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En El Pais De La Nube Blanca

Электронная книга - «En El Pais De La Nube Blanca». Краткое содержание книги:

Londres, 1852: dos chicas emprenden la travesía en barco hacia Nueva Zelanda. Para ellas significa el comienzo de una nueva vida como futuras esposas de unos hombres a quienes no conocen. Gwyneira, de origen noble, está prometida al hijo de un magnate de la lana, mientras que Helen, institutriz de profesión, ha respondido a la solicitud de matrimonio de un granjero. Ambas deberán seguir su destino en una tierra a la que se compara con el paraíso. Pero ¿hallarán el amor y la felicidad en el extremo opuesto del mundo?
En el país de la nube blanca, el debut más exitoso de los últimos años en Alemania, es una novela cautivadora sobre el amor y el odio, la confianza y la enemistad, y sobre dos familias cuyo sino está unido de forma indisoluble.
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Lo que sucedió era previsible: Susan se casó, ya a los diecisiete años, con el hijo de un reputado médico, mientras que tras la muerte de su padre Helen se vio obligada a ocupar un puesto de profesora particular. Con su salario contribuía también en los estudios de Derecho y Medicina de sus dos hermanos. La herencia paterna no alcanzaba para financiar una formación adecuada para los jóvenes, que, por añadidura, no hacían grandes esfuerzos por terminar pronto sus estudios. Con un asomo de rabia, Helen recordó que su hermano Simon había vuelto a suspender un examen la semana anterior.

– Los baronets suelen casarse con baronesas -respondió un poco disgustada con la observación de George-. Y en lo que aquí respecta… -señaló la hoja parroquial-, he leído el artículo, no el anuncio.

George se guardó la respuesta, pero sonrió de forma significativa. El artículo trataba de los beneficios de la aplicación del calor en casos de artritis. Algo seguramente de gran interés para los miembros de edad avanzada de la comunidad, pero era seguro que Miss Davenport todavía no sufría de dolores articulares.

De todos modos, su profesora consultaba ahora el reloj y decidió dar por concluida la clase de la tarde. En apenas una hora se serviría la cena. Y si bien George necesitaba como mucho cinco minutos para peinarse y cambiarse para la comida y Helen no mucho más, en el caso de William, quitarle la bata escolar manchada de tinta y ponerle un traje presentable siempre requería de más tiempo. Helen daba gracias al cielo de al menos no verse obligada a preocuparse del aspecto de William. De eso se encargaba una niñera.

La joven institutriz acabó la clase con unas observaciones generales sobre la importancia de la gramática, a las cuales los dos niños prestaron a medias atención. Justo después, William se levantó de golpe encantado, sin dedicar ni una mirada más a su cuaderno y sus libros de texto.

– ¡Tengo que enseñarle corriendo a mamá lo que he pintado! -informó, con lo que consiguió dejar en manos de Helen la tarea de recoger sus cosas. Ella no podía arriesgarse a que William acudiera llorando a su madre y le notificara de cualquier atroz injusticia de su profesora. George lanzó una mirada al torpe dibujo de William, que su madre seguramente no tardaría en recibir entre exclamaciones de entusiasmo, y alzó los hombros resignado. A continuación recogió deprisa sus cosas antes de marcharse. Helen notó que, entretanto, le lanzaba una mirada compasiva. Se sorprendió pensando en la anterior observación de George: «Si no encuentra marido, tendrá que dar clases a casos perdidos como Willy hasta el fin de sus días.»

Helen tomó la hoja parroquial. En realidad quería tirarla, pero luego se lo pensó mejor. Casi con disimulo se la metió en un bolsillo y se la llevó a la habitación.

Robert Greenwood no disponía de mucho tiempo para su familia, sin embargo, la cena con la esposa y los hijos era para él sagrada. La presencia de la joven institutriz no le incomodaba. Al contrario, solía encontrar estimulante incluir a Miss Davenport en la conversación y conocer sus opiniones sobre los acontecimientos mundiales, la literatura y la música. Era obvio que Miss Davenport entendía más de esos asuntos que su esposa, cuya educación clásica dejaba que desear. Los intereses de Lucinda se limitaban al cuidado del hogar, idolatrar a su hijo menor y a colaborar con el comité femenino de diversas organizaciones benéficas.

