La torre de la golondrina
- Автор: Сапковский Анджей
- Язык: испанский
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La torre de la golondrina». Краткое содержание книги:
La acción comienza con Ciri llegando a una cabaña de un ermitaño al que va contando su historia, y así en un enorme flashback nos pone al día de sus andanzas. A lo largo de los recuerdos de Ciri tendremos momentos llenos de acción, de crueldad, Ciri lo pasa mal, muy mal, de ternura, de humor. Todo esto esta narrado, no solo por Ciri, sino por los numerosos personajes que van apareciendo en sus andanzas, conformando un complejo puzle, que a veces es difícil de seguir, pero que consigue recrear un fresco de las aventuras de la joven en el que una vez que todo encaja asistimos a un final tan climático y abierto que nos dejará ansiosos por comenzar a leer La dama del lago, última entrega de la serie, donde suponemos que asistiremos a un final a la altura de las novelas, en realidad una sola, que conforman la serie.
Como en todas las entregas anteriores destaca la habilidad de Sapkowski para dotar de voces personales a todos y cada uno de los personajes que aparecen, tanto a los viejos amigos como a los nuevos que se incorporan en esta entrega, como el ermitaño o algunos de los bandidos,merito compartido con la excelente traducción, entrelazar una estructura narrativa alambicada en la que las distintas lineas de acción van concordando con la precisión de un reloj, aunque en esta ocasión flojean un tanto las historias de Geralt y Yennefer, mas que nada por lo poco que aportan al destino final de la serie, en comparación con la importancia del personaje de Ciri, lo que lastra el resultado final de esta entrega, que aun así es sin duda uno de los títulos imprescindibles de la fantasía.
– Un cuerpecillo -la marquesa se pasó la lengua por los labios sin hacerle caso- siempre se puede atar a la cama, entonces es más accesible. ¿No me la venderíais, señor Bonhart? A mi marqués y a mí nos gustan estos cuerpecillos y el señor Houvenaghel nos pone peros cuando nos llevamos a las pastorcillas y a los niños de los campesinos de por aquí. El marqués al fin y al cabo tampoco puede perseguir ya a los niños. No puede correr, a causa de esos chancros y enconados que se le han abierto en el perineo…
– Basta, basta, Matilde -dijo Houvenaghel suave pero rápido, viendo que en el rostro de Bonhart iba apareciendo una expresión de asco-. Tenemos que ir al teatro. Precisamente le han comunicado al señor burgomaestre que ha llegado a la ciudad Windsor Imbra con la mesnada de infantes del barón Casadei. Es decir, ya es hora.
Bonhart sacó del seno un frasquito, limpió con la manga la superficie de ónice de la mesa, derramó sobre ella un montoncillo de polvo blanco. Tiró de la cadena de Ciri junto al collarín.
– ¿Sabes cómo usar esto?
Ciri apretó los dientes.
– Absórbelo por la nariz. O tómalo con un dedo ensalivado y te lo pones en las encías.
– ¡No!
Bonhart ni siquiera volvió la cabeza.
– Lo harás tú sola -dijo en voz baja- o te lo haré yo de tal forma que todos los presentes tendrán un poco de regocijo. No sólo tienes mucosas en la boca y en la nariz, Ratilla. También en algunos otros lugares bastante divertidos. Llamaré a los sirvientes, mandaré que te desnuden y te sujeten y lo usaré en esos lugares divertidos.
La marquesa de Nementh-Uyvar se rió desde la garganta, mientras miraba cómo la mano temblorosa de Ciri se iba hacia el narcótico.
– Lugares divertidos -repitió y se pasó la lengua por los labios-. Una idea curiosa. ¡Merecería la pena probarla algún día! ¡Eh, muchacha, cuidado, no despilfarres ese buen fisstech! ¡Deja un poco para mí!
El narcótico era mucho más fuerte que el que había probado con los Ratas. Nada más ingerirlo, una euforia cegadora embargó a Ciri, los perfiles agudizaron sus contornos, la luz y los colores dañaban los ojos, los olores herían la nariz, los sonidos se hicieron insoportables y todo alrededor se volvió irreal, fugaz como un sueño. Y hubo escaleras, hubo paños de ras y tapices que apestaban a gruesas capas de polvo, hubo la ronca risa de la marquesa de Nementh-Uyvar. Hubo un patio, hubo rápidas gotas de lluvia en el rostro, el tirón del collarín que todavía llevaba al cuello. Un enorme edificio con una torre de madera y un formidable, nauseabundo y ridículo fresco pintado en el frontón. El fresco representaba a un perro que acosaba a un monstruo: no llegaba a ser ni un dragón, ni un grifo ni un viverno. Delante de la entrada al edificio había gente. Uno gritaba y gesticulaba.
– ¡Esto es repugnante! ¡Repugnante y pecaminoso, señor Houvenaghel, el usar lo que una vez fuera templo de un santuario para este proceder tan impío, inhumano y asqueroso! ¡Los animales también sienten, señor Houvenaghel! ¡También tienen su dignidad! ¡Es un crimen el azuzar unos contra otros sólo por beneficio propio y placer de la plebe!
– ¡Tranquilízate, hombre santo! ¡Y no te metas en mis iniciativas privadas! ¡Y además, hoy no se van a azuzar aquí animales! ¡Ni un solo animal! ¡Nada más que personas!
– Ah. entonces pido perdón.
