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Un asunto pendiente [A Day of Reckoning - es]

Электронная книга - «Un asunto pendiente [A Day of Reckoning - es]». Краткое содержание книги:

Megan y Duncan Richards son gente normal. Él es banquero; ella, agente inmobiliaria. Tienen dos hijas adolescentes y un hijo. Viven en una casa preciosa. Todo indica que sus días de activistas políticos, allá por 1968, han quedado muy atrás. Después de todo, cualquiera que fuera joven en 1968 tiene un pasado activista.
Pero Megan y Duncan son distintos. Ellos fueron un poco más lejos. Empujados por una hermosa mujer que se hacía llamar Tania y que dirigía un grupo radical llamado la Brigada de Phoenix, tomaron parte en un robo que, según Tania, sería sencillo y sin derramamiento de sangre, pero no fue así. Desde entonces han pasado 18 años.
Y ahora, cuando los Richards disfrutan de su tranquilidad familiar, Tania está a punto de salir de la cárcel. Lleva 18 años planeando cómo vengarse de las dos personas a las que culpa de lo que ocurrió aquel día. Su venganza será dulce, será perversa. Empezará por su hijo…
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Dejó caer los hombros, de pronto sentía náuseas y por un instante pensó que iba a vomitar de miedo. Ahora lo sé, se dijo, ahora lo entiendo. Tragó la bilis que le subía a la garganta y preguntó:

– ¿La policía tiene algún sospechoso?

– Bueno, tienen varias teorías, la principal es que fue obra de una banda que opera en San Francisco, al parecer ha habido otros robos a casas en los últimos meses. Pero Miller, con el trabajo que tenía, debió de cruzarse con más de un criminal a lo largo de su vida. Y esto es California, ya sabe.

– Gracias -murmuró Duncan con voz apenas audible.

– Oiga. ¿Sabe usted algo del caso que pueda ayudar a la policía? Su empresa ofreció una recompensa de veinte de los grandes.

Pero Duncan colgó.

Se sentó de nuevo en su silla pensando que ya sabía quién era Robert Miller: el hombre que le disparó a Emily en la calle en Lodi en 1968.

Y Duncan sabía por qué había muerto.

Venganza.

***

El juez Thomas observaba a su nieto, que parecía algo más tranquilo conforme se familiarizaba con su nuevo entorno. Pero seguía sobresaltándose cada vez que un ruido llegaba al pequeño ático procedente del piso inferior. Podía ver que su irritación crecía fruto de la combinación del miedo y el aburrimiento. Tan pronto caminaba por la habitación como se acurrucaba en uno de los jergones en posición fetal para levantarse inmediatamente y empezar a caminar otra vez. Había rechazado todos los intentos de su abuelo por distraerlo. Toda la mañana habían estado solos, preguntándose qué pasaría a continuación; luego, después de que Olivia les sacara las fotos, la tarde transcurrió sin noticias, en completo silencio. El juez se preguntó varias veces si estarían solos en la casa, pero, aunque así fuera, no se le ocurría qué podía hacer.

Observó de nuevo la habitación. Es una trampa diabólica, pensó, encerrado entre cuatro paredes. Pero también era una gran responsabilidad. Si algo le ocurriera a Tommy no podría volver a mirar a Megan ni a Duncan a la cara. Miró su reloj y vio que había pasado ya la hora de la cena. Nuestra segunda noche aquí, afuera está oscuro y el cielo parece envuelto en un sudario. Empieza a hacer frío y los rescoldos del calor diurno se desvanecen entre las sombras.

Hizo un gesto a Tommy para que se sentara a su lado y cuando éste obedeció le pasó un brazo por los hombros.

– Está todo tan silencioso, abuelo -dijo el niño pensando en voz alta-. A veces me pregunto si siguen aquí.

– Lo sé -contestó el juez-. Pero luego, justo cuando pensamos que es el momento de levantar una de las camas e intentar echar la puerta abajo se oye un ruido y te das cuenta de que sí están.

– ¿Cuánto tiempo crees que tendremos que estar aquí, abuelo?

– Ya me lo has preguntado antes, y no tengo la respuesta.

– Pues intenta adivinarlo.

– ¿Qué sentido tiene eso, Tommy?

– Por favor.

Sentía la tensión de su nieto y dudaba entre mentirle y decirle la verdad, el eterno dilema con los niños, pensó. Nunca estamos seguros de si la verdad los tranquilizará o los asustará más. De pronto se recordó conduciendo con su mujer y sus hijos, hacía muchos años, durante unas vacaciones. Tommy le recordaba mucho a Megan cuando tenía su edad.

– ¿Cuándo llegamos? -había preguntado ésta con voz lastimera una y otra vez.

– Cuando hayamos llegado -le había contestado él.

– ¿Pero cuánto falta? -había insistido la niña.

– Kilómetros y kilómetros.

– Pero ¿cuántos?

