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Un asunto pendiente [A Day of Reckoning - es]

Электронная книга - «Un asunto pendiente [A Day of Reckoning - es]». Краткое содержание книги:

Megan y Duncan Richards son gente normal. Él es banquero; ella, agente inmobiliaria. Tienen dos hijas adolescentes y un hijo. Viven en una casa preciosa. Todo indica que sus días de activistas políticos, allá por 1968, han quedado muy atrás. Después de todo, cualquiera que fuera joven en 1968 tiene un pasado activista.
Pero Megan y Duncan son distintos. Ellos fueron un poco más lejos. Empujados por una hermosa mujer que se hacía llamar Tania y que dirigía un grupo radical llamado la Brigada de Phoenix, tomaron parte en un robo que, según Tania, sería sencillo y sin derramamiento de sangre, pero no fue así. Desde entonces han pasado 18 años.
Y ahora, cuando los Richards disfrutan de su tranquilidad familiar, Tania está a punto de salir de la cárcel. Lleva 18 años planeando cómo vengarse de las dos personas a las que culpa de lo que ocurrió aquel día. Su venganza será dulce, será perversa. Empezará por su hijo…
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– Bien, debemos tener cuidado, aunque no creo que Bill Lewis sea nuestro principal problema, sino Olivia.

– Pero ¿qué quiere? -preguntó Megan.

– Eso es lo que lo hace tan difícil -explicó Duncan-. Se niega a dar una cantidad concreta. Creo que el dinero no es lo que realmente le importa, sino la forma en que debo conseguirlo.

– ¿Y cuál es?

– Quiere que robe mi propio banco.

Todos callaron. A Megan la cabeza le daba vueltas e intentó aferrarse a una única idea y concentrarse en ponerla en palabras, pero se sentía incapaz. Oyó las voces de las gemelas como un eco que resonara desde la distancia.

– ¿Qué?

– Pero ¿cómo?

– Puedo hacerlo -dijo Duncan-. Tengo que estudiar los detalles, pero puedo hacerlo.

– ¡Pero, papá! Si te atrapan…

– ¡Podrías ir a la cárcel! Y de qué nos serviría recuperar a Tommy y al abuelo si tú vas a la cárcel. Y además, ¿por qué Olivia…?

– Tiene todo el sentido del mundo tal y como lo ve ella. Cree que la traicioné durante el asalto al banco y ahora quiere que termine lo que empecé. En cierto modo es lo justo.

– ¡Duncan!

– Lo es, Olivia no es tonta.

– Pero ¿y si…?

– ¿Y si qué? Karen, Lauren, díganme, ¿qué alternativa tenemos?

– Creo que deberíamos ir a la policía; nos darán el dinero.

– No podemos hacer eso. Escuchen, se lo explicaré por última vez: si vamos a la policía y Olivia lo descubre podría decidir terminar con todo y matarlos a los dos. Y déjenme que les diga algo: es perfectamente capaz; no piensen por un instante que no lo es. Pero de momento está tranquila y piensa que nos tiene controlados, así que no debemos hacer nada que pueda inquietarla, porque entonces no sé lo que haría…

Duncan hizo una pausa y pensó en el sobre que llevaba en el bolsillo y en todo lo que había descubierto aquella tarde.

– Es una asesina, no hay que olvidarlo.

Se detuvo de nuevo esperando una reacción a sus palabras, después continuó:

– En segundo lugar, si vamos a la policía su madre y yo tendremos que enfrentarnos a cargos en California, ¿y de qué nos serviría eso? Y tercero, incluso si vamos a la policía no tenemos garantía de que sean más capaces de recuperar a los Tommys que nosotros. ¡Piénsenlo!

– ¿Qué quieres decir? -preguntó Megan.

– Bueno, las chicas no se acuerdan, pero nosotros sí. Piensa en todos los secuestros de los que hemos oído hablar. El bebé de los Lindbergh, por ejemplo. La familia llamó a la policía y el bebé terminó muerto. ¿Y qué hay de Patty Hearst? El FBI entero buscándola y no la encontraron hasta que se convirtió en revolucionaria y empezó a robar bancos. ¡Si hasta se hacía llamar Tania!

– Me acuerdo -murmuró Megan-. También Olivia usaba ese nombre, mucho antes que Patty Hearst.

Duncan casi sonrió.

– Cuando fue a la cárcel perdió hasta su apodo. -Y continuó:- No creo que la policía fuera de gran ayuda. ¿No están de acuerdo?

Megan negó con la cabeza.

– Lauren, Karen, ¿recuerdan haber leído algo en los diarios que las haga confiar en la policía de Greenfield?

Era una pregunta injusta, pero la hizo de todos modos. Las chicas se quedaron calladas.

– Pues eso. Así que, tal vez, después de que recuperemos a los Tommys, podremos llamar a la policía, pero no hasta entonces.

– Pero, Duncan -Megan oía su voz como si procediera de otra persona-, si atracas el banco para conseguir el dinero todo esto se llenará de policías. ¿Cómo podremos escapar?

