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La torre de la golondrina

Электронная книга - «La torre de la golondrina». Краткое содержание книги:

Tras una larga espera por fin ha llegado esta Torre de la golondrina de Sapkowski, perteneciente a la mal llamada saga de Geralt de Rivia, ya que el protagonismo del brujo se va diluyendo conforme avanza la saga para dejar paso a la verdadera protagonista de la serie, la joven Ciri de Cintra, pieza central de todo lo que pasa en el mundo que la rodea. Esto se hace aun más evidente en esta entrega en la que Geralt aparece solo un par de capítulos en los que continua su marcha en busca de Ciri en compañía de Jaskier y el grupo que se reunión en la anterior entrega de la serie.
La acción comienza con Ciri llegando a una cabaña de un ermitaño al que va contando su historia, y así en un enorme flashback nos pone al día de sus andanzas. A lo largo de los recuerdos de Ciri tendremos momentos llenos de acción, de crueldad, Ciri lo pasa mal, muy mal, de ternura, de humor. Todo esto esta narrado, no solo por Ciri, sino por los numerosos personajes que van apareciendo en sus andanzas, conformando un complejo puzle, que a veces es difícil de seguir, pero que consigue recrear un fresco de las aventuras de la joven en el que una vez que todo encaja asistimos a un final tan climático y abierto que nos dejará ansiosos por comenzar a leer La dama del lago, última entrega de la serie, donde suponemos que asistiremos a un final a la altura de las novelas, en realidad una sola, que conforman la serie.
Como en todas las entregas anteriores destaca la habilidad de Sapkowski para dotar de voces personales a todos y cada uno de los personajes que aparecen, tanto a los viejos amigos como a los nuevos que se incorporan en esta entrega, como el ermitaño o algunos de los bandidos,merito compartido con la excelente traducción, entrelazar una estructura narrativa alambicada en la que las distintas lineas de acción van concordando con la precisión de un reloj, aunque en esta ocasión flojean un tanto las historias de Geralt y Yennefer, mas que nada por lo poco que aportan al destino final de la serie, en comparación con la importancia del personaje de Ciri, lo que lastra el resultado final de esta entrega, que aun así es sin duda uno de los títulos imprescindibles de la fantasía.
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– Bonhart -dijo roncamente Esterhazy, abriendo los labios más a menudo de lo que precisaría la articulación silábica- estuvo aquí hace cuatro días, el doce de septiembre. Traía con él a una muchacha a la que llamaba Falka. Me esperaba su visita porque dos días antes me habían entregado una carta suya…

Del agujero izquierdo de la nariz le bajó una finísima línea de sangre.

Habla, le ordenó Kenna. Habla. Di todo. Verás cómo eso te alivia.

El espadero Esterhazy miraba a Ciri con curiosidad, sin levantarse de la mesa de roble.

– Para ella -adivinó, golpeteando con la base de la pluma en un pisapapeles que mostraba un extraño grupo de figuras- es la espada que pediste en tu carta, ¿no es cierto, Bonhart? No, vamos a valorarlo… Vamos a ver si está de acuerdo con lo que escribiste. Altura de cinco pies y nueve pulgadas… Cierto. Peso de ciento veinte libras. Bueno, le daría menos de ciento doce, pero es un detalle sin importancia. Una mano, me escribiste, para una empuñadura del número cinco… Enséñame la mano, noble señora. Sí, también es verdad.

– Cuando yo lo digo siempre es verdad -dijo seco, Bonhart-. ¿Tienes para ella algún buen yerro?

– En mi empresa -respondió orgulloso Esterhazy- no se forja ni se ofrece otro acero que el bueno. Entiendo que se trata de una espada para lucha, no para decoración o gala. Ah, cierto, lo escribiste. Es cosa clara que se hallará arma adecuada para esta señorita sin ningún problema. Para esta altura y peso van muy bien las espadas de treinta y ocho pulgadas, de construcción estándar. Ella, para su constitución ligera y su pequeña mano, necesita una minibastarda con empuñadura alargada hasta nueve pulgadas y pomo globular. Podríamos proponer también una taldaga élfica o una saberra zerrikana, una relativamente ligera viroledanca…

– Enseña la mercancía, Esterhazy.

– Nos pica la mosca, ¿eh? Bueno, permitidme. Permitidme entonces… Pero, ¿Bonhart? ¿Qué diablos es eso? ¿Por qué la llevas de un collarín?

– Cuida tu nariz mocosa, Esterhazy. ¡No la metas donde no se debe o igual te la pillas!

Esterhazy, jugueteando con un silbatillo que llevaba al cuello, miró al cazador de recompensas sin miedo ni respeto, aunque tenía que mirar muy hacia arriba. Bonhart retorció los bigotes, carraspeó.

– Yo -dijo, algo más bajo, pero aún con tono enfadado- no me meto en tus asuntos ni tus negocios. ¿Te extraña que pida reciprocidad?

– Bonhart. -Al espadero ni siquiera le temblaron los párpados-. Cuando salgas de mi casa y mi patio, cuando cierres detrás de ti mi puerta, entonces respetaré tu privacidad, el secreto de tus asuntos, la especificidad de tu profesión. Y no me meteré en ellos, estate seguro. Pero en mi casa no permito que se le quite a la gente su dignidad. ¿Me has entendido? Al otro lado de mi puerta puedes arrastrar a esa muchacha por detrás de tu caballo. En mi casa le quitas ese collarín. De inmediato.

