriente en Inglaterra. Dicho en pocas palabras, nada en el aspecto de Gerald Warden recordaba ni de lejos a los cowboys de las novelitas que ocasionalmente leían algunos empleados de servicio, y para horror de su esposa ¡también su rebelde hija Gwyneira! El autor de tales porquerías de libros plasmaba las luchas sangrientas de los colonos americanos con indígenas furibundos, y las torpes ilustraciones mostraban a jóvenes audaces con largas y enredadas melenas, sombrero Stetson, pantalones de piel y botas de extraña forma, a las que estaban sujetas unas espuelas ostentosamente largas. Para más inri, los vaqueros no tardaban en recurrir a su arma, que llamaban «Colt» y guardaban en pistoleras que llevaban sujetas a un cinturón holgado.

El invitado de Lord Silkham no llevaba ninguna arma a la cintura, sino una petaca de whisky que sacó en ese momento y ofreció a su anfitrión.

– Diría que esto bastará al principio como refuerzo -respondió Gerald Warden con una voz profunda, agradable y acostumbrada a mandar-. Sirvámonos otras bebidas durante las negociaciones, cuando haya visto las ovejas. Y en lo que a esto respecta, mejor que nos pongamos pronto en camino antes de que llueva. Sírvase, por favor.

Silkham asintió y bebió un buen trago de la petaca. ¡Un scotch de primera categoría! Nada de matarratas de baratillo. El lord pelirrojo y de alta alcurnia consideró también ese detalle una virtud de su visitante. Hizo un gesto con la cabeza a Gerald, tomó su sombrero y su fusta y emitió un leve silbido. Como si hubieran estado aguardándolo, aparecieron volando tres vivaces perros guardianes negros y blancos y marrones y blancos procedentes del rincón del establo en el que se habían resguardado del tiempo inestable. Era evidente que ardían en ganas de reunirse con los jinetes.

– ¿No está usted acostumbrado a la lluvia? -preguntó Lord Terence mientras montaba su caballo. Un sirviente le había llevado un sólido Hunter, mientras él saludaba a Gerald Warden. El caballo de Gerald parecía todavía fresco, si bien esa mañana ya había recorrido el largo trecho de Cardiff hasta Powys. Con seguridad se trataba de un caballo alquilado, pero procedía sin duda de uno de los mejores establos de la ciudad. Otro indicio más de por qué le adjudicaban el título de barón de la lana. Warden no era, con toda certeza, un aristócrata, pero sí parecía ser rico.

Éste sonreía ahora y se deslizó también sobre la silla de su elegante caballo zaino.

– Al contrario, Silkham, al contrario…

Lord Terence tragó saliva, pero decidió no tomarse a mal la falta de respeto con que le había hablado el otro. De donde fuera que procedía el hombre, los milord y milady eran, por lo visto, un género desconocido.

– Tenemos trescientos días de lluvia al año, aproximadamente. Para ser exactos, el tiempo en las llanuras de Canterbury es idéntico al de aquí, al menos en verano. Los inviernos son más suaves, pero basta para que la lana sea de primera calidad. Y la buena hierba engorda a las ovejas. ¡Tenemos hierba en abundancia, Silkham! ¡Hectáreas y hectáreas! Las llanuras son un paraíso para los ganaderos.

En esa época del año, tampoco se podían quejar en Gales de la falta de pastos. Un verdor exuberante cubría como una alfombra de terciopelo la colina y se extendía hasta las montañas lejanas. También los caballos salvajes disfrutaban ahora de él y no precisaban bajar a los valles para pacer en los pastizales de Silkham. Sus ovejas, todavía sin esquilar, estaban redondas como globos. Los hombres contemplaron con regocijo un rebaño de ovejas al que habían descendido a las proximidades de la casa señorial para parir.

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