El interior del edificio estaba a reventar de gente sentada en unas filas de bancos que formaban un anfiteatro. En su centro había un foso cavado en la tierra, un hoyo de un diámetro de unos treinta pies, rodeado de gruesos maderos, limitado por una balaustrada. El hedor y el ruido entontecían. Ciri sintió de nuevo un tirón del collarín, alguien la agarró por las axilas, alguien la empujó. Sin saber cómo se encontró sobre el fondo del foso rodeado de maderos, sobre una arena muy pateada.
En un ruedo.
La primera impresión pasó, ahora el narcótico sólo excitaba y aguzaba sus sentidos. Ciri se cubrió los oídos con las manos, la muchedumbre que llenaba las gradas del anfiteatro aullaba, gritaba, silbaba, el ruido era insoportable. Se dio cuenta de que llevaba en la muñeca y el antebrazo derechos un apretado protector de cuero. No recordaba el momento en que se lo habían atado.
Escuchó una voz aguardentosa y conocida, vio a la delgada marquesa de color pistacho, al capitán nilfgaardiano, al burgomaestre de tonos pastel, a Houvenaghel y a Bonhart, que ocupaban una logia por encima del ruedo. Se apretó otra vez los oídos porque alguien había golpeado de pronto un gong de cobre.
– ¡Mirad, buenas gentes! ¡Hoy en la arena no hay un lobo, no hay un goblin ni un endriago! ¡Hoy en la arena está la mortífera Falka de los bandoleros llamados los Ratas! ¡Haced vuestras apuestas en la caja de la entrada! ¡No ahorréis ni un ochavo, buenas gentes! ¡La diversión no la comes ni la bebes, pero si escatimas en ella, no ganas, sino que pierdes!
La multitud aulló y aplaudió. El narcótico funcionaba. Ciri temblaba de euforia, su vista y su oído registraban todo, cada detalle. Escuchó las risotadas de Houvenaghel, la aguardentosa risa de la marquesa, la. voz seria del burgomaestre, el frío bajo de Bonhart, los gritos del sacerdote defensor de los animales, el chillido de las mujeres, el llanto de los niños. Distinguió oscuras manchas de sangre en los maderos que delimitaban la arena, el agujero que se abría en ellos, enrejado, apestoso. Y los rostros brillantes de sudor, con las jetas torcidas como bueyes por encima de la balaustrada.
Una agitación repentina, unas voces alzadas, maldiciones. Gente armada, que empujaba a la multitud, pero atascándose, atorándose contra el muro de la guardia armada de alabardas. A uno de ellos ya lo había visto antes, recordaba la tez morena y el negro bigote que parecía una raya pintada con carbón sobre un labio superior que temblaba con un tic.
– ¿Don Windsor Imbra? -la voz de Houvenaghel-. ¿De Geso? ¿El muy noble senescal del barón Casadei? Bienvenido, bienvenido, huésped del extranjero. Ocupad un asiento, el espectáculo va a comenzar. ¡Pero por favor, no olvidéis pagar la entrada!
– ¡Yo no estoy aquí para divertirme, señor Houvenaghel! ¡Yo estoy aquí de servicio! ¡Bonhart sabe de qué hablo!
– ¿De verdad? ¿Leo? ¿Sabes de qué habla el señor senescal?
– ¡Sin bromas! ¡Quince somos! ¡A por Falka vinimos! ¡Dádnosla o algo malo va a pasar!
– No comprendo tu excitación, Imbra. -Houvenaghel frunció las cejas-. Pero te recuerdo que esto no es Geso, ni tierra alguna de los dominios de vuestro barón. ¡Si hacéis ruido o incomodáis, haré que se os eche de aquí por los bigotes!
– No os ofendáis, señor Houvenaghel. -Windsor Imbra se mitigó-. ¡Mas la justicia está de nuestra parte! Bonhart, aquí presente, le prometiera Falka al barón Casadei. Dio su palabra. ¡Que no quiebre ahora la palabra dada!
– ¿Leo? -Las mejillas de Houvenaghel temblaron-. ¿Sabes de qué habla?
– Lo sé y le concedo la razón. -Bonhart se alzó, agitó con desgana la mano-. No me opondré ni realizaré sujeción. He aquí a la moza, doquiera todos la ven. Quien sea su voluntad, que la tome.
Windsor Imbra quedó estupefacto, el labio le tembló con fuerza.
– ¿Lo qué?
– La muchacha -repitió Bonhart, haciéndole un guiño a Houvenaghel- está para que quien la quiera la coja de la arena. Viva o muerta, según gusto y deseo.
– ¿Lo qué?
– ¡Voto al diablo, que pierdo poco a poco la paciencia! -Bonhart fingió rabia con éxito-. ¡Y namás que lo qué! ¡Papagayo de mierda! ¿Qué? ¡Pues como quieras! ¡Si es tu voluntad pues envenena con veneno un cacho carne y échaselo a ella, como a los lobos. Mas no sé si ella se lo comería. No tiene aspecto de tonta, ¿no? No, Imbra, quien la quiera coger habrá de fatigarse. Allí, en la arena. ¿Quieres a Falka? ¡Pues cógela!
– La tu Falka ésta me la pasas por las napias cual a un siluro una rana en la pesca -ladró Windsor Imbra-. No me fío de ti. Mi nariz güele que en esta presa hay un gancho de yerro escondido.