– No tenemos que hacerlo.

– No te entiendo.

– Mira -dijo Duncan-. Todo lo que necesitamos es el dinero y un poco de tiempo. Si lo hago, digamos, el viernes por la noche, nadie lo descubrirá hasta el lunes y podremos recuperar a los Tommys durante el fin de semana. Después, el lunes puedo ir a ver a Philips y contarle la verdad, o al menos parte de ella, para justificar lo que hice. Recuerda que es un viejo amigo de papá. Después podemos devolver el dinero al banco, venderemos todo lo que tenemos y tu padre nos ayudará. Y dadas las circunstancias, no creo que me lleven a juicio.

– Todo eso suena ridículo.

– ¿Tienes una idea mejor?

– Lo que quiero decir es que es un plan que depende de…

– Ya lo sé, de la suerte, de la voluntad de Dios. ¡Yo qué sé! Pero ¿qué otra cosa podemos hacer?

– Podríamos…

– ¿Qué? Mañana llamaré a nuestro agente de bolsa y le diré que venda todas nuestras acciones. También llamaré a una inmobiliaria en Vermont y pondré el terreno en venta. Podemos reunir el dinero, pero necesitamos tiempo y dos días es todo lo que Olivia nos da.

– ¿De verdad crees que puedes hacerlo?

Duncan rio con amargura.

– Probablemente es la fantasía de todo banquero. Por lo general lo consiguen falseando las cuentas, pero yo no, yo voy a atracar el puto banco como si fuera el jodido Jesse James o los jodidos Bonnie and Clyde.

– A todos los atraparon -lo interrumpió Megan con brusquedad e ignorando el vocabulario empleado por su marido pensando que era pertinente dado el cariz que iba tomando la conversación-. Y los mataron.

Duncan frunció el ceño.

– Dos días, es todo lo que tenemos. Y de todas maneras, ¿qué estamos apostando? La vida de nuestro hijo, la del juez. No tenemos más remedio que obedecerla en todo, aunque nos parezca mal o aunque signifique arruinar nuestro futuro. Lo que importa ahora es el presente y además, Megan, el dinero no es lo que le importa, quizás a los otros sí, a Bill Lewis y a quien quiera que la esté ayudando también, pero a Olivia no. No quiere dinero…

Miró a su mujer y a sus hijas y despacio sacó el sobre que contenía la esquela del diario y la foto de los dos Tommys. Las dejó en la mesita que había frente a Megan y las gemelas.

– Nos quiere a nosotros.

PARTE 7. Jueves

Megan pasó el día presa de un torbellino de sensaciones contradictorias, incapaz de ahuyentar las visiones que se le presentaban continuamente. Era como estar en un río arrastrada por la corriente, ahogándose entre la espuma verdiblanca y, al momento siguiente, impulsada hacia la superficie luchando por respirar. Hasta tuvo una alucinación de Tommy columpiándose en el neumático que colgaba del gran álamo del jardín delantero y, dando un grito de felicidad, salió corriendo a abrazarlo sólo para pararse en seco delante de la rueda vacía. Al segundo siguiente se volvía, la mano en la oreja, segura de haber oído las pisadas inconfundibles de su padre en la escalera de la casa y tuvo que hacer un esfuerzo por no correr a saludar a un fantasma, obligándose a reconocer que no había vuelto, salvo en su imaginación.

Pensó en las pisadas de su padre, que tenían la ligereza propia de su avanzada edad. Se equivocan quienes afirman que todas las personas mayores caminan pesadamente, como encorvadas por las cargas de la vida. Para algunas de ellas llega un momento en que de repente se sienten más ligeras, como si con el peso de las obligaciones se hubiera evaporado también la fragilidad de los años. Los dos Tommys parecían tener alas en los pies. Somos los adultos de mediana edad los que caminamos con sólida determinación, inmersos como estamos en la rutina y en la preocupación.

Megan miró el cielo gris del atardecer. Una ráfaga de viento se llevó el último montón de hojas secas del jardín y, por un instante, éstas parecieron vivas, saltando y bailando al son de la brisa. Apoyó una mano en la ventana y sintió el frío que se colaba a través del vidrio.

El día que murió mamá hacía calor y el veranito de San Miguel mecía las hojas con un engañoso viento cálido. Se preguntó si su madre habría luchado contra la muerte o, por el contrario, la había aceptado con la misma resignación con que había aceptado casi todas las cosas. Murió de repente, mientras dormía; su corazón dejó de latir una mañana mientras descansaba en la mecedora del porche. El cartero la encontró y llamó a una ambulancia, pero ya era tarde. Era un hombre joven, con barba, que siempre tenía una palabra amable para Tommy. Ese día pasó por su casa y les dijo que cuando la encontró estaba sonriendo y al principio pensó que estaba dormida, pero la forma en que le colgaba el brazo le hizo reparar en que había muerto.

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