La torre de la golondrina
- Автор: Сапковский Анджей
- Язык: испанский
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La torre de la golondrina». Краткое содержание книги:
La acción comienza con Ciri llegando a una cabaña de un ermitaño al que va contando su historia, y así en un enorme flashback nos pone al día de sus andanzas. A lo largo de los recuerdos de Ciri tendremos momentos llenos de acción, de crueldad, Ciri lo pasa mal, muy mal, de ternura, de humor. Todo esto esta narrado, no solo por Ciri, sino por los numerosos personajes que van apareciendo en sus andanzas, conformando un complejo puzle, que a veces es difícil de seguir, pero que consigue recrear un fresco de las aventuras de la joven en el que una vez que todo encaja asistimos a un final tan climático y abierto que nos dejará ansiosos por comenzar a leer La dama del lago, última entrega de la serie, donde suponemos que asistiremos a un final a la altura de las novelas, en realidad una sola, que conforman la serie.
Como en todas las entregas anteriores destaca la habilidad de Sapkowski para dotar de voces personales a todos y cada uno de los personajes que aparecen, tanto a los viejos amigos como a los nuevos que se incorporan en esta entrega, como el ermitaño o algunos de los bandidos,merito compartido con la excelente traducción, entrelazar una estructura narrativa alambicada en la que las distintas lineas de acción van concordando con la precisión de un reloj, aunque en esta ocasión flojean un tanto las historias de Geralt y Yennefer, mas que nada por lo poco que aportan al destino final de la serie, en comparación con la importancia del personaje de Ciri, lo que lastra el resultado final de esta entrega, que aun así es sin duda uno de los títulos imprescindibles de la fantasía.
Aquella noticia se la trajo el velludo colmenero de los montes por cuya culpa habían estado sirviendo de escolta armada del convoy durante los últimos cinco días. El padre y marido de las hermosas hamadríadas junto a las que tenía el aspecto de un jabalí junto a una yegua. El que había pretendido engañarles afirmando que los druidas de Caed Dhu habían marchado a Los Taludes.
Ocurrió a la mañana siguiente de haber llegado a la ciudad de Riedbrune, tumultuosa como un hormiguero, dado que era el objetivo de los colmeneros y tramperos de los Tras Ríos. Fue al día siguiente de despedirse de los mieleros escoltados, a los que el brujo ya no les era necesario y a los que esperaba que no iba a volver a ver nunca más. Por eso fue mayor su asombro.
El colmenero comenzó pues con unos exagerados agradecimientos y le alargó a Geralt una bolsa llena de monedas más bien pequeñas: su sueldo de brujo. Él la aceptó, sintiendo sobre sí la mirada un tanto burlona de Regis y Cahir, ante quienes se había quejado durante la marcha más de una vez de la ingratitud humana y había subrayado la falta de sentido así como la estupidez del altruismo desinteresado.
Y entonces, el excitado colmenero casi gritó la novedad: usease, los muerdagueros, usease los druidas, están, querido señor brujo, usease, en los robleales del lago Loe Monduim, el cual tal lago se encuentra, usease, a unas treinta y cinco millas yendo al oeste.
Esta noticia la había obtenido el colmenero en la tienda de venta de miel y cera de un pariente que vivía en Riedbrune, y el pariente, por su parte, sabía aquello gracias a un conocido que era buscador de diamantes. Cuando el colmenero se enteró de lo de los druidas, se echó a correr como un loco para contárselo. Y ahora hasta lanzaba destellos de felicidad, orgullo y sentimiento de importancia, como todo mentiroso cuando resulta que su mentira, por pura casualidad, acaba siendo verdad.
Geralt tuvo intención de ponerse en marcha hacia Loe Monduirn sin dudar un segundo, pero la compaña protestó vivamente. Disponiendo del dinero de los colmeneros, anunciaron Regis y Cahir, y encontrándose en un lugar donde se mercadeaba con todo, convenía complementar el equipo y los víveres. Y comprar más flechas, añadió Milva, puesto que todo el tiempo se requería que ella les proveyera de caza y no iba a andar disparando con palos afilados. Y por lo menos dormir una noche en una posada, añadió Jaskier, tumbarse en la cama después del baño y con una agradable guarapeta de cerveza.
Los druidas, anunciaron todos a coro, no van a salir corriendo.
– Aunque se trata de un absoluto cúmulo de circunstancias -añadió con extraña sonrisa el vampiro Regis-, nuestro equipo está en el camino absolutamente correcto, se encamina en una dirección absolutamente correcta. De ello se deduce que nos está absoluta y evidentemente predestinado que lleguemos hasta los druidas, por lo que un día o dos de pausa no tienen importancia.
»En lo que se refiere al apresuramiento -añadió, filosófico-, esa sensación de que el tiempo se acaba a toda prisa suele ser señal de alarma que anuncia que hay que reducir la velocidad, actuar poco a poco y con la adecuada reflexión.
Geralt no se opuso, ni se peleó. Tampoco combatió la filosofía del vampiro, pese a que las extrañas pesadillas que lo asaltaban por las noches le inclinaban más bien a apresurarse. Aunque no estuviera en condiciones de recordar el contenido de aquellas pesadillas al despertarse.