Por fin, tras veinte minutos de preguntas y respuestas, le había dicho la verdad:

– Megan, todavía faltan por lo menos dos horas, así que intenta tranquilizarte, mira por la ventana o juega a algo con tu madre, pero deja de preguntar cuánto falta.

– ¡Dos horas! -había exclamado impaciente, llorando y rechinando los dientes-. ¡Dos horas! ¡Quiero irme a casa!

Pero aquella había sido una verdad sin gran trascendencia. ¿Qué pasaría en cambio con grandes verdades? Como, por ejemplo, ¿qué posibilidades tenemos? ¿Vamos a morir o no?

– Bueno, sospecho que tendremos que estar aquí al menos otro día.

Vio cómo temblaba el labio de Tommy.

– ¿Por qué? -preguntó el niño con un escalofrío.

– Bueno, me imagino que habrán pedido dinero a papá y le llevará tiempo reunirlo; ya te lo he explicado.

Tommy asintió con la cabeza, pero seguía temblando.

– Quiero irme -dijo y el juez vio como se le llenaban los ojos de lágrimas-. Quiero irme a casa -continuó con voz cada vez más alta y mezclada con sollozos-. Quiero irme a casa, a casa, a casa…

Su abuelo lo abrazó con fuerza, pero el niño lo rechazó con brusquedad, empujándolo de espaldas.

– ¡Quiero irme! ¡Quiero irme! ¡Quiero irme! -empezó a gritar pateando el suelo con furia. Después corrió hacia la puerta y empezó a golpearla fuertemente con la palma de la mano. ¡Quiero irme!

El juez se levantó deprisa y lo sujetó por los hombros tratando de apartarlo de la puerta, pero Tommy se soltó.

Aquí no, por favor, pensó el juez. Aquí no, Tommy, por favor.

El niño volvió a soltarse de los brazos del abuelo y se lanzó sobre la puerta, que crujió bajo su peso.

– ¡Irme, irme, irme! ¡A casa, a casa, a casa! -gritaba.

El juez retrocedió asombrado de la fuerza del pequeño. Dios mío, pensó, le va a dar un ataque y no puedo con él. Cuando se ponía así eran Duncan y Megan quienes lo sujetaban, yo solo no puedo.

Tommy volvía a golpear la puerta con los puños con tal estruendo que parecía que iba a echar la casa abajo, resonando como truenos en las viejas vigas de madera. El juez escuchó ruido de pasos subiendo las escaleras en dirección al ático. Dios mío, pensó, ya vienen.

– Tommy, por favor, para -suplicó intentando sujetar al niño, algo que resultaba tan inútil como intentar detener el viento con las manos.

– ¡Suéltame! ¡Suéltame! -gritaba Tommy histérico.

– ¡Tommy! ¡Tommy!, por favor. Soy yo, el abuelo… -el juez intentó arrancarlo una vez más de la puerta cuando vio que las manos del niño sangraban. La visión de la sangre lo aterrorizó.

– ¡Tommy! -gritó-. ¡Tommy!

– ¡No! ¡No! ¡Nooo! -gritó Tommy cuando el juez lo sujetó otra vez por los hombros.

Éste podía oír el ruido del cerrojo de la puerta descorriéndose y por un momento logró apartar a Tommy, que dejó escapar un largo aullido apenas humano y que resonó en la diminuta habitación llenándola de terror. El grito reverberó en toda la casa.

Olivia Barrow y Bill Lewis entraron portando sendas pistolas, sus caras una mezcla de confusión y pánico, y se quedaron mirando al niño que gritaba y se retorcía en brazos de su abuelo.

– ¡Quiero irme! ¡Quiero irme! -chillaba-. ¡Déjenme irme! ¡Quiero irme!

– ¡Cállate! -le ordenó Bill.

– ¡Silencio! -gritó Olivia.

Sus gritos no tuvieron ningún efecto en Tommy, que tenía los ojos cerrados y el cuerpo arqueado como por una corriente eléctrica.

– No puedo con él -exclamó el juez de repente, mientras Tommy se liberaba de su abrazo. Lo soltó, para no romperle los brazos y Tommy se lanzó hacia la puerta ajeno a las dos personas armadas que le cerraban el paso.

– ¡Jesús! -gritó Bill mientras sujetaba a Tommy y retrocedía por la fuerza de éste, que continuaba chillando y se retorcía y pataleaba intentando soltarse.

– ¡Le voy a disparar! -gritó Lewis al juez.

– ¡No lo hace adrede, tiene que sujetarlo!

– ¡No te muevas! -gritó Olivia blandiendo su arma ante el juez.

– ¡Mierda, dame una mano! -gritó Lewis soltando un aullido mientras se caía al suelo en su intento por contener al niño. El arma cayó al suelo.

– ¡Mierda, Olivia! -chilló.

– ¡Que nadie se mueva! -gritó ésta.

– Púdrete -contestó el juez mientras trataba de ayudar a Lewis a controlar a su nieto. En unos pocos segundos ambos sujetaban las piernas y los brazos de Tommy, y lo mantenían acostado en el suelo.

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