La torre de la golondrina
- Автор: Сапковский Анджей
- Язык: испанский
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La torre de la golondrina». Краткое содержание книги:
La acción comienza con Ciri llegando a una cabaña de un ermitaño al que va contando su historia, y así en un enorme flashback nos pone al día de sus andanzas. A lo largo de los recuerdos de Ciri tendremos momentos llenos de acción, de crueldad, Ciri lo pasa mal, muy mal, de ternura, de humor. Todo esto esta narrado, no solo por Ciri, sino por los numerosos personajes que van apareciendo en sus andanzas, conformando un complejo puzle, que a veces es difícil de seguir, pero que consigue recrear un fresco de las aventuras de la joven en el que una vez que todo encaja asistimos a un final tan climático y abierto que nos dejará ansiosos por comenzar a leer La dama del lago, última entrega de la serie, donde suponemos que asistiremos a un final a la altura de las novelas, en realidad una sola, que conforman la serie.
Como en todas las entregas anteriores destaca la habilidad de Sapkowski para dotar de voces personales a todos y cada uno de los personajes que aparecen, tanto a los viejos amigos como a los nuevos que se incorporan en esta entrega, como el ermitaño o algunos de los bandidos,merito compartido con la excelente traducción, entrelazar una estructura narrativa alambicada en la que las distintas lineas de acción van concordando con la precisión de un reloj, aunque en esta ocasión flojean un tanto las historias de Geralt y Yennefer, mas que nada por lo poco que aportan al destino final de la serie, en comparación con la importancia del personaje de Ciri, lo que lastra el resultado final de esta entrega, que aun así es sin duda uno de los títulos imprescindibles de la fantasía.
El sirviente volvió, trayendo una caja alargada.
– Acércate, muchacha -dijo Esterhazy con voz baja-. Mira.
Ciri se acercó. Miró. Y lanzó un ruidoso suspiro.
Desnudó la espada con un rápido movimiento. El fuego de la chimenea brilló cegador sobre la juntura de la hoja dibujada con un motivo de ondas y se reflejó rojizo en el metal calado.
– Ésta es -dijo Ciri-. Como seguro que te habrás imaginado. Tómala en la mano, si quieres. Pero cuidado, está más afilada que una navaja de afeitar. ¿Sientes cómo la empuñadura se pega a la mano? Está hecha de la piel de un pez plano que tiene una cola venenosa.
– Raya.
– Creo que sí. Este pez tiene en la piel pequeños dientecillos, por eso la empuñadura nunca se resbala en la mano, ni siquiera cuando la mano suda. Mira lo que está grabado en la hoja.
Vysogota se inclinó, miró, entrecerró lo ojos.
– Un mándala élfico -dijo al cabo, alzando la cabeza-. La así llamada «blathan caerme», la rosa del destino: las flores estilizadas de un roble, una espirea y una retama. La torre herida por el rayo, el símbolo del caos y la destrucción… y sobre la torre…
– Una golondrina -terminó Ciri-. Zireael. Mi nombre.
– Ciertamente, no es cosa fea -dijo por fin Bonhart-. Trabajo de gnomos, se ve al punto. Sólo los gnomos forjaban un acero tan oscuro. Sólo los gnomos afilaban al fuego y sólo ellos calaban las hojas para reducir el peso… Reconócelo, Esterhazy, ¿es una réplica?
– No -negó el espadero-. Un original. Una verdadera gwyhyr gnoma. Este núcleo tiene más de doscientos años. La guarnición, se entiende, es mucho más reciente, pero yo no la llamaría réplica. Los gnomos de Tir Tochair la hicieron a petición mía. Siguiendo técnicas, métodos y modelos antiguos.
– Joder. Puede que efectivamente no me alcance el dinero. ¿Cuánto me vas a soplar por esa hoja?
Esterhazy guardó silencio un tiempo. Su rostro era inescrutable.
– Yo la doy gratis, Bonhart -dijo por fin con la voz sorda-. Como regalo. Para que se cumpla lo que se tiene que cumplir.
– Gracias -dijo Bonhart, visiblemente sorprendido-. Gracias, Esterhazy. Un regalo digno de un rey, verdaderamente real… Lo acepto, lo acepto. Y estoy en deuda contigo…
– No lo estás. La espada es para ella, no para ti. Acércate, muchacha que porta un collar al cuello. Contempla las señales grabadas en la hoja.
No las entiendes, está claro. Pero yo te las aclararé. Mira. La línea marcada por el destino es retorcida, pero conduce hasta esta torre. Hacia el holocausto, la destrucción de los valores establecidos, del orden establecido. Mas esto sobre la torre, ¿lo ves? Una golondrina. Símbolo de la esperanza. Toma esta espada. Que se cumpla lo que se tiene que cumplir.
Ciri extendió la mano con cuidado, acarició delicadamente la oscura hoja de bordes brillantes corno un espejo.
– Tómala -dijo Esterhazy poco a poco, mientras miraba a Ciri con los ojos ampliamente abiertos-. Tómala. Tómala en la mano, muchacha. Tómala…
– ¡No! -gritó de pronto Bonhart, saltando, agarrando a Ciri por el hombro y empujándola con fuerza y brusquedad-. ¡Quita!