Era el diecisiete de septiembre, luna llena. Quedaban seis días para el equinoccio de otoño.
Milva, Regis y Cahir se echaron entre pecho y espalda la tarea de hacer compras y completar el equipaje. Geralt y Jaskier, por su parte, se encargaron de realizar trabajos de inteligencia y andar preguntando por todo Riedbrune.
Situada en una revuelta del río Neva, Riedbrune era una ciudad pequeña, si se tenían en cuenta las construcciones de piedra y madera que se apretaban en el interior del anillo de murallas de tierra rematadas por una empalizada. Pero las apretadas construcciones detrás de los muros sólo constituían en aquel momento el centro de la ciudad, allí no podía vivir más de un décimo de la población. Los otros nueve décimos habitaban en un ruidoso mar de cabañas, chamizos, chozas, chabolas, chiqueros, tiendas de campaña y hasta carros que hacían las veces de viviendas.
Al poeta y al brujo les servía de cicerone el pariente del colmenero, joven, vivo y arrogante, típico ejemplar de la briba local, que había nacido en las alcantarillas, que se había bañado en más de una alcantarilla y en más de una había apagado la sed. En medio de la barahúnda, el tumulto, la suciedad y el hedor de la ciudad se sentía aquel mozuelo como la trucha en un rápido montaraz de aguas cristalinas. Para colmo, la posibilidad de enseñar a alguien su desagradable ciudad lo alegraba a todas luces. Sin alterarse por el hecho de que nadie le preguntaba por nada, el barriobajero explicaba todo con verdadera pasión. Explicó que Riedbrune constituía una etapa importante para los colonos nilfgaardianos que vagabundeaban hacia el norte en busca de la tierra prometida por el emperador: cuatro campos, o sea, contando a lo bajo cuatrocientas fanegas. Y además una descarga de impuestos. Riedbrune yace a la entrada del valle del Neva, que corta los Montes de Amell, delante del desfiladero de Theodula, que une Los Taludes y los Tras Ríos con Mag Turga, Geso, Metinna y Maecht, países que ya hacía mucho que eran súbditos del imperio nilfgaardiano. La ciudad de Riedbrune, explicó el barriobajero, es el último lugar en el que los colonos pueden contar con algo más que consigo mismos, su mujer y lo que llevan en los carros. Por eso también la mayor parte de los colonos acampa bastante tiempo junto a la ciudad, tomando aliento para el último salto sobre el Yaruga y más allá del Yaruga. Y muchos de ellos, añadió el barriobajero con orgullo de patriota de las alcantarillas, se quedan en la ciudad para siempre, porque la ciudad es, no veas, la cultura y no un quintoelcoño de pueblo que huele a estiércol.
La ciudad de Riedbrune olía mucho. Y también a estiércol.
Geralt había estado allí, hacía muchos años, pero no reconocía nada. Había cambiado demasiado. Antaño no se veían tantos caballeros con corazas y capas negras y con los emblemas de color de plata en los brazos. Antaño no se oía por doquier la lengua nilfgaardiana. Antaño no había allí ninguna cantera en la que unos individuos andrajosos, sucios, miserables y ensangrentados quebraban piedras con cincel y martillo, azuzados a palos por vigilantes vestidos de negro.
Aquí se estacionan muchos soldados nilfgaardianos, explicó el barrio-bajero, pero no permanentemente, sólo durante los descansos entre las marchas y las persecuciones a los partisanos de la organización Taludes Libres. Vendrá una fuerza numerosa de nilfgaardianos cuando ya se alce una fortaleza grande, amurallada, en lugar de la ciudad vieja. Una fortaleza de piedra extraída de la cantera. Los que extraían las piedras eran prisioneros de guerra. De Lyria, de Aedirn, últimamente de Sodden, Brugge, Angren. Y de Temería. Aquí, en Riedbrune, se afanan cuatro centenares de prisioneros. Más de cinco centenares trabajan en almacenes, minas y arrugias en los alrededores de Belhaven, y más de mil construyen puentes y alisan los caminos en el paso de Theodula.
En la plaza de la ciudad, también en tiempos de Geralt había un cadalso, pero bastante más modesto. No había en él tantas herramientas que despertaran las más siniestras asociaciones, y en las sogas, palos, biernos y estacas no colgaban tantas decoraciones que apestaran a podredumbre y despertaran el asco.
Esto es cosa de don Fulko Artevelde, no hace mucho nombrado prefecto por el gobierno militar, explicó el barriobajero, mirando el cadalso y el fragmento de anatomía humana que lo coronaba. Otra vez le dio tormento a alguno don Fulko Artevelde. No hay bromas con don Fulko, añadió. Es un hombre riguroso.
El buscador de diamantes, amigo del barriobajero, al que encontraron en una taberna, no le causó a Geralt la mejor impresión. Se encontraba precisamente en ese estado tembloroso, pálido, medio sereno, medio borracho, irreal casi, cercano a un ensueño que le produce al hombre el haber estado bebiendo sin parar durante algunos días con sus noches. Al brujo se le hundió la moral al momento. Parecía que las sensacionales noticias sobre los druidas podían tener su origen en un delirium tremens común y corriente.