Bonhart puso las manos sobre el collarín, lo desenganchó, sin privarse de dar un tirón que por poco no puso a Ciri de rodillas. Esterhazy, haciendo como que no lo veía, dejó caer el silbato de entre los dedos.

– Así es mejor -dijo seco-. Vayamos.

Cruzaron una galería hacia un segundo patio, algo menor, que daba a la parte de atrás de la forja y con una pared abierta hacia un jardín. Bajo un techado apoyado en postes taraceados había allí una larga mesa sobre la que los sirvientes acababan precisamente de disponer unas espadas. Esterhazy dio una señal con un gesto para que Bonhart y Ciri se acercaran a la exposición.

– Bien, he aquí mi oferta.

Se acercaron.

– Aquí -Esterhazy señaló una larga fila de espadas sobre la mesa- tenemos mi producción, casi todas forjadas aquí, se ve además la herradura, mi marca. El precio oscila entre cinco y nueve florines, porque son estándares. Sin embargo, estas otras que están ahí sólo se montan y terminan aquí. Sobre todo importadas. De dónde son, se puede reconocer por las marcas. Las de Mahakam tienen dos martillos cruzados, éstas de Poviss, una corona o una cabeza de caballo, éstas de Viroleda un sol y una famosa inscripción de la empresa. Los precios comienzan a partir de los diez florines.

– ¿Y terminan?

– Depende. Ésta, por ejemplo, una hermosa viroledanca. -Esterhazy tomó la espada de la mesa, saludó con ella, luego pasó a una posición de esgrima, torciendo hábilmente la mano y el antebrazo en una finta complicada llamada «angélica»-. Cuesta quince. Trabajo antiguo, empuñadura de coleccionista. Se ve que está hecha por encargo. Los motivos cincelados en la bigotera muestran que el arma estaba destinada a una mujer.

Hizo girar la espada, sujetó la mano en el tercio, con la hoja enfilada hacia ellos.

– Como en todas las empuñaduras de Viroleda, la tradicional inscripción de «No me desenvaines sin causa, no me envaines sin honor». ¡Ja! Todavía se siguen cincelando en Viroleda tales inscripciones. Y desde que el mundo es mundo, el honor se ha abaratado mucho, puesto que estas mercancías son hoy día bastante defectuosas…

– No hables tanto, Esterhazy. Dale esa espada, que la mida en la mano. Toma el arma, muchacha.

Ciri tocó el arma levemente y sintió de pronto cómo la salamandra de la empuñadura se adecuaba con fuerza a la mano y cómo el peso de la hoja invitaba el brazo a lanzar y cortar.

– Es una minibastarda -le recordó Esterhazy. Sin necesidad. Sabía servirse de una empuñadura larga, tres dedos por encima del pomo.

Bonhart retrocedió dos pasos, al patio. Sacó su espada de la vaina, la hizo girar hasta que silbó.

– ¡Amos! -dijo a Ciri-. Mátame. Tienes una espada y tienes ocasión. Tienes una posibilidad. Úsala. Porque tardaré mucho en darte otra.

– Pero, ¿os habéis vuelto locos?

– Cierra el pico, Esterhazy.

Lo engañó con una mirada a un lado y un tramposo temblor del hombro, atacó como un rayo, en una plana siniestra. La hoja tintineó en una parada, tan fuerte que Ciri se estremeció, tuvo que retroceder, yendo a chocar con la mesa de. las espadas. Intentando recuperar el equilibrio, bajó instintivamente la espada. En aquel momento supo que, si quería, él la mataría sin el más mínimo problema.

– Pero, ¿os habéis vuelto locos? -Esterhazy alzó la voz, y tenía otra vez el silbato en la mano. Los senadores y artesanos los miraban con estupefacción.

– Deja caer el yerro. -Bonhart no perdía a Ciri de vista, no hacía el menor caso al maestro armero-. ¡Déjalo caer, te digo o te corto la mano!

Ella le obedeció tras un momento de indecisión. Bonhart adoptó una sonrisa espectral.

– Yo sé quién eres, serpiente. Mas te obligaré a que tú misma me lo digas. ¡Con palabras o hechos! Te obligaré a que me lo cuentes. Y entonces te mataré.

Esterhazy bufó como si alguien le hubiera herido.

– Y esta espada -Bonhart ni siquiera le miró- es demasiado pesada para ti. Por eso eras demasiado lenta. Eras tan lenta como un caracol preñado. ¡Esterhazy! Lo que le has dado era por lo menos cuatro onzas más pesada de lo que debiera.

El espadero estaba pálido. Pasaba los ojos de él a ella, de ella a él, y tenía el rostro extrañamente cambiado. Por fin, se inclinó hacia un sirviente y le dio una orden a media voz.

– Tengo algo -dijo lentamente- que te podría satisfacer, Bonhart.

– ¿Por qué no me lo has enseñado desde un principio? -bramó el cazador-. Te escribí que quiero algo especial. ¿No pensarás que no tengo dinero para algo mejor?

– Sé bien para lo que tienes dinero -dijo con énfasis Esterhazy- y no de ahora. ¿Y que por qué no te lo enseñé desde el principio? No previne a quién me habías traído aquí… con una correa, con un collarín al cuello. No fui capaz de imaginarme para quién ha de ser la espada y para qué ha de sen/ir. Ahora ya sé todo.

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