Ciri cayó de rodillas, la gravilla del patio se le clavó dolorosamente en las manos en las que se apoyó.
Bonhart cerró la caja con un chasquido.
– ¡Todavía no! -aulló-. ¡Hoy no! ¡Todavía no ha llegado el momento!
– Está claro -asintió Esterhazy con serenidad, mirándole a los ojos-. Sí, está claro que todavía no ha llegado. Una pena.
– De no mucho sirvió, noble tribunal, que leyera los pensamientos del espadero aquél. Estuvimos allá nosotros el decimosexto de septiembre, tres días antes de la luna llena. Mas cuando volvíamos de Fano enfilando a Rocayne se nos allegó un destacamento, Ola Harsheim y siete jinetes. Don Ola nos mandó que arreáramos a toda mecha los caballos para alcanzar al resto de los nuestros. Puesto que un día antes, el decimoquinto de septiembre, hubo lugar una matanza en Claremont… Falta, creo, no hace, que lo diga, de aseguro que el noble tribunal bien sabe lo que fuera la matanza de Claremont…
– Siga declarando, por favor, sin importar lo que el tribunal sepa.
– Bonhart por un día habíasenos precedido. El decimoquinto de septiembre condujo a Falka a Claremont…
– Claremont -repitió Vysogota-. Conozco esta ciudad. ¿Adónde te condujo?
– A una casa grande en la plaza. Con columnas y arquerías en la entrada. Se veía enseguida que allí vivía un ricachón…
Las paredes de la habitación estaban cubiertas de ricos paños de ras y hermosos tapices que mostraban escenas religiosas, de caza y pastoriles con la participación de mujeres desnudas. Los muebles brillaban con taraceas y guarniciones de latón, y las alfombras eran tales que al plantar el pie éste se hundía hasta el tobillo. Ciri no tuvo tiempo de observar más detalles porque Bonhart cruzó veloz y la arrastró por la cadena.
– Hola, Houvenaghel.
Bajo un arco iris de colores arrojados por unas vidrieras, ante un fondo de tapices de caza, estaba de pie un hombre de imponente corpulencia, vestido con un caftán salpicado de oro y una delia de abortón ribeteada. Aunque en edad todavía madura, era bastante calvo y las mejillas le colgaban como a un gigantesco bulldog.
– Bienvenido, Leo -dijo-. Y tú, señorita…
– Nada de señorita. -Bonhart mostró la cadena y el collarín-. No hace falta saludarla.
– La cortesía no cuesta nada.
– Excepto tiempo. -Bonhart tiró de la cadena, se acercó, le palmeó sin ceremonias al gordo en la barriga-. No poco has echado -valoró-. ¡Por mi honor, Houvenaghel, si te pones en medio, sería más fácil saltarte por encima que rodearte!
– El bienestar -le aclaró jovialmente Houvenaghel y agitó las mejillas-. Bienvenido, bienvenido, Leo. Agradable a mis ojos eres huésped, puesto que hoy también es un día de alegría sin par. ¡Los negocios van asombrosamente bien, tanto que hasta se podría escupir de su encanto, la caja registradora no para de tintinear! Hoy mismo, por no ir más lejos, un oficial nilfgaardiano de la reserva, capitán de logis, que se ocupa de transportar utillaje al frente, me pasó seis mil arcos del ejército, los cuales yo, con un beneficio diez veces mayor, venderé al detalle a cazadores, furtivos, bandoleros, elfos y otros luchadores por la libertad. También compré barato un castillo de un marqués de estos alrededores…
– ¿Y para qué cojones quieres tú un castillo?
– Tengo que vivir conforme a mi condición. Volviendo a los negocios: uno al fin y al cabo te lo debo a ti, Leo. Un moroso que parecía impenitente apoquinó. Literalmente hace un minuto. Las manos le temblaban cuando apoquinaba. El tipo te vio y pensó…
– Sé lo que pensó. ¿Recibiste mi carta?
– La recibí. -Houvenaghel se sentó pesadamente, golpeando la mesa con la barriga hasta que entrechocaron las garrafas y las copas-. Y lo he preparado todo. ¿No has visto los carteles? Seguro que la plebe se amontona… La gente entra ya en el teatro. La caja tintinea… Siéntate, Leo. Tenemos tiempo. Platiquemos, bebamos vino.
– No quiero tu vino. Seguro que es arramplado, robado de los transportes nilfgaardíanos.
– Bromeas. Esto es Est Est de Toussaint, uvas vendimiadas cuando nuestro amado señor el emperador Emhyr era todavía un pequeñuelo que se cagaba en el ropón. Fue un buen año. Para el vino. A tu salud, Leo.
Bonhart saludó en silencio con la copa. Houvenaghel masculló, contemplando a Ciri con aire bastante crítico.
– ¿Y esta escuchimizada de ojos grandes -dijo por fin- me ha de garantizar la diversión prometida en tu carta? Me ha llegado noticia de que Windsor Imbra ya está cerca de la ciudad. Que trae consigo a unos cuantos y buenos truhanes. Y algunos matones locales también han visto los carteles…