También esa noche, Robert Greenwood sonrió amigablemente a Helen cuando entró y le acercó la silla una vez que hubo saludado respetuosamente a la joven profesora. Helen devolvió la sonrisa, pero se guardó de incluir en este gesto también a la señora Greenwood. En ningún caso debía despertar la sospecha de que flirteaba con su patrón, incluso si se trataba de un hombre sin duda atractivo. Era alto y delgado, tenía un rostro alargado e inteligente y unos ojos castaños y escrutadores. El traje marrón con la cadena de reloj de oro le sentaba soberbio y sus modales no iban a la zaga de aquellos propios de los caballeros de familias nobles con quienes los Greenwood mantenían tratos comerciales. No obstante, no eran del todo aceptados en esos círculos, donde se los consideraba unos advenedizos. El padre de Robert Greenwood había levantado su floreciente empresa prácticamente de la nada y su hijo había aumentado la fortuna y se esforzaba por conseguir el reconocimiento social. Para ello había contraído matrimonio con Lucinda Raiford, que procedía de una familia noble venida a menos; consecuencia ello de la afición del padre por los juegos de azar y las carreras de caballos, según se murmuraba en la alta sociedad. Lucinda se las apañaba con la burguesía a regañadientes y tendía a alardear como reacción al descenso de categoría social. Así pues, las reuniones y fiestas en el jardín de los Greenwood siempre resultaban un poco más opulentas que acontecimientos similares en las residencias de otros notables de la sociedad londinense. Las otras damas se beneficiaban de ello, aunque no dejaran de criticarlo.

También ese día Lucinda se había arreglado de un modo un poco demasiado solemne para la sencilla cena familiar. Llevaba un elegante vestido de seda color lila y su doncella había debido de pasar horas ocupada en el peinado. Lucinda charlaba sobre una reunión del comité femenino del orfanato local en la que había participado esa tarde; no obstante, no obtuvo una gran respuesta. Ni Helen ni el señor Greenwood estaban especialmente interesados.

– ¿Y qué habéis hecho vosotros en este día tan bonito? -preguntó finalmente la señora Greenwood a su familia-. A ti no necesito preguntártelo, Robert, seguramente la jornada ha girado en torno a negocios, negocios y más negocios. -Dirigió a su marido una mirada que pretendía ser afectuosa.

La señora Greenwood opinaba que su marido les prestaba muy poca atención a ella y sus tareas sociales. Éste hizo una mueca involuntaria. Posiblemente estaba a punto de dar una respuesta desagradable, pues sus negocios no sólo alimentaban a la familia, sino que hacían también posible la colaboración de Lucinda en los diversos comités de damas. En cualquier caso, Helen dudaba de que la señora Greenwood hubiera sido elegida por sus notables cualidades organizativas antes que a causa de los generosos donativos de su esposo.

– He mantenido una interesante conversación con un productor de lana de Nueva Zelanda, y… -empezó Robert con la mirada puesta en su hijo mayor; pero Lucinda simplemente siguió hablando, mientras en esta ocasión dedicaba su mirada indulgente a William sobre todo.

– ¿Y vosotros, queridos hijos? Seguro que habéis estado jugando en el jardín, ¿no es cierto? William, cariño, ¿has vuelto a ganar a George y a Miss Davenport en el cróquet?

Helen permanecía con la mirada clavada en su plato, pero percibió con el rabillo del ojo que George parpadeaba de una forma típica en él hacia el cielo, como si pidiera la ayuda de un ángel comprensivo. De hecho, William sólo había conseguido una única vez obtener más puntos que su hermano mayor y en una ocasión en que George estaba muy resfriado. Normalmente, hasta Helen lanzaba la bola a los aros con mayor destreza, si bien se daba peor maña que la que tenía para dejar ganar al más pequeño. La señora Greenwood apreciaba su gesto, mientras que el señor Greenwood se lo recriminaba cuando advertía el engaño.

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